A fe mía

Por Miguel Ángel Contreras

LPGC 1- Plano siglo XVIEl  sonido de la lluvia al caer sobre el callejón adoquinado; el paso, siempre cansino, de las bestias que golpean la vía con sus herrajes, y una sucesión de lamentos, de sollozos, que sepultan otros desgarros del alma, marcan el transcurso del tiempo para quien se sabe condenado.

Pero en este día de nuestro Señor, sábado 16 de febrero de 1526, tras jornadas llenas de oscuridad, el habitáculo que encierra en cuerpo y alma al maestre Diego Bernabé, deja pasar a través de una grieta un fino hilo de luz, el suficiente para iluminar el rincón desde el que, sabedor de que llega su final, se imagina cómo sería posible no entregar armas y bagaje y así evitar el horror: Ser pasto de las llamas.

Y a fe mía que no me resigno a desfallecer ante quien sólo anhela mi perdición.Yo, que siempre busqué el alivio del doliente; que luche ante la incomprensión de los más, que nunca hice mal a nadie, soy víctima de las querellas de quien su ignorancia hace un ser vil.

Han pasado poco más de cuatro décadas desde que Juan Rejón fundara el Real de Las Palmas y en ese tiempo la ciudad se ha convertido en el centro del poder de la corona de Castilla en estas lejanas tierras; el solar que alberga tribunales civiles y eclesiásticos; un paisaje humano en el que se mezclan funcionarios, soldados, aborígenes y gentes llegadas de la Península en busca de un presente (tal vez de un futuro). Una urbe de gran interés mercantil porque dispone de buen puerto y litoral a la que se van incorporando una gran cantidad de menestrales que cubren las demandas no sólo del consumo interno; también exportan.

Hasta aquí llega como ser libre (si así puede catalogarse a quien huye por culpa de su alma) un hombre diestro en su oficio como cirujano, allá por el 1521, tras un agotador viaje desde Portugal, huyendo de la cacería de brujas que se vive en Castilla. Portando una carta de recomendación, comienza a prestar sus servicios, tanto a nobles como al común. Convencido como estaba de que el océano sería suficiente distancia para apartarse de la sinrazón, no imaginaba el infierno que se abriría bajo sus pies.

El tiempo transcurre de manera inmisericorde y un nuevo año, el de 1525, va desgranando sus días a la par que el ambiente social cada vez resulta más irrespirable; el largo brazo del Tribunal de la Inquisición de Canarias, que había asentado sus reales en la ciudad varios años atrás (tras independizarse del sevillano) sin que destacara por su exceso de celo, cambia radicalmente con el nombramiento como nuevo inquisidor de Martín Ximénez, la mano ejecutora del Santo Oficio; el verdadero organizador con plenos poderes. Sus tres años de mandato no se olvidarán con facilidad.

Sed precavido, maestre Bernabé. Como bien sabéis, algunos ojos están mostrando cierto interés por todo aquello que hacéis y con quién estáis. No sólo curáis el cuerpo o aliviáis los últimos momentos de vida de quien padece. Hay quienes sospechan que vuestros pensamientos van en sentido equivocado, que vuestras súplicas yerran gravemente.

Diego no puede por menos que manifestar cierta inquietud ante esta reflexión, (que tampoco le sorprende en exceso), de alguien a quien tiene en alta estima, porque quien estos consejos da no es otro que su gran amigo Álvaro González, un reconocido judío cuya casa viene siendo señalada como sinagoga; y que en el auto de fe que tendrá lugar no ha mucho tiempo, dejará bien claro que no se considera responsable de pecado alguno. No todos traicionan sus creencias por un segundo de paz.

¡Pobres de aquellos que temen lo que no entienden. No sólo son unas almas perdidas, también están muertos!––, dijo durante uno de los últimos interrogatorios; de allí se decidió que fuera relajado al brazo secular y éste lo condenará a morir (junto a otras seis personas) en la hoguera.

Calmaos Álvaro, sé que estos que corren no son buenos tiempos. Lo veo todos los días en los diversos actos de violencia; en el padecer de quienes tienen tan poco que únicamente les queda morir. No temo por mi y menos aún estando como estoy solo. Sosegaos y veremos qué acontece.

Bernabé observa a través de una ventana, la imagen del mar en calma mientras el sol con sus últimas luces anuncia la retirada. Es tiempo de regresar al hogar tras una jornada llena de miseria y sufrimiento, pero en el camino de vuelta no puede por menos que sorprenderse del tiempo transcurrido desde su llegada a Gran Canaria. Cuatro años han pasado desde entonces en los que ha logrado, no sin esfuerzos, minimizar la añoranza por los paisajes perdidos y sobre todo, por esos ojos que nunca más volverá a ver; que nunca más podrán mirarlo.

En esas cavilaciones andaba mientras atraviesa la calle de Triana, centro neurálgico de los artesanos, y que junto a Vegueta, forman los dos núcleos en torno a los cuales late el corazón de la capital realenga, cuando oyó la suave voz de alguien que reclamaba su atención.

Veo que hoy os habéis olvidado de mi ¿tal vez hice algo para merecer ese trato de Vuestra Merced?––, preguntó Elvira Báez, una de las pocas mujeres que sobreviven como artesanas, y cuya sonrisa enmarcaba unos ojos de profundidad insondable, que irradiaban un brillo del que, ni siquiera, podría escapar la más oscuras de las mazmorras.

Diego, algo turbado y avergonzado por tamaño despiste, balbuceó de tal manera, que el par de sílabas con las que intentó responder se despeñaron por su boca. Visto el éxito, tomó aire y sudando como si estuviera en el desierto se disculpó.

Señora, que la tierra me trague si hubo intención de ofenderos ¡eso jamás!, ocurre que mis pensamientos se quieren ir a dónde no pueden.–– Elvira volvió a sonreír y el galeno, sin saber muy bien cómo salir de escena con la dignidad a salvo inclinó un poco la testa y reanudó la marcha.

La noche, siempre la maldita noche, es el momento elegido para aumentar el terror con el estruendo de los portones que sobresalta a más de uno de los inquilinos que, muy a su pesar ocupan las celdas de la cárcel inquisitorial; el ruido de unos pasos pone en guardia a los allí congregados que se preguntan si él será el próximo en visitar (otra vez) las profundidades del infierno. Diego lleva encerrado cinco meses sin más explicaciones que las habituales y con las exigencias de reconocer su culpa —¿Qué culpa. Cuál es mi delito sino el de ayudar al prójimo? Dice una y otra vez a quien no tiene mayor interés en escucharle.

Por supuesto, el inquisidor no coincide con la visión de un reo sobre el que ha descargado toda su ira, fruto de ella son los delitos de los que se le acusan. Y en verdad que no son pocos, hasta el punto de que con gran placer se vivió entre las huestes del tribunal el momento en el que se leyeron.

––Sabed que se os acusa de Hereje, apóstata, fautor de herejes, heresiarca, predicador y enseñador de la mortífera ley de los judíos, ignominioso escarnecedor de nuestro redentor Jesucristo, de nuestra Santa Fe Católica y de la Santa Iglesia.

Una llave libera la cerradura de la celda contigua y de la misma sacan a rastras un cuerpo que apenas tiene signos de vida, al que seguidamente los dos alguaciles llevan en volandas mientras se pierden entre la penumbra para alivio del resto de almas aterradas.

A pesar de que las medidas de seguridad no son muy buenas (unas cuantas fugas dan fe de ello) escaparse no es la opción más recomendada, porque pocos son los reos que pueden disponer del dinero preciso que anime a cooperar al vigilante de turno, como tampoco el estado de salud augura una empresa feliz. Pero si el osado pecador lograse abandonar la obligada clausura ¿hacia dónde  iría más allá de la protección intramuros?

No todos saben qué es tener problemas financieros. El dinero que tanto cuesta ganar honradamente es una preocupación de la que estaba liberado el chantre Martín Ximénez, un ser que había dejado todo atisbo de humanidad en algún cuarto oscuro, porque junto a algunos de sus oficiales se dedican a llenar sus bolsas con la venta de los bienes secuestrados a los acusados; a esas almas perdidas por judaísmo, mahometanismo e incluso luteranismo. Y por muchas demandas que se cursen no existe tribunal civil (ni siquiera el mismo Dios) que pueda tocar ni un pelo a los funcionarios del Santo Oficio. Miedo y odio a todas horas gracias al trabajo incansable del inquisidor y de Pedro de Góngora, el fiscal: Uña y carne a la búsqueda de las impurezas “que asolan aquestas tierras de Dios” sin que les importe el dolor.

Hoy es 23 de febrero de 1526, sólo queda un día para que en el campo de El Quemadero, junto a la ermita de San Marcos, se lleve a cabo uno de los espectáculos más horribles que ha conocido el hombre y estas latitudes: la sentencia a muerte en la hoguera para la que están citadas siete personas. Maestre Diego Bernabé apura su tiempo en este mundo y aunque él no lo crea, en un momento de debilidad, el sueño ha vuelto a caer junto a su jergón, cuando de repente unos golpes en su cara lo traen de vuelta a la realidad. El alguacil le ha dado un puntapié para que se desperece y sin tiempo para reaccionar los carceleros de turno se lo llevan a rastras fuera de la zona de las celdas.

Tras atravesar varias estancias de un edificio en penumbras, al muerto en vida le franquean el paso hasta una habitación en la que varias personas se agolpan alrededor de una cama; uno de ellos se apresura a empapar en agua unas gasas ensangrentadas, mientras que otro de los allí presentes se esmera en secar el sudor que empapa el cuerpo de la última persona que el cirujano podría esperar ver: El inquisidor. Ahí está el todopoderoso, postrado entre sábanas de algodón  exhibiendo una tez amarillenta y una delgadez extrema, detalle éste último, que confirma que su estado de salud no sólo no es el mejor de los posibles, además se apuesta su vida a que la del chantre está consumiendo las horas finales a marchas forzadas. En esas elucubraciones anda cuando la irritante voz del fiscal Góngora se alza por encima del cuchicheo general.

—¡Acercaos de una vez! ¿o acaso creéis que os hemos traído para que miréis? Su Ilustrísima lleva varios días postrado en la cama con fuertes dolores de tripa y con temblores en piernas y brazos. Estamos muy preocupados y visto que nadie de los presentes sabe qué hacer hemos pensado en vos ¡Haced algo, por Dios! 

Ni que decir tiene que Diego Bernabé, tras unos primeros momentos de desconcierto, comprendió que esa podía ser la ocasión con la que tanto había soñado, y la verdad es que no había tiempo que perder si de sobrevivir se refiere.

Apartando de su lado a todos aquellos que poblaban la habitación, comenzó a observar detenidamente a un Martín Ximénez que no era ni la sombra del hombre cruel que había ordenado su detención y torturas. Tras comprobar sus ojos, boca y palpar la zona abdominal, el galeno cree saber cuál es el origen del mal que consume la vida del otrora poderoso delegado de la pureza espiritual en estas tierras. Pero eso no es todo, también está seguro de saber quién es el brazo ejecutor de este tormento, alguien que conoce muy bien y por quien siente una secreta admiración. Maestre Bernabé se lava las manos, toma aire y con una voz firme se dirige a Ximénez.

Sé que lo que os voy a proponer puede costarme la vida aquí mismo, pero será mi única propuesta. No negociaré con vos ningún aspecto. Lo tomáis u ordenad que me devuelvan a mi celda y allí esperaré el final…–– Sin tiempo para acabar, el alguacil desenvaina un puñal que coloca junto a la garganta del reo seguro de recibir la orden de terminar con su vida.

     ¿¡Acaso me estáis amenazando con dejarme morir si no accedo a vuestra petición!?–– Gritó un Ximénez que se revolvía en la cama como si fuera un reptil herido ¡si quisiera podría acabar con vos ahora mismo,maldito hereje!

Bernabé no movió un sólo músculo mientras el último grito de inquisidor era devuelto por el eco de una estancia apenas amueblada. Estaba claro que la propuesta del reo era la que era porque de las miradas que se cruzaron el fiscal y el secretario del inquisidor con el resto de los presentes ninguna de ellas albergaba la menor duda.

Así que pasado unos instantes y mientras intentan reducir un nuevo episodio de temblores en el maltrecho cuerpo del enfermo, el prisionero está esperando la decisión sobre su propuesta en un rincón del cuarto. El acuerdo consiste en que el maestre irá a la búsqueda de quien ha causado los males, logrará el remedio que lo salvará de una más que segura muerte y a cambio él quedará libre de todos los cargos y podrá abandonar la isla.

Quedan pocas horas para que las primeras luces del alba liberen al Real de Las Palmas de las sombras y no hay tiempo que perder. Así que Diego Bernabé abandona la sede inquisitorial sabedor de que vigilarán todos sus movimientos (y que por supuesto incumplirán su parte del trato) y encamina sus pasos hacia la casa de Álvaro González de cuya puerta pende una aldaba que golpea sin miramientos. Tras aporrearla sin descanso, el acceso queda franco.

Su amigo, sorprendido por quien creía perdido para siempre, se recompone y escucha las explicaciones de Mateo que le pide su complicidad para zafarse de la vigilancia de los alguaciles y eso pasa por cambiarse los ropajes. Los harapos del cirujano serán las prendas que vestirá Alonso (que saldrá con rumbo cierto) y tras unos minutos, será el reo el que marche en sentido contrario y en la dirección adecuada. A partir de ahora cada latido del corazón marcará la diferencia entre la vida y la muerte.

 

Elvira Báez se levanta muy temprano para preparar los trastos con los que atender sus quehaceres; es la única artesana existente en la ciudad, una costurera muy buena en su trabajo y por lo tanto nunca le escasea la faena. Esa mañana se presentaba bastante ajetreada porque debía entregar varios encargos que la obligaban a recorrer la ciudad, de un lado a otro.

Soy yo, por favor abridme sin mayor dilación. Mi vida está en peligro.

 Después de las obligadas explicaciones y cuando los nervios iniciales parecen que se han calmado llega el momento de entrar en materia, porque si de motivos para temer (o para odiar) se refiere, el que hasta ahora es carnaza inquisitorial no es la única persona con vela en este entierro. El galeno empieza a entender el porqué del comportamiento de la conocida artesana en las últimas semanas que han fluctuado de la sonrisa al gesto adusto.

El prestigio de Elvira llegó a oídos del inquisidor quien sin pensarlo demasiado, solicitó sus servicios tanto para la reparación como para la confección del nuevo vestuario de su Ilustrísima, y por cuya voluntad se acondicionó un cuarto en la sede del santo tribunal en el que ella desempeñaba sus tareas sin distracciones de ningún tipo. Que Martín visitara esa dependencia era visto por el personal bajo sus órdenes como algo de lo más normal.

Claro está que en ningún momento pasó por la cabeza de la costurera que la seriedad del prelado escondiera aviesas intenciones. En ese momento, Elvira detuvo el relato y comenzó a llorar sin que su desconcertado visitante atinase a mitigar la angustia. Él preguntó el motivo de que las lágrimas inundasen su rostro como si de un diluvio se tratara, hasta que de repente el torrente de lágrimas mutó en silencio y…

No tuve ninguna oportunidad; nada pude hacer más que apretar los dientes y… Cuando descubrí que estaba embarazada se lo comuniqué y como respuesta obtuve una promesa de muerte en la hoguera si osaba comentar tal situación (además, la criatura me será arrebatada tan pronto nazca): Era el horror o el silencio. Juré que quien así me trataba pagaría su indecencia ¡Por Dios que así sería!

Entonces no estaba equivocado cuando he pensado en vos como la responsable del mal que aqueja al inquisidor. Sabía de vuestra destreza en el manejo de pócimas, bien claro me lo dejasteis cuando alguna vez necesité de ayuda para apaciguar el mal de algún paciente. Incluso que tuvierais conocimiento de las teorías de Paracelso que habla de que todas las sustancias son venenos, fue una sorpresa de la que aún no me he repuesto. 

 —Calmad vuestra excitación, maestre, su Ilustrísima no tiene otra posibilidad que la de reunirse con el Sumo Hacedor. Y bien ¿qué pensáis hacer para libraros de las garras del fuego? 

Mientras tanto, los alguaciles que siguieron al supuesto reo se han apostado junto a un muro próximo a los límites que por la zona sur del Real de Las Palmas marcan la diferencia entre el poder de Castilla y el peligro de lo desconocido. Álvaro se ha refugiado en la casa de un familiar y allí espera. Pero quien no puede esperar más y lo sabe muy bien es Martín Ximénez, cuyo estado de salud empeora y no hay sangría que alivie sus temblores, ni brebaje que apacigüe los terribles dolores. Ni maldiciones que asusten al mismísimo demonio.

—¡Traedme a ese maldito bastardo, a ese hijo de las tinieblas! Prefiero verlo arder en el fuego purificador aunque luego sea yo el que abandone este mundo ¡Buscadlo!

A la pregunta que Elvira le hizo de cómo y cuándo pensaba huir el cirujano respondió con una expresión de puro desconcierto (por mar era más que evidente) pero a quién recurrir era la cuestión vital:  —Vos conocéis a mucha gente––, señaló Diego, así que (sin más explicaciones) debería ser ella la que tomara la iniciativa, sobre todo porque no a mucha distancia de donde tiene el taller se encuentra un embarcadero del que parten navíos y cuando se aproximaba a la casa de la menestral pudo observar la inconfundible imagen de una carabela que era mecida por las aguas atlánticas.

Los trámites parecieron interminables, pero al cabo de un rato Elvira regresó acompañada de una sonrisa y tres palabras: Partimos al amanecer.

Era el día 24 de febrero de 1526 cuando el galeón San José soltó amarras y lentamente fue alejándose de la costa que delimitaba el Real de Las Palmas. Entre los que pululaban por cubierta dos figuras se mantenían apartadas del resto de la tripulación. Dos historias y una vida en camino con el lienzo en blanco.

Maestre Diego Bernabé miró por última vez el contorno de la ciudad que lo había cobijado y a lo lejos pudo ver el estertor de una columna de humo, su corazón se encogió, de sus ojos brotaron las pocas lágrimas que aún tenía y pensó que no existe final feliz; no puede haberlo. Tan sólo ha sido un ajuste de cuentas, pero la deuda no se ha saldado.

 

© Miguel Ángel Contreras - Todos los derechos reservados

Periodista. Escritor. Jefe de Redacción de SNN

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