África en Negro

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OPINION

África en Negro

Mar 3, 2017

Miguel Ángel Contreras | Las Palmas de Gran Canaria

Abasse Ndione

Estoy convencido (o casi) de que reflexionar en torno a la novela negra africana provocará un gesto de sorpresa en algunos lectores, de la misma forma que los relatos de los escritores suecos, Maj Sjöwall y Per Wahlöö (padres de la criatura negra y criminal nórdica) derribaron la visión angelical, cuasi divina, que muchos teníamos de esa región llamada Escandinavia. Claro está, que tanto en un caso como en el otro, parten (y la obviedad es…) de contextos socioculturales y económicos diametralmente opuestos; demoledores.

El escritor mexicano Élmer Mendoza ha dicho, refiriéndose al género literario que nos ocupa, que más que hablar de negro, en Hispanoamérica lo que se escribe es realismo en estado puro, y creo que esa afirmación encaja a la perfección cuando nos referimos al continente africano, mas esta ecuación no estaría completa si pasamos por alto uno de los sumandos: el mundo mágico o el realismo mágico, tal y como lo definió el venezolano Arturo Uslar Pietri. Y da igual que el hábitat en el que se desarrolle la trama sea urbano o rural; y es indiferente que el marabú o el chamán resulten al lector elementos exóticos, porque ellos forman parte del mensaje; están íntimamente imbricados en la epidermis social, a ras de suelo y sin concesiones a la galería.

Cuando el escritor maliense Moussa Konaté (1951-2013) pone en boca del comisario Habib, de la Brigada Criminal de Bamako, esta reflexión: “llegará el día en que te pedirán inventar medios para disminuir la criminalidad; que haya menos abortos clandestinos cuando hay cada vez más mujeres a las que no les queda más que su cuerpo por ofrecer (…)”. “No querido Sosso, el policía no es un filósofo.”, no hace otra cosa que una declaración de principios que quedan plasmados en la novela ‘El asesino de Banconi’ en la que aborda una parte de la realidad africana, incluido el deterioro medioambiental: “Es triste constatar que el río Níger no es hermoso”, dice Habib. En Konaté nos hallamos ante uno de los primeros autores del África subsahariana que publicó en la mítica colección Série Noire de la editorial francesa Gallimard. 

Otro de los maestros de la novela negra africana es, sin duda, el senegalés Abasse Ndione (1946), que en ‘La vida en espiral’ narra las peripecias de cinco amigos enganchados al yamba (marihuana), una droga que hace estragos, hasta el punto de que los gobernantes, siempre tan dispuestos a extirpar el pecado en el otro, diseñan un plan para erradicar, tanto el tráfico como el consumo, con el ‘éxito’ habitual. En esta historia, el escritor natural de la localidad de Bargny, no muy lejos de Dakar, expone al lector lo que se podría calificar como una serie de contradicciones éticas; entre la que encontramos el ‘xeessal’, un tratamiento nocivo de despigmentación de la piel, afición, ignoro  si igual de peligrosa que la moda de algunas asiáticas por que sus ojos sean más occidentales.

Por otra parte habla de la influencia del islam, que por un lado considera el consumo de bebidas alcohólicas, como dice un personaje: “la madre de todos los pecados”, hasta el punto de que los niños de la aldea que describe en la novela,“todavía lapidaban a los borrachos en las calles”, a lo que se añadía que los alcohólicos “no tenían derecho a un funeral tras su muerte.” Pero de forma natural y a pesar de la islamización total del territorio,“de los cinco amigos, solo dos practicaban el ayuno del Ramadán.”, se hacen presente las tradiciones animistas cuyo arraigo entre los habitantes de Sambey Karang, la aldea novelada, está más que presente.

Desde la República de Sudáfrica llega James McClure (1939-2006) el creador del teniente Tromp Kramer y el sargento Mickey Zondi y de quien el editor Paco Ignacio Taibo II dijo: “pocas novelas de tema criminal pueden compararse con las del sudafricano James McClure” (…) “nos encontramos ante un autor que bordea el surrealismo.” Por su parte, el traductor Ramón García afirmaba que el escritor nacido en Johannesburgo era “un gran narrador, un enorme y sutil narrador.” y la verdad sea dicha, en ‘La canción del perro’ despliega una gran maestría introduciendo al lector en un ambiente (que sin el contexto del apartheid) puede resultar una nota disonante: el de las miserias del hombre, sea éste blanco, negro o mestizo. Por supuesto que el cáncer racista está presente, porque McClure fue una persona de detestaba esa abominación, hasta el punto que junto con su esposa e hijos se exiliaron a Gran Bretaña, pero también muestra su dominio del sentido del humor, de ese humor pegado a la tierra; y para ilustrar no se me ocurre mejor ejemplo que este diálogo entre Kramer y Zondi.

––“Cuándo Dios hizo a los cafres [negros]¿les dio alma?”––, pregunta el teniente, a lo que responde Zondi: ––“¿Quiere decir como al hombre blanco”?–– tras confirmar la duda del afrikáner, sentencia el sargento: ––“Dios nunca haría algo tan horrible, teniente”––

Es verdad que el tópico es un recurso que empobrece y posiblemente si hacemos referencia a los tuaregs, esos hombres libres, según nos ha llegado a occidente, podríamos llevarnos una sorpresa desagradable, porque ellos han sido esclavistas, pero no los únicos, como también la etnia peul, y en este caso Aïda Mady Diallo, la primera escritora subsahariana en escribir una novela negra (y solo una, y tras su publicación, se ha dedicado a trabajar en una empresa de servicios de Internet) ha sido la responsable de revolver nuestras entrañas en ‘Kuty, memoria de sangre’: “Con un movimiento raudo, el coronel se dio la vuelta y sus brazos extendidos trazaron un gran círculo en el aire” (…). El cráneo del niño se aplastó contra la pared.”

Y por supuesto, recurrir a este fragmento no persigue el recurso fácil de una empatía mal entendida; tampoco ha sido la intención de la autora, que con esta única novela cumplió la máxima de llegar y besar el santo, porque Aïda Mady lo que hace (como si fuera la mar de sencillo, que no lo es) es novelar unos hechos, una peripecia vital de Kuty, la superviviente de una masacre (un grupo asesina a su padre; él peaul y su madre, tuareg) que deambula por los arrabales de Bamako, una ciudad que es un espantoso escenario de miseria, “un gigantesco basurero, el basurero del mundo occidental.”

Describe a Kuty como a un ser cuyo “corazón era un desierto en donde sólo florecía una vegetación agresiva que se nutría del deseo de venganza.” Incluso el personaje principal se refiere a un cierto desapego entre sus paisanos cuando afirma que “habría que encontrar a gente de Mali que pensara en Mali.” Aunque tal vez, cuando llenar el estómago es la única preocupación…

Cierra esta aproximación al género negro africano el escritor al que han calificado como el sudafricano blanco que se ha convertido en la voz negra de su país. Si bien, no sé si el mencionado estaría de acuerdo con ese eslogan, lo cierto es que Deon Meyer (1958) ha dado muestras de su calidad literaria en las cuatro novelas traducidas al español, en una de las cuales ‘El corazón del cazador’, hace gala del sarcasmo cuando nos planta esa bofetada, en forma de cómo justifica su trabajo un narcotraficante de raza negra: “Soy un parásito que vive de las flaquezas ajenas” (…) y claro, al lector le gustará saber quién o qué tiene la culpa, y el barón de la droga responde gustosamente: “Echamos la culpa al apartheid.”

 

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