RELATOS

El Botín

por | Feb 18, 2017

El Botín

Por Antonio Suárez Moreno

 

Faustino le dio un sorbo largo a su cerveza y luego se puso a observar a la concurrencia de la taberna. Llevaba tiempo viniendo y conocía a la mayoría aunque fuera de vista. Ahí se encontraba Samuel, ejecutivo de un banco que a pesar de su status se dejaba ver por lo menos unos tres días a la semana en el tugurio. También estaba Rigoberto, plomero de un hospital del gobierno, a un lado suyo Martín, un desempleado; ambos discutían de política sin ponerse alguna vez de acuerdo. El lugar era reconocido como punto de reunión para  personas que trabajaban fuera de la ley. No importaban clases sociales ahí dentro.

Alguien se sentó junto a él.

Hablando de gente que tenía problemas con la policía, Hernando Duarte era la persona más famosa del sitio. Él y cómplices efectuaron el robo del siglo. Se llevaron varios millones en efectivo, así como obras de arte de la casa de la familia Hernández de Hita, una de las más acomodadas del país. Le extrañó a la policía que no se hubieran llevado joyas, tan sólo un reloj Rolex que ni siquiera era de oro, habiendo varios de ese tipo en el mismo lugar. Sólo atraparon a Hernando y fue por un golpe de mala suerte. Uno de sus secuaces olvidó una mochila en la que cargaban las herramientas y que traía una identificación suya. Nunca denunció a sus compinches y jamás recuperaron el botín. La policía estaba segura que él fue el que lo escondió. Cuando lo detuvieron tenía en su posesión el Rolex, lo pensaba regalar a su padre moribundo que siempre había deseado uno.

La mansión que robaron era conocida como Fort Knox ya que se consideraba inexpugnable. Los rateros utilizaron alta tecnología y agilidad atlética, descolgándose del techo y huyendo por conductos de desagüe. Incluso filmaron una película sobre ello.

Hernando estaba libre bajo palabra y corrían rumores de que lo seguían a todos lados, tanto la policía como sus compañeros.

-¿Cómo se encuentra, amigo? -le preguntó sorprendiéndolo.

-Bien, gracias.

-Veo que ya casi termina su cerveza, permítame pagar la siguiente.

Faustino aceptó. Luego se pusieron a platicar.

-¿Estaría dispuesto a ganarse un dinero extra?

Eso le llamó la atención.

-¿De qué se trata?

Hernando miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie los escuchaba.

-¿Sabe lo del robo?

A Faustino le sudaron las manos. Asintió con la cabeza.

-Necesito retirar el botín pero me siguen todo el tiempo. Quiero que usted lo haga y le daré el diez por ciento del total ¿qué dice?

Faustino tragó saliva. Estuvo de acuerdo.

Hernando sacó una caja de su bolsillo y se la entregó.

-Es un aparato de audio, sólo recibe señal. Mañana a las nueve de la noche vaya a la dirección en este papel. Sea puntual y póngase el aparato antes de entrar. Yo le daré direcciones desde mi casa -sacó unas llaves y se las entregó- Las va a necesitar.

Sin decir más, se retiró, no sin antes pagarle otra cerveza.

El día convenido, Faustino llegó al domicilio. Era una nave industrial que parecía abandonada. Se puso el aparato y fue probando llaves hasta encontrar una que abriera la puerta.

-Espero que ya se encuentre en el sitio -escuchó por el aparato de radio-. Siga hasta el final del pasillo, encontrará una camioneta. Arránquela, tiene la llave en la ignición. Hablaré en cinco minutos.

Faustino siguió las instrucciones.

Recibió el audio.

-Hay una puerta enfrente, accione el control en la visera. Salga a la avenida principal y mantenga una velocidad constante de cuarenta kilómetros por hora hasta llegar a la calle de Laureles…

Faustino cumplió los señalamientos hasta llegar a una bodega. El segundo botón del control abría ese acceso. Metió el vehículo y cerró la puerta. Se puso a esperar la siguiente transmisión. No llegaba y pensó que le había tomado el pelo.

-A su derecha hay unas escaleras -se asustó al recibir la orden y casi tira las llaves -, baje y encontrará una última puerta. Ahí está el botín. Súbalo a la camioneta y espere mi siguiente emisión.

Faustino obedeció. Al entrar todo estaba oscuro, buscó un interruptor de luz.

-Son las obras de arte -dijo en voz alta cuando se iluminó el lugar.

Lo recorrió.

-No veo el dinero  -volvió a decirle a nadie.

En eso escuchó pasos que se apresuraban hacia él, pronto se vio rodeado de cuatro hombres.

-¿Quiénes son ustedes?

Uno de ellos se le acercó amenazante con un cuchillo.

-Con que tú eres socio de Hernando, pues tienes mala suerte, somos lo que le ayudamos al robo y nos pensamos quedar con todo, desgraciadamente no podemos dejar testigos. No supiste con quién te metías.

Los que no sabían con quién se metían eran ellos. Faustino era un policía encubierto. Pronto, uniformados arribaron al sitio. Faustino había estado transmitiendo todo el tiempo. Además de los secuaces, atraparon a un par de oportunistas que se habían enterado del asunto y pensaban quedarse con una parte de lo robado.

-Busquen el dinero -ordenó Faustino.

No lo hallaron.

Y no lo encontraron porque viajaba en otra camioneta manejada por Hernando que se felicitaba por haber escondido en dos partes el botín. Y lo hizo debido a que el sitio que escogió era húmedo y echaría a perder las obras de arte, por lo que las movió.

El plan funcionó a la perfección. Puso el señuelo y lo mordieron, entonces tuvo tiempo y espacio para recuperar el dinero.

Se rió y volteó a ver la maleta quitando la vista del camino.

Las primeras planas de los diarios del día siguiente estaban repletas de la noticia de la recuperación de las obras de arte. En las páginas interiores se podían ver las terribles fotos de un accidente de tráfico, una masa entrelazada de hierros torcidos y carbonizados, los restos de una camioneta abrazada por un camión. El fuego fue tan intenso que no habían podido identificar al cadáver. Se consumió todo el interior del vehículo.

© Antonio Suarez Moreno - Todos los derechos reservados

Escritor.

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