Carátula: muerte accidental – Hughman #04

por | Ago 30, 2016 | Goñi_Juan Pablo, RELATOS, Verano - 2016 | 0 Comentarios

Hughman#04_imagenEl sonido horadó sus oídos, dos años sin concurrir a un bar lo habían desacostumbrado a la música alta. La penumbra misma lo molestó, entrecerró los ojos para distinguir mejor las siluetas que se desplazaban en el ambiente. Los bares donde iba con Alicia después de una cena eran diferentes; más iluminados, con clientes mayores que esos jóvenes que deambulaban entre las mesas apiñadas, como si transitaran una pista de obstáculos. Hughman consiguió hacerse un sitio en la barra, junto a un corro de adolescentes; las voces agudas de las chicas aumentaban los decibles del ambiente. A pesar de la incomodidad, se relajó. Tenía entendido que era uno de los antros más escabrosos de Blanca; tras cinco minutos, comprobó que distaba mucho de los auténticos pubs riesgosos que conociera en Londres, en su otra vida.

Optó por no identificarse como policía. Pidió cerveza negra, quizá convocando a los ángeles de su juventud. Aunque sus treinta y cinco años distaban de la vejez, verse rodeado de personas que oscilaban los veinte lo hizo sentirse mayor. Sólo había detectado otras cuatro personas de treinta años o más en su recorrida por el local. El rock se perdía a pocos metros de la puerta, disparándose cada vez que se abría y la estridencia hería la quietud de la madrugada por unos segundos. El inspector no consiguió definir si las jóvenes cercanas eran mayores de edad. Prefirió no saberlo, esas cuestiones concernían a Martínez Rossi, ¿para qué enemistarse con el jefe de calle? Bebió con calma. La espuma de la bock que le destaparon no era cremosa.

Su misión era difusa. Esa tarde había muerto una joven por sobredosis, estaba en discusión si por mano propia o por voluntad ajena. Veintitrés años, estudiante de medicina avanzada. Esa condición había abierto los ojos del fiscal; de haberse tratado de una chica de barrio o de una adicta conocida, el caso se hubiera caratulado como suicidio –o muerte accidental, para dejar calmos a sus deudos. El fiscal consideró que una joven con ese conocimiento debía ser consciente de la cantidad que ingería. Sin nota de suicidio, exigió que trataran el caso como un crimen. El primer objetivo de Hughman era hallar al dealer que la abastecía. Sus compañeros en la seccional no le dieron nombres, en teoría carecían de datos sobre el narcotráfico, competencia de una pequeña brigada específica. Sólo refirieron que en Sabbath se reunían maleantes a quienes alguna vez capturaran con marihuana encima.

Hughman rió; desconocía que hubiera un caso de sobredosis de marihuana en la historia policial. También le causaba gracia considerar delincuentes a los congregados esa noche. El bar se hallaba a pocas cuadras de la terminal, frente a las vías. Hacia el otro lado, lejos, el Parque Lino y su cargada oferta de sexo travesti. Las mujeres, con parada en las cercanías del bar, del lado de las vías, habían dejado la calle antes, eran ya las dos de la mañana. El local tenía un patio y otro salón atrás, aún no visitados por el inspector. Terminó el litro de cerveza y fue hacia ese sector. El patio era pequeño, más de veinte personas fumaban. Hierba. Jóvenes de clase media, bien vestidos. No divisó ninguna de las caras vistas en sus dos años en la seccional, malhechores que entraban y salían seguido de los calabozos. Se introdujo en el salón del fondo; baños junto a una de las paredes, cuatro mesas de pool, una barra pequeña. Las luces sobre los paños verdes eran toda la iluminación. Dos de las chicas que jugaban eran prostitutas. Ambas con shorts muy cortos, botas de caña y blusas ajustadas; carteras pequeñas colgando de sus hombros. Sus abrigos, sobre la barra. Los demás eran hombres, una docena. La mayoría empuñaba los tacos; un grupo pequeño hablaba, apoyados en las puertas de los baños.

-Vos sos poli –dijo la más alta de las chicas, pelo teñido de rubio, rostro cobrizo achinado.

Las conversaciones se detuvieron, al igual  que el entrechocar de las bolas numeradas. La música era más débil y difusa, la misma que escapaba del salón delantero. Hughman era el centro de atención y lo asumió. Tomó a la chica del brazo. La llevó contra la barra. Los movimientos se reiniciaron. La otra mujer, cercana a los treinta años, midió sus pasos. Su intención era tomar el abrigo y marcharse; desistió al comprender que debía pasar frente al inspector para obtenerlo. Prefirió ir hacia el fondo y acercarse a otra mesa, donde dos muchachos con remeras de bandas de heavy metal disputaban una conversada partida. Hughman acomodó a la chica, sabiendo cuál sería su primera frase. Acertó.

–Yo estoy bien Martínez Rossi, se va a enterar de lo que pase. Preguntale por Brígida.

Otra sonrisa para el inspector. El jefe de calle podía ser candidato para el Premio Nobel de la Paz, todos estaban bien con él. Recordó a O´Connor, el irlandés del norte que se encargaba de las redadas en la zona londinense a su cargo; un hombre de nariz roja, cercano al retiro, de patillas amplias y grises. ¿Qué sería de él? Antes de interrogar a la chica, sentada sobre una banqueta, moviendo nerviosa sus piernas, pidió otra cerveza. Blanca, no tenían opciones. Pidió dos vasos. Brígida ablandó las líneas de su rostro al recibir el suyo. Hughman la dejó beber. ¿Cuánto hacía que no se hallaba tan cerca de una mujer? La única que tuvo cerca desde Alicia había sido Denisa, travesti a la que protegió por unos días, cuando intervino en un crimen macabro. Aunque no habían tenido contacto íntimo, tenía presente cuánto lo había perturbado su presencia. La vulgaridad de la presunta rubia sentada frente a él no la volvía menos atractiva. Sus piernas se anunciaban blandas al tacto. Tetas pequeñas. Flaca.

–No vengo por tus cosas. Necesito saber quién vende cocaína.

–¿A mí me preguntás? Ustedes saben mucho mejor que nosotros quienes venden cocaína.

Intuía la respuesta. Correcta, además. Sus compañeros no querían romper acuerdos o complicarse con mafias pesadas. Ni siquiera los de narcóticos, hablando de marihuana como única droga circulante. Los familiares de la joven muerta llegarían al día siguiente a recoger el cuerpo; la estudiante provenía de Médanos, ciudad costera. Hughman se aferró a la idea de la confrontación con los padres para continuar con una tarea que le resultaba ingrata. Carecía de escrúpulos para hostigar e incluso golpear a cualquier violento, pero detestaba actuar sobre criaturas tan desprotegidas como putas, travestis o chicos de la calle.

–¿Dónde conseguís la coca? No me obligues a abrir tu cartera y la de tu amiga, porque ni tu amigo Martínez Rossi las va salvar una vez que la cosa pase al fuero federal.

Las palabras amenazaban, la voz sonaba como un ruego. La joven percibió ese destello de pesar en los ojos del inspector. Se franqueó.

–Me la consigue una piba que vive cerca, no sé cómo se llama. No es de acá, es estudiante. Tiene dos trenzas chiquitas al frente, pelo largo y suelto. Es bonita, de cara chica, no sé qué más decirte. Es ella la que pasa por casa si es que no le dejo un aviso, mañana le toca. Casi siempre anda con unas zapatillas raras, de muchos colores y suela alta.

Hughman no había tomado contacto siquiera con las fotos de la víctima pero supo de inmediato que respondería a esa descripción. Bebió antes de responder. Brígida lo imitó, estudiándolo. Se había arriesgado. La piba, casi una nena, no le parecía peligrosa, nunca hubiera delatado a un hombre. El inspector se estaba enojando, y mucho. ¿Cómo no le habían dicho en la seccional que la víctima era traficante?, ¿qué clase de espíritu de cuerpo existía en ese país? Decidió no perder más tiempo y tomó a la joven del brazo.

–Agarrá tus cosas y vamos.

–¡Me prometiste que no me llevabas! –los gritos de la joven volvieron a interrumpir la actividad del salón. La colega se sentó, el cuerpo agazapado, detrás de uno de los jugadores. Hughman le arrojó un abrigo, Brígida señaló el otro. Se lo colocó, volvió a tomarla del hombro. La sacó al patio. La colega corrió hasta su propio abrigo, lo levantó el piso, extrajo el celular y marcó un número. Los tacos volvieron a empujar las bolas y el salón recuperó su ritmo.

 

Entre los pasillos del hospital los tacones de Brígida rebotaron contra el piso de baldosas como una ametralladora.  A esa hora había que ingresar por el frente viejo y atravesar varios corredores hasta llegar al pasillo que conducía a la morgue. Hughman la llevó casi corriendo. Sabía que la otra prostituta había dado el soplo a Martínez Rossi. Supuso que el jefe de calle lo estaría aguardando en la seccional. Que esperara. Un bedel los acompañaba. Les abrió la puerta interior de la morgue. Brígida se estremeció. Mucho frío, el inspector notó que sus manos se ponían blancas. Las luces dejaron ver dos mesas de trabajo, camillas con láminas metálicas debajo, muebles grises. Más atrás, cercanas a la salida a la calle, una heladera alta, con varias puertas. El cadáver de la joven estaba en uno de esos cajones refrigerados. Brígida se asustó. Letreros pequeños colgaban de cada manija, identificando los cuerpos. Había tres. Trabajo para las casas de sepelio.

El inspector se dirigió a los cajones. Se detuvo. Enfrentó la mirada de la prostituta, casi palpó el pánico, las rodillas juntas, la piel de gallina en la piel expuesta. Notó que crecía su deseo, incongruente en ese espacio rodeado de muerte. La joven lo miró como preguntado qué. Hughman maldijo, no recordaba siquiera el nombre de la muerta. Leyó la primera tarjeta. Hombre. La segunda, mujer. Vio números. La edad, descifró. Cuarenta y cinco. Tomó el tercero, Maricarmen Elirregui. Veintitrés. Era ella. Abrió el cajón sin demoras. El cuerpo estaba embolsado. Brígida retrocedió, se llevó las manos a la cara. Hughman abrió la bolsa. La llamó. No obtuvo respuestas. Fue hasta ella, la sacudió con fuerza, la tomó de una muñeca y la arrastró hasta el cajón abierto, en precario equilibrio al perder el sostén de su mano. Brígida asintió, desvió la vista. Se soltó y se apoyó en una de las mesas. Lloró.

Hughman cerró la bolsa, luego el cajón. Se acercó a la chica. Tomó con suavidad una de sus muñecas. Percibió el perfume dulzón. Se estremeció. Rechazó la sensación. Aplicó fuerza para tomarla de los hombros y empujarla a la salida. Una vez fuera del hospital, le dio cien pesos para un taxi. La dejó en la puerta de la guardia. Partió raudo hacia la seccional, a enfrentarse a Martínez Rossi, al comisario y a quien se le pusiera por delante. Era inconcebible que no conocieran la actividad de la víctima quienes se encargaban de la calle. Tampoco los de narcóticos.

 

La discusión llevó varias horas, Hughman no tuvo empacho en despertar al mismo comisario y a Fallece, el jefe distrital de la policía. Los jefes tampoco dudaron en citar a todo el personal dedicado a combatir el tráfico de drogas. Las acusaciones cruzadas continuaron, los agentes buscaban excusas para pasar por los pasillos cercanos al despacho del comisario, donde estaban agolpados el inspector, el jefe de calle y los mencionados. Ninguno asumió conocer el comercio que llevaba adelante Maricarmen. A eso de las siete de la mañana, llamaron a los juzgados y consiguieron la orden para allanar la vivienda que la joven compartía con Elisa Peña, una chica proveniente de Necochea, estudiante también de medicina. Era necesario tener algo firme para cuando llegaran los padres de la víctima. Todos participaron del operativo.

Las chicas vivían cerca del club Piedrabuena, en un departamento interno. Pequeño, un entrepiso con dos camas, una sala abajo donde disponían de mesa y televisor. La cocina estaba junto a la puerta de entrada, el baño bajo la escalera. La compañera de Maricarmen se asustó al ver tanto despliegue. La dejaron a cargo de una oficial femenina. Dieron vuelta los colchones, la ropa del pequeño armario, revisaron las pilas con suéteres junto a las camas. En menos de una hora no quedaba espacio alguno por chequear. Nada. Ingresaron un perro que acababa de llegar de la cabecera del distrito, educado para olfatear drogas. Fracaso. El pequeño departamento estaba limpio. Si bien la chica había tenido tiempo de llevarse la droga, de haberla guardado allí algún resto sería fácil de olfatear por el sabueso.

Hughman pensó, en el pasillo. Martínez Rossi fumaba, junto a un efectivo de narcotráfico. Maricarmen fue encontrada por una pareja en un banco del parque Lino, donde comenzaban los juegos, el extremo más cercano al centro de la ciudad; falleció en el hospital, a minutos de entrar. ¿Qué hacía ahí?  Era posible que el parque fuera el punto de encuentro con las travestis, podía venderles droga antes que llegaran al trabajo. Brígida: “pasaba por casa”. Descartada la hipótesis. Otra opción; aunque a veinte cuadras, el parque estaba sobre la misma avenida de la terminal de buses; la chica recibió la droga y se dio un saque en el parque. ¿Y el resto del cargamento? Segunda hipótesis descartada. El inspector fue a ver a Elisa. Estaba sentada en un patrullero.

–¿A quién conocía Maricarmen en la zona del Parque Lino?

La chica respondió de inmediato. Frente mismo a los juegos vivía Walter Manón, su mejor amigo. Dio las señas de la casa, Hughman subió a su vehículo y partió, seguido por uno de los patrulleros. Se detuvo frente a una vivienda de paredes amarillas, puerta de madera cuarteada, blanca. No había posibilidad de error. Ni timbre. Golpeó. No obtuvo respuestas. Lo flanquearon dos uniformados con las manos cerca de sus cartucheras; dos jóvenes, uno de cada sexo. Hughman dudó, no tenía órdenes. Tanteó el picaporte, la puerta estaba abierta. Se introdujo en la casa, dio con una sala pequeña, con libros en el piso, muebles de caña, un televisor y un adorno tétrico; un joven rígido, tendido sobre un sillón, los ojos abiertos, las manos extendidas. Sobre el vidrio de la mesa, una tiza de lo que parecía ser cocaína, rasgada. Restos de una línea y un papel enrollado en forma de tubo. Hughman mojó su dedo, pasó la lengua por el polvo y comprendió. Se tambaleó al componer la escena en su mente: la chica aspiró, se sintió mal, salió para buscar aire. Walter tomó el tubo, aspiró también. Terrible. El inspector llamó al comisario, que se encargaría de ordenar las pericias. Ya sabía el resultado.

Cruzó al parque, se sentó. Él también necesitaba aire. Olvidó el costado positivo: no habría que mentir a los padres, por una vez se trataba de una auténtica muerte accidental. O no, una cadena de complicidades había permitido que llegara ese polvo venenoso a la nariz de Maricarmen. Hughman lo encasilló dentro de su lista de casos impunes, como homicidio por corrupción

 

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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