EL OTRO LADO – relato provocado 2ª convocatoria (Marzo-Abril) 2016

Abr 4, 2016 | Medina Troya_Francisco, RELATOS, Relatos Provocados | 0 Comentarios

Autor: Francisco Medina Troya

 

—¿Es usted mi abogado?

El hombre había entrado en uno de los despachos de la comisaría sin aliento. Llevaba el abrigo en una de sus manos y en la otra un portafolio. Sus gafas de pasta sobre la frente, la ropa desaliñada.

Tardó en contestarla, impresionado por las manchas de sangre, que, como si hubieran pintado su ropa con una brocha, salpicaban su vestido raído y su rostro golpeado.

—El Estado; apuntando su imposibilidad de contratar un abogado; me ha asignado como su letrado. Ahora si me permite voy a grabar su declaración.

Metódicamente el joven puso sobre la mesa todos sus enseres, era extraño todo ese orden observando su apariencia. Se sentó enfrente de la mujer y puso la pequeña grabadora en marcha.

—Si es usted tan amable, puede comenzar.

La chica agachó su cabeza mientras la ocultaba entre sus manos. El abogado pudo ver en sus muñecas las cicatrices de grandes cortes, profundos. Después miró con seguridad al joven y le dirigió una tímida sonrisa.

—Se lo merecían, ¿sabe?. Hay una justicia divina por encima de la que hemos creado los hombres y ella me fue otorgada. Como todas las historias, siempre hay un principio.

Los monstruos existen. No son esos que aparecen en nuestras pesadillas con extrañas formas y rostros diabólicos, ni son mitos que nunca te pueden alcanzar. Los monstruos viven ahí, al otro lado de la calle, en una confortable casa, sentados a una mesa con un plato de sopa caliente, sonriéndoles a sus esposas, a sus hijos, sus hermanos y hermanas. Los encuentras en el supermercado haciendo cola y hasta te dejan pasar primero educadamente. Los hallas en el colegio recogiendo a sus niños o asistiendo a sus clases extraescolares animosamente. Los descubres en el atrio de las iglesias implorando a Dios y confesando sus pecados (no todos, claro)… los monstruos nos demuestran que en realidad vivimos en el infierno.

¿Sabe lo que he descubierto? Que por mucho que los medios de comunicación, los políticos, nos hagan creer que existe una igualdad entre mujeres y hombres, es falso. No hemos avanzado nada. Al final siempre es nuestra culpa. Por ir vestida de forma provocativa, por ir sola a los sitios, por pintarte la cara, por ser guapa, por ser liberal, por ser mujer. Por eso no esperé al veredicto de los hombres, a su justicia manipulada.

Cuando ves las desgracias ajenas por televisión nunca puedes llegar a pensar que esas cosas te pueden ocurrir a ti. Las ves tan lejanas que te sientes protegida por esa pantalla. Porque es otro mundo, no es tu ciudad, no es tu barrio… siempre he sido una chica extrovertida. Hago amigos muy pronto y demuestro mi cariño sin muchos preámbulos.

Conocí a aquellos chicos en un botellón. Vivian a tres calles de mi casa y ya los había visto jugando al básquet en el parque. Eran guapos, simpáticos y unos cabrones.

Me hice amiga de ellos rápidamente. Siempre he conectado mejor con los tíos. No sé, quizá porque se cómo nos las gastamos las chicas las unas con las otras.

Ni se me pasó por la cabeza las consecuencias que podía tener ir a una casa abandonada (propiedad de uno de ellos) con tres tíos con la lívido por las nubes. De las cervezas pasamos a los porros y cuando me di cuenta estaba mareada. Hay una diferencia entre un borracho y una chica bebida. A ellos todo el mundo los da de lado, como si fueran unos infectados. A ellas, sin embargo, siempre hay algún sobón o sobona, que se quiere aprovechar. Tocar, palpar la carne, lucrarse de sus defensas bajas. Ellos no fueron diferentes, ¿entiende, abogado?

Hubo un prolongado silencio. El letrado se sentía mal. Ya adivinaba por donde iba a continuar la narración.

—Me resistí, los arañé, los golpeé con lo que pude, en vano, llorando sobre el suelo sucio. Sucia. Les escuché. Muy alterados, ya no estaban ebrios.

-¿Pero qué coño hemos hecho, joder?

-¡Mierda, me cago en la puta, mierda, mierda, mierda!

-Haber, chicos tranquilos…

-¿Tranquilo? Has empezado tú, capullo… ¡mírala ahora, joder!

-Eh, eh, para el carro, imbécil. Tú también te la has cogido… ¡Todos lo hemos hecho! Además, ¿qué coño buscaba la muy zorra viniéndose aquí con tres tíos?

-Eres un cabrón… un maldito cabrón.

-Ja… ¿tú no?

-No podemos dejarla ir.

Así empezó mi calvario.

He estado mes y medio encerrada en el sótano de aquella casa. A oscuras, rumiando mi dolor, encadenada a la pared. La oscuridad tiene la virtud de devaluar el tiempo. Cuando llevas días sumergida en las sombras ya no tienes noción del momento en que vives. Entonces no tienes ni el concepto de las horas.

Me traían comida de vez en cuando, aunque no sabía exactamente si era a diario. Era su perra y por mucho que grité las paredes de aquella casa antigua no dejaban escapar ningún sonido.

Al principio me trataron bien. Sin embargo un día uno de ellos bajo de repente, puso la linterna en el suelo y me dijo al oído.

-Te vas a pudrir aquí. No podemos dejarte libre. Contarías lo ocurrido y nos joderías la vida, ¿lo comprendes? pero es una lástima no aprovechar  tu cuerpo, con lo buena que estás.

Se turnaron para abusar de mí. Cuando ves que es inútil resistirse, que además de la violación recibes una paliza, acabas rindiéndote y tu cuerpo se convierte en un saco sin vida. Y he intentado hacerlo, pero aún no lo he conseguido.

—¿Qué?.

—¡Perdonarme, abogado!…Perdonarme por no haber resistido más, por dejarme doblegar, por llorar, y mostrarme débil ante ellos.

—Está siendo muy dura consigo misma, señorita.

—Sí. Eso es lo que tenía que haber sido, más dura.

La chica estuvo un rato mirando por el ventanal que daba a la calle, su mirada estaba absorta en una paloma que picoteaba un trozo de pan duro. Parecía que iba a arrancar a llorar, pero no lo hizo.

—Las casas antiguas son húmedas, sus muros viejos. Una de las veces, presa de la ira que me embargaba, de la impotencia que me obligaba a rebelarme, tiré con todas mis fuerzas de las cadenas. Para mi sorpresa noté que cedían un poco. El yeso podrido se desprendía. En mi soledad tiraba con todas mis fuerzas hasta que quedaba exhausta. Poco a poco se iba despegando. Con los pies esparcía la tierra que caía del muro para que ellos no se percataran de lo sucedido. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero cuando menos lo esperaba me vi con la cadena en mis manos.

Aquella espera fue lo más agobiante por lo que pasé. Nunca llegaba el momento en que aparecieran por la puerta de aquel sótano. En las tinieblas comencé a trazar un plan para deshacerme de ellos.

Los escuché llegar. Eran ruidosos, estaban confiados, sabía de memoria las dimensiones de aquel habitáculo, cada centímetro de pared, cada baldosa. Me oculté en el lugar donde la hoja de puerta iba hacía el muro y cuando aquel cerdo entró me abalancé sobre él. Matar a una persona es difícil, se aferran a la vida hasta el último instante. Apreté con las cadenas su garganta, hasta que un sonido seco, como algo que se rompe, me advirtió que todo había acabado. La sorpresa es una ventaja. No fue complicado acabar con uno de los que quedaban. Al primero le rebané la garganta. Cuando se asomó al sótano a preguntar porque tardaba tanto su compañero. Pude ver sus ojos sorprendidos mientras veía su propia sangre fluir a borbotones. La muerte para él fue algo inaudito. Se desangraba como un cerdo y no podía creerse que aquello le estaba ocurriendo. Con el que quedaba tuve que luchar con todas mis fuerzas. Pero la rabia acumulada me ayudó y le lancé una lámpara de gas al rostro. Ardió como una antorcha y fue dando tumbos por toda la planta. El fuego se prendió muy rápido. Aquella casa vieja era casi toda de madera y el fuego virulento pronto se hizo dueño de todo. Antes de huir hacía la calle eché una última mirada al cadáver ardiente de mi raptor. Tenía una mueca extraña, de cierto desahogo.

—Señorita. Estudiando su declaración en primera instancia no creo que le imputen ningún cargo. Debemos cambiar un poco los hechos para que no quede ninguna duda de que los mató en defensa propia. Quizá le caigan un par de años, pero como no tiene antecedentes no ingresará en la cárcel.

Siento muchísimo lo que le ha ocurrido. Y aunque usted fue el brazo de la justicia por cuenta propia, no voy a decirle que no se lo merecían.

¿Quién la encontró?”

—Cuando salí a la calle era de noche. Debía ser tarde porque las calles estaban desiertas. Me quedé allí, en la acera, observando las llamas. Se retorcían con vida propia, devorando la fachada. Tenían colores diferentes y sus ondulaciones eran hipnóticas. Ni siquiera me enteré cuando llegó el camión de la basura y uno de los operarios me zarandeó. Le miré con los ojos perdidos y me desmayé en sus brazos.

—Ahora todo ha terminado. Tenemos un equipo de psicólogos a su disposición.

—Gracias. Muchas gracias abogado.

Cuando condujeron a la chica a la celda, sus padres esperaban en el pasillo, ella los miró avergonzada y dudó en dirigirse a ellos. La mirada pura de su madre le disipó todas sus dudas. Los policías se saltaron el protocolo y las dejaron abrazarse. Nadie supo quién empezó a llorar primero.

Sin saber cómo, unos periodistas se habían colado en la comisaría y comenzaron con su bombardeo de preguntas, con su flases. Nutriéndose de las desgracias ajenas.

—¡Señorita, señorita! ¿de verdad los mató usted sola?

—¡Joven!, Miguel Sempere, Canal 5. ¿Pensó en quitarse la vida mientras estuvo encerrada?

—Julia Mondragón, TV-7, ¿Abusaron de usted?

—Ya está bien, ya está bien. A su debido momento habrá una rueda de prensa. Todos los medios estáis emplazados. Por favor, márchense, la joven no va a contestar a ninguna pregunta.

Un agente los echó de allí mientras seguían accionando los pulsadores de sus réflex, anhelantes de que alguna de las fotografías fuera la perfecta, la mejor.

Dos agentes acompañaron a la chica. Le habían puesto una manta por encima y ésta miró a sus padres con una mirada honda e ininteligible.

Mientras la llevaban al hospital para reconocerla se tumbó en la  camilla de la ambulancia. Fuera, los paparazis, corrían detrás del auto sin parar de fotografiar.

Respiró profundamente y una sonrisa malévola pintó sus labios. Ahora su mayor preocupación era cuando quedaría libre. Dudaba que aquel chico, al que tenía atado en el zulo del bosque aguantara mucho sin probar bocado, sin beber agua, sin que le curara las heridas de sus pies mutilados. Lo dudaba, y en el fondo le daba coraje que se muriera antes de que ella regresara. Tenía pensado para él juegos aún más divertidos que los que había realizado con los tres tíos que acababa de asesinar.

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