CACERIA – Hughman #13

CACERIA – Hughman #13

RELATOS

CACERIA – Hughman #13

por | Feb 10, 2017

Cacería

Por Juan Pablo Goñi

 

Hughman caminó hacia la puerta de la seccional cuarta. Pronunció un cliché ante lo que veía: era un hormiguero. Permitido el lugar común, era inspector de policía, no escritor. Calculó que serían treinta los efectivos en trajes de fajina, con chalecos antibalas, que entraban al edificio para salir con escopetas recortadas, vagando luego por la vereda en espera de órdenes. Le pareció un cuadro tan absurdo que sospechó una urgencia ocurrida en el trayecto desde su casa. Al acercarse y oír tramos de diálogos entre hombres y mujeres vinculadas a la operación, entendió que no, que sólo se trataba de un despropósito, de una sobreactuación. Se introdujo por el pasillo. El alemán, uno de los detectives de la Brigada, tenía un chaleco colocado sobre su ropa civil. Esperaba. Roseri, en una mesa, tomaba nota de las armas que se entregaban. El alemán recibió su Itaka. El sargento Roseri era el único que vestía la camisa celeste, el veterano controlaba escopetas y municiones, repetiría su control cuando regresaran de la comisión. El alemán alzó su arma, invitado al inspector a que fuera por una. Hughman negó, no la necesitaba, ninguno las precisaba en realidad.

La Brigada había resuelto el caso, identificado al pedófilo cuya orden de captura originaba tamaño desfile de fuerza. Hughman, en particular, fue quien estableció que el hombre canoso que toqueteaba a los chicos en el Parque Lino era Rosendo Crío, un vecino casi, que vivía a tres cuadras del sector de juegos, solo, en una casa de paredes de adobe un tanto descoyuntada, tan inclinada como la torre de Pisa. Sesenta y cuatro años, rengo, a raíz de una operación de cadera que había salido mal. Un torturado enfermo que se escondía entre los árboles del parque, logrando que los niños abandonaran los juegos y fueran tras él. Si no se hubieran demorado tanto en denunciar los hechos, lo hubieran atrapado a los pocos días de iniciar su enfermiza actividad. El miedo de los chicos, la incredulidad de los padres, el temor a ser señalados  por el resto, hizo que pasaran meses hasta que la policía tuviera conocimiento de los abusos; y fue por azar, porque uno de quienes sufrió el manoseo del hombre era hijo de una agente policial.

La caza del pedófilo le había llevado tres días; se encargó en persona, sus compañeros estaban siguiendo un asunto de abigeato, colaborando con la patrulla rural. El hombre no se veía en la zona de juegos; ingresaba al parque más adelante, cerca de la ruta, como un inocente caminante, uno más de los tantos que utilizaban los senderos para hacer actividad física. Por esos senderos se acercaba a la zona donde sus víctimas se hamacaban o se lanzaban de los toboganes. Desde que dieron la alarma, tras la denuncia de la mujer policía, fueron pocos los chicos que continuaron yendo al parque, y los que concurrieron lo hicieron con protección parental. Hughman pasó esos días girando por los alrededores; vio a Rosendo Crío dos tardes seguidas. A la tercera, lo siguió. Con su ritmo lento, el hombre se ubicó tras un eucaliptus grande, con el playón de juegos a la vista. Fue fácil advertir el objetivo de sus miradas; también la causa de que no intentara otro abuso. La cara chupada del hombre flaco, cuyos pantalones anudaba con un cinto al que le había agregado varios agujeros, revelaba al instante cuando detectaba a un padre atento. Hughman se limitó a ir por una de las víctimas; protegido por la arboleda, el chico identificó sin dudas a su abusador. Y ahí estaba, ante las consecuencias de su trabajo, ridículas consecuencias, diría.

El inglés entendía que pedófilos y violadores eran los delincuentes que más rechazo provocaban en la sociedad. En las mismas filas policíacas sólo eran desplazados –y no siempre– por los asesinos de policías. Aquí y allá, del otro lado del Atlántico, en su Londres natal, los agentes y oficiales tomaban como una cuestión personal la captura de estos criminales. Aún así, era ridículo desproteger media ciudad para una diligencia que podrían hacer dos patrulleros, tres como mucho. Hughman regresó a la vereda, el jefe de calle fumaba. Se le acercó. Eran los únicos sin chaleco, el fumador vestía una campera de jean, en tanto el inglés andaba en magas de camisa. Mucha humedad. Una orden que no oyeron agilizó los desplazamientos.

–Faltan los escudos y los cascos y parecemos la infantería –dijo el jefe de calle, antes de arrojar la colilla a un charco e ir hacia su vehículo. Hughman lo siguió, ¿para qué gastar combustible en balde? En la vereda, su colega de la Brigada, el inspector Pérez, gritaba que ya tenían la orden de captura. Maldito fiscal, él mismo le había llevado las actuaciones por la mañana, con un poco de diligencia hubieran tenido la orden del juez para mediodía y Rosendo Crío estaría preso, evitando ese circo. Martínez Rossi encendió el motor; señaló los últimos vehículos que se sumaban a la caravana de patrullas. El diario, la televisión, radios y portales de internet; uno por uno los reconoció el inglés. Sin apuro, el jefe puso su coche cerrando el cortejo precedido por el concierto de sirenas y el show de luces azules y blancas. Bordearon el parque Matorras para dirigirse a la avenida Roca, la última antes de las vías, la del Parque Lino.

–Pobre tipo, se va a morir del susto.

–Poco más y traen los comandos de General Paz.

–Ojo inglés, el comisario los pidió. No los trajeron porque hay un acto político, esta noche. Pasa el gobernador por allá.

La punta de la caravana dejaba la avenida para meterse en las calles de tierra, del lado opuesto a los árboles, superado el sector de juegos infantiles. A pocas cuadras, donde el parque dejaba serlo y se convertía en monte, se apreciaban las figuras sensuales de las travestis. Mientras los patrulleros rodeaban la manzana de Crío, Hughman apreció que los cronistas, cámara en mano, habían identificado el rancho bajo donde moraba el perpetrador. Sintonizó en la radio una emisora de FM, oficialista a ultranza, que solía transmitir en vivo los discursos de campaña; estaba en eso, la dejó en volumen mínimo. Ubicados sobre la bocacalle, en el centro de la calzada, tenían vista directa a la casucha blanca de paredes desdibujadas.

Diez efectivos, rodilla en tierra, apuntaron sus escopetas a la puerta de la casa. Otros tantos estarían en el fondo. Megáfono en mano, el comisario leyó la orden de captura para Rosendo Crío y lo instó a salir. El inglés observó a su acompañante; había bajado la ventanilla y fumaba, sonriendo al seguir la actuación del comisario. Gracias al acto le había tocado encabezar la diligencia ante la prensa local; el jefe del distrito y el de la región estarían junto al palco del gobernador. La puerta de madera se abrió. Salió un hombre bajo, manos en alto, descalzo. Dos hombres dejaron las filas, corrieron hacia él, tomaron su cabeza y lo obligaron a hincarse. El hombre gritó, por su pierna fallida. Lo esposaron y lo alzaron de los pelos, a empujones lo acercaron a un patrullero en tanto cinco efectivos se metían en la casa. Se oyeron aplausos. El comisario hablaba por su celular. Hughman subió el volumen de la FM, contagiándose de la sonrisa amarga de su compañero. Inconfundible, la voz del gobernador: “Me acaban de informar que en Blanca, a pocos kilómetros, un gran operativo culminó con la detención de un peligroso delincuente. ¡Esa es un prueba más de nuestro compromiso con la seguridad!”.

 

© Juan Pablo Goñi - Todos los derechos reservados

Escritor.

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