Alarcón, Galdós y Bazán: gris oscuro y criminal

Alarcón, Galdós y Bazán: gris oscuro y criminal

OPINION

Alarcón, Galdós y Bazán: gris oscuro y criminal

por | Feb 7, 2017

Alarcón, Galdós y Bazán: gris oscuro y criminal

 Por Miguel Ángel Contreras Betancor

 

En literatura, y como si de un geógrafo se tratara, a los puntos cardinales se les conoce por el nombre de fuentes u orígenes, y hasta allí acuden los aprendices de escribidores (suicidas los más, ingenuos muchos y futuros imperfectos sólo unos pocos) con la intención de ‘beber’ (u orientarse) para calmar el ánimo, educar el espíritu o confirmar las sospechas: el suicidio como solución estética y opositar como remedio vital.

Transcurría la segunda mitad del siglo XIX y mientras Edgar Allan Poe embelesaba a los paisanos con cuervos o gatos negros, un ‘tal’ Pedro Antonio de Alarcón hincaba su particular pica en el Flandes de un género literario, aún, tímidamente gris; la estaca se llamaba ‘El clavo’ (1853) y se convertía en el primer relato de temática policial en la historia de la literatura española, afirmación con la que, tal vez, no estaría de acuerdo Claire Nicolle Robin, una ‘galdosista’ e hispanista que en el IV Congreso Internacional Galdosiano (1990) presentó una comunicación en la que afirmaba que el relato de don Benito ‘La incógnita’ (1889) ostentaba ese honor porque reunía “los ingredientes de la novela y de la novela policíaca para plantar un problema en términos modernos: el análisis de una sociedad, de los comportamientos de ciertos individuos en determinadas situaciones, e indagación de los fundamentos profundos de la sociedad, fundamentos en que se asienta gran parte de su solidez, vigencia y posibilidad de recuperación.” 

Y en este asunto de saber qué fue antes, es conveniente recordar a Juan Ignacio Ferreras, que en su ‘Estudio de la novela española por entregas: 1840-1900’ sitúa en las decimonónicas décadas de  los años 40 y 50, la fecha de nacimiento de las novelas de crímenes españolas, deudoras, a su vez, de una serie de relatos costumbristas que habían creado afición. También opina Ferreras en torno al relato de Alarcón, del que afirma que “se aleja de la novela policíaca” porque su carga sentimental y melodramática aproxima esta obra a la tradición de las novelas de crímenes: Policías, crímenes que parecen accidentes o incidentes que aparentan otra cosa ¡Ay, Señor!, el humano ser se tropieza con los sentimientos y con los encasillamientos,  que como traviesos elfos, siempre están haciendo de las suyas.

Sobre ese clavo alarconiano habla Emilia Pardo Bazán, una gran admiradora del escritor granadino a quien por ‘El sombrero de tres picos’, su obra cumbre, dio en calificar como “el rey de los cuentos españoles”, alabanza realizada veintiún años después de que, al parecer se dice, se comenta o rumorea, la coruñesa diera por criticar ‘El clavo’ al considerarlo una copia de la novela corta ‘Le clou’ del francés Hippolyte Lucas. No obstante, quién sabe si pudo darse el caso, que no lo sé, de que ambas glorias de las letras hispanas tuvieran la posibilidad de exponer sus argumentos, vaya usted a saber, si en una tertulia o un encuentro casual más allá de los límites de la realidad conocida.

Pero antes de llegar a Pérez Galdós; ¡anda, ya! ¿don Benito por estos lares?, (amigo Manso, no se sorprenda tanto) no puedo por menos que ralentizar mi recorrido y reconocer que pasear, página tras página por ‘El clavo’, fue una grata experiencia, tanto por la aventura como por el diseño de los personajes. Alarcón desplaza la pluma sin estridencias dibujando a un Felipe, narrador y tipo galante, que se reencuentra con su amigo, Joaquín Zarco, juez de Primera instancia, a quien el amor desgarrará su corazón en un triángulo casi perfecto que cierra el singular binomio formado por Gabriela-Blanca. La intriga está a punto de saltar por los aires, porque no se debe olvidar que hay un asesinato de por medio con pieza metálica incluida, y como dice Felipe dirigiéndose al lector, esa es una situación que “os agita ya a vosotros”.

Cuando de una reflexión sobre los orígenes de la novela policíaca española se trata, es posible que se evite mentar al maestro Pérez Galdós, porque es verdad que no es un género que el escritor grancanario tocase con gran interés, pero no es menos cierto que la aproximación al mismo tiene su génesis en el asesinato de la calle de Fuencarral (incluiría el crimen del cura Galeote) y tal como afirma Ortiz-Armengol en ‘Vida de Galdós’, ese terrible suceso puso a don Benito “en la pista de la novela con misterio policíaco y psicológico” y de ahí hasta que escribe ‘La incógnita’ sólo hay un paso.

No obstante, un asunto ronda mis atribuladas neuronas cuando se entra en la senda de santificar qué es novela gris, negra o policíaca y qué no, entonces fijo mi dioptrías en el creador de los Episodios Nacionales y me pregunto ¿cómo calificar, (respetando el consenso general sobre su estilo) ese monumento que lleva por título ‘Misericordia’?

Sin lugar a dudas, al menos para mí, la novela negra (sí, esa que no precisa de vísceras para contar una historia) debe todo su cuerpo ideológico al movimiento realista, y vive Dios que si hay un maestro en tales lides ése no es otro que don Benito; luego, pasarán muchos años hasta la irrupción a mitad del siglo XX de una serie de escritores españoles que tocan el género como medio para representar la situación sociopolítica nacional… aunque ese es otro asunto.

Pero ¿qué hace que ‘La incógnita’, única novela epistolar de Pérez Galdós, sea considerada como miembro de pleno derecho del género policial? Bueno, el asunto no tiene dudas para Nicolle Robin, que unos párrafos más arriba deja bien claro cual es su pensamiento; todas las del mundo (dudas, claro está) para Ferreras, pasando por un Gonzalo Sobejano que se refiere a que el título “parece alusivo a un misterio de novela policíaca”.

En esto de leer e interpretar lo leído pueden darse tantas explicaciones como agujeros tiene la capa de ozono, y aunque mientras se pasa de una página a otra, escasa pinta policial, criminal o gris oscuro puede hallar el lector, hasta tal punto que, más que una incógnita, sea el desconcierto la sensación que invade el alma, es probable que un leedor de nuestro tiempo (o eso creo) intuya que una estética familiar sobrevuela el texto: El relato galdosiano se asemeja a la cámara subjetiva cinematográfica que en este caso toma prestados los ojos de Manuel Infante, dado que toda la historia pasa por el tamiz de ese personaje (muy suyo) al que el lector podrá conceder el grado de fiabilidad que estime oportuno.

No obstante, consumida la lectura de más de la mitad de las cartas, surge esa parte de misterio, y tal como afirma uno de los personajes “la santa verdad no la encontrarás nunca si no bajas tras ella al infierno de las conciencias” y será completamente desvelada (y lo recomiendo de verdad) cuando lea ‘Realidad’ (1889). Y hasta aquí puedo escribir.

Por cierto, que a Emilia Pardo Bazán le encantó tanto ‘La incógnita’, que escribe a su estimado amigo Galdós: “Me he reconocido en aquella señora [se refiere a Augusta] más amada por infiel y trapacera ¡Válgame Dios, alma mía!” Y prosigue doña Emilia añadiendo: “Puedo asegurarte que yo misma no me doy cuenta de cómo he llegado a esto.” 

Doña Emilia

“Usted necesita hacer cosas que presten a su vida violento interés (…)”; “no viaje usted por tierras; explore almas. No hay vida humana sin misterio (…)”. Con estas palabras es difícil no sentir curiosidad por conocer a quién van dirigidas esas afirmaciones tajantes cuando descubrimos que la pluma que las ‘pintó’ estaba sujeta por una de las manos de Emilia Pardo Bazán que dada su fascinación por el misterio, la tragedia y el crimen como motivo literario la llevaron a incursionar en la literatura de corte policial”, hasta el punto de que la crítica especializada la reconoce “como la iniciadora de este género en España” según afirma Concepción Bados Ciria, doctora en Filología hispánica.

Esa afición por el misterio hunde sus raíces en su colaboración en la revista ‘Ilustración Artística de Barcelona’ donde en su columna titulada ‘La vida contemporánea’ la escritora gallega se hacía eco de los más diversos hechos crueles. En esos artículos enmarcados en motivos policiales, además de criticar la violencia que engendra la sociedad, Pardo Bazán abrió la puerta en torno a reflexionar sobre la necesidad de reformar el sistema penal, un extremo en el que coincide con Galdós quien en ‘El crimen del cura Galeote’ apunta la necesidad de crear “manicomios penitenciarios”.

En cuanto a que su afición por las noticias de ámbito criminal, por la realidad tal cual, por ejemplo, impidiera que Pardo Bazán no se esforzara en la elaboración de sus obras de ficción, fue un extremo que llegó a tomar carta de naturaleza, hasta tal punto, que el propio Unamuno escribió un artículo, poco después de la muerte de la escritora, en el que afirmaba que Muchas veces le he oído que ella no inventaba ni personajes, ni caracteres, ni situaciones, ni escenas.” Como sea que esa duda rondaba antes de su óbito, Bazán la despejó señalando que para el diseño de sus tramas “prefería eximirme del realismo servil” con el fin de tener “más libertad para crear el personaje”. Sigamos pues.

Las frases que abren este apartado pardobazaniano provienen de ‘La gota de sangre’ (1911) que junto a ‘Misterio’ (1905), ‘La cana’ (1911), o ‘Belcebú’ (1913), conforman una parte del bagaje criminal de una de las glorias de la literatura nacional.

No es mi intención destripar, aunque fuera tímidamente, cada uno de estos relatos que tan bien escribió la condesa y cuya lectura recomiendo, pero tampoco me resisto a dejar pasar la oportunidad  de paladear algunos momentos de, por ejemplo, ‘La gota de sangre’, cuando uno de sus personajes, Ignacio Selva se descuelga con esta afirmación: “Las sombras no están en los crímenes, sino en los entendimientos. Apenas hay crimen sin rastros claros y elocuentes”.Y ya que estoy en racha ofrezco esta perla de pura camaradería, cuando Ariza le suelta a su amigo Selva: “no comprendo por qué le interesa mi honor” y sin esperar demasiado recibe la respuesta: “por espíritu de clase”. 

Y como sucede con casi todo en esto que han dado en llamar vida, esta pieza que ha reunido un nutrido equipo de consonantes y vocales, llenas de armonía unas veces, y otras no tanto, llega a su final, pero no será antes de recordar lo que, a modo de declaración de intenciones, dijo Emilia Pardo Bazán en 1909, dos años antes de escribir ‘La gota de sangre’: ”Cuando leo en la prensa el relato de un crimen, experimento deseos de verlo todo; los sitios, los muebles, suponiendo que averiguaría mucho y encontraría la pista del criminal verdadero.”

© Miguel Angel Contreras - Todos los derechos reservados

Periodista.Escritor

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Ana Bolox | Madrid | J. Redacción

Ana Bolox. Profesora.Filóloga.Escritora.Directora de Ateneo Literario.

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