EL FAROL  – Reyes # 7

por Juan Carlos Arias

Reyes#7_imagenA Reyes no le gusta desplegar trucos agresivos del oficio. Le dan pena sus consecuencias. Pero algunos casos sólo se resuelven con gajes de veterano sabueso. Predominan los que originan comportamientos anómalos, infrecuentes o perversos en objetivos de investigación.

El caso que Reyes recuerda hoy acaeció cuando la burbuja inmobiliaria palpitaba. Una constructora ambicionaba terrenos rústicos a las afueras de un pueblo levantino. Se reclasificaban ‘sí o sí’ gracias a conseguidores ante el alcalde y concejales ‘comprables’. Daba igual su ideario político.

Los terrenos repartían cultivos, casas de aperos de labranza y un taller con 8000 m2 de terreno vallado pleno de chatarra que acumulaba el dueño. El negocio estaba regular. Ansiaba jubilarse su fundador ya que ningún hijo le siguió los pasos del mono azul, manos llena de grasa y soportar clientes morosos, peritos tacaños y proveedores insaciables.

Un día un tipo llegó al taller, bien vestido y labia subyugante. Le planteó, a las claras, al dueño tras reclasificarse la zona para usos residenciales su propiedad multiplicaría el precio por 200. Sin preámbulos le hizo oferta de compra ‘cash’ en cifra mareante. Le puso ante sus ojos un contrato de opción de compra que jubilaría  hasta a sus nietos sin dar golpe.

Pero aquel hombre tenía un problema. Debía despedir a la plantilla. Comenzó no renovando contratos en prácticas, prejubiló a dos mecánicos desmotivados por la rutina y empezó a no aceptar encargos. El único que le quedaba de plantilla resultó un listillo treintañero que quiso tajar tajada gracias al runrún que corría sobre el futuro del taller.

El espabilado se dio de baja y apenas salía de casa. Se sabía que todo era mentira. Se sabía que pidió un despido de cifras mareantes, inalcanzables.

Desesperado por la situación, el dueño contrató a Reyes. Apareció el sabueso en un caso que no había por dónde cogerlo.  Aquel objetivo parecía estar encamado. No salía de casa ni para comprar el pan. Apenas iba al médico y reunía partes y dictámenes para alargar una baja artificial.

Reyes llamaba a su móvil y lo atendía el contestador. La esposa del mecánico estaba en el ajo. No daba facilidades.

No valía la pena ni vigilar, ni seguir pistas fiables sobre una baja que era más falsa que los duros ‘antiguos’. Reyes estaba desesperado hasta que usó de su ingenio jugando de farol.

Mandó una carta a las señas del mecánico ‘de baja’ ofertándole puesto de supervisor en una multinacional de tractores. La carta la enviaba un amigo de Reyes que era reclutador de mandos medios. El farol seguía si llamaba a determinado número telefónico para entrevista. Esta se produjo con Reyes disfrazado de fácil negociador. Le dio a entender a aquel espabilado que el puesto estaba para él en base a excelentes referencias profesionales de cómo solventar problemas en motores de tractores que le refirieron clientes al distribuidor. El ego de aquel individuo se halagó tanto que al día siguiente pidió con escasa humildad ‘baja voluntaria’ en el taller donde estaba de baja por enfermedad. Invocó unos papeles que no eran otra cosa que una propuesta de contrato laboral. El que jamás se firmó.

El ‘listillo’ probó de su medicina cuando llamaba a un móvil que nadie atendía. Con la baja del taller ya nadie lo contrataba. Sólo tenía en sus manos un cheque por la parte proporcional de vacaciones y finiquito. Si ex jefe le dio un ‘regalito’ dinerario no obstante.

Aquel farol tuvo consecuencias. El dueño del taller hizo una millonada con la venta aunque le costó, encima, pagar a Reyes su minuta. El mecánico supervisó un tiempo su desempleo sin cobrar nada hasta que montó un taller. Y Reyes se preguntó por qué algunos faroles son tan jodidos. Pero logran desentrañar casos donde chocan egos y codicias.

 

© Juan Carlos Arias . Todos los derechos reservados

Criminólogo. Director de la Agencia ADAS. Detective Privado. Conferenciante.