EXTRAÑAS EN UN TREN


Un espacio abierto a la libertad de expresión y de creación para las escritoras del género negro


Ama hasta que te duela – Graziella Moreno

Mar 2, 2017

Redactor Jefe | Granada

Narra sus novelas con voz de mujer e intenta romper los estereotipos con sus protagonistas que son juezas, abogadas, Mossos d’Esquadra. Graziela Moreno se sube a Extrañas en un tren. Bienvenida y muchas gracias.


 

AMA HASTA QUE TE DUELA

Foto: Axcy

Ama hasta que te duela. Ignora de dónde ha sacado esa frase, pero lleva repitiéndosela todo el sábado para darse ánimos. Son las ocho de la tarde y ya ha oscurecido. Hace rato que está sentada en el sofá, la espalda rígida y los ojos fijos en el cuchillo que ha depositado encima de la mesa de centro. Espera ser capaz de usarlo cuando llegue el momento; no puede flaquear. Aunque sea una locura, aunque le cueste la vida, porque amar siempre conlleva sufrimiento. Ahora lo sabe.

Siente el hormigueo de la anticipación del abrazo, del beso, de su piel erizada de deseo, de todas esas noches de sexo y amor que ha vivido hasta hoy. Seis meses es mucho tiempo como para no enamorarse. Ha leído en algún sitio que mantener una relación durante tres meses se considera algo serio, así que esta lo es sin lugar a dudas. El día en que se conocieron nunca imaginó que acabaría así, con la cabeza llena de imágenes de lo que ha hecho esa tarde. Y de lo que va a hacer. Ya lo decía su madre, esta vida es una caja de bombones en la que siempre hay alguno que no te gusta. A ella le ha tocado una caja con un solo bombón, dulce y amargo a la vez.

Nunca ha estado enamorada. Tuvo un par de novios cuando era joven, pero aquello fue más por descubrir el sexo que otra cosa y no le gustó demasiado. Ha pasado la vida sola, observando a sus amigas casarse, divorciarse o enviudar, como la espectadora que ha sido siempre. Una vida tranquila, ordenada, ella es así. Esboza una sonrisa triste en la oscuridad.

Fue en septiembre, cuando el calor pegajoso se resistía a marchar y la ciudad recuperaba la normalidad. Empezó a notar un dolor intenso en la mandíbula y sospechando que podía ser el aviso de su primera caries a los cincuenta y cinco años, buscó el dentista más cercano a su casa: “gabinete odontológico del doctor Roberto Vicente”. La auxiliar la hizo pasar a la consulta y le dijo que se acomodara en el sillón, que enseguida llegaría el doctor. Obedeció y, nerviosa, esperó mirando al techo pintado de un azul cielo, supuso que con la pretensión de relajar al paciente. Cuando él entró se olvidó del dolor. Recuerda ahora sus ojos, azules como el falso cielo y sus manos grandes. Su voz, profunda y pausada. Le pareció que había tristeza en su mirada.

En la segunda visita hasta charlaron un poco. Ella se despidió dándole la mano y él le ofreció una sonrisa profesional. Eso fue todo. Se marchó lamentando no ser más lanzada, pero era imposible que él tuviera interés en una mujer vulgar, a la que le sobraban algunos quilos y las primeras canas empezaban a salpicar su cabello. Estaba muy claro, pero a pesar de ello, esa noche soñó por primera vez con Roberto.

La semana siguiente, mientras tomaba un refresco en un bar cercano a su casa, él entró y la saludó. Ella notó cómo se le aceleraba el pulso y sobreponiéndose le invitó a sentarse. Él le dijo que no tenía mucho tiempo, se había anulado una visita y necesitaba tomarse un café. Al final fueron veinte minutos en los que hablaron no solo de su salud dental, sino también de los problemas de la consulta. Roberto se mostraba apesadumbrado por la escasez de clientes, los disgustos que le daban los otros dentistas que colaboraban con él y los gastos que no paraban de crecer. Y además…pareció estar a punto de confesarle algo personal, o al menos tuvo esa impresión. Pero cambió de tema. Ella marchó a casa con una sonrisa tonta en la cara. No dudó en volver varias veces al bar a la misma hora con la esperanza de volver a verlo. Pero no hubo suerte y se dijo que lo mejor era olvidarlo.

La primera tormenta del otoño la sorprendió en la calle, cerca de la consulta. No pudo creer en su buena suerte cuando vio a Roberto que salía esbozando un gesto de fastidio. Le llamó y el dentista corrió a refugiarse bajo su paraguas. Ella se estremeció cuando notó el calor que emanaba de él.

-¡Me has salvado!- rió él- Vamos, te invito a una copa, eres mi paciente favorita.

Su sonrisa era irresistible y se dejó llevar. “Estoy soñando” se repetía mientras bebía su cóctel, despacio, prendida de sus palabras, riendo como no recordaba haberlo hecho nunca. Era natural que le invitara a subir a su casa. Y a su cama.

Pasan ya veinte minutos de la hora acordada y Roberto no llega. Todo está en silencio. Echa un vistazo a la puerta del dormitorio para comprobar que sigue entornada. Suspira y enciende la pequeña lámpara de lectura que tiene a su lado. Se mira las manos que ha enjabonado concienzudamente para eliminar cualquier resto. Manos fuertes y decididas que no parecían las suyas mientras aferraban el cuchillo manchado de sangre. Frunce el ceño. No se arrepiente, ha hecho lo que debía.

Empezaron a verse a menudo. Hasta en el trabajo se dieron cuenta de que algo le ocurría, notaba las miradas curiosas de sus compañeros, pero nadie se atrevió a preguntar. No era solo el sexo, se sentía su amiga, su confidente. Él le detalló sus problemas económicos y a ella le pareció normal ofrecerle ayuda. Al principio no quiso ni oír ni hablar de ello:

-No puedo aceptarlo- rechazó él mientras le acariciaba el pelo. Tomó aire-. Hay algo que debo contarte, cariño.

Le confesó que estaba casado, que su mujer tenía mucho dinero y que en realidad, era la dueña de la consulta. Todo, hasta el último trozo de papel, le pertenecía. Juró que no la amaba, que no dormían juntos y casi ni se hablaban. Hacía tiempo que quería dejarla pero no podía. Sin el dinero que le daba a cuentagotas, los acreedores caerían sobre él y eso sería su ruina. Pero por encima de todo, le aseguró, ahora que la había encontrado no quería perderla y la besó apasionadamente. Ella, enternecida, le abrazó y le prometió que encontrarían una solución.

Tras mucho insistirle y a regañadientes, consiguió que cogiera diez mil euros para pagar las deudas más urgentes. Y más tarde, otros diez mil, y una semana después sus últimos treinta mil euros. No le importaba, los ahorros eran para casos de necesidad y este lo era. Pero no fue suficiente, la consulta parecía ser un pozo sin fondo y Roberto estaba cada día más preocupado. Ello enturbió su relación. Decía que no la merecía, que iba a ser su ruina y que mejor que le abandonase. No estaba dispuesta a permitirlo.

Oye un ruido en la cerradura y se incorpora lentamente. Ha llegado el momento. Roberto aparece en el comedor, respirando fatigosamente, los ojos muy abiertos y un rictus de angustia en la cara.

-Vengo de casa- articula con voz ronca-. Es…Rosa…Creo que está muerta, la han matado…Yo…Me he asustado. ¡Dios mío!

Se deja caer en el sofá y se cubre la cara con las manos temblorosas. Ella se sienta su lado y aguarda.

-Habrán entrado a robar, seguro. ¡Madre mía! Estaba todo revuelto, lleno de sangre, había un rastro que iba hasta su dormitorio pero no me he atrevido a entrar, si dejo huellas… Ni siquiera he llamado a la policía- deja caer las manos-. ¡Pensarán que he sido yo! Siempre sospechan del mari…

Se interrumpe y se queda mirando el cuchillo. La mira, incapaz de hablar.

-No te preocupes- pone todo el amor que puede en su mirada-. Todo ha terminado. Esa bruja te habría amargado la vida para siempre, ahora está muerta.

-¿Qué estás diciendo? ¿Has sido…?

Ella asiente:

– Llevaba tiempo dándole vueltas y tracé un plan. No ha sido difícil conseguir que me abriera la puerta- le sonríe con dulzura-. Le he dicho que trabajaba en una empresa de alarmas de seguridad. Hemos estado tomando un café.

-Has hecho eso por mí, por nosotros…-la mira con los ojos llenos de lágrimas- . Pero la policía, ¿cómo podemos estar seguros de que no me culparán?

-Tienes razón, lo he hecho por nosotros- un leve roce le advierte que la puerta del dormitorio, a espaldas de Roberto, está abriéndose-. El cadáver está encima de la cama, pensarán que ha sido un robo porque faltan varias cosas: he cogido algunas joyas, dos ordenadores portátiles y dinero. No hay ningún cabo suelto, puedo asegurártelo. Te llamarán para declarar, supongo, pero no hay nada que pueda incriminarte.

-Eres maravillosa cariño- le coge las manos-. Sé que suena horrible pero tienes razón, se lo merecía, por todos estos años de amargarme, de no dejarme ser yo, de negarme su dinero y has tenido que ser tú la que me hayas liberado- le besa las yemas de los dedos y ella no puede evitar estremecerse-. Cuando todo se aclare nos iremos de viaje, para romper con todo, yo marcharé primero y luego vendrás tú para no levantar sospechas.

-Claro, tú te irás primero. Sabía que sería así- el tono es sarcástico.

Roberto levanta la cabeza y la mira, extrañado. En los ojos de ella ya no brilla el amor, sino el odio, y con violencia, libera sus manos:

-¡Cabrón! ¿Pensabas que no me daría cuenta, que estaba dispuesta a que me sangraras hasta dejarme en la calle? ¿No he sido la primera, verdad?- le escupió.

Con rapidez coge el cuchillo y se pone en pie frente a él que la mira asombrado:

-La imbécil de Elena, la solitaria, la fácil de embaucar, esa soy yo, ¿no es cierto? ¿A cuántas mujeres has engañado para seguir pagándote tus vicios? Felicidades, estuviste a punto de conseguirlo, pero tenía mis dudas. La auxiliar de tu consulta me dijo que todo iba estupendo y que la idea era abrir otra clínica. ¿Dónde estaban las deudas entonces? Y luego fui a ver a tu mujer, que me abrió los ojos.

Él se levanta e intenta acercársele, pero ella retrocede unos pasos esgrimiendo el cuchillo.

-¡Ahora, Rosa!- grita ella.

Roberto apenas tiene tiempo de volverse cuando un fuerte golpe en la cabeza le hace tambalearse. Y otro más, y otro. Ya en el suelo, lo último que ven sus ojos es a Rosa, su mujer, con un martillo ensangrentado en la mano. Pasa por encima de él, se acerca a Elena y la besa en la boca.

-Lo has hecho muy bien, amor. Ya te dije que este hijo de puta no tendría narices para entrar en mi dormitorio. No toques nada- advierte-. Marcho a casa a limpiar lo que dejaste. Luego volveré para ayudarte a deshacernos de él- se vuelve y da un último martillazo en el rostro de su marido. Se incorpora y desliza su mano libre por los pechos de Elena que emite un gemido-. Ahora somos libres, luego lo celebraremos.

© Graziella Moreno. Todos los derechos reservados.

 

 

(Barcelona, 1965) Licenciada en Derecho por la Universidad de Barcelona, trabaja en la Administración de Justicia desde 1991 y, en 2002, ingresó en la carrera judicial. Actualmente es juez en un juzgado penal de Barcelona. Está casada y tiene dos hijos.

Ha publicado tres novelas, ‘Juegos de Maldad’, Grijalbo, 2015; ‘El bosque de los inocentes’, Grijalbo, 2016; y ‘Flor seca’, Alrevés, 2017.


 

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