Charla de gallos – Yo Cardo # 5

Charla de gallos – Yo Cardo # 5

CHARLA DE GALLOS

Por Agustín García Meana

 

Charla de gallos_imagenLos más de los días, ayudaba a Luigi a echar el cierre. Por el contrario, pocas eran las mañanas que le ayudaba a levantar la persiana, pues nunca he sido madrugador, y las nueve de la mañana, en invierno, resulta una hora poco recomendable para abandonar el calor de las mantas. Aquel día hice una excepción.

Era martes, y los martes Antonella se encargaba de abrir el negocio familiar, una tienda de ultramarinos colindante con el pub en el que trabajaba el descendiente de maños. Nunca supe si Luigi tenía o no quien calentase su cama, pero no había duda de que fantaseaba con que fuese Antonella. Tampoco era de extrañar, pues medio Trastevere estaba en lo mismo, y el otro medio eran mujeres. Y es que, Antonella, veintipocos de natural risueña, era poseedora de unas nalgas dignas de altar.

Así las cosas, si cuadraba en martes el día que decidía presentarme a las nueve en el pub, me mantenía unos metros más arriba, el hombro contra la fachada del edificio, Limberg a mi lado, y un Lucky consumiéndose calada a calada. Aguardaba a que Luigi terminase de cruzar las tres o cuatro frases que era capaz de intercambiar con Antonella; el barman lo intentaba y ella, educada, le seguía la corriente. Después, Luigi se perdía tras la puerta del local y no volvía antes del cuarto de hora. Todos los martes la misma cantinela y, en lo que yo pude llegar a saber, jamás consiguió nada de la hija de doña Isabella. El barman era buen tío, pero seguro que aquel culo ya tenía donde recalar y, más que nos pesase a medio Trastevere, debía ser posadera fiel a su silla.

A Luigi le traía sin cuidado que el primer cliente de aquella mañana fuese el tipo taciturno que vivía unas calles más arriba, que entraba en el local con su pastor alemán –una vez meado, eso sí–, sin oficio conocido y demasiado tiempo libre. Tampoco Luigi era de entrometerse en las vidas ajenas más allá de lo que desde el otro lado de la barra le quisiesen confesar; era barman y ejercía con profesionalidad. Pedí un café bien cargado, Limberg se acurrucó al pie del taburete sobre el que yo tenía intención de reposar mis huesos media mañana, y di fuego al tercer cigarrillo del día. No hubo conversación, quizá porque Luigi ocupaba su mente en sopesar las palabras intercambiadas con Antonella, en un afán pueril por encontrarles algún tipo de sentido, a las de ella quiero decir; por aquello de buscar cierto trasfondo de complicidad en sus intenciones, las de él, por supuesto, que a fin de cuentas eran las que a Luigi le interesaban. Me caía bien Luigi, pero esto no quitaba que, en lo que a Antonella se refería, le viese como un patán; en cierto modo era un poca cosa incapaz de camelarse a la hija de doña Isabella. El caso es que no hubo conversación. No con el barman, sino con quien resultó ser también un madrugador cliente, un conocido con el que no me apetecía compartir barra.

–Oye amigo, tendrás algo que hacer ahí detrás, ¿verdad?

Y Luigi, aunque poco avispado para el tema de las mujeres, supo que, por mucho que el garito fuese de su responsabilidad, tocaba perderse en el almacén. No hay que ser un lince para percatarse de que uno sobra cuando el que entra, por mucho que fuese bien vestido y su perfume oliese desde la acera, no inspira ningún tipo de cordialidad. Y más si lo primero que hace, después de cerrar tras de sí la puerta, es volverse para girar el cartel que cuelga del cristal a fin de anunciar el cierre temporal del garito. Después ya vino la sutil invitación a irse, con cierto tono de voz bronco apropiado para asustar a desgraciados como Luigi. Valentino –que así se le conocía en el mundillo– era un cabrón, pero no era más cabrón que yo, así que ni siquiera me ocupé de saludarle; bebí otro sorbo de café, al que siguió una calada al Lucky mientras Luigi desaparecía tras la puerta que daba al almacén.

–A ese perro tuyo no le dará por morder, ¿eh?

Valentino solía ser educado, pero aquella mañana no parecía tener humor para ello. Le resté importancia, a fin de cuentas no tenía ganas de discutir y menos de enseñar modales, que no está bien eso de ir por la vida dando lecciones que no desembocan en provecho alguno. Decidí que lo mejor era responder en el mismo tono.

–Solo cuando cierra la boca. Aunque, si quieres, puedes probar a prestarle la mano un momento. Basta con que se la acerques al hocico.

–Dicen que el perro es lo que el amo. Ni loco acercaría mi mano a tu hocico.

–No tienes pinta de saber bien. No quiero estropear el paladar.

–No creo que tengas paladar. La panceta y los huevos fritos que tanto te gustan no son propios de un gourmet.

–Eso dependerá de los gustos del gourmet –un trago de café, una calada, y me harté de tanta tontería–. ¿Qué coño quieres, Valentino?

–Charlar. En ello estamos, ¿no?

–Por ahora lo único que has hecho ha sido sentarte en ese taburete y tocarme los huevos. Si quieres charlar puedes empezar por hablarme del tiempo.

–¿Qué tiempo? ¿El pasado? Podríamos hablar de algo ocurrido hará un par de noches.

–Quizá. ¿Qué pasó hará un par de noches? ¿Llovió?

–A Garganelli le dieron pasaporte. Tú no sabes nada, ¿verdad?

–¿Insinúas algo? Roma es muy grande. No soy el único cabrón con pistola capaz de cargarse a alguien. Quizás hayas sido tú. No lo haces mal tampoco. Además, Garganelli trabajaba para la competencia de tu jefe.

–Dos tiros certeros. Uno a la cabeza y el otro al corazón. La rúbrica de ese que lo hizo se parece bastante a la tuya. Además, junto a él aparecieron muertos otros dos.

–¿Alguien importante? ¿En qué bando jugaban esos dos?

–No en el de don Cosomo. Lo cierto es que eran un par de matones de tres al cuarto. Suponemos que algún independiente. Todo muy raro. Quizás amigos de Garganelli.

–Las malas lenguas dicen que Garganelli se quería independizar. Igual estaba ocupado en formar su propia “familia”.

Bufó Valentino. El sicario en nómina de don Cosomo Broggi, el capo a quien Paola Macchetta había comprado mi deuda, se estaba empezando a cansar de tanta vacua palabrería.

–Le debías dinero a Garganelli. Mucho dinero. Así que si unimos esto al hecho de que tu firma parece rubricar el trabajo, no tengo más remedio que estar aquí sentado.

Garganelli no era de los vuestros. ¿Por qué tanta preocupación? No creo que a don Cosomo le importe mucho eso, ¿verdad?

–Yo creo que sí.

Valentino, es demasiado temprano. No sé qué coño has venido a hacer aquí. No sé qué coño te puede importar lo que le haya pasado o dejado de pasar a Garganelli. Es más, no sé qué coño te importa saber nada de ese sottocapo.

–Don Cosomo ha sido bien claro. “Valentino, búscame a Montoya, habla con él y ponle las cosas en su sitio”. Estoy aquí por eso, Cardo, para preguntarte por qué coño te has cargado a Garganelli.

–Tanta insistencia en acusarme está empezando a hincharme los huevos.

–Alguien se carga al cassetto de don Cosomo. No hay motivo. O al menos don Cosomo no conoce motivo. El caso es que te han encargado a ti, precisamente a ti, que equilibres la balanza. Y ahora aparece muerto Garganelli. ¿Qué está pasando, Cardo?

–No tengo ni puñetera idea. Pero tampoco entiendo a qué tanta preocupación con la muerte de Garganelli. Al menos no por parte de tu jefe.

–Don Cosomo sospecha que alguien se la está jugando y, por la cuenta que te trae, espero que tú no tengas nada que ver.

–Yo no me cargué a Garganelli.

Tampoco mentí. En verdad Garganelli ya estaba casi muerto, a manos de los dos que terminaron cadáveres a su lado. Yo tan solo le había ahorrado la agonía.

–Óyeme bien, Cardo. Esto huele a mano negra. A alguien que quiere empezar una guerra entre bandas para sacar provecho. ¿Qué tienes tú que ver ahí?

Valentino, ¿de verdad me crees tan estúpido? Mira, no quiero problemas. He venido a Roma sin intención alguna de meterme en líos, así que ya imaginarás lo poco que me apetece despertar en medio de un fuego cruzado entre familias de la mafia. No, bastante tengo ya con el dinero que les debo. Tú y yo sabemos eso.

–Que yo sepa, a don Cosomo no le debes dinero. La viuda del abogado le compró la deuda. Allá tú ahora con tus arreglos con ella. Y el otro acreedor era Garganelli. ¿Deuda zanjada?

–Hasta la alimaña más rastrera tiene quien la herede. No sé. ¿A quién le deberé ahora el dinero? Dime, Valentino, ¿quién coño figura en el testamento de Garganelli?

–No te gustará. Garganelli no tenía más familia que su “familia”. Ya me entiendes, Cardo, la “familia”. Y a esos les gusta cobrarse la deuda.

–Dicho esto, ¿me crees tan estúpido como para cargarme a ese gordo y pasar a tener acreedores de peor pelaje? No sé, Valentino, no me cuadra.

–Ni a mí. Y lo que es peor, ni a don Cosomo. Cardo, ándate con cuidado.

–¿Es un consejo o una amenaza?

–Tú sabrás.

Valentino caminó hacia la salida. No miró atrás. Giró el cartel para que rezase “Aperto” y abandonó el garito. No se había cerrado la puerta cuando Antonella la cruzó. No estaba mal el trueque, digo, salir un cabrón para entrar una diosa. Llamé a Luigi con un fuerte grito; al barman le gustaría la tercera visita de aquella mañana. Antonella me dio los buenos días –no la correspondí, sin más motivo que la desgana y el saber que tampoco me serviría de mucho–, y aproximó sus caderas a la barra. Luigi regresó del almacén en donde había estado escondido todo aquel tiempo, acurrucado en alguna esquina cuan miedoso ratón. Su rostro se iluminó al ver a la hija de la tendera. Caminó hacia ella con paso apresurado.

No sé de qué hablaron. No escuché qué había entrado a buscar en el pub Antonella. No me importaba. Me centré en lo que restaba de café en la taza y en terminar el cigarrillo para prender otro. Un par de minutos más tarde, con la primera calada de mi recién estrenado Lucky, Antonella salió del pub. No pude evitar recrearme en el vaivén de sus caderas absorto en la veneración de sus nalgas. Fue entonces cuando vino a mi mente el primer pensamiento lúcido del día.

“Jodido Valentino. Cabrón de mierda”

© Agustín Garcia Meana. Todos los derechos reservados

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