El tio político – Hughman # 10

por | Dic 7, 2016 | Goñi_Juan Pablo, RELATOS | 0 Comentarios

El tío político

 

Hughmann#10_imagen    –Eso dijo, que volvería a llamar. No quiso dejar mensaje.

Hughman continuó su camino por el pasillo tras recibir el mensaje de la agente… ¿Pérez, López, Martínez? Una joven robusta, con poco tiempo en la seccional cuarta, de cabellos amarillos sobre las raíces negras. Quizá a Hughman debería serle ajena esa necesidad que mostraban en Argentina tantas mujeres morenas por convertirse en rubias, siendo que él había crecido en un paisaje repleto de cabecillas con pelo casi desteñido cubriendo ojos claros como los suyos, pero no era así. Él también había visto el deseo de convertirse en alguien de otra condición, repetido generación tras generación, que no era otra cosa el teñido. Por la ropa, por el corte de cabello, por los automóviles, eran miles los que pretendían tener otros orígenes. A las inglesas de su barrio natal no les preocupaba ser rubias pero sí vestir a la moda que veían en las revistas. Rubia era una palabra que designaba más que un color de cabello en este país.

Llegó a la sala de la brigada y la encontró vacía. Fue a su despacho, se quitó la campera y encendió el ordenador. Estaba preocupado. No por las reflexiones sobre el color de cabello o el status, sino por el llamado de Augusto Politano, ¿qué pretendería el tío de Alicia? Leyó los portales de noticias con apatía, sin quitarse de la mente la llamada recibida por la aspirante a rubia. Dos años y meses llevaba sin ver a Politano. Prefería no recordar la ocasión, fue en el entierro de Alicia, por supuesto. Politano era político, ocupaba un cargo secundario en el Ministerio de Seguridad desde el cual tenía acceso a ministros, diputados y al mismo gobernador. Fue Politano el que consiguió el decreto de excepción que le permitió incorporarse a la policía, pese a las prohibiciones reglamentarias. Estuvo presente en la boda, para luego desaparecer de su vida hasta la luctuosa ocasión que volvió a convocarlos. ¿Qué buscaba? Buscaba un favor del inglés, estaba seguro de eso, ¿pero qué?, ¿cuánto le costaría ese favor? Año electoral. ¿Lo quería de puntero político? El oficialismo también gobernaba la comuna. Cerró el navegador. Si le hubieran preguntado, no sabría responder cuáles eran los titulares del día. Parte de la incógnita se resolvió antes que fuera por un té. Sonó el teléfono. La voz nasal de la agente le pasó con Politano.

La conversación llevó un minuto, o menos. Politano quería verlo. Lo citó en el bar de un hotel céntrico, el Colonial. Conocía el hotel. Buen albergue, con un bar pequeño, casi escondido, en una calle lateral a tres cuadras de la plaza central. Menos expuesto que el Hotel Blanca, en plena calle Obispo, o el Pampeano, que ocupaba toda una esquina. Hughman dejó la seccional sin cruzarse con los compañeros de la Brigada. Tampoco con el comisario u otros oficiales. Demasiado tranquila la mañana del jueves. En la sala de espera, tres personas aguardaban que llegara el personal para efectuar exposiciones civiles. El Focus del inglés estaba en la esquina, por una vez no tenían estacionados autos chocados aguardando por pericias. Estaba fresco para abril, los otoños eran breves aquí, en el llano pampeano se pasaba con rapidez del verano al invierno.

–Se trata de un dato que me dieron en confianza, un dato seguro, ¿eh?

Politano había terminado su café, Hughman iba por la mitad del suyo. El abrazo inicial le pareció exagerado para la relación que mantenían. Se lo veía tranquilo, las elecciones legislativas no tienen tanto peso en Argentina. El presidencialismo –y los ejecutivos menores– es tan fuerte, que la elección de diputados les interesa más a los políticos que a la gente. A pesar de eso, lo primero que hizo el tío fue quejarse de su cúmulo de tareas. Luego vinieron un par de frases huecas que pretendieron saltar los años sin tratarse y de inmediato el tema que motivó el llamado. Politano tenía un dato importante.

–Te lo doy a vos para que te anotes un poroto.

El inglés asintió. Los porotos se usaban para la puntuación del truco, el juego de naipes favorito de los argentinos, juego que no conseguía dominar, ¿cómo podían manejar reglas en un juego donde estaba permitido mentir?, es más, donde la misma gracia del juego se basaba en las mentiras.

–Se trata de un reducidor, un tipo que no sólo vende mercadería robada en las casas de Blanca sino que también comercia con bienes que le acercan los piratas del asfalto.

Con la excusa del idioma y la necesidad de traducción mental, Hughman evitaba dar respuestas rápidas. No precisaba ese tiempo, pero en esa ocasión le servían esos segundos extras para descubrir la motivación del tío Politano. Piratas del asfalto, bandas que robaban camiones en las rutas. Mucha carga; en efecto, no sería un reducidor menor.

–¿Te interesa o no?

–Por supuesto que me interesa. Estoy esperando que me des el dato.

Para más énfasis, buscó en la campera que había colocado en el respaldo de la silla, un anotador y un bolígrafo. Satisfecho, el tío aguardó que estuviera listo.

–Silvio Ormacina, sin hache. Vive en el barrio de El Fuerte, cerca del club Blanca.

Le pasó la dirección. Era correcto, la dirección lo situaba a pocos pasos de la avenida San Martín, a doscientos metros del gimnasio del club y a trescientos del arroyo.

–¿Cómo supiste?

–Tengo fuentes de la policía provincial, inglés. Venían siguiendo toda la trama pero justo un equipo, ignorando la operatoria, detuvo a tres de estos piratas, así que están guardados. Por eso te digo que van a encontrar un montón de mercadería, la tiene en un galpón, atrás de la casa.

Terminado el café, Politano arguyó que tenía reuniones políticas, reiterando sus quejas por el esfuerzo extra que suponían las elecciones cercanas. Se despidió en segundos, tras pagar la cuenta –sin dejar propina a la moza. Hughman buscó un billete y lo puso bajo el platillo del café. Se colocó la campera y salió, evaluando qué hacer con el dato. Politano no quería figurar, “no quiero que se piense que uso políticamente una información”. Loable, demasiado loable en una batalla donde se luchaba con armas muy lejanas a la honestidad bruta y el altruismo. “Igual, que sea una buena de la policía, nos sirve”. Sí, podía verse así, prefería un triunfo del gobierno en conjunto. Podía, pero Hughman tampoco creía en este argumento.

Se alejó del centro, condujo por calles aledañas. Fueran cuales fueran las intenciones del tío, como policía no podía obviar el dato. ¿Cómo lo utilizaba sin meterse en problemas? Ormacina. El apellido no le sonaba, como la mayoría de los de la ciudad, excepto los turistas que se anotaban en las excursiones por los calabozos y los juzgados. ¿Estaría protegido para llevar adelante su tráfico ilegal? Era un riesgo. Su dato podía procurarse la enemistad de quien llenaba su bolsillo con las contribuciones de Ormacina. Resolvió que lo mejor era participar a Pérez, el otro inspector de la brigada. Ellos saltaban de un caso a otro, sin límites territoriales, la protección la manejaba gente con presencia permanente en el territorio. Pérez sabría qué hacer con el dato. Decidido, regresó a la seccional.

Televisores, computadoras, teléfonos celulares, Ormacina poseía en el galpón una colección más abundante que cualquier comercio de la ciudad. Pérez se frotaba las manos, junto al fiscal Tornelli, de saco a cuadros. El comisario Brandán, titular de la tercera que tenía jurisdicción en la zona, sonreía ufano mientras personal de uniforme cargaba cajas y más cajas de artículos robados. Había fotógrafos y cámaras. Tornelli no puso trabas al pedido de la Brigada, una orden de secuestro basada en un dato de un testigo protegido. Pérez se encargó también de fabricar el testigo y de dibujar una investigación en curso. El juez firmó y ahí estaban los resultados. Hughman, apoyado en su coche, observó el trabajo de los uniformados y la actuación de los mandos frente a la prensa. Ormacina iba camino a la fiscalía, donde le tomarían declaración para enviarlo luego a una prisión. El inglés lo vio salir, un hombre alto, canoso, de pantalones grises y zapatos náuticos. Salió con la cabeza en alto, sin preocuparse por las fotos, negando con su cabeza.

Hubo una cena, pagada por el fiscal, donde celebraron el procedimiento. Pérez aceptó las felicitaciones, Hughman prefirió dejarle los méritos. Bastante tendría su colega con la acidez, por la mañana siguiente, con todo el vino que bebía para acompañar la parrillada. Por una vez que no pagaba, Pérez hacía gasto. Brandán estaba con ellos, poca gracia le haría al comisario Bermúdez el éxito de su colega. Habría reprimendas, aunque ellos no estuvieran bajo sus órdenes, la Brigada tenía sede en su comisaría. Al inglés no lo preocupaba Bermúdez, la denuncia había sido cosa de Pérez. Tras un brindis celebrando la colaboración entre la justicia y la policía, Hughman los dejó. Sin sueño, tratando de encontrarle sentido al asunto, se encontró pasando por su seccional. Decidió bajar. Ya no estaba de turno la aspirante a rubia sino un sargento enjuto, dormitando con los brazos sobre el mostrador. Silencio. Patrulleros en vigilancia, ninguna alerta por el momento. Aburrido, caminó hasta el despacho, conectó Internet. El titular de El tiempo, en letras gigantescas, le dio las respuestas que buscaban: “Detenido por pirata del asfalto Silvio Ormacina, candidato a segundo concejal por la oposición”.

 

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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