Nuevo Relato Provocado la 1ª Antología de Relatos Provocados Solo Novela Negra.   Condiciones para participar  aquí

Relatos Provocados


EL LIBRO MALDITO

por  ANA MARIA CUESTA

Jorge había sido siempre un muchacho tan reservado y huraño que a muchas personas les resultaba extraña nuestra asociación. Su coraza era tan dura que resultaba casi impenetrable y debo reconocer que nuestra amistad me había costado tragarme el orgullo en más de una ocasión por sus desplantes, malas contestaciones y reacciones imprevisibles. Otros habían desistido mucho antes, pero a mí me dominaba una extraña fascinación que era superior a mis fuerzas, porque, dentro de aquel ser enjuto, insignificante y malhumorado se ocultaba uno de los mayores talentos vivos que habían visto mis ojos. Puede que no fuera atractivo, pero su prosa era increíblemente aguda, imaginativa, impactante. Era imposible leer uno de sus textos sin quedar marcado, a veces para siempre.

En cuanto a mí, debo decir que también soy un gran aficionado a la escritura, razón por la cual entablé amistad con aquel polluelo desplumado hará hace ya unos 20 años, cuando estudiábamos en la facultad. Ya entonces era una persona difícil de tratar, pero fue leer sus letras y quedar atrapado, era capaz de producir exactamente lo que yo buscaba. Luego el tiempo nos puso a cada cual en nuestro sitio. Yo empecé a trabajar como administrativo y, entre escrito y escrito, hacía la vida normal de cualquier otra persona. Él, siempre único y especial, consiguió una paga, y entre eso, y lo que le daban sus padres, tenía lo suficiente como recluirse en un estudio e ir a su aire, sin importarle la sociedad. Era pobre, pero no le importaba, porque las nimiedades que tanto preocupaban a los demás a él le traían al pairo. No quería novia, ni viajes, ni casi ningún objeto material, de hecho los pocos que tenía, eran obsequio de sus buenos y sufridos padres. Era inteligente. Entre tanto, seguía produciendo su vasta y magnífica obra, mientras que yo me iba quedando atrás. Deseaba tanto ser tan bueno como él que hubiera hecho lo que fuera porque me transmitiera algo, pero por más que trabajaba cuando podía, no era capaz ni de aproximarme ligeramente a su brillo. Tampoco me importaba demasiado, la vida era larga y según dicen por ahí, todo llega. Entre tanto, los años fueron pasando y nuestra conexión seguía ahí de algún  modo. Él no era muy simpático, pero a su manera me apreciaba, supongo que porque algún alivio a su aislamiento de vez en cuando no le hacía mal.

De repente, una noche de invierno, ocurrió algo que cambió nuestra relación de un modo drástico y definitivo. Era viernes, hacía mal tiempo y no tenía ningún plan especial, así que me pasé por el estudio de Jorge para tener una de nuestras reuniones. Estaba solo y hacía un frío de pelotas, por lo que apareció cubierto por una manta. Parecía que cada día le importara todo menos, de tan escasa que era su ansia por vivir. Por suerte para mí, tuvo a bien enchufar un pequeño radiador de alcoba o que evitó que me helara, ya que no estoy acostumbrado a las penalidades de la bohemia. Entonces sacó la botella y nos preparamos unos vasos de whiskey para empezar con la tertulia, pues bien sabíamos que podía durar bastantes horas y necesitábamos carburante.

Sin embargo, la cosa no fue como esperábamos, porque un par de horas después Jorge cayó presa de un acceso de fiebre brutal que hizo que quisiera retirarse. Lo más lógico sería que me hubiera ido a casa, pero las dos copas que me había tomado no me habían sentado bien y había confianza, así que decidí quedarme tirado por ahí en el sillón hasta que me entraran las ganas de moverme. Como Jorge se había acostado, tomé una de sus últimas creaciones y me recosté para disfrutarla, como había hecho tantas veces. Era una obra sencillamente maravillosa, del nivel al que nos tenía acostumbrados. Cautivaba, envolvía, era imposible dejar de leerla. Entonces fue cuando empecé a pensar en todas esas historias maravillosas que andaban por ahí tiradas sin ningún mortal que las disfrutara y este hombre, que vagaba por la vida sin la menor emoción, dejaba que ellas solas se pudrieran, de pura desidia y desatención. Ni si quiera él mismo era capaz de cuidarse solo. Yo, mientras tanto, me moría por producir algo que golpeara al mundo y trabajaba mucho para conseguirlo, pero no era capaz de sacar adelante nada que lo igualara. Era todo tan injusto que me daban ganas de explotar.

En ese momento tomé la decisión que lo cambió todo.

Jorge estaba tirado, en estado de semiinconsciencia en medio de aquella casa llena de papeles desparramados. Sería incapaz de notar una pequeña ausencia. Así que tomé el glorioso manuscrito y me lo llevé a casa, pues no sería difícil devolverlo al día siguiente con el pretexto de atender al enfermo. Dicho y hecho, abandoné el apartamento en plena madrugada.

El plan era fácil y fue ejecutado a la perfección, por lo que al día siguiente ya pude gozar de una copia de la obra impresa para mi uso y disfrute en exclusiva. Era un hurto sin complicaciones y no tenía ninguna pretensión extraña, así que en principio todo siguió como antes. Sin embargo, con el paso del tiempo aquella novela excepcional empezó a quemarme entre las manos, era demasiado buena. Mis éxitos literarios no conducían a ninguna parte, no había grandes reconocimientos ni publicaciones, más allá de lo que me pudiera decir la gente de mi entorno, así que empecé a creer que el tiempo de mi sueño se agotaba. Para agravar más las cosas, en un momento dado recibí un varapalo brutal, que consistió en la crítica de alguien que consideraba muy importante. Su veredicto fue tan incisivo como cruel y tal vez real: mi libro era muy mediocre.

Cuando llegué a ese punto me dio por mandarlo todo al garete y empezar a beber, sentía que todo se iba a pique y me dejé caer. Preso de este estado de desesperación, se me ocurrió hacer lo que nunca tenía que haber pasado, y fue enviar la famosa obra con mi nombre a una editorial.

Fue una locura monumental, todavía no sé como pude haber caído en eso, por muy deprimido que estuviera. Es cierto que Jorge vivía absolutamente abstraído en su mundo, sin embargo, antes o después se tenía enterar, porque si en este mundo había una sola cosa que pudiera reconectarlo con la realidad, esa era la literatura. Me consolé a mí mismo pensando en que la publicación no llegaría a ser gran cosa.

Pero fue un éxito, aunque moderado, eso sí. Entonces fue cuando comenzó mi pesadilla. Como si de un castigo kármico se tratara, empezaron a acontecer toda una serie de desgracias en cadena. Primero fue lo de mi padre, que se vio afectado por un grave cáncer. Luego vino lo de mi despido. En ese momento no me afectó demasiado, ya que contaba con la novedosa nueva fuente de ingresos de “mi” novela y podía dedicarle tiempo a mis problemas familiares, pero luego me di cuenta de que era lo peor que me podía haber pasado, porque se esperaba de mí que fuera capaz de producir un contenido del mismo nivel de calidad. A partir de ahí todo fue cuesta abajo.

La imposibilidad de comunicar lo que me estaba sucediendo o de encontrar una solución hizo que mis problemas con la bebida se fueran agravando hasta el punto de que ya casi rozaba el alcoholismo. La editorial me agobiaba, mis recién adquiridos fans, también, y mis amigos ya casi no podían soportarme. Ni que decir tiene que ya había perdido el contacto con Jorge, lo cual era lógico, era incapaz de mirarle a la cara.

Como no sabía cómo afrontar al mundo, opté por adentrarme en una especie de retirada, mientras me iba consumiendo poco a poco. No obstante, cuando ya solo me quedaba esperar el final, ocurrió algo inesperado que me devolvió un poco de vida y esperanza. Otro de mis amigos, uno de esos que se pueden contar con los dedos de la mano, vino a mi rescate. Me ofreció un trabajo, poca cosa, y a media jornada, pero me permitiría ir saliendo adelante, siempre y cuando me comprometiera a dejar la bebida en contraprestación. No pude negarme, pues bien sabía que podía ser mi última tabla de salvación y empecé a trabajar en su empresa. En cuanto a los demás, les comuniqué que estaba atravesando una grave crisis personal que me impedía dedicarme a la escritura. No encontré otra salida digna.

Poco y poco me iba habituando a mi nueva vida, más monótona, pero apacible, cuando de repente llegó el correo electrónico. En cuanto vi que se trataba de Jorge, mi pulso se disparó al límite. Llevaba cerca de un año sin responder a sus llamadas ni a otros intentos de contacto, lo cual era inevitable, no podía dar la cara. Él lamentaba profundamente esta situación, dijo que solo quería saber cómo me iba, que me echaba de menos. Este último detalle, proviniendo de una persona tan fría, movió algo en mi interior. De algún modo sonaba conmovedor y sincero, así que pensé que quizás podría arreglar el problema, o que le debía algo, no lo sé. En cualquier caso, accedí al encuentro.

Jorge parecía estar tranquilo a mi llegada y me ofreció pasar a tomar una copa en el salón, que estaba mucho más ordenado que antes. Pero cuando ya nos hallábamos paladeando el néctar, su rostro cambió rápidamente. “Lo sé todo” – y así comenzó la agria discusión. Nunca le había visto de esa manera, agresivo, pasional, fuerte: su cuerpo reflejaba todas las emociones que siempre había ocultado. Mi respuesta no se hizo esperar y nos llamamos de todo. Él me acusó de envidioso, mediocre y ladrón. Yo le eché en cara su cobardía, aspereza y falta de amistad. Entonces se volvió más incisivo, me dijo que nunca llegaría a nada, que mis trabajos eran una mierda y que era un maldito borracho acabado. No pude más, tomé la botella que tantas veces habíamos venerado y la estampé contra su cabeza. El golpe fue fatal y al instante se desplomó contra el suelo. Acto seguido me di cuenta de lo que había hecho y lo lamenté profundamente. Hubiera pasado lo que hubiera pasado, a este tío lo apreciaba muchísimo y además me supe envuelto en un lío tremendo. Tomé su cabeza entre mis manos e intenté reanimarle, pero no reaccionaba con nada. Entonces toqué el cuello para intentar encontrar sus constantes vitales y ahí me estampé de bruces con la realidad, lo había matado.

Pronto me sentí presa del pánico y empecé a dar vueltas en busca de una solución, pero no podía hacer nada, el golpe había sido definitivo, no podía salvarle. Entonces pensé en lo que vendría después, sin duda se trataba de un homicidio claro, mi suerte estaba echada y no habría forma de escapar de la condena. El único remedio era intentar que no me descubrieran, lo que parecía increíblemente difícil, pero había que intentarlo.

Afortunadamente, conseguí abandonar el edificio sin ser visto, lo cual ya era algo, pero todavía tenía mucho que arreglar por delante. Intenté subir las solapas de mi gabán para camuflarme, pero no cubrían demasiado. Estaba tan nervioso y acelerado que apenas podía dirigir mis pasos, tanto es así, que casi me arrollaron dos coches por el camino. No sabía a donde ir, así que me dirigí al parque que era el lugar menos frecuentado a aquellas horas, a ver si se me ocurría como salir de aquella. Haciendo crujir las hojas otoñales, me dirigí a una de las zonas más cerradas y ocultas del recinto, y ahí encontré un banco. Me aposenté en él con la esperanza de aclarar mis ideas. Mis manos estaban ensangrentadas y me sentía tan desesperado como bloqueado.

Mi cabeza ardía tanto que ni siquiera notaba el frío de la madrugada. Pensé en hablar con la policía, quizás podría inventarme una excusa, pero nada era capaz de justificar lo que había hecho. Luego caí en la cuenta de que habría huellas, pistas de mi estancia y que luego verían nuestros mensajes, solo era cuestión de tiempo que me encontraran. Tal vez podría quemar el apartamento y así simular que había sido un accidente, bendito fuego purificador. Además, esto incluso me permitiría hacer desaparecer las trazas, pero correría el grave riesgo de ser visto. Por otra parte la puerta del apartamento estaba cerrada y no veía la manera de ejecutar el plan. La situación no estaba nada clara.

Un par de horas después, cuando todavía seguía en mi refugio cavilando sobre mi desgracia sumido en el miedo y el arrepentimiento, la súbita aparición un sonido estridente casi me provocó un paro cardiaco: la policía había llegado. Todo había sido mucho más rápido de lo que esperaba. Como movido por un resorte automático, eché a correr, quizás en un vano intento de evitar lo que se avecinaba, pero no había alternativa buena. En esa carrera buscando los rincones más oscuros de la fría noche, muchas cosas se me pasaron por la cabeza, no solo lo que iba a ser mi pública y dura condena, sino también en el motivo de la misma, el plagio, la deshonra, mi mala acción. Iba a ser uno de los personajes más denostados de mi tiempo. Mi corazón se encogía a cada paso.

Seguí divagando sin rumbo hasta que llegó la madrugada. En se punto, ya me encontraba completamente exhausto y acabado, no podía más. La pena, la vergüenza y el pánico me dominaban por completo al tiempo que las piernas dejaban de responderme. El juego había terminado y no había escapatoria, así solo me quedaba escoger mi final: dejar que me atraparan y vivir en el bochorno eterno o ponerle el punto y final al dolor y terminar con mi vida. Opté por lo segundo. Con esta triste determinación me encaminé a uno de los puentes más celebres de la ciudad, justamente conocido por ser el refugio final de las almas torturadas como la mía y me dispuse a arrojarme.

A las siete y media de la mañana, esa hora en la los rayos de sol suelen anunciar la llegada del nuevo día, llegué a mi destino. Me asomé por la barandilla temblando y muerto de miedo, pero no veía ningún camino por delante. Intenté consolarme pensando que sería rápido y fulminante, que no notaría nada y que todo el dolor de mi vida entonces se habría terminado. Otros muchos lo habían hecho antes, así que se podía hacer. Lo mejor era no pensarlo, cerrar los ojos y volar, tan solo volar.

Paro el pequeño motor mientras me dispongo a amarrar la barca en el puerto. Después me lanzó hacia el camino de madera con las chanclas en una mano y la cesta con los peces en la otra. Hoy no se me ha dado mal el día, podré sacar un buen dinero por las piezas. Me dirijo a mi humilde casa, que está al final del pueblo, pensando en la tarde de reposo y en la cerveza fresca que espera. La vida del pescador no da para mucho, pero algunas veces doy clases de español para redondear mis escasos ingresos. Aun así, soy pobre, pero no me importa, ya que disfruto de una vida tranquila y satisfactoria como nunca hubiera podido imaginar. Vivo rodeado del mar, el sol y la playa, me he reconectado con la realidad y no echo en falta ni el dinero, ni el éxito, ni nada de lo que antes deseaba.

Llegué aquí de casualidad, aquel día en el que estuve a punto de suicidarme. En el último momento no fui capaz de dar el salto final y en su lugar decidí ir al banco para sacar todo lo que me quedaba. Después, en el aeropuerto, compré un billete para el vuelo inminente que me pareció más atractivo y así es como acabé en Brasil. Pensé que en una ciudad grande podría ser detectado, por lo que enseguida me perdí a la búsqueda de un pueblo pequeño y aislado.

Con el tiempo descubrí que todo había sido inútil. Tras un largo tiempo siguiendo las noticias descubrí que Jorge no solamente estaba vivo, sino que coleaba mucho. El golpe que recibió aquel día, que aunque grave, no fue mortal, le hizo reaccionar de tal manera que había salido de su cueva y había empezado a distribuir su material el cual, naturalmente, había logrado una acogida maravillosa. No me cabe duda de que Jorge es uno de los mayores cerebros de nuestro tiempo, me alegro mucho por él. Incluso se le había relacionado con una buena moza del mundo del famoseo – a él – que parecía célibe. Había tenido un excelente aterrizaje en el mundo terrenal.

Además, y contra todo pronóstico, se había negado a revelar mi plagio, por lo que mi supuesta obra, que todavía andaba circulando por ahí, se había convertido en un fenómeno de proporciones míticas, elevada por el hecho de mi misteriosa desaparición. Ríos de tinta habían corrido sobre las causas y las hipótesis acerca de mi final, pues mi muerte se daba por sentada en la mayoría de los mentideros. No era un asunto muy extraño ya que como todo el mundo sabía, tenía problemas con el alcohol. Con toda esta leyenda negra a mi alrededor era más que evidente que mi iba a convertir en un personaje de culto. Por mi parte, mientras nadie fuera capaz de averiguar la verdad, no había problema.

La vida tiene estos giros insospechados y lo cierto es que mi sueño de ser un escritor aclamado y vivir para la posteridad se ha hecho realidad, aunque no del modo que yo hubiera deseado. De hecho este triunfo no me importa ni lo más mínimo y prefiero enterrarlo y vivir en paz. Pero nunca se sabe, quizás a algún maldito se le ocurra reabrir el caso.

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