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 Puerta_005Una tarde de mayo (algo tarde) andaba ensimismado en ligeras reflexiones cuando de repente y fruto de la más inocente casualidad (?) me pregunté sobre el devenir de las personas que, gracias a un concurso de televisión, habían ganado un apartamiento (sí, con  esa ‘i’ que cruje) en Torrevieja, provincia de Alicante. Se me agolparon una serie de preguntas para las que no encontré respuesta: ¿Qué fue de ellos, a qué dedican su tiempo libre o cuánto tardaron en vender el regalo y regresar al pueblo hundidos en una profunda desazón? Y un escalofrío recorrió mi geografía, tanto la física como la espiritual.

No obstante, debo aclarar a aquellos humanos llenos de mala leche, que mi apartamiento nada tiene que ver con la genial  reflexión que hizo Billy Wilder a través de Jack Lemmon y Shirley MacLaine. Y mentiría si dijera lo contrario.

Aquella misma noche, tras zamparme los últimos restos de un cordero lechal y olvidar a base de ansiolíticos el asunto levantino, me lancé a la búsqueda de noticias con un marcado tinte grasiento, casi rallando la miseria y hete aquí que leí: “Encuentran a un señor de oronda figura en el interior de un cuarto oscuro con claros síntomas de desorientación”. Ni qué decir tiene que inmediatamente vi que el asunto tenía cierta enjundia. Tras dormir unas horas, levanté el vuelo mientras el día clareaba y encaminé mi olfato periodístico rumbo al lugar de los hechos sin ni siquiera despedirme de mi amada esposa. Al llegar al sitio no encontré más a que a un viejo conocido, José El tiritos, un gran fotógrafo con el que más de una vez viví grandes momentos en algún que otro bar de alterne.

––¿Qué pasó campeón? Ya veo que estás currando a lo grande; que no pierdes detalle de la más rabiosa actualidad, vamos, que no sales de la cloaca en la que te metió aquel hijo de puta de director.  Me dijo el muy mamón a la vez que no dejaba de fotografiar a una vieja que recogía basura de un contenedor cercano.

––Ya ves, eso me pasa por ser un chico malo o un gilipollas. Que nunca lo he tenido claro. 

Tras las presentaciones de rigor (ante un agente de la autoridad y con el presidente de la asociación de vecinos), logré entrar en la casa del protagonista que en aquel momento era atendido por una enfermera a quien los vecinos habían contratado visto el nulo interés de los responsables sanitarios de la zona. En un primer vistazo la vivienda dejaba entrever que  en tiempos no tan lejanos había sido un lugar con cierta clase, si bien ahora la cosa pintaba estrecheces y ausencias. Ciertamente no existía nada parecido al concepto abierto que tanto ha hecho para entender aquello de las soluciones habitacionales.

––Soy Guillermo Santana Rivero, el dueño de esta humilde casa. Sean ustedes bienvenidos, aunque aún no entiendo el por qué de tanto revuelo por un simple mareo.No sé que ha pasado para recibir esta atención que sólo me turba.

Será por los muchos años de oficio, pero cuando es necesario intento ayudar al sujeto de mi interés si este no termina de ver claro lo que quiero; se niega a colaborar por el bien del derecho a la información (?) o simplemente quiere algo que no puedo dar (que esto no es ni Washington ni yo trabajo en el Post) y por fortuna don Guillermo se encontraba en el primer grupo. Usted no se preocupe, le dije, que iremos todo lo despacio que quiera hasta que aflore la verdad o algo parecido.

Después de conversar sobre cosas intrascendentes pero necesarias para que el protagonista desactivara sus alarmas (y mientras José no dejaba rincón sin fusilar) Guillermo comenzó a narrar lo acontecido la noche anterior. Me dijo que había estado  viendo algunas fotos de familia, recordando momentos gratos e intentando no acordarse de los malos. Mirando retratos de sus padres, de los primos; de una amiguita a la que dio su primer beso y de su hermano (el único) que había muerto en extrañas circunstancias, a manos de alguien que le dio matarile por esos motivos por los que, casi siempre, se envía al hoyo a un amigo, y que jamás fueron desentrañados porque, según me dijo, la policía se retiró del caso al cabo de diez días sin avisar a la familia.

––Mis padres, desesperados  los pobres, fueron a la comisaría para interesarse por la investigación y lo único que les dijeron era que tenían mucho trabajo… y que ya verían.Y nunca más.Y no se es nadie, tan poca cosa, que no alcanza ni la figura de sujeto tributario.

Con la mirada aún algo perdida, el viejo prosiguió el relato que a veces detenía para atender a los vecinos que se acercaban para saber cómo le iba. Me contó que mientras observaba la foto de su hermano, que habían encontrado junto al cadáver, (la última imagen vivo) se fijó en uno de los tipos que componían la escena: De los tres hombres, el más próximo a la víctima, daba la impresión de que empuñaba en su mano derecha algún objeto alargado. Guillermo comentó que, evidentemente, nadie se dio cuenta de ese detalle porque a veces la investigación se precipita por laderas llenas de obstáculos. Sabia senectud.

––No sé por qué, pero fui a por una lupa para observar el objeto con mayor detalle y debo decirle que sí, que aquello es una especie de punzón muy fino. En ese instante, me acercó la fotografía y pude ver, lente mediante, que tenía razón.

Fantástico, creo que tengo una exclusiva; una bomba informativa. Esta oportunidad no se me escapa, seguro que me abre alguna puerta con cuyo portazo cerraré la ventana por la que tantas veces he planeado largarme de aquí. Casi me desmayo. Entonces, disimulando mi subidón de autoestima, indiqué al caballero que no se lo contara a nadie más, que, por favor, dejase que fuera yo quien publicase la noticia, que le estaría agradecido de por vida, pero cuando iba a seguir con mis súplicas, Guillermo se acercó hasta mi y dijo:

––No se preocupe usted por eso, hombre de Dios, tenga la seguridad de que será el único en publicar la noticia ¿Sabe qué le digo? No sólo eso, también tendrá el privilegio de conocer quién es y cómo se llama el asesino.

De un impulso se puso en pie, dio un par de pasos y mientras José ajustaba el fotómetro para inmortalizar ese momento, don Guillermo asestó una puñalada en la garganta a uno de los mayores puteros que he conocido.

© Miguel Ángel Contreras 2016 - Todos los derechos reservados

Escritor y columnista de S.N.N.