Canción del payaso triste – David de la Torre

Canción del payaso triste – David de la Torre

Canción del payaso triste – David de la Torre

Jul 2, 2017

Las Palmas | Miguel Ángel Contreras

Canción del payaso triste

Por David de la Torre


Faltaba una semana para el aniversario. La muerte de su padre significó, para él, un alivio. No sólo por dejar de estar obligado a visitarle cada domingo desde hacía quince años. Sino por liberarse de un yugo forjado a base de reproches y palizas. Sin embargo, el pueblo que les vio nacer opinaba lo contrario. “¡El señor Barret! ¡Barret, el Gran Payaso!” Y es que el padre era un auténtico clown de profesión. Hacía reír a los niños que recorrían kilómetros con sus abnegados padres para ver cómo él, el Gran Payaso, estampaba contra su cara tartas de colores, tropezaba con pelotas de goma espuma y jugaba al hula-hop con una foca drogada y sumisa.

Recordaba como su padre echaba de menos el circo ambulante cuando éste se estableció definitivamente en la ciudad. Llevar a la familia a rastras le importaba un bledo. Sus quejas, no las tenía en cuenta. Ni las amenazas con las que su esposa le recibía cada noche. Sólo vivía para sus estúpidos números ridículos y vergonzantes… y para las trapecistas. Aunque eso era otra historia.

William Barret miraba la fotografía de su padre que descansaba sobre la chimenea una noche lluviosa de abril. Las gotas torpedeaban la ventana con violencia mientras un viento rabioso bandeaba los árboles hacia un lado y al otro. Parecía que en cualquier momento se romperían, precipitándose sobre algún coche o encima de la verja de su casita en el barrio residencial de Port Mouth. Y William siempre tenía la misma congoja al verlos ladearse como juncos. Un relámpago iluminó el salón y la penumbra abandonó la estancia durante unos segundos. En ese instante,  William escuchó una canción en la planta superior. “Dios mío” susurró. El sonido provenía del altillo de la primera planta. Y sabía qué se guardaba allí arriba, una estancia que se cerró hacía quince años atrás y jamás se volvió a abrir. Pero la musiquita seguía sonando. William acudió a las escaleras y subió el primer peldaño. Su corazón palpitaba con fuerza y rapidez. Subió el segundo escalón y el tercero. La madera crujía según avanzaba como si anunciara el preludio de una visión fantasmal al fondo de la escalera. Pero llegó arriba y allí no había nadie. Tan sólo el sonido metálico y machacón de aquella cancioncita que continuaba su viaje por el aire desde el altillo.

La planta de arriba tenía cinco habitaciones, un baño inmenso y un despacho. El despacho pertenecía a Harald C. William Patterson Barret II. William siempre pensó que tal longitud en el nombre se debía más a una baja autoestima que a un título nobiliario, ya que nunca vio más de una decena de libras por la casa. Los muebles que la adornaban eran sobrios, humildes e incluso destartalados. Pero eso cambiaba en el despacho. El abuelo Harald era abogado de profesión y exigió vestir su cuartel con las maderas más exquisitas que pudieran encontrarse en Gran Bretaña. Y forró cada pared con estanterías que aguantaban libros extraños y raros volúmenes sobre temas esotéricos, de adivinación y ocultismo. Aunque poco le sirvieron las técnicas adivinatorias para ver el futuro de su hijo. Y mucho menos de su nieto.

William entró en el despacho y una presencia gélida atravesó su costado empujándole hacia delante un par de pasos. Su abuelo seguía allí. Estaba convencido de ello y, por eso, las ventanas fueron tapiadas con las mismas maderas que formaban parte de las estanterías. Allí, en medio de la estancia ocre y bajo la luz de una lámpara amarillenta, continuó escuchando la canción. La entrada al altillo se encontraba en una esquina del despacho. Tan sólo necesitaba una banqueta y la llave. Entonces William se preguntó dónde demonios estaría la llave.

Cuarenta minutos después, la encontró tras revolver la habitación y apartar de su campo de visión todos los recuerdos que, como enanos correteando por la pradera, escapaban de cada cajón y cada armario al abrirlos, tirándole del pantalón y dándole azotes en el trasero. No le gustaba recordar. Y le molestaba mucho hacerlo. Con la llave en la mano suspiró varias veces en un esfuerzo de no entrar en cólera y gritar. Tenía la esperanza de ahuyentar a los fantasmas que acababan de instalarse en su casa.

La llave accionó el mecanismo y la trampilla cayó golpeando la nariz de William. Este enarcó las cejas e increpó al trozo de madera que le marcó el puente de la nariz mientras gritaba de dolor. Cuando se calmó, decidió guardar silencio. De nuevo, la canción maldita sonando, ésta vez, con más fuerza. Subió por las escaleras que la trampilla tenía disponibles y tanteó con los dedos el interruptor que su abuelo instaló cerca de aquella abertura en el techo. Un chillido se clavó en el oído de William cuando una rata se asustó al accionar el mecanismo. Y se hizo la luz.

El pequeño desván, refugio de roedores y palomas en un tiempo donde la única ventana que existía se mantenía abierta, estaba repleto de cajas, baúles y trajes embutidos en plásticos transparentes. La visión de aquel contenido era espeluznante, como si decenas de cadáveres se mantuvieran en pie mirando a quien emerge desde el cuadrado situado en el suelo, al son de una maquiavélica canción que no paraba de sonar.

 

Blaithin Carmody se encontraba frente al cadáver sin pestañear. El cuerpo tumbado boca arriba, con los brazos extendidos, parecía que fuera a comenzar un vuelo sin fin mientras no paraba de sonreír.

–¿Habéis encontrado algo interesante? –dijo la Teniente de Policía Federal de Darwin, Australia.

–Nada, Teniente. Tan solo lo que usted ve: el cuerpo desnudo y la cara pintada como un payaso.

–Hay que analizar la pintura y limpiar la cara por si tuviera señales o marcas de violencia. También habrá que mirar bajo las uñas, tomarla muestras de semen, etc. Lo de siempre.

–Si Teniente. Lo de siempre.

Blaithin regresó al coche con nauseas. Al entrar, un intenso olor a pollo al curry le revolvió más el estómago. Cogió el paquete que lo contenía y salió de nuevo del vehículo en dirección a una papelera. Pero no llegó a tiempo y vomitó a escasos metros de allí. Se limpió con la manga de la camisa mientras no dejaba de recordar la cara de aquella pobre chica, pintada de blanco con el contorno de los ojos de color rojo intenso y dos heridas en la comisura de los labios. Para rematar el lienzo, el asesino le había pintado una mueca de tristeza.

El volumen de la música aumentó mientras William se acercaba hasta una caja pequeña y marrón, sin dibujos ni adornos, cerca de un caballete y un maletín de pintor. La humedad de las islas británicas no había arruinado aquel mecanismo metálico que provocó en William la aparición de más y más recuerdos no deseados frente a él. Pero ésta vez no gritó ni entró en cólera. Sin comprenderlo, sintió cierta gratificación al escuchar la música tan cerca proveniente de aquella caja que al fin localizó y pudo coger del suelo. En sus manos, una sensación inusual recorría sus venas debido a la vibración de las planchas de metal chocar con los puntos en un rodillo que giraba y giraba sin fin. Su atención se desvió en un cambio de ritmo hacia el caballete que soportaba un trapo beis. Su mano derecha se acercó y sintió el polvo en la yema de sus dedos. Tiró de él y su mirada se clavó en el lienzo. Allí, un rostro familiar se mostraba: era un retrato de su padre disfrazado de payaso, con su sonrisa triste característica. William sintió odio y rencor. Sin control ninguno sobre sí mismo, guardó la cajita de música en el bolsillo de su batín y cargó con el caballete y el maletín de pinturas. “Va a ser el mejor aniversario, Papá… ¡ya lo veras!” pensaba. También bajó varios lienzos de distinto tamaño y se instaló en el despacho. Su cuerpo le empujaba a ejecutar la venganza que tanto tiempo llevaba planeando y decidió pintar payasos tristes para colgarlos por toda la casa y romper, de éste modo, la cárcel monocromática donde se encontraba desde que murió su padre.

Al día siguiente, Blaithin recibió una llamada de su Capitán para acudir a un descampado situado a las afueras de Darwin, en una zona industrial. Allí, de nuevo, un cadáver yacía desnudo, con los brazos en forma de cruz y con la cara pintada como un payaso. Las mismas heridas en la comisura de los labios. Las mismas pinturas pero, esta vez, distintos colores.

William pintó el primer cuadro en dos días, sin comer ni beber. Ni siquiera fue al baño. Un payaso con la boca deformada en la comisura de los labios, la tez blanca como la cal y el contorno de los ojos de color negro. Cuando finalizó el retrato, cayó exhausto sobre la alfombra del despacho y durmió durante otros dos días. Y soñó estar en otro lugar, en una especie de nave industrial con una cuchilla en la mano. Y sintió tener frente a él los útiles para pintar que su padre guardaba en el altillo. Y disfrutó aplicando capas de colores oscuros sobre el rostro frio de aquel desconocido. Y sintió un placer inmenso al rajar la comisura de los labios provocando una falsa sonrisa sobre aquel cadáver. Al fin, se despertó sobresaltado y su rostro se tornó en espanto al ver lo que había a su alrededor.

Blaithin acudió a la sala de autopsias para escuchar los resultados de la autopsia a la primera víctima mientras la segunda era transportada hasta allí.

–Se trata de un varón, de unos cincuenta años, muerto por asfixia. De los exámenes que hemos hecho no hay ningún resultado reseñable. Salvo la pintura.

–¿Qué quieres decir?

–La pintura utilizada posee una mezcla extraña en los componentes no se puede comprar en ninguna tienda local.

–¿Donde la fabrican?

William observó decenas de cuadros con payasos apoyados en cada rincón del despacho. Todos diferentes y todos pintados dentro de un macabro sueño que se había convertido en realidad. De pronto, la música volvió a escucharse en el interior del altillo. Juraría haber bajado con la cajita de música pero volvió a subir para terminar, de una vez por todas, con aquella pesadilla de la misma forma que había empezado: debía deshacerse de aquella maldita caja. Al llegar al lugar donde la caja se encontraba observó un álbum de fotografías antiguas que nunca había visto antes. Y deseó haberlo dejado cerrado por siempre.

–En Londres, mi Teniente.

–¿En Londres?

–Si. También vende por internet pero, por ahora, sólo para Irlanda.

–Mira a ver que hora es en Gran Bretaña y, si puedes, llama a la empresa que comercializa las pinturas. Quiero un registro de ventas del último año, con nombres y apellidos.

William agarraba el álbum como un naufrago se aferra a la última tabla que flota sobre el océano. Sus lágrimas mojaban el anverso de su mano mezclándose con el polvo y el sudor que le producía tocar aquellos objetos antiguos. Decidió levantarse y un pequeño sobre sobrevoló sus pies. Sin mucha atención lo recogió y salió del altillo. “Necesito beber algo” pensó. Apesadumbrado por lo que había visto en el interior del álbum, con la cabeza gacha y los hombros pesando una tonelada, bajó las escaleras haciendo caso omiso a los crujidos de la madera. La lluvia continuaba empapando el jardín y cayó en la cuenta que, si seguía lloviendo así, los rosales que rodeaban la casa terminarían pudriéndose. Pero le daba igual. Al llegar al salón, William depositó el álbum sobre la mesita de té situada junto a un sillón de respaldo alto. Una nube de polvo surgió en la oscuridad al dejarlo caer y encendió el televisor. Él sólo veía la CNN. Era el único canal con el que se sentía rodeado de gente. Pero aquella noche no le prestaba atención. Había encendido la televisión por el mero hecho de escuchar ruido hasta que una noticia le paralizó. El vaso de licor que se llenaba en su mano izquierda se precipitó al vacío, provocando la rotura del vidrio en mil pedazos mientras William, descalzo y con yagas en la planta de los pies, caminaba dejando huellas coloradas hasta el salón. Se plantó sin pensarlo delante del televisor con la botella de whisky en la mano derecha y, dando un trago, dejó de respirar por unos segundos. El reportero de las noticias internacionales mostraba imágenes pixeladas de cadáveres desnudos y la cara pintada como un payaso. Como los payasos representados en la decena de cuadros que aún se encontraban, solitarios, en el despacho. Agarró el álbum y volvió a mirar las fotografías. No cesaba en su asombro cuando un teléfono apareció en la pantalla del televisor. Sin dudarlo, marcó el prefijo internacional de Australia y, a continuación, el de la Comisaria Federal de Darwin.

En la Comisaria alguien cogía el teléfono sin mucho afán. Pero una frase al otro lado de la línea, tan sólo una, despertó un repentino interés en el interlocutor que corrió hacia donde se encontraba Blaithin.

–Mi Teniente.

–Ha vuelto a entrar sin llamar… ¿no puede esperar un poco?

–Mi Teniente… es por el “asesino de payasos”…

–¿Algún graciosillo otra vez?

–Creo que no, mi Teniente… éste dice que sabe quien es el culpable…

–¿Y por qué habría de creerle? –Respondió levantándose.

–Porque llama desde Londres, mi Teniente.

Blaithin corrió al teléfono y, minutos después, gritó un nombre: –¡Buscar a Barret, William Barret en la base de datos!¡Ahora!.

No descolgó. William le relató que había encontrado en su altillo clausurado hacía quince años, que ocurrió dos noches atrás en el despacho de su abuelo y el extraño caso de los cuadros con los dibujos exactos a los realizados sobre cada víctima aparecidos después de dormir durante cuarenta y ocho horas. La Teniente no cesaba en su asombro cuando recibió la fotografía de aquel con quien hablaba de mano de un oficial. Entonces William recordó el sobrecito que sobrevoló sus pies, allá en el altillo y lo abrió. Se trataba de una fotografía. Una postal de Darwin, Australia. William preguntó:

–El la localidad de Darwin, ¿verdad?

–Si.

–Hay una casa –dijo examinando la postal –dígame, Teniente, una casa cerca de un parque… grande.

–No sabía decirle, señor Barret… necesito algo más…

William acarició varias fotos del álbum donde aparecían los dos. El junto a un desconocido y su espalda se arqueó. La lluvia cesó y un relámpago de recuerdos recorrió su mente, mostrando una carpa, roja y azul, con un cartel enorme…

–Señor Barrett, ¿se encuentra bien?

–Si… si… una carpa… dígame, una casa cerca de un parque y una carpa…

–¿Roja y azul?

–¡Si!

–¡No cuelgue, por favor!

Blaithin ordenó que le fuera transferida la llamada a su móvil mientras corría con otros doce agentes de las fuerzas especiales hacia aquella casa característica de Darwin. Al llegar, entraron con un ariete y descubrieron, en el salón cuyas ventanas se encontraban tapiadas con maderas ocre, una decena de cuadros. Cuadros con caras de payasos tristes. Cada una igual a las dibujadas en las víctimas.

–Estamos en la casa, señor Barrett. Hay muchos cuadros con payasos pintados.

–Payasos tristes…

–Eso es. Pero hay algo más.

–Dígame… ¿está ahí?

–Si.

Blaithin se acercó al cuerpo de un hombre tumbado boca abajo, sobre el suelo del salón. Le giró la cabeza y juró haberle visto antes. En seguida recordó donde: era idéntico a la fotografía que le dieron en la comisaria. Igual que el señor Barrett con quien al teléfono hablaba.

–Mi teniente, la casa está a nombre de Wallace Barret.

“Dios mío” susurró Blaithin. Al otro lado de la línea solo se escuchó el silencio. El móvil de la Teniente recibió un último mensaje del señor Barrett. Se disculpaba. Decía que Wallace Barrett era su hermano gemelo. Confesó que se enteró aquella misma noche. Y dedujo que debió de comunicarse con él de alguna forma psíquica o espacio temporal… ambos guardaban un odio exacerbado por su padre pero cada uno lo expresó de una manera distinta.

La comunicación se cortó. El cadáver del señor William Barret se encontró en el salón de su casita de Port Mouth a la mañana siguiente. En la misma posición y orientación que guardó el cuerpo de Wallace Barrett… en Darwin, Australia.

Del Texto ©  David de la Torre- Todos los derechos reservados

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