Hughmann # 6_imagenLa figura se apartó de los cañaverales con lentitud estudiada. Atravesó la pista de atletismo como un paseante solitario que cavila sobre sus cuitas, manteniéndose lejos de la pobre iluminación de la calle. Cerca de la esquina, saltó el cerco y se convirtió en un peatón apurado en volver a casa. Cruzó, se introdujo en el barrio de casas bajas, de veredas despobladas a esa hora. Llevaba una campera gruesa y tenía el rostro embozado por una bufanda negra. Convertido en un peatón apurado en volver a casa, llegó hasta la avenida. Pocos coches. Se puso de espaldas a la calle, simulando interesarse en el cartel de la farmacia que indicaba las que estaban de turno. Cuando las luces de los vehículos se perdieron, atravesó la avenida y se perdió en las calles, una figura más que matizaba el paisaje frío de una noche de invierno. A salvo, consideraba cuidados todos los detalles.

Hughman fue despertado a las tres de la mañana. El mensaje retumbó en su cabeza mientras se vestía de prisa para acudir a la escena del crimen. Un asesinato muy cerca de su casa, junto al río, en el club Piedrabuena; le costó asumirlo. Se creía a salvo de esas contingencias en la ciudad donde había escogido permanecer tras la muerte de su mujer, en ese barrio tranquilo de casas de una planta y de trato casi familiar con los vecinos. Otra mujer moría. Esta joven no había padecido la sinrazón de una enfermedad terminal sino otra sinrazón, más injusta si cabía. Femicidio, dirían los periódicos. Antes de salir de su casa, el inspector tenía en claro las dos opciones a las que se enfrentaba.

Podía ser otro caso de violencia de género, mal que crecía de una manera desconcertante en el país. Horrible, más de resolución simple para el investigador; los culpables se reducían a una pareja o ex-pareja, quizá un familiar. Las pesquisas iniciales buscarían en esa dirección, hasta agotar las posibilidades y pasar a la segunda opción, más tenebrosa e impensada en una ciudad pequeña. Un violador o asesino serial, o la combinación de ambos. Temor, pánico social. Ambos supuestos presagiaban presiones para la policía; el inspector comprendió que el caso quedaría en sus manos, los compañeros de la Brigada de Investigaciones serían gustosos de entregárselo, “con moño y todo”, como decían allí.

Arribó con pocos metros de ventaja sobre la ambulancia forense. De ese lado del río, el club ocupaba una franja de cien metros de ancho, a lo largo de cuatro cuadras; se ensanchaba hasta doscientos metros en el sector de la cancha de golf. Se ingresaba por una calle lateral frente a la usina eléctrica. Recibía a los visitantes una zona amplia con árboles, fogones y mesas para asados. Pasado ese sector, bien junto al río, un pequeño sendero discurría por su vera. A su lado, un cañaveral agreste, descuidado, invadido por pastizales y cardos. Era habitual que lo utilizaran para excursiones los grupos scouts o los adolescentes que escogían caminar la ribera hasta La Isla, un balneario ubicado a seis kilómetros.  No de madrugada, en invierno, en la noche de un martes. La chica sólo podía estar ahí por una cita, si es que el crimen se había cometido en el lugar.

Una tranquera franqueaba el ingreso al club, en verano la caseta estaba ocupada por un guardia que pedía las identificaciones y cobraba la entrada a los no socios; un puente angosto permitía el paso al otro sector, más amplio, que daba a la zona céntrica y a San Lorenzo, el barrio más vistoso de Blanca. Nadie custodiaba ese acceso en invierno. El inspector estacionó junto al final de la zona de fogones. La ambulancia lo imitó. Contó cuatro patrulleros, con sus luces encendidas apuntando hacia los cañaverales. El inspector se irritó; un hueco de cañas y yuyos aplastados había formado una huella, indicando el camino al hallazgo. ¿Por qué no habían ido por el sendero?, se preguntó, dando por sentado que se perderían pistas esenciales. Antes de reunirse con los efectivos, morigeró su enfado; quizá el asesino había retornado por el sendero.

Atravesó las cañas guiado por las linternas. Los uniformados reunidos se apartaron, el comisario miraba el cuerpo sin concentrarse en él. Hughman dio las buenas noches. El agua se veía negra, dos metros más abajo. Las luces de la sede del club, a trescientos metros del otro lado del río, formaban un reflejo difuso sobre su superficie. Identificó a Mendoza, una joven agente; le pidió que enfocara el cadáver. Otro efectivo se sumó; las dos luces recorrieron el cuerpo, los pantalones bajos, la ropa del torso alzada. A simple vista dedujo que había sido violada. Muerta por estrangulamiento, notó marcas en el cuello. El forense tendría las precisiones. El comisario continuaba inmóvil. Hughman se encargó de dar las órdenes.

–Primero, acordonar todo el cañaveral, nadie más pasa. Mendoza, queda junto al cuerpo. Y usted –señaló a otro agente, que no conocía de nombre– la acompaña. Quiero dos en la puerta del club, impidiendo el ingreso. El resto, junto a los patrulleros, sin dejar que pase nadie que venga del otro sector. Hagan pasar al fotógrafo. Y utilicen el camino ya abierto entre las cañas, para no estropear más pruebas.

Apenas tuvieran sol, ordenaría un rastrillaje. Por el momento no había más que hacer. Advirtió, al moverse los haces de luz, el arribo del médico forense y dos enfermeros que traían consigo la camilla.

–Apenas tomen las fotos, pueden llevar el cuerpo.

Marcarían el sitio y terminaría la tarea previa a la búsqueda de rastros. Se acercó al comisario, de pie junto al cuerpo.

–Cuando tengamos el registro fotográfico, revisaremos las prendas para ver si hay alguna identificación.

–No es necesario, Hughman. Es Alina Medina, veinte años, amiga de mi hija.

Comprendió la conmoción del hombre; deducción obvia, el comisario pensaba que pudo ser su propia hija la asesinada.

–Apenas lleven el cuerpo, avisaré yo mismo a la familia.

–¿Casada, de novio?

–Casada no. Preguntaremos a mi hija el resto. ¿Sabe las veces que esa chiquilla estuvo por mi casa? Son amigas desde la escuela primaria, yo soy de acá, nacido en la ciudad. Cuando me fueron trasladando, mi familia quedaba en Blanca. Toda una vida juntas, mi hija y esta piba.

Pese al dolor del comisario, era muy favorable tener a mano un testigo con un conocimiento tan cercano de la víctima, un testigo que colaboraría e identificaría con precisión a los asociados de Alina. La llegada del fotógrafo interrumpió los pensamientos del inspector. Comenzó a disparar flashes. Diez minutos más tarde, los médicos llevaron el cuerpo. Tal vez, los últimos rastros del paso de la chica por la tierra. Hughman se estremeció. Dobló el cuello de su campera, aunque no era el frío de la noche el que había producido sus temblores.

La suerte que tuvieron con el clima soleado del miércoles contrastó con los resultados de las pesquisas. Testigos: cero, esperable. El rastrillaje no arrojó una sola pista. Pierina, la joven hija del inspector, dio los datos del novio, las amigas y los familiares. Fueron entrevistados uno por uno, todos poseían coartadas firmes; el novio trabajaba en una cementera, había hecho el turno entre las ocho de la noche y las cuatro de la mañana. Alina no se drogaba ni bebía en demasía. Su madre aseguró que había salido después de cenar, dijo que no la esperaran a dormir; ellos supusieron que se iba a ver al novio. No fue así. Se trató de una cita secreta, desconocida para sus amigos más cercanos. El celular de la joven no estaba, lo había llevado el asesino. Tendrían novedades, la compañía identificaría los números entrantes. Hughman no se entusiasmó, demasiados celulares robados y chips falsos.

La prensa oral y virtual se hizo cargo de difundir el hecho con titulares catastróficos. Las redes sociales viralizaron mensajes sobre violencia de género y mujeres indefensas. En principio, nadie planteó la existencia de un violador desconocido de la víctima, tan difícil de aceptar en la comunidad. La misma actitud subrepticia de la joven operaba en contra del supuesto. Los violadores al azar rondaban esperando sus víctimas; era inequívoco que la chica estaba en ese sitio por un encuentro programado. Ergo, conocía al asesino, al hombre que la había violado y luego estrangulado; la pericia forense confirmó el diagnóstico efectuado por el inspector a la luz tenue de las linternas. Ninguna sustancia extraña hallaron en el cuerpo. Un solo indicio; enganchado con los pantalones de la joven, cuatro centímetros de hilo rojo, sintético, ajeno a sus prendas. Hilo rojo. ¿Costura de una campera o de un suéter? Campera, hacía mucho frío para andar sólo con un suéter.

Hughman se hizo una composición del crimen. El forcejeo, la lucha para bajarle los pantalones. Moretones y heridas defensivas varias, descriptas con precisión en el informe forense. La violación, frustrante, incómoda, ¿qué placer podía hallar en ello una persona normal? Violador, enfermo. ¿El deseo de matarla provino de la misma insatisfacción? La expectativa de placer frustrada por una realidad de lucha y fuerza. ¿O la tenía premeditada? ¿O la mató al verse reconocido? Golpearon a la puerta de su despacho. El comisario abrió la puerta y se hizo a un lado; su rostro expresaba el desacuerdo con el pedido de Hughman. El policía conocía las técnicas que se empleaban para interrogar a los allegados, la indagación sin piedad por el sentimiento. Acepta su necesidad, no podía negarse aunque se tratara de su propia hija. Cerró la puerta y se marchó cuando la joven ingresó al despacho.

Pierina tenía los párpados hinchados, el rostro rojo. Estaba demasiado abrigada para la temperatura de la oficina. Se mantuvo así, sin darse cuenta de las gotas de sudor que nacían en las raíces de su pelo rubio, peinado al medio de la frente. Hughman comenzó pidiendo detalles menores, rodeando los temas de su interés. La actividad de la chica, estudiante como ella del profesorado de educación física, no difería de otras jóvenes de su edad. Pierina insistió en que no tenía secretos con Alina, que no existía un amante ni otras cuestiones como drogas.

–No entiendo, ella no hubiera ido a una cita de no ser por una llamada del novio. Mucho menos a ese lugar.

–El chico estaba trabajando.

Descartó que fuera una información falsa, las empresas tenían un control de sus obreros;  burlarlo requería una serie de complicidades demasiado amplia.

–Además, Pierina, creo que hubiera reconocido su voz.

–Alfredo no hablaba, enviaba mensajes. Era… es, él vive, es bastante agarrado, siempre los cargábamos.

Mensaje; identificado el número entrante en el teléfono de Alina, le otorgó seguridad sobre el emisor. Alfredo no había denunciado robos, lo habían llamado al  celular para informarle de la muerte de su novia y citarlo a declarar. Se volvía un misterio incomprensible. Pierina continuó hablando.

–No sé como lo había convencido de comprar un teléfono inteligente. Hasta hace un año, tenía uno de esos Nokia de primera época, ¡y con tarjeta de prepagos!

Una risa endeble dio el punto final de la frase.

–Alina era tan romántica que nunca borró ese número de sus contactos. Quería tenerlo como recuerdo de su primera cita.

Hughman intervino, alertado.

–¿Qué pasó con ese teléfono?

–Lo perdió. Una tarde, hará siete, ocho meses. Era primavera, me acuerdo porque yo estaba. Fuimos a pasear, mateamos en una cantera, caminamos por la sierra. Al volver a la ciudad, Alfredo se encontró con que no lo tenía.

–¿Hizo la denuncia?

–No sé, no creo, era un teléfono muy barato, de prepaga.

Primera pista. Quien lo encontró, envió el mensaje. Demasiado simple, ¿cómo sabía el violador que Alina era la novia del dueño del aparato? ¿Cuándo había encontrado el teléfono? Pierina había callado. Suspiró. Hughman temió que llorara, tenía que alejarla del pensamiento de la muerte, tenía que llevarla a otro tiempo. Recordó el hilo rojo.

–¿Conocés a alguien que use una campera roja, de esas infladas quizás?

Sonrió la joven.

–¡El Chapulín colorado!

Hughman se desconcertó. La chica lo notó. Se apresuró a completar la información.

–No es una broma, le decimos así. Es un tipo que vive enfrente de mi casa, debe tener pocos más años que nosotros. Lo hemos visto mil veces, cuando empieza el frío anda con una campera así. Hace como seis años que le conocemos la campera, siempre la misma.

¿Podía tener tanta suerte? Pidió precisiones.

–Ahora que lo pienso, es raro. Sí, muchas veces estaba en el boliche, cerca de nosotras. Alina me cargaba, decía que mi vecino me miraba con ganas, que era una especie de admirador secreto.

Hughman tuvo el círculo cerrado. La inocente Alina había equivocado el destino de las miradas. El inspector salió del despacho, buscó al comisario y organizó la redada. Pierina quedó junto a su madre. Tres patrulleros, el comisario y el inglés fueron en el mismo vehículo. La escena fue breve y fructífera. El joven –tenía veintitrés años– estaba en casa, también la campera roja. La secuestraron. Antes que llegara la confirmación de la oficina pericial, el muchacho había confesado el crimen. Bastó con que afirmaran con seguridad que se habían hallado rastros de ADN sobre el cuerpo de la chica.

Hughman retornó a casa al atardecer, con el papeleo finalizado. Se sentó a beber un trago de whisky. Escocés, su paladar no se había habituado al nacional. Pensó en el asesino. Casi lo vio observando tras las cortinas las llegadas de Alina a la casa de su vecina, obsesionado con la joven. La pasión incubándose por años, una timidez que le impidió acercársele, los seguimientos, la búsqueda de una coincidencia que lo dejara frente a ella. La frustración de verla con otro, de imaginarla teniendo sexo con otro. La pulsión devorándolo; quizá estuviera tras ellos el día de la cantera. Seguro, vio caer el teléfono del novio y lo tomó. La estratagema, la cita, el cuerpo de Alina suyo por fin. La frustración, no había sido el momento cumbre de pasión que esperaba. La venganza, la muerte, “mía o de nadie”.   Duda: ¿por qué había pasado ocho meses para dar el gran paso?, ¿qué era lo que había activado su anhelo latente?

El inspector terminó el whisky. Necesitaba recuperar horas de sueño. La adrenalina era demasiada tras la solución de un caso que pintaba para el cajón de los archivados; tardaría en dormirse. Aprovechó para leer El Tiempo del domingo, tarea que le consumía buena parte de la semana. Se dedicaba a las noticias que no salían en la versión digital; eventos menores, avisos clasificados, sociales. Una manera más de comprender esa sociedad que aún guardaba muchos secretos para un hombre criado en otros usos, en otro idioma. Pasó un par de datos intrascendentes, llegó a la página de sociales, paseó la vista por las fotos. Allí estaba la clave, un dato que habían pasado por altos familiares y amigos de Alina, quizá dándolo por conocido del investigador. Alina y Alfredo sonreían a cámara; un pequeño pie, bajo la foto, informaba que se habían comprometido.

Los ojos del inspector se fueron cerrando, quedó dormido en el sillón.

 

 

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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