CRUELDAD VERDADERA

por | Ago 31, 2016 | Gracia Ortuño_Fernando, Relatos, Verano 2016 | 0 Comentarios

Crueldad Verdadera 

Por Fernando Gracia Ortuño

 

Crueldad Verdadera_imagenNo podemos cambiar el destino. De no estar preso en estos momentos entre estas cuatro paredes, estaría en mi cuarto leyendo. ¡Pero qué lejos queda todo ahora! Lo cierto es que lo echo a faltar. Hasta que ocurrió lo que ha cambiado mi vida. Por una vez se ha hecho justicia, pensarán algunos de mis vecinos en su fuero interno. Todo ha sucedido en unas horas. De la noche a la mañana el mundo tal como lo conocía antes ha desaparecido, el sol ha dejado de brillar, o si lo hace es opaco y lúgubre como la noche, que lo invade todo ahora, aquí, en esta celda, encerrado en esta penitenciaría con los peores criminales del mundo. Pero todo esto estaba en los planes. Es extraño, te das cuenta al poco de estar aquí que pierdes la intimidad. Es como una gran familia donde todo se comparte, lo quieras o no. En eso consiste estar encarcelado. Los gritos inundan la noche, son alaridos de protesta o desesperación, de rabia o de la furia más desatada. Los oyes como una tormenta de fuego y granizo al mismo tiempo. Sabes que no podrás detenerla jamás, y si tus oídos no se acostumbran te volverás loco en poco tiempo.

Estoy hablando conmigo mismo. En esta celda estoy solo de momento. Ya sé que no tardarán en colocarme una compañía. Lo más probable es que no nos llevemos bien. En estas circunstancias piensas lo que vale la libertad. El único que se da cuenta es el celador al otro lado de la celda. Desde hace unos días le escucho. De vez en cuando abre la pequeña compuerta para atisbar si cometo alguna barbaridad contra mi persona. Cuestión de seguridad. Esta mañana se ha extralimitado a darme cuatro migajas de conversación, de apenas cinco minutos. Siente curiosidad por un tipo como yo, he de suponer, pero nada más. Supongo que algo de morbo le debe de dar. Pero a la hora del patio, en el comedor, o por los pasillos blindados cuando nos trasladan a la enfermería para curarnos cualquier herida, mantiene la boca cerrada. No me mira al pasar en esas ocasiones. Todo queda en el secreto de esta especie de confesionario carcelero y mudo. Además debe de ser una especie de tema tabú entre sus colegas, si alguno lo hace no lo cuenta. Como hace poco que estoy aquí, no me acostumbro a hablar con nadie. En el patio además, vendrían a por mí en cualquier momento, porque estoy seguro que ya les habrán dado el chivatazo a los cabecillas. Sería una tontería pedir protección, incluso a este celador, decírselo en confidencia, todo el mundo me tildaría de chivato a los pocos minutos, y mi vida aquí duraría menos que un caramelo en la puerta de un colegio al regresar al patio. Pero todo esto sucede porque soy nuevo, y los fanfarrones de siempre se quieren pasar de listos y desahogar su furia con el primer novato que entra. Sin razón, sin motivo ni nada.

Esto mismo le hubiera comentado esta noche a mi extraño confesor, el celador curioso. La verdad  es que éste es un mundo muy peligroso, cualquier paso en falso te puede enviar a la celda de castigo durante meses, por un lado, o, en el peor de los casos, al hospital o a la morgue, por el otro.

Me pregunto por qué este celador siente curiosidad. ¡Deja de preguntar de una vez! Se ha callado de pronto, por miedo a que se formara un escándalo en la galería. Ahora ya no me da miedo hablar a las claras como cuando estaba fuera y todo era normal. ¿Sabes que te estás jugando el expediente? Lo celadores y los de seguridad no podéis, no debéis bajo ningún concepto entablar ninguna clase de conversaciones con los presos, de no ser estrictamente protocolario. Como se había asomado por la claraboya enrejada, vuelve a cerrar. Entonces hace ademán de girarse para cerrar el ventanuco de barrotes, pero lo freno al instante. En todas partes están las normas escritas y las reales, las segundas se sobreentienden. Quiere que me deje de reconvenciones y le cuente por qué estoy aquí en realidad. Creo que se aburre y simplemente quiere pasar el rato. Pero sé perfectamente bien que tengo que ser precavido, muy precavido. Y más en una cárcel, donde las paredes oyen, y hasta diría que chismorrean. Donde todos saben todo de todos, como en un pequeño pueblo.

Primero tendré que localizar al sujeto que ha matado a mi hermano. Está aquí dentro, saldrá dentro de poco. Después, matarlo. Fue fácil entrar aquí, sólo tuve que robar unas cuantas carteras en el metro, en realidad lo más fácil que he hecho en mi vida.  Me han condenado a no sé cuántos lustros por ello. Son consecuencias desmesuradas, claro, pero qué le vamos a hacer, así es la ley y su sentido común. A los políticos por robar millones de euros les dan un súper empleo de lujo en el Parlamento Europeo. En fin, de todas formas: ¿Las entenderían mis razones sus señorías, aunque tuviera que explicárselas durante horas y pormenorizadamente? ¿Hay alguien que ha tenido alguna vez un ser querido y se lo han arrebatado de repente, arrancándole media vida y el sentido de la misma? Eso nunca se llega a pagar, y lo que se hace cuenta para el prójimo. Lo peor es que es imposible meterse en tu piel. Y la justicia… ¿Qué hace en realidad la justicia?

Almorzando con la mayoría de los presos a la hora de la comida, en medio de todo el barullo, nadie parece escuchar a nadie. Jamás me dirán nada de aquél al que estoy buscando. Eso es indefectible. Son las convenciones lo que marcan el diálogo de sordos. No te escucharían ni que gritaras desgañitándote vivo. Estás solo. Quisiera algún día poder hablarlo con el psicólogo de la cárcel. Tienen que saberlo. El mundo entero tiene que saber que se puede matar a un hombre y salir a los cuatro días por buena conducta. Que el sistema no funciona. Tengo las manos manchadas de sangre cuando duermo, en un desierto de muros, sumergido entre  pesadillas que lo invaden todo, sin permitirme respirar.  Sé taxativamente que no podré hacerlo sin acabar de hundirme del todo. Y sin embargo, si no lo hiciera, ¿me respaldaría la justicia? Eso, todo el mundo lo sabe, no tiene importancia. Es mi yo, mi identidad, algo relacionado con la dignidad y el más profundo amor, algo que tiene que ver con el hecho en sí de la verdad de la existencia, del honor… Todo aquello de lo que toda esta gente, carne de presidio, no sabe nada en absoluto, en este mundo inconexo y alborotado.

Los miro uno a uno con disimulo sin dejar de examinarlos al detalle. Sé que no tardaré mucho en descubrir el rostro del asesino. Y que pronto, muy pronto, ese mismo rostro dejará de reír y burlarse cínicamente. Lo sé, lo sé, tan cierto como que estoy vivo, lo sé perfectamente. Porque el dueño de ese rostro, en menos de dos o tres días, dejará de respirar, y ya no estará en el mundo de los vivos de verdad, lo que tienen sentimientos. Aunque sea lo último que haga… dejará de respirar entre los vivos.

 

 

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Escritor.

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