Cuerpo extraño

por | Ago 29, 2016 | Relatos, Reyes_Osvaldo, Verano 2016 | 0 Comentarios

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Osvaldo Reyes 


CUERPO EXTRAÑO

Cuerpo Extraño_2— ¿Sobrevivirá?

Mantovani aspiró el aroma a café, el calor cubriendo su rostro como un manto.  Al abrir los ojos se encontró con los del Detective Salas que esperaban una respuesta a su pregunta.

—No sé. – Fue su respuesta sincera.

—Vamos doctor.  Debe tener una idea.

Mantovani bajó la taza y la puso sobre la mesa.

—El área pélvica está irrigada por decenas de vasos ¾dijo con aspereza¾. ¿Tiene idea del daño que hace una bala disparada a corta distancia?  La señora Cardoze no debería estar viva.

Salas estuvo a punto de recordarle que llevaba suficiente tiempo viendo homicidios como para saber el efecto de un disparo de bala, pero se contuvo.  Le daba la impresión que el doctor no era una persona que tolerara muy bien que le hicieran perder el tiempo.

—Es mi única testigo —aceptó Salas— y detesto los cabos sueltos.

Mantovani suspiró con fuerza.

—Bien.  Hagamos un trato.  Usted me dice que pasó y yo le doy mi más sincera estimación de su futuro como testigo.

Salas no lo pensó demasiado.  La historia iba a salir en la primera plana de todos los periódicos a la mañana siguiente.

—Al esposo de la señora Cardoze, se llama Jorge por cierto, le gustan los actos sexuales atípicos.  Uno de los que parece encender más sus jugos internos es el estimular a su esposa sexualmente con un… bueno, un arma.

Mantovani alzó la ceja y Salas respondió con un gesto similar de los hombros.

—¿Qué le puedo decir? La gente hace muchas locuras en la cama.  Unas más peligrosas que otras.  En fin, según la declaración del esposo, estaban en lo mejor del asunto cuando el arma se disparó.

—¿El arma estaba cargada? ¿Son adictos a la adrenalina o algo así?

—Según Jorge Cardoze revisó el arma primero y no tenía balas.

—¿Entonces?

—Solo una persona tuvo el arma en su poder.  Su esposa.

—¿Mi paciente? -preguntó Mantovani señalando con la mano en dirección del salón de operaciones- ¿Sugiere que ella cargó el arma que casi la mata?

-Es su declaración. Asegura que él no fue y que ella fue la única que pudo hacerlo.  La dejó sola mientras iba al baño. Fue cuestión de dos o tres minutos. Más que suficiente.  Así que, como puede ver, es su palabra contra la de Serena Cardoze.  Eso me lleva a mi pregunta original.  ¿Sobrevivirá?

—Perdió tres litros de sangre de los cinco que tiene el ser humano.  La bala destrozó la pared lateral del útero y todos los vasos correspondientes.  Por suerte era una bala de pequeño calibre.  ¿Se la dieron?

Salas asintió.

—Tuve que remover el útero y el ovario derecho, además de reparar una lesión vesical y suturar un desgarro en la pared vaginal.  Si no sangra o desarrolla una complicación mayor, tal vez viva.  Como quedó aquí ¾ dijo tocándose la sien ¾ con la pérdida masiva de sangre, esa es otra historia.

Salas se pasó la mano por las mejillas, donde una  barba incipiente luchaba por salir.

—Si le sirve de algún consuelo —dijo Mantovani recobrando su taza de café— es muy probable que esa bala salvara su vida.  De no haberla operado hoy, lo habríamos tenido que hacer en un par de días y en peores condiciones.

El cansancio desapareció de su rostro.

—¿Cómo? ¿Por qué?

-La señora Cardoze tuvo un aborto hace poco.  Uno mal hecho, por cierto.

La tensión en Salas fue tan evidente, que Mantovani sintió que había dicho algo que el detective  no esperaba.

—Jorge Cardoze insistía en que salvaran la vida de su hijo.  Pensé que era un embarazo incipiente, ya que usted no hizo mención del hecho.

—Eso es imposible —dijo Mantovani—. Serena Cardoze estuvo embarazada y yo diría que era de unas 16 semanas.  Eso serían 4 meses más o menos.  El punto es que abortó hace un tiempo.

—¿Cómo puede saberlo?

—El útero regresa a su tamaño normal después de un parto o aborto.  Toma días y en el caso de la Serena ya estaba casi de tamaño normal.

—No.  Mi pregunta es ¿cómo supo el tiempo de embarazo?

—Por el cuerpo extraño.  Se le mencioné, ¿cierto?

—Sí, pero pensé que se refería a la bala.

—No, detective.  Me refería al dedo —dijo Mantovani— o a lo que quedaba de uno.

***

—Tenía razón —fue lo primero que dijo Salas al verlo dos días después—. El hueso correspondía a un feto de 16 semanas.  Falange distal.

Mantovani, quien en ese momento firmaba un expediente, dejó la pluma sobre la mesa y sonrió.

-Se lo dije.

-Sí, sí.  Sin embargo, yo debo seguir el procedimiento.  Necesitaba una certificación oficial.  ¿Cómo está Serena?

-Viva —dijo Mantovani—. En un sentido muy general del término.  Sigue conectada a un ventilador.  Están haciendo todo lo posible para sacarla, pero no será  fácil.

—No se puede tener todo.  Hubiera preferido la declaración de Serena, pero ya no creo que sea necesario.

—¿En serio? Pensé que detestaba los cabos sueltos.

—Así es, pero estoy atando una soga lo bastante larga como para ahorcar a Jorge Cardoze sin necesitar a su esposa.

Pensó en no decir más, pero presentía que Mantovani era confiable.  Además, quería conocer su opinión del asunto.

—Serena Cardoze presentó una denuncia hace cuatro meses.  Acusó a su esposo de violarla.

—¿Violarla? ¿Estaban separados?

—No.  Había iniciado las averiguaciones según sus amigas, pero estaban casados cuando el ataque.  Fue un caso de la palabra de uno contra el otro.  El juez decidió a favor del esposo y todo quedó allí.

—Excepto que salió embarazada —dijo Mantovani, sacando las cuentas en su cabeza.

—Exacto.  Serena nunca quiso tener hijos y menos con su esposo.  Solo llevaban casados dos años y fue un desastre.  Era abusivo y sus gustos sexuales no se limitaban al uso de armas de fuego.  Serena le tenía miedo.

—¿Y qué dice el esposo?

Salas se echó a reír.

—Insiste que Serena fue la que lo invitó esa noche a su casa.  Que sentía mucho haberlo acusado y que quería darle una noticia.  Dice que estaba enamorado y fue de buena gana.  Le dio la noticia del embarazo e hicieron el amor.  Luego, y esta es la mejor parte de la historia, dice que fue Serena la que le propuso usar el arma.

—Ya veo —dijo Mantovani—. ¿Recuerda quién presionó el gatillo?

—Se lo pregunté.  Dice que no.  Estaba demasiado emocionado.  Según él, pudo ser cualquiera de los dos.

Una voz femenina anunció por el altavoz que esperaban al doctor Mantovani en el quirófano 3.

—Lo siento detective —dijo levantándose—. El deber me llama.

—Comprendo.  No se preocupe.  Como le dije, es un caso casi cerrado.  No hay forma que un jurado crea que Serena Cardoze, después de denunciar una y otra vez los abusos de su esposo, fuera quien lo invitó a una sesión de sexo como a él le gustaba.  Es más, el hecho del aborto solo parece confirmarlo.  Lo malo es que Jorge no sabía que ya había abortado cuando fue a verla.  Quizás al enterarse fue que se endemonió y le disparó.  Ese escenario tendría más lógica, ¿no cree?

—Seguro que sí —dijo Mantovani, quien en realidad tenía otra idea.

***

            Se acercó a la cama y la estudió en silencio.

No supo el tiempo transcurrido, pero ella debió sentir su presencia.  Abrió los ojos y se le quedó mirando.

—No se preocupe —susurró a través de la máscara que le cubría el rostro—. No vengo a sacarle sangre.  Vengo a escuchar su confesión o, más bien, a que me confirme si mis sospechas son correctas.

Sus ojos se abrieron un poco más de lo normal.

—Como le dije.  No se preocupe.  No soy de la policía ni me interesa ayudarlos.  Usted trató de separarse de su esposo y él la atacó.  La obligó a tener relaciones sexuales sin su consentimiento y lo único que lo salvó es el hecho de que estaban casados.  Un juez le dio la razón.  Eso debió enfurecerla.  No me imagino como debió sentirse al descubrir lo del embarazo, pero creo que cuando eso ocurrió no quería justicia.  Quería venganza.  Quería hacerle pagar por todo lo que le había hecho.

Mantovani se detuvo.  Serena no respondió, pero su cornea estaba humedecida.

—Así que fue a buscar ayuda.  Alguien le provocó el aborto.  Ese fue su único error.  La persona no hizo un muy buen trabajo.  De no haber sido por eso, tal vez nadie habría puesto en duda su palabra.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.  El monitor cardíaco reflejó una elevación de la frecuencia.

—Después del aborto esperó el tiempo que usted consideró suficiente y puso en marcha su plan.  Llamó a su esposo y lo invitó a su casa.  Lo sedujo y le dijo lo del embarazo.  Después le sugirió que usaran el arma, como tantas otras veces él la obligó a hacerlo.  Sabía que no podría resistirse y cuando le dijo que usara el baño, obedeció como un borrego.  Usted cargó el arma e hizo lo que tenía que hacer.

La frecuencia llegaba a casi cien.  Movía la cabeza apenas, como si tratara de negarlo.  El tubo que entraba por su boca y llegaba a sus pulmones le impedía hablar.

—Quería morir, pero que Jorge cargara con el muerto.  Quería verlo en la cárcel, donde debió ir en tantas otras ocasiones.  Si debía morir para conseguirlo, estaba dispuesta a pagar el precio.

Mantovani se acercó a su oído.

—Y la respeto por eso.

Detuvo sus movimientos de protesta.  Su frecuencia cardíaca regresó a un ritmo más regular.  Mantovani levantó la mano y le mostró lo que traía en ella.  Una jeringuilla llena de un líquido claro.

—Esto es insulina.  Si la inyectó aquí —dijo tocando un sello de caucho en su brazo— morirá.  Todos esperan ese desenlace, pero sabemos que eso no va a ocurrir.  Usted es una luchadora.  Hasta cuando quiere morir su cuerpo se resistirá.  Una ayuda —dijo moviendo la jeringuilla— sería adecuada.  Caerá en un profundo sueño y no despertará.  Puede vivir si quiere.  Creo que lo logrará, pero si lo hace tendrá que declarar.  La policía le hará preguntas y podría fallar.  Un solo error y Jorge queda libre una vez más.  La pregunta que le hago es: ¿qué es más importante? ¿Su vida o la venganza?

Sus ojos fijos en los suyos.  Las lágrimas, un recuerdo salado en sus párpados.

—Cierre los ojos una vez si quiere vivir.  Dos, si prefiere vengarse.

Serena cerró los ojos una vez.  Mantovani esperó paciente, jeringuilla en mano, para ver si repetía el gesto.

***

Encendió el equipo de sonido y la habitación quedó sumida en las notas musicales de una sinfonía que se conocía de memoria.  A pesar de la oscuridad pudo llegar al interruptor.  Prendió la luz de la pecera y una luz blanca iluminó el mundo acuático que cubría una pared de su cuarto.  Con la habitación a oscuras, era como un portal a otra dimensión.

Dos peces moros, sus escamas de un color negro aterciopelado, flotaban a la par de un pez con forma de navaja de igual color, a excepción de una línea blanca que atravesaba el cuerpo de cabeza a cola.  Mantovani se acercó a la pecera y sacó del bolsillo del saco un frasco transparente.  Le quitó la tapa y del interior sacó un pequeño objeto de apenas unos milímetros.

Salas debía estar recibiendo la llamada informándole de la muerte de Serena Cardoze.  En horas de la mañana Jorge Cardoze también sería informado. Además, descubriría que estaba acusado de asesinato.  Su vida había llegado a su fin y no lo sabía.

Mantovani  movió el objeto entre sus dedos, uno de los dos cuerpos extraños que encontró durante la cirugía de Serena.  Uno se lo entregó al Detective Salas.  El otro lo guardó de recuerdo.  La punta de otro dedo que todavía conservaba la uña en formación.

Lo había limpiado y todo lo que quedaba era el hueso.  Un pequeño fragmento de color blanco que dejó caer al interior del acuario.  Empezó a hundirse como si bailará entre las corrientes.  El pez en forma de navaja fue el primero en verlo.  Se empujó hacia el objeto y lo succionó, pensando que era una ración extra de alimento.

Mantovani no dudó que eso sería lo que pasaría.  Ese pez en particular se conocía como Fantasma Negro.  Le pareció apropiado que fuera el primero en darle la bienvenida.

Casi en el acto lo escupió y se alejó en busca de otras fuentes de alimento que se le pudieron haber escapado.   Mantovani sonrió y se sentó en el borde de la cama, las notas de Dies Irae del Requiem de Wolfgang Amadeus Mozart resonando con tal fuerza que hasta el Fantasma Negro debía estarlas escuchando.

El fragmento de hueso siguió descendiendo hasta tocar el manto de pequeñas piedras blancas que formaban el fondo del acuario.  Un cuerpo extraño que desapareció casi en el acto, como si quisiera en el anonimato alejarse del pasado de violencia que lo engendró.

© Osvaldo Reyes - Todos los derechos reservados

Escritor. Corresponsal en Panama de Solo Novela Negra

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