Francorirado_imagenAntes que nada, me gustaría añadir, por si ello pudiera servir de algún descargo, que yo odio a los psicópatas. La simple idea de que hayan podido disfrutar de la existencia desde la remotidad de los tiempos sin que la humanidad haya hecho lo suficiente por erradicarlos, me enerva. ¡Sí, no puedo evitarlo, odio a esta raza de bichos! Llámenme nazi si quieren, pero no lo puedo evitar. Representan para mí lo más absurdo e incongruente de la naturaleza. Me parecen el peor accidente de la creación. Jamás encontrará la biología un objeto de estudio, una especie tan denigrante que albergue semejante engendro entre sus congéneres. Es algo antinatural. No sólo por la lógica, sino por el mismo sentido biológico de la existencia. ¿Qué sentido puede tener la vida, desde su mismo nacimiento en forma de organismos unicelulares, sino el de la forma más elevada de la misma, la inteligencia empática, el progreso y la madurez espiritual del ser humano? ¿Qué sentido podría tener, por el contrario, ir en contra de lo más genuino y auténtico del Universo, toda vez que aspira a la generalidad, sin paliativos ni excepciones, aniquilar lo mejor que ha dado éste sólo por la mera individualidad particular, el mero egoísmo y provecho individual? Es algo que por mucho que excogite, no logro concebir. Y esto desde que era niño.

Tal vez sea por eso, y por nada más, que secuestré hace unas semanas a uno de estos psicópatas y lo tenga colgado por los testículos en un subterráneo escondido lejos de aquí. Pensarán que estoy loco. Sin embargo este es el sueño materializado de muchos para con sus enemigos o adversarios. El sueño incluso de este malnacido al que he secuestrado, a qué negarlo. Pero no es lo mismo, de ninguna manera. Me explico: Lo único que me diferencia de ustedes, miembros del jurado, es que yo he llevado mi sueño a la práctica. Pero ¿qué es y qué significa en verdad lo que les estoy contando? No, esperen, deje el mazo ese donde está, su señoría el juez. Le insto a que me deje continuar unos minutos más, por favor. Verá, le contaré un cuento muy bonito.

Usted, señor juez, ¿ve la televisión? Sólo de ver el telediario encontramos cientos de ejemplos de lo más revelador y manifiesto al cabo del mes. Locura, si de esto estamos hablando o haciendo señas, entonces seríamos todos, por el resultado final de lo que consentimos. No haría falta poner muchos ejemplos. Todos sabemos aquí de lo que estoy hablando. No lo queremos ver. Sin embargo toda esa locura y todo ese sinsentido que nos ofrece la pantalla son reales, están ahí para que cada día, al encender el televisor no se nos olvide que somos lo que somos, capaces de lo que hacemos y de mucho más a lo largo y ancho de la historia, puesto que la cosa no sólo no acaba ahí, sino que da para más. Mucho, infinitamente más. Me explicaré:

¡Sí, ya sé que ustedes, miembros de este tribunal, jurado y todos y cada uno de los espectadores presentes en la sala, quieren salvar la vida del impresentable que tengo secuestrado! ¡Pobrecito, el psicópata asesino incomprendido, y al que, mira tú por dónde, ahora mismo tengo secuestrado injustamente! ¡Cuánta injusticia, por dios! ¡Pobre francotirador secuestrado e incomprendido, con todos los derechos que ostenta, de un ciudadano modelo! ¡Claro, claro! ¿Pero se piensan acaso que alguna vez, siquiera por casualidad o quizás por los efectos de alguna droga del polígrafo, les revelaría dónde se encuentra este sujeto para que lo salven de su merecido, condena que, por cierto, ustedes, excelentísimos miembros del jurado, jamás de los jamases le otorgarían, a no ser tal vez sino en forma de premio gordo con la libertad, para que siguiera cometiendo asesinatos e infamias? ¿Se piensan acaso que se lo diré, por mucho que me condenen hoy mismo a cadena perpetua o tal vez incluso a muerte? ¡Qué ironía, verdad! Yo condenado a muerte por condenar a tortura al verdugo de cientos o tal vez miles de personas! Sí, claro, yo tendría que pagar por condenar al condenador a muerte directa y sin juicio de un montón de personas inocentes. ¡Dejen que me parta de risa un rato, por favor!

Sin embargo así funcionan las cosas, por mucho que a cualquiera con dos dedos de frente le dé mucha risa.

Sí, claro, al final acabaré matándolo. En cuanto me dejen libre sus excelsas señorías. ¡No pongan esa cara! ¿Que no lo permitirán? ¡Eso lo veremos! Con la ley en la mano tienen todas las de perder. No hay cuerpo, no hay delito: ¿No es así? Estamos en un flagrante caso de detención ilegal; y, por consiguiente, de privación de libertad y patente vulneración de los derechos básicos; todo ello en contra del código penal. Pero, al margen de si me soltarán en breve o no, déjenme que les cuente algunas de las perlas de este sujeto, persona física legal  psicópata, defendido aquí por este tribunal en mi contra, en ausencia del secuestrado, este genial y magnífico prohombre al que, por otro lado, no han encontrado todavía. ¿Saben a qué se dedicaba en sus ratos libres hasta que di con él y lo capturé, semejante benefactor de la humanidad? Se trata de un pasatiempo muy divertido, y aunque ya lo sepan, se lo repito de nuevo para que lo memoricen mejor: tiene el rol profesional de francotirador. Sí, exacto: francotirador, ¡qué maravilla! Uno le podría preguntar en una entrevista amistosa: ¿a qué se dedica? “Pues verá, yo en mis ratos libres me dedico a matar personas con un fusil con mira telescópica, en efecto, destrozo vidas y familias enteras alrededor del mundo, ¡me encanta!, es un hobby que recomiendo a todo el mundo”. “Sí, ya veo… Pero… ¿No le nace ningún escrúpulo, por lo menos alguna vez, de matar por equivocación a seres inocentes? Vamos, digo yo, siquiera por casualidad”. “¡Qué va! Es una pasión. No hace falta que te caiga mal la mujer o el chiquillo que cruzan en ese momento por el semáforo, por supuesto, no se trata de nada personal. Pero, en cambio, el hecho de acabar con lo más valioso que tienen… ¡Ah, eso, eso es indescriptible, sensacional. Y pensar que al hacerlo soy como un dios… Uno podría pensar que se trata de la cosa más espantosa y cruel, arbitraria y casual que se pueda imaginar, ¿verdad? Porque no lo ven desde mi punto de vista. En esto, el estar en un lugar determinado y en un momento determinado cuenta mucho. Yo tengo el fusil, ellos no: más claro que el agua. Un día, incluso, la sociedad me permitirá escribir un best seller auto compasivo sobre mis aventuras y me forraré de dinero, si, jajaja, me haré de oro gracias a mis hazañas y a la ejecución sin piedad de tantos miles y miles de personal. Todo tiene su explicación comprensiva, y, si me apuran, su reality show particular. En efecto, tal vez pronto incluso se realicen en todos los canales televisivos realitys contando en vivo y en directo todo lo que yo contaría en el libro. Incluso a lo mejor me inviten a participar en alguno para hablar de mi libro. Ya le digo… No es lo mismo, de todas formas, el tirar bombas, ¡dónde vas a parar! ¡Ni punto de comparación! En esto se requiere todo un preparativo, aquí la técnica es fundamental, es todo un tema apasionante que culmina en el momento exacto de la ejecución sin piedad del inocente. ¡Ah, cuánta delicia, cuánta feliz satisfacción cuando todo se conjunta al término de la operación, y logras abatir con éxito a tu presa! En cuanto ves desparramársele los sesos por el asfalto… Eso, esa sensación de plenitud tan absoluta, esa pletórica satisfacción del deber cumplido después del esfuerzo y meticulosidad de todo el preparativo, esa sensación es única, no hay nada en el mundo que se le parezca; de pronto te llega un subidón indescriptible cuando la ves caer, es inefable, impresionante, sencillamente genial… Es imposible de describir tanta plenitud sin que me emocione hasta la última fibra de tu ser. Sí, ya lo sé, qué me va a contar, no se quede así, tan boquiabierto. Lo sé, lo sé… Por no tener, esta profesión, no tiene ni explicación; no, no, ni yo me la explico, pero es muy profesional, el que no valga, para bombero, claro. Pero aquí en este terreno el caso es que soy el único, soy yo el que la desempeña a ciegas. Y de no ser por el hecho de pertenecer al servicio secreto de matar inocentes al azar, para sembrar el pánico profesionalmente y de paso satisfacer alguna necesidad interior, ¿qué demonios podría estar haciendo ahora que me llenara tanto? Sí, todo esto lo tengo que contar un día por televisión, que me vea todo el mundo en acción, incluso podrían poner algunas ejecuciones en directo”.

Por eso ahora les confieso, miembros del jurado, sus señorías y su excelencia el juez, que por nada del mundo con semejante engendro tendré piedad. Ustedes, sí, miembros de este tribunal, pues jamás harían una cosa así. Pero tampoco justicia. Eso hoy por hoy lo sabe cualquiera con dos dedos de frente. Me resulta imposible pensar en temas de juicios, cárceles y derechos de los presos. Ni mucho menos en estudios, compensaciones educacionales y salidas por buena conducta. No, no, de ninguna manera, de eso nada. Todo acabará en breve, en cuanto llegue a mi antro del subterráneo. A latigazo limpio hasta reventar de “pasión”, como diría él, sí, allí colgado por los cojones y disfrutando como un enano mientras lo insulto y lo llamo de todo, recibiendo latigazos apasionadamente, como él dijo antes, y toda suerte de golpes hasta hacerlo sangrar de lo lindo por esa piel de caucho, gritándole de todo mientras recibe lo suyo, lo insufrible y por sufrir, el machote éste francotirador. Pienso darle de latigazos hasta reventarlo por dentro y por fuera, hasta el mismo carnet de identidad le daré de latigazos y golpes, hasta que de una santa vez se ponga por inercia en el lugar de sus víctimas, retorciéndose en el cable como un mono de feria mientras grita lloriqueando y gimiendo en un paroxismo de dolor inenarrable, pidiendo perdón y llorando, sufriendo e implorando como un condenado insignificante, pidiendo una y otra vez encarecidamente perdón, tal como lo haría un ser humano normal. Y así, escuchándolo gritar y viéndolo retorcerse de dolor,  mientras lo contemplan por televisión y escuchan en directo millones de personas en todo el orbe, lo fustigaría y él gritaría como un descosido, allí reunidos todos a la misma hora, todos pendientes de esos altavoces debidamente colocados, y él gritando despavoridamente, como un enajenado, al tiempo que de esas macro pantallas de televisión se visualizan sus retorcimientos, todos allí pendientes y concentrados, como cuando se retransmitían las novelas románticas y bobaliconas y todos se embelesaban escuchándolas, igual de extrañamente arrobados, como si en ello les fuera la vida…, así, como decía, por lo menos, veríamos el otro lado de las cosas. Sería como el reality show del reality show.

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Escritor.

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