Cuando es mejor no descubrir al asesino – Hughman # 5

por | Sep 9, 2016 | Goñi_Juan Pablo, RELATOS, Verano - 2016 | 0 Comentarios

Cuando es mejor no descubrir al asesino

 

 por  Juan Pablo Goñi

 

Cuando es mejor.._imagen Hughman sostuvo el cáliz como un sacerdote en plena consagración, sin reparar en la coincidencia. Su cometido era ajeno al rito, buscaba conocer su peso. Liviano, más liviano que lo que suponía. La cruz se mantenía contra la pared, tampoco era el arma homicida. Finísimas moléculas de polvo podían distinguirse en el hilo de luz que penetraba por las ventanas, enfocando el cuerpo del padre Javier, tendido sobre el altar. Un paseante distraído hubiera supuesto que era un borracho durmiendo.

Eso pensó Petrona, la catequista, cuando ingresó a la capilla y vio al hombre tendido sobre el mantelillo blanco. Enojada, fue a echarlo; a la altura del primer banco, reconoció al padre. Sorprendida, dio los últimos pasos con lentitud; estaba junto a él, cuando notó el profundo aplastamiento de la sien izquierda. Petrona fue internada por una crisis de histeria. Hughman salió de la capilla, dejó a los peritos trabajando. Sólo del forense podía esperar datos interesantes; el lugar estaría cubierto de huellas y de ADN de los feligreses. El médico, además de establecer la hora de la muerte, podía especular sobre el objeto utilizado por el criminal. Calificó el asunto como un caso de difícil resolución.

Por tres días recorrió el barrio, averiguando horarios, costumbres y actividades del cura y de las personas cercanas a la capilla. Poco avanzó con estos interrogatorios. La ciencia estableció que el padre había muerto entre las cuatro y las cinco y media de la tarde, hora en que cientos de colegiales pasaban por la vereda, a la salida del colegio. La herida había sido causada por una maza. Ningún chico ni maestra recordó haber visto a una persona con una maza esa tarde. Ni con un martillo o con un adoquín, otros elementos que podían haberse utilizado. De no tratarse de un sacerdote, el caso hubiera sido destinado al cajón de los casos muertos. Pero el obispo ejercía presión y el comisario la descargaba sobre el inspector. A casi una semana, su situación se hacía insostenible.

Repasó las actividades, escrutando los dichos recogidos. Entre todo el papelerío, halló un detalle; los alumnos de primer grado habían estado jugando a las escondidas en el atrio, desde las cuatro. Una maestra había faltado; como solución, la preceptora los llevó a descargar energías. Hughman se apersonó en el colegio. Pidió hablar con los pequeños, potenciales testigos. Algo en la expresión de la directora le dijo que, de no ser el cura el asesinado, esa autorización no le hubiera sido concedida. Se colocó frente a la clase y les preguntó del juego, de los escondites, de la gente que pasaba. Los chicos respondían con entusiasmo, excepto una rubia pequeña, frágil, que mantenía la cabeza agachada y dibujaba en su cuaderno.

–¿Ninguno vio al padre Javier?

La cabeza de la niña se alzó. Sus ojos celestes relampaguearon y una sonrisa sardónica se instaló en su cara. Hughman se estremeció, se restregó los ojos y volvió a mirarla. La niña estaba otra vez ausente, concentrada en su dibujo. Una hora después, el inspector aguardaba frente al colegio. Cuando los niños salieron, divisó a la rubia, que apretaba un cuaderno contra su pecho. Avanzaba cabeza gacha. Hughman la siguió. Dos cuadras más adelante, la chica pasó una verja y se introdujo en un jardín; al fondo, una casa pequeña. Llegó hasta la puerta y se volvió, como retando a Hughman. El inspector, con paso dudoso, se acercó. Cuando estuvo a cinco metros, la niña abrió el cuaderno y mostró un dibujo. Un demonio, con cuernos, escamas y cola como un espolón, sobrevolaba un altar y hundía su puño inmenso en la cabeza de un sacerdote. La niña cerró el cuaderno, sonrió y se metió en su casa. Hughman decidió ceder el caso a un inspector más escéptico. O más valiente.

 

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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