EL INVITADO

EL INVITADO

RELATOS

EL INVITADO

Mar 6, 2017

Miguel Angel Contreras | Redacción Relatos

EL INVITADO

Por Miguel Angel Contreras

La puerta se cierra lentamente y en el centro del apartamento el respaldo de una silla tirada en medio señala, a modo de brújula, una ventana y bajo ella, un hombre apura su tiempo.

    —¿De qué me sirve comprender lo qué ha sucedido o cómo asumir la traición a manos de un viejo camarada, ahora reconvertido en un hijo de puta sin escrúpulos, cuando éste te ha partido la cara y sangras como un cerdo?¿Reflexionando sobre el mal? ¡Por Dios!

Sacudirse el aturdimiento y detener el reguero de sangre que brota de sus labios es el primer paso, aunque el dolor intenso en la espalda dificulta la respiración. Y ese mareo que va y viene. Y esa sensación de estupefacción que dibuja un gesto ridículo, de idiota.

Son las 20:17 horas de una noche cualquiera y Ernesto Alemán está preparando la cena mientras ultima un reportaje sobre la corrupción en el ayuntamiento. Un trabajo del que se siente orgulloso pero que a la vez le provoca miedo, mucho miedo. Es consciente de que cuando se publique habrá demostrado su valía como periodista; ese plumilla que en veinte años de profesión nunca se ha dejado llevar por el halago fácil; el reportero que jamás sucumbió a la versión oficial; ese bicho raro convencido de que detrás de un comunicado con membrete se esconde una mentira.

Y en cuanto al temor ¿A quién no le corre el sudor frío cuando sabe que hará saltar por los aires las puertas y ventanas de una guarida? Es cierto que tenía la opción sencilla: Mirar para otro lado. Vivir sin sobresaltos una existencia todo lo plácida que permitan las entrañas. Pero Ernesto no estaba cortado por ese patrón: Él se había encargado de que así fuera.

Suena el teléfono, el estofado al fuego y la maldita impresora atascada. Difícil elección. Así que será mejor aplicar una solución total marca de la casa: Apagar la cocina e impresora y en medio, contestar al móvil. Hombres que pueden hacer más de una cosa. Inquietante.

        —No te preocupes porque a la cena le falta un rato…Por cierto, no olvides la botella de vino. Dijo a su interlocutor mientras ordenaba la selección de quesos con el que abrirían boca.

El reloj del salón marca las 21:00 horas y todo está dispuesto para recibir la visita del viejo amigo tras más de diez años de silencio.

Ernesto y sus ciento setenta centímetros de altura encajados en una figura no muy oronda se mueven de un lado a otro, comprobando que todo está en su sitio como si de una cita amorosa se tratase, pero ese tiempo pasó a la historia desde que Elena, el amor de su vida, se largó dejando atrás el eco de un portazo.

De repente, las notas del Charlie Parker más desgarrador dibujan junto a la ventana la silueta de algún cronopio despistado, de cierta mirada indiscreta que perturba a la pareja en ese parque solitario…en penumbra.

        —Vaya, por fin has llegado, dice mientras acciona el portero automático.

Tras los abrazos de rigor y algún que otro piropo:  Julio, qué coño le ha pasado a tu cabeza. Ayer parecía una jungla y hoy es una bola de billar. ¿Existe alguna fórmula magistral para retomar una amistad acallada por el tiempo..?

La cena transcurre entre algunas chanzas salpicadas por datos sobre el presente de cada uno. En el caso de Julio Durante, (1,82 de estatura, tez morena y extremadamente delgado) éste narra peripecias de andar por casa, sin demasiada enjundia, porque lo más importante es lo que no dice. Está guardándose todos los ases en una partida que ha comenzado: Se han repartido las cartas marcadas y únicamente hay un jugador: Él.

        —¿Qué tal esa vida como periodista de investigación? Me cuentan que estás detrás de un asunto turbio en el ayuntamiento ¿No irás a meterte en un lío? Oye… ¿Estás bien?

No sabe cómo mirar a su amigo ¿O es un invitado? El reloj señala las 22:15 horas. Su pulso se acelera. Ernesto comprueba que la ventana está abierta porque la sensación de que le falta el aire y de que sus pulmones se achican, resulta insoportable.

Se ha levantado de la mesa sin cruzar una palabra, ha retrocedido unos pasos y se queda observando a su interlocutor. Aprieta los puños y traga saliva mientras intenta armar alguna reflexión que de sentido a lo que acaba de suceder.

        —¿Cómo sabes todo eso? Y sobre todo, ¿Quién eres?¿Qué quieres, Julio?

Su amigo sonríe mientras con ambas manos golpea sus muslos. Toma un sorbo de vino y enciende un cigarrillo. —Tío, relájate, parece que has visto algo horrible. Soy tu colega, tu amigo de siempre.

Ese mismo colega que mientras habla, se ha ido acercando a Ernesto a quien ha enviado al frío suelo de un certero derechazo en el estómago.

        —¿Estás mejor? Hace la pregunta mientras toma asiento en una silla desvencijada y enciende otro cigarrillo. La partida se pone interesante. Eso duele.

Si la honradez se midiera por la cantidad de violencia que se puede encajar, en el peor de los casos el hombre no habría pasado de ser una babosa. Ahora bien ¿Qué capacidad de aguante tiene una persona de moral íntegra (visto lo que se estila) cuando es víctima de un acto de violencia física y mental continuada e inesperada? ¿Cuándo es el momento adecuado para doblegarse a las sugerencias del torturador?

La cara del anfitrión había perdido la frescura inicial. Era una superficie llena de moratones y sudor. Los labios, una masa deforme, sanguinolenta. Y el maldito reloj no dejaba lugar a dudas: Ahora, las 23 horas, 20 minutos y 16 segundos… Una nueva patada impacta en el costado derecho y dos costillas se lamentan.

    —¿Qué tal lo llevas compañero. Te apetece un poco de agua? Venga, anímate y piensa la respuesta. Al fin y al cabo sólo se trata de una forma de ver las cosas. Tú llamas corrupción a lo que ellos bautizan como un simple negocio. No te quepa duda de que una de las dos partes cambiará su forma de ver este asunto. Adivina cuál de ellas.

Llega el momento para el cigarrillo, otro más, que acude a la llamada de la lumbre volviendo más densa la atmósfera del apartamento y cada vez más pequeños los pulmones de Ernesto.

Han transcurrido tres horas desde que el cuerpo del periodista besara el suelo de su casa y no parece que se vislumbre un final o al menos no el que podría apetecer al anfitrión. Otro puñetazo en la cara, el estómago se revuelve y otra vez esas malditas ganas de vomitar, pero no hay nada que ofrecer al espectador. El muy hijo de puta se ha decantado por Coltrane y sus interminables solos. No está mal salvo por ese golpe algo punzante que Ernesto ha recibido en la espalda.

    —Tu vida debe ser una puta mierda como para dedicarte a la tortura ¿Cotizas a la Seguridad Social, tienes un plan de pensiones?¿El mundo te ha tratado con poca delicadeza? Las preguntas (ese humor negro de la víctima) recibieron su justa respuesta en forma de una tanda de golpes y una sugerencia:

    —Hombre, no seas tan capullo y da marcha atrás al trabajo. Dile a tus jefes que al final el asunto presentaba varias lagunas que no has podido rellenar y que es mejor dejarlo de momento. Pide unos días libres y olvida todo el asunto ¡Olvídate! Haz ese favor a un viejo amigo.

La noche es tranquila, tanto en el edificio como en la calle, claro que a la 01:16 de la madrugada poco movimiento se puede esperar. En el parque que se ve desde la ventana, la iluminación tenue apenas permite distinguir algunos bancos, un detalle que no ha pasado desapercibido a esa pareja que abandona su discreto lugar entre varios árboles: Ella se ajusta la falda y él.. Bueno, parece que el caballero no está muy contento. Tal vez, problemas de concentración. Seguro que se los achaca a la presión en el trabajo, piensa Julio sin esconder una tímida sonrisa.

        —Perdona la distracción, Ernesto, pero me gusta observar a la gente siempre que el trabajo me lo permite y ya veo que las viejas costumbres permanecen inalterables. Pero retomemos el asunto ¿Qué tal lo llevas. Crees que podemos llegar a un acuerdo y acabar con todo esto?  Julio, sus cigarrillos, sus golpes y ese odio profesional.

Tío, esto no es nada personal. Afirma y sonríe.

Si el anfitrión pudiera ir al baño y tomar un vaso de agua a lo mejor encontraría un poco de alivio. Si este miserable aceptara ahora el ruego ¿No debería intentar defenderse? Pero ¿y si lo enfurece aún más y le da matarile? Qué jodido es querer sobrevivir.

Acostumbrado al sempiterno color amarillo, el susto fue mayúsculo cuando observó que su orina era de color rojo, a cuya intensidad ayudaba el babeo de esos labios reventados. A duras penas logró llegar hasta el baño, tras múltiples ruegos. La imagen que vio reflejada en el espejo era muy parecida a la de algunos personajes del cine negro que tanto admiraba, aunque la puñetera vida siempre supera la mente del guionista más retorcido. El insoportable dolor en la espalda tiene respuesta: Un profundo tajo a la altura del omóplato derecho.

Un poco de agua en la cara para espabilarse si eso fuera posible tras cinco horas de guantazos y patadas. Otra mirada al espejo y de repente, una tijera que se encuentra en la repisa junto al lavamanos.

        —¿Sales inmediatamente o entro yo? El corazón de Julio está a punto de provocar alguna que otra grieta en su pecho.

De vuelta al salón una serie de golpes en el estómago dejan bien a las claras que o cede o se puede ir despidiendo de las bandejas de canapés. Cuerpo a tierra y a sangrar como un cerdo

        —¡De acuerdo! Espera un momento joder y para ya de inflarme a hostias. Si quieres lo digo al modo clásico: Me rindo y que se vaya a la mierda la investigación junto con los hijos de puta y sus millones. Que la ciudad reviente cuando las cloacas no puedan almacenar toda la mierda que mucha gente sabe que existe pero a quienes da igual siempre que el hedor no interrumpa su plácida existencia. Después, cuando todo sea una escombrera, un solar yermo en el que ni siquiera crecerán las malas hierbas, vendrán los lamentos, las manifestaciones de los ciudadanos indignados ¡Rebaño de mierda!

El amigo Julio Durante no sabía si aplaudir y descorchar otra botella de vino o abrazar al antiguo colega tras darle el último golpe en la entrepierna (el torturador nunca descansa). Pero no hizo nada de eso. Optó por encender un cigarrillo al que dio una fuerte calada y se dirigió a la ventana. Demasiada calma y una brisa agradable. Cruzó los brazos y notó la nueve milímetros en su funda.

        —Por favor, por qué no acabas con esto. No debes temer nada porque no diré nada de lo que ha pasado. Déjame en paz y tan amigos ¡Quiero vivir, coño!

Lágrimas. Un torrente cubría la cara macerada del otrora orgulloso reportero y ahora sólo un guiñapo. Súplicas y sólo súplicas dirigidas a un tipo que se había quedado petrificado mirando por la ventana. Un ser que encendía un pitillo tras otro con la mirada perdida y con todos los movimientos decididos de antemano. El plan jamás admite cambios de última hora y los lamentos sólo son ruidos ambientales, pero cuando pinchas a Billie Holiday a las tres de la mañana y suena ‘Strange Fruit’ el corazón se encoje. El alma entera se estremece.

Y entonces las miradas se cruzan pero envían mensajes bien distintos: Uno decide y al otro le toca esperar.

       —¿Has tomado alguna decisión? Pregunta Ernesto.

Otro cigarrillo y una mano a la pistolera sin que el ser martirizado sea consciente de ello. El silencio continúa. Vuelta a empezar, si se puede llamar así, y Julio otra vez viaja hacia la ventana, sin prisas, con total seguridad. Mirando a un lado y a otro de la calle, observando el parque tan próximo.

Un golpe tan seco como imprevisto ha sacado del ensimismamiento al verdugo y aquella tijera se ha clavado hasta la cruz en un cuello relajado. Al principio hay mucha sangre pero Julio tapona la vía como puede. Sus ojos fuera de las órbitas buscan, a la hasta hace un rato víctima, pero esta se ha sentado debajo de la maldita ventana luchando porque el aire no pase de largo.

        —Un hijo de puta con suerte. Enhorabuena, amigo, balbucea el sicario.

La puerta del apartamento se abre con cierta dificultad, el invitado la cruza tambaleándose y baja por la escalera. Dos tramos de escalones con unos pies que se arrastran y el portal al alcance de la mano. Quién se lo iba a decir a Julio Durante, que después de tantas horas observando el entorno, por fin se convierte en un usuario de pleno derecho del parque y de un banco en penumbra.

Y de repente, la cálida voz de Nina Simone a los mandos de ‘Feeling Good’ envuelve los últimos momentos de la bestia, que tras un buen rato taponando la grieta, llega al convencimiento de que será mejor sacar la tijera y que la Parca se encargue del resto. ¿De qué sirve alargar el final? Pero…

A pesar de ese momento de lucidez, aún tiene tiempo para dar la razón a quienes sostienen (será por una dilatada experiencia) que:

Cuesta dejar de respirar por mucho que la vida se vaya a borbotones o al mismísimo carajo.

© Miguel Ángel Contreras - Todos los derechos reservados

Escritor y Periodista.

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