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Anxo do Rego

Para Julio Durán. Un estupendo amigo y maravilloso toledano. También para Ella.

¿Quae potest esse vitae iucunditas, sublatis amicitiis? ¿Qué de agradable tiene la vida, si no hay amistades? Marco Tulio Cicerón


España es un conglomerado de costumbres y tradiciones de toda índole, musicales, idiomáticas, culinarias etc. Enumerarlas seria tan prolijo que estoy seguro les aburriría si decidiera exponer cada una de ellas, sin embargo voy a detenerme en una en particular, me refiero al capitulo culinario y mas concretamente a uno de los platos preferidos por casi todos los ciudadanos, el gazpacho. La gran mayoría conocemos la designación hecha por los restauradores: Sopa fría confeccionada con diferentes hortalizas a las que se incorporan diversos elementos tales como sal, cominos, aceite de oliva virgen, vinagre de vino, etc. Posiblemente sea uno de los platos con más variaciones. No exige conocimientos especiales para su preparación ni someterse a una sola forma o manera de confeccionarlo, cada cual, o cada restaurador, incorpora o retira algún elemento y añade mas o menos cantidad, según capricho o sencillamente ganas de diferenciarse del resto. Unos prefieren triturarlo hasta casi licuarlo, otros le añaden tropezones, o sencillamente trocean sus compuestos y lo toman completamente sólido. Sin embargo ciertos chefs de cocina innovan hasta considerar esta sopa fría como algo que finalmente se separa de su fórmula original como el que tomé en un restaurante no hace mucho: Gazpacho de fresa con aromas de ibérico, espuma de melón de Villaconejos y sorpresa final (un par de piñones caramelizados en el fondo de un bol conteniendo no mas de 6/8 cl de “sopa”).  Olvidando ese aspecto que solo conduciría a enfrentamientos con los estudiosos de la nueva cocina de restauración, me centraré en algo tan superficial como es su color. El rojo, más o menos intenso merced a su componente principal, el tomate, que corresponderá a la calidad, cualidad y cantidad de esa hortaliza.

Hace meses me contaron algo verdaderamente sorprendente, no por eso dejaré de referirlo, lo haré fundamentalmente por dos razones, la primera por no creerlo, y la segunda, bueno, ésta prefiero dejarla para el final del relato. Supongo que sabrán disculparme si no se lo adelanto.

El gazpacho

           Narciso, Carlos y Felipe formaban un trío sencillamente extraño. Cada uno tenía costumbres y obligaciones distintas, como distintas eran sus edades y comportamientos. Mientras los dos primeros mantenían un carácter extrovertido, el tercero ejercía de oposición. Apenas cruzaba con ellos más palabras que las estrictamente necesarias. Saludos en situaciones de encuentros fortuitos, bien por la mañana o por la noche y poco más. Rara era la vez que conversaban utilizando o basándose en algún tema cotidiano o de actualidad.

            Felipe salía muy a primera hora para enfrentarse a su realidad laboral y regresaba cuando la noche estaba cerrada, mientras Narciso y Carlos disfrutaban de una gozosa y tranquila jubilación, paseaban, leían o se deleitaban en encuentros con similares de la zona en que vivían.

            Cada cual preparaba sus comidas, claro que a su edad se invertían las necesidades de cuando eran jóvenes, habían cruzado la edad en que las proteínas animales son cada vez menos necesarias, no así las frutas y hortalizas. Conocían los lugares donde comprar más económicamente o simplemente existían razones para hacerlo, como era la gran variedad de productos donde poder elegir debidamente, mientras disfrutaban con la presencia de alguna fémina, como le ocurrió a Narciso. Conoció a la que hoy es su compañera de aventuras, viajes y excursiones al mundo del último enamoramiento y tal vez escarceo amoroso.

            Al parecer, Felipe, pese a ser un taciturno e introvertido hombre cercano a los cuarenta años, sentía para con ambos compañeros un especial afecto y simpatía, no exteriorizada aunque tampoco negada. De vez en cuando aparecía con algún suministro de carne, sabrosos solomillos o filetes de buey o ternera, imposible de adquirir en puestos de mercados. En otras sencillamente aparecía con varios recipientes de un sabroso y alimenticio gazpacho preparado por él mismo, según pregonaba al entregarlos, y las menos, con alguna pieza de pescado fresco que solían hacer a la plancha o al horno, obligados para evitar aumentar la talla perimetral de camisas y pantalones.

            Una mañana, Narciso y Carlos se disponían a preparar conjuntamente un gazpacho, mezclaron los ingredientes, los trituraron y colaron para evitar desagradables encuentros en la boca. No consiguieron dar ni con el color ni el sabor que Felipe mostraba en sus constantes obsequios de esa estupenda sopa fría.

—No os molestéis —dijo al verles trabajar— ya me ocuparé de abasteceros de gazpacho.

—Te lo agradecemos, somos incapaces de dar con el color y sabor del tuyo, en verdad es el mejor que hemos tomado nunca.

—Os lo agradezco sinceramente, nadie es capaz de reconocer cuando hago algo bien.

—Entonces dejaremos que le des tu toque especial.

—Disculpar pero suelo hacerlo en el restaurante donde trabajo, los elementos que tengo a mi alcance son el alma de mi gazpacho.

—¿Qué hacemos con él?

—Lo meteré en algún recipiente y me lo llevaré, mañana si tengo tiempo lo acabaré y os lo traeré.

—Gracias —añadieron ambos.

            Felipe trabajaba como ayudante de cocina en un restaurante muy conocido de la ciudad. Siempre le gustó trabajar de cocinero, claro que hasta entonces no alcanzó ser un primero, el responsable final, posiblemente por su falta de adaptación social. Era un solitario, jamás hizo amigos, solo conocidos y para un momento determinado. Ni siquiera sus propios compañeros le invitaban a salir cuando terminaban las jornadas de trabajo, intensas sobre todo en época de verano, dado el gran número de turistas que inundaban la ciudad. Ese era su gran defecto. Sin embargo estaba considerado como un gran restaurador —como gustaba denominarse— por todos ellos excepto por su jefe, el Primero de Cocina.

            Había ocasiones en que el Sr. Escobar, a la sazón responsable de la cocina, escuchaba del resto de ayudantes o jefes de partida la misma cantinela.

—Debería ponerle como su segundo de cocina.

—¿Por qué razón?

—Trabaja más que nadie y lo hace mejor que todos nosotros.

—Es posible que tengáis razón —respondió Escobar— sin embargo tengo dudas.

—Es un solitario, solo eso. Pero jefe, es el mejor. Póngale a prueba.

—Creo que os haré caso, vosotros estáis más tiempo con él y sabéis como trabaja.

—Por qué no le encarga la preparación del menú durante una semana, así verá el resultado.

—Está bien, aprovecharé mi asistencia a un seminario en la capital, le dejaré hacer y veremos a mi regreso. Solo os pido una cosa, que me informéis a mi vuelta.

—Claro, no se preocupe.

            Al día siguiente Escobar cedió la responsabilidad de la cocina a Felipe durante una semana.

—Me gustaría que no hubiera ningún tipo de problema durante mi ausencia, no quisiera enfrentamientos, de lo contrario me obligarías a tomar alguna decisión, y no es precisamente mi intención.

—No le defraudaré puede estar seguro.

—Me alegraré por ti Felipe.

            Aquella semana decidió anunciar a sus compañeros de piso que apenas tendría tiempo para verlos.

—Mi Jefe me ha dejado encargado de la cocina.

—Eso es estupendo. Dentro de poco es posible que te veamos dirigiendo la de otro restaurante famoso.

—No será para tanto, pero me alegra poder demostrar cuanto valgo.

—Estupendo, y nosotros por ti.

—Lamento no veros estos días, pero seguramente trabajaré hasta muy tarde, necesito estar en ambos turnos, preparar los platos de la carta, obtener materia prima y dirigir a mis compañeros.

—¿Por qué no incluyes ese gazpacho tan bueno que nos haces?

—Tal vez lo haga.

—Así tendríamos la suerte de disfrutarlo con más frecuencia.

—Es posible, hasta ahora solo lo habéis tomado vosotros y algún compañero del restaurante.

—Suerte.

—Gracias.

El primer día mantuvo la carta que Escobar le dejó, sin embargo al siguiente, una vez preparado su propio menú, reestructuró los platos. Todos los días incluyó su Gazpacho Celebridades y Mouse de hígado al Calvados sobre tosta con crema de olivas negras. Además de otros nueve platos diseñados exclusivamente para esa semana. Los resultados no pudieron ser mejor, hubo comensales que repitieron la sopa fría, al considerarla en su punto de temperatura así como dotada de un perfecto equilibrio de sabor, frescura y deleite especiales, diferenciándolo de otros gazpachos.

            Al cuarto día las reservas aumentaron de forma alarmante, no solo a la hora de los almuerzos sino también en el turno de cenas. Fundamentalmente por no poder doblar mesas en más de dos ocasiones y porque los camareros se quejaban del aumento de trabajo, y sobre todo porque apenas salían a su hora, debiendo ampliar su horario. El destino finalmente había dado una oportunidad a Felipe.

            Acabada la semana hubo dos consecuencias. Una, Felipe estaba semi agotado. Su jornada se iniciaba a las ocho de la mañana y en ocasiones eran las cuatro de la madrugada cuando regresaba a casa para descansar apenas tres horas. Hubo ocasiones en que tanto Narciso como Carlos vieron la ropa de trabajo descansando junto a su cama y a él sobre ella, roto de cansancio. La otra el resultado de su gestión. Escobar preguntó nada más entrar a las once de la mañana en la Cocina.

—¿Qué tal ha ido la semana? ¿algún conflicto?

—Creemos que los habrá.

—Me gustaría saber cuáles.

—Claro jefe. Creemos que su puesto está peligrando.

—¿Qué me decís?

—Es broma. Pero no lo es que nos hemos hecho famosos en toda la ciudad.

—¿A qué se debe?

—A que Felipe hace un gazpacho y varios platos más tan exquisitos, que tenemos reservas para dentro de tres meses. Y lo más importante, las cenas se han incrementado en un 150%, doblamos mesas y si seguimos así es posible que tengamos que ampliar. Debería hablar con el Gerente.

—¿Tan bueno es?

—Se lo dijimos, recuerda.

—Entonces ha cambiado la carta.

—Completamente, los clientes solo piden sus platos, olvídese de los de antes.

—De acuerdo, los probaremos. ¿Cuándo llega el Sr. Cardenal?

—Como cada día suele marcharse el último, a eso de las dos de la madrugada, viene cuando están a punto de iniciarse las comidas.

—¿Habéis ayudado a preparar los platos a Felipe?

—En algunos sí, pero las dos joyas de la carta los prepara única y exclusivamente él, no nos deja participar.

—¿Y eso molesta, verdad?

—Ni mucho menos, supongo que usted haría lo mismo, incluso nosotros. A nadie le gusta descubrir como prepara su plato especial.

—¿ A qué hora ha estado marchándose de la cocina?

—Está aquí a las nueve de la mañana y se va a las once y media o doce.

—Entonces ha doblado turno.

—En efecto.

—Hablaré con él. ¿Dónde está ahora?

—Preparando su Gazpacho Celebridades.

—Gracias iré a verle.

—Debería llamar antes de entrar, no le gusta que le interrumpan.

—Lo haré. Por cierto ¿Cómo se comportó con vosotros y viceversa?

—Estupendamente, jefe. No hubo problema alguno.

—Me alegro por todos.

            Escobar golpea con los nudillos la puerta de cristal opaco que separa la zona donde trabaja Felipe, del resto de las instalaciones de la cocina. Terminaba de utilizar la batidora industrial y mezclar los elementos de su Gazpacho Celebridades. Inmediatamente la puso sobre el grifo y dejó que el agua la limpiara con la suficiente fuerza como para no dejar ningún resto, los pocos que quedaron se deslizaron por el desagüe hasta encontrar la tubería de drenaje general. Levantó la voz y mencionó interrogativamente su nombre al tiempo que solicitó pasar.

—¿Puedo entrar?

—Claro Sr. Escobar, adelante por favor.

—¿Qué tal, como has pasado estos días?

—Bien, con mucho trabajo. Al parecer han gustado algunas de mis preparaciones.

—Eso he oído comentar. Me parece estupendo y por eso me gustaría desarrollar contigo, dentro de los límites lógicos, los platos que has preparado. Supongo que el Sr. Cardenal me preguntará dentro de unas horas y quisiera tener información directa.

—¿Sobre qué?

—Por ejemplo de ese gazpacho. ¿Qué le pones?

—Lo que se pone a un gazpacho.

—Espero que no sea así, debe tener algo especial.

—En efecto lo tiene, aunque imagino de su caballerosidad y ética profesional no me lo exija y me obligue a romper mi secreto.

—Ni mucho menos, pero si me vas a permitir probarlo.

—Claro, aunque debería esperar a que enfríe, aun esta recién hecho, dentro de unas horas estará en su punto.

—¿Algún otro plato especial?

—En efecto hice diez. ¿Querrá probarlos todos hoy?

—No, de momento no, después de hablar con el Sr. Cardenal te diré que haremos.

—¿Cambiaremos la carta?

—Aun no lo sé, quiero ver las repercusiones de esta semana, romper el ciclo iniciado por ti, sería un suicidio, si como me han dicho las ventas han aumentado considerablemente.

—Entonces seguiré como hasta ahora.

—Será lo mejor. Y gracias Felipe, veo que no me equivoqué al dejarte como responsable de la cocina.

—A usted. jefe.

—Has trabajado de firme, será necesario que recibas un incentivo y no solo económico, en fin, ya hablaremos. Ahora sigue con lo cotidiano de estos días.

—De acuerdo.

            Le dejó seguir trabajando como responsable de la cocina, quitarle como dijo poco antes, habría sido un suicidio, debía eso sí, considerar el peligro que se cernía sobre él, de manera que en primer lugar hablaría con el Gerente y socio de los otros dos propietarios del restaurante.

            El Cabildo estaba situado en una zona residencial al sur de la ciudad, frente al parque Las Alegrías y al lado de una residencia de ancianos a cargo de una organización religiosa, tan dadas a ese tipo de trabajos. Disponía de una amplia zona de aparcamiento y desde allí hasta la entrada principal los clientes debían andar unos cuantos metros atravesando un precioso camino enlosado rodeado por numerosas plantas y flores. Todo aquello unido a la carta preparada por Felipe, permitía situar al restaurante entre los más visitados de la ciudad, incluso llegaban clientes de poblaciones cercanas.

            El Chef Escobar se detuvo frente a la barra cercana a la zona de recepción de uno de los salones. Pretendía  ver llegar al Gerente y poder abordarle antes que cualquier otro empleado. Miró su reloj mientras daba el último sorbo a la taza café con leche que sujetaba con su mano derecha, cuando el Sr. Cardenal hizo ademán de empujar la puerta para entrar.

—Buenos días Sr. Cardenal.

—Lo son y también se los deseo a usted Escobar. ¿Cómo le fue en ese seminario de gastronomía y restauración en la capital?

—Muy bien. Extenso, denso y con muchas novedades para ofrecer a nuestros clientes.

—Me alegra mucho, nosotros aquí también hemos tenido novedades. Le supongo al corriente.

—En parte, fundamentalmente en lo referente a mi segundo de cocina.

—¿Ya le considera su segundo?

—Le faltaba únicamente algo como lo sucedido para subirle a esa categoría, aunque de algún modo ya lo era antes de marcharme. Ha sido como una especie de examen final.

—Entiendo. ¿Y qué le ha parecido?

—Tal y como había pensado. Ahora solo resta estructurar la carta.

—¿Piensa cambiarla de nuevo?

—No, no señor, solo adaptarla a las novedades incluidas y otras que traigo.

—Entonces nos sentaremos los tres y comentaremos.

—Eso iba a pedirle Sr. Cardenal. También que a partir de primero de mes se le conceda un incentivo extra a Felipe, por su esfuerzo y atención.

—Ya estaba decidido, su trabajo nos ha permitido aumentar el volumen de ventas, además de incrementar la carga de trabajo hasta al menos tres meses, dadas las reservas recogidas. Es algo inaudito en nuestro ramo.

—Desde luego.

—¡Ah! Escobar, por favor no intente nada extraño que nos permita perder a ese hombre, no hará falta mimarle, pero si considerarle como debe. Esta noche tendré una charla con él.

—¿Puede saber el contenido de la conversación?

—Claro, halagarle, aumentarle el sueldo e intentar lo imposible para que no se marche. Los clientes no hacen otra cosa que solicitar su célebre gazpacho, perderlo sería hundir el negocio.

—Es decir, cuanto acabamos de comentar.

—Claro. Hay una cosa que no llego a entender, ¿cómo hemos tardado tanto tiempo en darnos cuenta de la joya que teníamos?

—La gente explota cuando menos se espera.

—A mi nivel sí, pero ¿y en el suyo como Chef de Cocina?

—Lo sabía, pero un cocinero como Felipe, necesita preparación y eso es lo que hemos estado haciendo desde que comenzó a trabajar con nosotros.

—Comprendo. Bien, le avisaré para hablar de la nueva carta.

            Felipe no pudo librar más que algún día de la semana escogido por él. Fue tanto el incremento de comensales, que durante meses tuvo que ocuparse en localizar, precisamente esos días, la materia prima secreta para confeccionar los platos predilectos por los clientes, fundamentalmente su Gazpacho Celebridades, exigido no solo durante la temporada de verano ya acabada, sino durante el resto del año, incluso en los días más fríos del otoño e invierno.

            Pese al cambio social y laboral vivido en el restaurante, tanto de su Jefe como del Gerente, resto de empleados y compañeros, no sirvió para que Felipe cambiara su actitud introvertida. Se mantuvo en la misma línea, ni siquiera la rectificó frente a Narciso y Carlos, sus compañeros de piso. Ni una sola sonrisa, ni un comentario fuera del usual, nada. La única extravagancia que hizo fue invitarles a comer uno de sus días libres, y no precisamente en su restaurante. En aquella ocasión Narciso le preguntó directamente.

—Si como nos has contado, te han aumentado el sueldo considerablemente, tu jefe nombrado segundo de cocina, y todos tus compañeros no dejan de alabarte ¿Cómo es posible que no decidas cambiarte a un piso o a un apartamento para vivir tu solo? Ahora puedes permitírtelo, además de lograr una independencia y más libertad, podrás llevar a tu casa a alguna amiga.

—Estoy perfectamente bien con vosotros, os tengo afecto, y no sabría qué hacer si estuviera solo.

—Pero Felipe, si apenas nos vemos, no hay día en que comamos, cenemos o desayunemos juntos, apenas cruzamos algún comentario.

—¿Queréis que me marche?

—Ni mucho menos, nosotros también te tenemos afecto.

—Entonces no nos preocupemos. Además, vosotros, indirectamente, sois los artífices de mi éxito.

—¿A qué te refieres?

—Al gazpacho, al hacerlo para vosotros descubrí que la cocina a partir de ese momento, me daría un cúmulo de satisfacciones. Sobre todo el hecho de buscar y encontrar la materia prima con que confeccionar mis platos. Es algo inenarrable os lo aseguro.

—Nos alegra. Entonces brindemos porque continuemos mucho tiempo juntos y desde luego por tu éxito, que nos invites muchas veces. Claro que no estaría de más conocer el resto de tus platos, así no nos obligarías a visitar  El Cabildo. No es nada barato y ahora menos, se han subido a la parra desde que sois famosos por tus platos.

—Está bien, no os quejéis, a partir de ahora cada semana os traeré un par de raciones de mis platos. Esta semana os traeré Mouse de hígado al Calvados.

—Venga, brindemos por todo eso —añadió Carlos.

—Hay algo que me gustaría preguntarte ¿Puedo?

—Por supuesto Narciso.

—¿Si acabas de trabajar a las once de la noche, como es que llegas tan tarde a casa? La mayoría de las veces te oigo llegar sobre las tres de la madrugada. ¿Qué? ¿Tienes una novia que te ocupa ese tiempo?

—Algo por el estilo.

—Pues eso también merece un brindis.

—Claro —respondió Felipe levantando su copa junto a la de sus dos compañeros.

            Estaban a punto de salir del mes de junio del año siguiente. Narciso y Carlos continuaron con su vida sin sobresaltos y al parecer la de Felipe comenzaba a cambiar. Después de muchos meses aguantando la dirección de alguien que no dirigía y encubría su debilidad, el Chef de El Cabildo se marchó antes de que le despidieran. Felipe cubrió el puesto cesante ya que el trabajo no dejó de hacerlo desde aquella semana celebre cuando incluyó su gazpacho en el menú.

            Los clientes del restaurante no cesaban de alabar la exquisitez de los platos del nuevo Chef Felipe, no permitieron eliminar de la carta su Gazpacho Celebridades, pese a la inclusión de novedades como Costillas tempuradas con salsa de arándanos. No obstante la entrada del calor incrementó los consumos de gazpacho.

            Al finalizar el mes de septiembre de ese año, Felipe estuvo dos días sin ir a trabajar, apenas salió de su cuarto, y cuando lo hizo fue para hablar con Narciso y Carlos.

—Me tomo unos días de vacaciones, estoy cansado. El año pasado no las cogí y necesito al menos unos días para descansar y sobre todo respirar la brisa del mar. Creo que me iré al sur una semana.

—¿Y para una semana te llevas tantas cosas?

—La verdad es que intentaré comprar un apartamento por allí.

—Entiendo, si quieres podemos ayudarte.

—No es preciso muchas gracias. Os llamaré cuando llegue para daros la dirección y el número de teléfono.

—Estupendo, entonces que te diviertas y descanses.

            Se despidió de ambos, bajó los bultos al coche aparcado junto a la puerta y arrancó para salir de la ciudad camino del sur.

         Un día después Narciso y Carlos tuvieron una llamada telefónica solicitándoles una entrevista personal. Ese mismo día el Gerente de El Cabildo, el Sr. Cardenal, recibió una visita inesperada.

—Sr. Cardenal me gustaría poder hablar con usted sobre ciertos aspectos.

—¿A quién debo atender?

—Soy el Comisario Sandrini, de la Brigada Especial de Homicidios.

—¿ Y a que debo su visita?

—Me permite solicitar hablemos en algún despacho, no me gustaría que alguien escuchara mis preguntas y menos sus respuestas.

—Por supuesto, diré al Maître que se ocupe de atender a los clientes. ¿Puede acompañarme? al fondo tenemos una oficina.

—Gracias Sr. Cardenal.

—Bien —dijo nada más cerrar la puerta— Por favor tome asiento y dígame en que puedo ayudarle.

—Me gustaría saber si Felipe Alcalde es empleado suyo.

—En efecto. Trabaja con nosotros desde hace más o menos dos años y medio.

—¿Ocurre algo con él?

—Si me disculpa, me gustaría ser yo quien formulara las preguntas.

—Claro.

—¿Está trabajando ahora?

—No, lleva tres días de vacaciones. El año pasado no las disfrutó y la verdad, como es tan trabajador, no me extraña nada que las pidiera. Menos mal que aguantó todo el mes de agosto. El verano ha sido primordial para nosotros.

—¿A qué se debe?

—A los platos que prepara, desde que el pasado año se hizo cargo de la carta, nuestras ventas han superado cualquier índice soñado.

—Puede decirme que tipo de platos prepara.

—Claro. Tiene como doce o trece platos especiales, desde que los introdujo, como le dije, hemos aumentado nuestras ventas.

—Si como señala está de vacaciones, ahora habrá cambiado la carta ¿No es así?

—Más o menos, algunos los mantenemos aun.

—¿Cómo?

—Las salsas de los platos fundamentales solo las elabora él, pero aún tenemos debidamente congeladas algunas de ellas. Las materias primas que utiliza las desconocemos, incluso algunos platos como las costillas, hemos querido hacer el rebozado y ni siquiera saben igual. No es posible igualarle. Como todo cocinero, mezclará o utilizará, ingredientes secretos.

—Me gustaría disponer de algunas muestras ¿Podrá facilitármelas?

—Por supuesto aunque lamentaré se utilicen para otro fin que no sea el de añadirlas a nuestros platos.

—Lo lamento, pero nos ayudaría mucho.

—¿Puedo saber la razón?

—De verdad que lo lamento, pero de momento no puedo adelantarle nada. Le aseguro que tan pronto confirmemos lo que buscamos, se lo comunicaré personalmente.

—Se lo agradezco.

—¿Puedo saber su domicilio?

—Claro, permítame un momento abriré su expediente y le copiaré la dirección y teléfono.

—Agradezco su amabilidad.

—Adiós comisario.

            Un día después Narciso y Carlos reciben una llamada telefónica, les piden personarse en una dirección. Al llegar observan se trata de la comisaría. Dos agentes les acompañan hasta el despacho del comisario Sandrini. Después de formular una serie de preguntas personales y confirmar sus personalidades, entran en las correspondientes al tema principal que les lleva allí.

—¿Desde cuándo conocen a Felipe Alcalde?

—Más o menos dos años y medio. Teníamos una habitación sin ocupar en nuestro domicilio y creímos oportuno poner un anuncio para alquilarla. De esa forma cubrimos el alquiler y nos facilita una ayuda a la cuantía de nuestras nominas por jubilación.

—Comprendo. Entonces se presentó el y lo admitieron.

—En efecto comisario, nos pareció una persona honrada, su aspecto no delataba nada anormal. Estuvo una semana sin trabajo, pero lo encontró rápidamente en un restaurante.

—¿Conocen a su familia, amigos o novia?

—No señor. Aquí no vino nadie acompañándole. Tampoco conocemos a su familia, no ha salido jamás de viaje.

—Cuando estaba en casa ¿a qué se dedicaba?

—A descansar, de vez en cuando veía algún programa de televisión, incluso leía un poco. Pero no molestaba con música, ruidos o algo por el estilo. Lo que se dice es un buen compañero.

—¿Salía a horas extrañas? ¿Tal vez a horas avanzadas de la noche?

—Que nosotros sepamos, no. Sí que observamos que llegaba tarde de su trabajo.

—¿Sobre qué hora? Más o menos.

—Algunas veces le oímos llegar sobre las tres de la mañana.

—¿Les importa que les acompañe a su casa?

—No tenemos inconveniente. Aunque ¿podemos saber la razón?

—Mera rutina. Claro que si quieren puedo pedir una orden judicial.

—No señor, no es preciso.

—Él no está ¿verdad?

—No, se marchó de vacaciones hace dos días.

—¿Se llevó muchas cosas? Me refiero a algo fuera de lo normal.

—No sé a qué puede referirse. Se llevó algunas maletas con cosas que no usaba cotidianamente, como ropa y algunos objetos. Según dijo quería comprar un apartamento en la playa.

—¿En algún sitio especial?

—El sur, solo nos dijo eso.

—Les comentó cuando volvería.

—No señor.

—Bien, si no les importa les acompañaré a casa, me gustaría ver su habitación.

—Claro. Una pregunta comisario.

—Adelante.

—Tienen alguna sospecha sobre él.

—¿Ustedes que creen?

            El Comisario les acompaña hasta su casa. Le muestran la habitación de Felipe. Pasa el interior, la recorre detenidamente y con guantes cubriendo sus manos, abre el armario para descubrir se encuentra vacío, sin una sola prenda. Tampoco encuentra documentación alguna. Al acabar descubre la tapa del teléfono móvil, habla con alguien y solicita su presencia con un equipo de análisis. Antes de salir, el comisario recibe una última noticia de Narciso y Carlos.

—Dijo que nos llamaría en cuanto llegara para darnos la dirección y el teléfono.

—Disculpen, pero no creo que lo haga. De todas formas si lo hiciera no serán verdaderas ninguna de las dos. Pueden hacer la prueba si tienen el número actual. Yo que ustedes esperaría unos días para deshacerme de todo cuanto quede de su propiedad y vuelvan a alquilar la habitación. Dudo mucho que regrese. Y si les debe dinero, despídanse de él.

            Minutos después ambos comprueban que en efecto el número de teléfono responde con la frase conocida: está apagado o fuera de cobertura. Despiden al comisario y a los dos hombres que le acompañan hasta la puerta, luego se refugian en el salón completamente sorprendidos, por no decir aturdidos.

            Una semana después el comisario visita de nuevo al Sr. Cardenal, gerente de El Cabildo.

—Hemos hecho las oportunas pruebas con las muestras que nos entregó.

—Me alegra que les hayan servido para lo que se proponían. ¿Y ahora qué?

—Ahora su establecimiento quedará cerrado hasta que acabemos la investigación en curso.

—Pero comisario, eso puede llevarnos a la ruina, nuestros clientes están acostumbrados a la carta actual, Gazpacho Celebridades, Mouse de hígado al Calvados sobre tosta con crema de olivas negras, Costillas tempuradas con salsa de arándanos y el resto de platos creados por nuestro cocinero Felipe Alcalde.

—Lo lamento, pero deberán cerrar por una temporada, sobre todo la cocina, les mandaremos un equipo especial para que dejen completamente desinfectados todos los elementos que hayan podido utilizar durante su actividad.

—Comisario ¿no cree que deberíamos conocer detalladamente el problema en que nos vemos inmersos?.

—Supongo que sí, pero antes le recomiendo hablar con su abogado para que le acompañe a la comisaría, allí les informaré debidamente.

El Sr. Cardenal, sus dos socios y dos abogados se presentan ante el comisario, al que acompañan dos miembros de la policía científica.

—Lean el contenido del documento de confidencialidad, fírmenlo y cuando lo hayan hecho les informaré debidamente.

—Esperen, antes lo leeremos nosotros —dicen los abogados.

—Por supuesto —señalan los tres socios.

Tras unos minutos.

—Si lo han leído por favor pásenlo a sus clientes para que lo signen —señala el comisario.

—Si señor  —responde uno de los abogados mientras pasa el documento a sus clientes— Sepan que les compromete a no revelar nada de cuanto aquí se diga.

—Adelante —señala Cardenal después de poner su firma junto a la de sus socios.

Ahora es el comisario quien aprovecha el momento para señalar a los asistentes.

—Ustedes y su restaurante han sido víctimas del Cocinero Asesino. En los platos que confecciona ha utiliza ingredientes humanos. No sabemos cómo o de qué manera los consigue, únicamente lo sospechamos, pero está suficientemente claro que en su restaurante han servido corazones humanos para dar color al Gazpacho Celebridades, hígados humanos para el Mouse al Calvados y no quiero referirles más platos, pues pese a estar acostumbrado como policía a diferentes y rudas situaciones, mi estómago se resiente cada vez que abro el expediente de ese asesino.

—¿Cuántos asesinatos ha cometido?

—Desconocemos el número, pero sabemos que algunos de ellos, son ancianos de la residencia que hay cerca del restaurante. De no ser por la llamada del forense advirtiendo que a alguno de los fallecidos les faltaban fragmentos o partes de sus cuerpos, no lo habríamos advertido. En un principio lo achacó al estudio que vienen realizando sobre algunas enfermedades que les obliga a retirarlas y pasarlas a un laboratorio especializado en la capital.

—¿Su ingestión ha podido dañar o contagiar algo?

—Esperamos que no, pero aún es pronto para saberlo. Les recomendamos estar pendientes por si presentan algún síntoma, ustedes o sus clientes.

—De todas formas comisario, si sospechaban algo, podrían habernos advertido con cierta antelación. No puedo entenderlo.

—Piensen por un instante el pánico que habría producido o la cantidad de denuncias presentadas contra su establecimiento, si hubiéramos comunicado que el Cocinero Asesino mataba ancianos y con sus corazones daba color al Gazpacho Celebridades del restaurante El Cabildo.

—¿Qué haremos ahora?

—Yo que ustedes cerraría por vacaciones y cuando abran ya estará limpio y desinfectado, exento de resto de los platos confeccionados por su cocinero e iría preparando otra carta con menos color y exquisiteces, claro que para eso deberán contratar a otro chef.

—Tal vez tenga razón comisario.

            Un mes después Narciso y Carlos contrataron la habitación libre a un joven de 28 años que preparaba oposiciones a la Judicatura. A muchos kilómetros y en una playa del sur, en un restaurante a las afueras de la ciudad, junto a un parque lleno de palmeras a pocos metros de una residencia para la tercera edad, alguien pone un cartel solicitando cocinero especializado en comida italiana. Al día siguiente un hombre de edad cercana a los cuarenta años, habla con el propietario del establecimiento.

—¿Y dice que además de preparar la mejor salsa boloñesa, tomate, cebolla, ajo, carne picada etc., es especialista en gazpacho?  pues ya nos hacía falta alguien como usted. ¿Cuándo puede empezar a trabajar?

—Mañana mismo, ya he localizado la materia prima necesaria para mis salsas y gazpacho.

—Estupendo, le espero mañana sobre las diez de la mañana.

—Perfecto, aquí estaré.


¿Fin?

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Escritor. Redactor y director de la revista Solo Novela Negra

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