ENCIENDELO OTRA VEZ, MUÑECA

por | Dic 12, 2016 | Alvarez_Blanca, Relatos | 0 Comentarios

ENCIÉNDELO OTRA VEZ, MUÑECA

 

Enciendelo.._imagenA Nelo le gustaría atreverse. Incluso se imagina levantándose hacia ella cual felino en idus de marzo, asaltando su ensimismamiento por entre informes y números porcentuales. Podría hacerlo. Llegaría seguro, impasible, con gesto de matador en suerte, sombrero a lo Bogart y restos de tabaco negro entre la comisura ácida de su boca castigadora. Casi se visiona a sí mismo en visaje de arrancarle las gafas-diseño alado de Paloma Picasso, alzarle la barbilla con una de sus manos, encallecidas de mujeres fatales, mientras deja oír su voz ahuecada por el humo del cigarrillo.

– Muñeca  -pausa de segundos para que ella sufra el castigo de su presencia-, acabo de encontrar tus perdidos cigarrillos ingleses.

– Oh! -toda palabra sobra.

– No te molestes en agradecérmelo.

En sueños, enciende el largo pitillo achicando la pupila para verla levantar sus ojos de miope enamorada, definitivamente conquistada. Pero, sobre todo, imagina la boca, aquella hendidura carnosa, por la que escapa un humo como de infierno sagrado en llamada de contactos. En lo mejor del encantamiento, Carmen zarandea al bueno de Nelo que se había quedado con la sonrisa torturada y bobalicona viviendo un paraíso infinito, personal e intransferible.

– Desde luego, hijo, no tienes remedio. Con los años vas a peor.  ¿por qué no pruebas a hacer una vida más sana?, aunque sólo sea para variar.

– ¡Se acabó el hechizo!

No, realmente no se atrevería. A ver cómo se le dice a la compañera de toda la vida que mira, guapa, a mi lo que de veras me excita es verte tras la humareda grisácea de cien cigarrillos, a ser posible con melena alborotada y combinación de raso. ¡Imposible! Nelo siente que Carmen, la Brillante Directora Regional de Industria, la radical feminista y ecologista de nuevo cuño, lo miraría desde el fondo de su exultante pragmatismo como se mira a un mono incapaz de aprender el truco más fácil con premio de plátano.

El bueno de Nelo la hubiera preferido una Borgia envenenadora, pérfido ángel azul envuelta en lamé. Loba o víbora….., cualquier cosa antes que este sobresalto de impostura, esa sensación de mentira que emanaba el aliento de la nueva Carmen.

¡Ay Carmen!

Lo que se habían perdido desde aquel inicio de cruzada salvadora contra el cancerígeno placer tabaquista. Pero bueno, ¿quién demonios desea llegar a centenario saludablemente arrugadito en neura de hipocondriáco total?

– A mi que no me defiendan, ¡coño!

– ¿Qué dices? -pregunta Carmen por entre una mirada de censura.

Pobre Nelo. Él con sus fijaciones cinematográficas y sus mujeres ingenuamente fatales tras larga boquilla o cigarrillo a pelo en labio deseable. Nelo, poblando sus sueños de irredento seductor impracticable buscando la torva sonrisa de mujeres fumando a la espera. Nelo, que había vuelto a fumar  de tapadillo, con la ventana abierta y el maldito aromatizador a mano. Nelo, volviendo al vicio solitario y culpable de los tiempos adolescentes, aunque entonces el nefando engaño era practicado en comandita solidaria, en sentadas de retrete, atentos a la llegada del padre Florián con zapatos de goma propicios a su labor de espía, con sotana brillante, escaso pelo rojizo y voz propagandística de los avernos.

– ¡Ay Carmen! – suspira mientras no encuentra el deseo entre los pantalones.

Y es que, el deseo de Nelo, todo tipo de deseo carnal, murió junto a la prohibición: no puede ser el león que fue, porque todo en él se desinfla.

La mira de reojo, ninfa elástica producto de alimentación light, vida proteínica y descafeinada, además de horas de duro gimnasio, mientras recuerda aquellos cigarrillos postamatorios de sus primeros tiempos, aquella complicidad azulada que hacía de los cuartos prestados un lupanar oriental. Recordaba aquellos cigarrillos sin filtro ni prohibición por entre las habitaciones frías – siempre parecían casas abandonadas-, con las sábanas no demasiado impolutas y aquella carne tibia, la primera carne de Carmen. Era como si el pretexto del sin filtro se convirtiera en texto para la complicidad de promesas sencillas y definitivas. Una definitiva consagración de la ceremonia del sexo.

Él siempre imaginaba a las mujeres en blanco y negro, ocultas tras el humo infinito; podía  identificar la música de fondo tras las volutas falsamente blanquecinas.

Y Carmen perdida para siempre, dejándolo abandonado en la perruna súplica muda.

– Enciéndelo otra vez, muñeca.

Y la frase retumba como un conjuro que notan sus pantalones y sus neuronas.

Maldita la hora en que verdes, médicos y hasta asistentes sociales, descubrieron la fatídica  y mórbida estadística tabaquil. Incluso los políticos abandonaron el vicio y el habano. Ahora era un perseguido, un clandestino, como en los olvidados tiempos, pero con el agravante de no tener camaradas, ni apoyos morales, ni razón, ni futuro de triunfo.

En  el despacho, sus tres compañeros de bufete, las dos secretarias y hasta la señora de la limpieza, habían dejado de fumar. Por todas las esquinas circulan caramelos de menta, chicles con nicotina y educadísimas recomendaciones para no fumar. Por no haber, no había ni un triste cenicero ¡aunque fuera de diseño! Y eso, con la aviesa intención de intimidar a quienes asomaban el blanco cilindro tembloroso desde los fondillos del bolso y lo guardaban nuevamente tras buscar, con ojo culpable, el modesto recipiente. Incluso la hora del café -ahora agua mineral o zumo natural-, era un infierno poblado de consejos para adelgazar esos kilos que el tiempo coloca como anclas de serenidad; todos tenían un truco naturista para la salud o recomendaban un nuevo aceite para evitar alopecias. Nelo se preguntaba, mirando sus sanísimos cuerpos, en qué postura saludable practicarían el vicio del sexo, si es que tanto esfuerzo en pro de la salud, los dejaba con fuerzas suficientes.

–  ¡Eres un antiguo! Eso de la cama es para los que no tenéis resuello, ahora se hace contra la nevera, sobre la mesa de la cocina… -aseguraba el guapo de turno.

– Mucha película y pocas nueces… -desafiaba el bueno de Nelo.

–  Lo que pasa es que tu ni te mueves, tienes atrofiados los músculos, Nelo y ya se sabe que el sexo es gimnasia.

– ¡Joder!, imagino que os grabaréis, porque si no menudo desperdicio de energías -reiteraba Nelo a punto de rendirse.

Casi prefería los tiempos del sexo como pecado.

– No sé cómo te aguanta Carmen.

Y Nelo encoge los hombros y se retira de escena, escarnecido y culpable.

Carmen se aguantaba sola y sublimaba con el poder y la gloria como los viejos curas sublimaban con la santidad. ¡Tanta revolución sexual para acabar acólitos perdidos de una nueva religión ascética!

¡Un asco!

Se acabaron los tiempos de la ideología y el acalorado discutir, era como si en el límpido ambiente sólo flotaran necesidades de eterna juventud dorada, salud a ultranza y  estirado músculo. Nelo se preguntaba para qué tanto cuidado de cuerpo si luego no se disfrutaba, al menos él, que ya no recordaba lo que era un repaso general al orgasmo vicioso y humeante.

– Hoy tengo partido de tenis con Juanma, a ver si le sonsaco algo de las nuevas acciones -suelta Carmen ajustándose el impecable traje.

Nelo casi lloraba recordando los tiempos en que los negocios, los buenos, se trataban en casas de latrocinio con putas acomodaticias y capaces de llevarse un secreto a la tumba. O, al menos, con puro a los postres.

– Deberías aprender, Nelo, cuando el cuerpo se marchita, todo – aquí guiño intencionado a los terrenos medios- se marchita.

– Pues yo con agujetas no me inspiro -remataba Nelo sin mirarse la entrepierna.

Lo dejaban por imposible y le vaticinaban lo peor mientras se mataban vivos por lograr  una perfecta calidad de vida.

Llegarían al hoyo en perfecto estado de revista.

Nelo transitaba ahora los parques públicos en afán de rincones apartados, repitiendo el secretismo de su infancia, no para espiar parejas besuqueándose o jurándose tristísimo amor eterno. Nelo aguzaba la vista tras los bancos aislados para hacer llegar a sus pulmones hambrientos de nicotina y alquitrán el parco consuelo de un cigarrillo a hurtadillas y mal fumado, siempre acechando la llegada del guardia que, sin prohibirlo a porrazos, lo miraría como a presunto pederasta, que ya se sabe, un vicio encadena a otro y  quien empieza robando manzanas puede llegar a Luki Lucciano. Pero lo peor, con diferencia, eran los niños.

¡Ah, los niños! Bestezuelas falsamente inocentes, insolentes devoradoras de adultos que llegaban sobre sus piernecillas de escasos años asaltando su solitario pecado como piratas de justa causa en nueva cruzada moral.

– Señor, esta contaminando nuestro futuro.

Le soltó la última vez un pelirrojo lleno de pecas y mala nata, no más alto que un enano de cuento.

¡Mocoso de las narices!, Con el padre Florián te quería yo ver. ¡Maldita generación de la psicología y el trauma! Y, atragantado, con el cigarrillo quemándole los dedos, contuvo apenas los violentos deseos de partirle la cara infantil al arrapiezo de torcidas intenciones que, parapetado tras gafas de niño experto en ordenadores e impecablemente imbuido en su papel de nueva generación salvadora, osaba perturbar su escondite de irredento transgresor, mientras la niña, ojazos de futura dominadora confabulante, lo miraba desde su insondable silencio de presunta inocente.

– ¡Un Herodes os metía yo en el ordenador! Carnecita de hamburguesas – juraba Nelo mientras dejaba sin sustento sus pulmones doloridos.

Y Carmen sin enterarse de esa angustia que iba cercándolo en una depresión galopante e inhibidora de antiguos deseos carnales. Carmen recomendándole la visita a un psiquiatra amigo que, mira, déjate de antigüedades, los profesionales están para algo y no se debe confiar en providencias, caramba. ¿¡Psiquiatras?!, Nelo se veía como el pequeño Woody Allen perdido entre la poltrona de un mercachifle mental para siempre jamás. ¡Ah no! Ya lo decía el abuelo, antes de probar galeno, probar cura de bajo vientre.

¡Por probar!

Aquel viernes podía ser tan bueno como cualquier otro. Carmen de viaje y dejándolo tan segura o tan indiferente como si de un minino casero y castrado se tratara. Bastaba con rechazar las invitaciones de las otras parejas del círculo -¿amistad o control?- para volver al viejo y desgastado papel de Rodriguez sin señora y con desenfreno suelto.

Aquel fin de semana probaría la sabia receta del abuelo que se murió de viejo y con el farias puesto. Su abuelo había sido un sabio, vividor, mujeriego y respetado en sus vicios de señor, que antes los señores no eran marionetas de las legítimas ni de la salud a ultranza.  Sería la última batalla.

¡Después, el diluvio!

Caminó con decisión peliculera las calles húmedas de nocturnidad y alevosía en busca de sueños humeantes. Casi llega a sentirse joven, sano y hasta seductor.

– ¡Hola guapo!, ¿tienes fuego?

¡Tocado y hundido! Un saludo y una pregunta bastaron para dañar la línea de flotación de la cordura.

Apenas se atrevió a mirar la mujer que lo incitaba tras el cigarrillo a la espera de su lumbre. Le dio fuego con maneras, como si de la mismísima Ava Gadner  se tratara.

– ¡Gracias, hombretón! – y le lanzó la primer bocanada de humo sin pudor.

Nelo aspiró el humo, maloliente para otros, como si fuera néctar afrodisíaco. Ella supo que había pescado cliente, y ya era hora, que la calle es dura y fría.

No era guapa, ni joven, ni sexy, más bien en puertas del desguace, pero aquel saludo de salterio a marinero en tierra, transportó a Nelo en viaje de ida sin vuelta a los fuertes impulsos de veinte años atrás. Sintió el tirón olvidado en la entrepierna y aquella noche fue Samarcanda, la entrada en los secretos de Eleusys, la corriente del Nilo, la Reina de Africa…..

Ella consintió en fumar para él, sobre la cama, vestida con burda combinación de nailon y Nelo la reconoció de inmediato: era Carmen a los dieciocho, naciendo esponjosa para sus besos, con los generosos pechos agitados por mil consignas leninistas, entre versos de Maiakovski y recomendaciones de W. Reich hasta que, a golpe de zarpazos, él mutaba la retórica en gemidos cavernarios.

¡Fue el Apocalipsis!

Acababa de descubrir por qué los más respetables políticos ingleses se jugaban la carrera entre lo más rastrero de Londres, ¿existe algo más excitante que una cloaca insalubre?

Acabado el viernes y el asueto, Nelo volvió a su cotidiana clandestinidad de fumador con mirada estrávica y pensamientos oblicuos. Flotaba en la oficina como un loco dopado en pasillos psiquiátricos. Los amigos eran reconocidos como desde una bruma cocainómana… Para Nelo, la única realidad estaba en otro barrio, en un lugar prohibido pero feliz. Carmen lo miraba en un hito con más reprobación que ternura.

– Hijo,¡hay que ver cómo pone el tiempo a los de tu quinta!.

– O sea, la tuya -protesta un Nelo desconocido.

Y sonreía agazapado, como fiera pendiente de un salto mortal. Nelo escapaba del tedio y la marginación corriendo a los brazos, flácidos y maternales, de la fumadora en combinación de rastrillo. Había reencontrado los fluidos caminos del sexo hasta perder el miedo a la flojera que anunciaba la ruina final. Era un tigre, “la bestia de mami”, perdido en un atracón de sexo ahumado con sabor alto en nicotina entre las ingles de Iluminada -Jenny para el negocio-, que lo recibía como al mirlo que, finalmente, recompensaría sus muchos años de puta mal pagada.

Nelo, aspiraba aquel redescubierto olor a hembra licuada y fumadora con la misma lujuria con que el rey Enrique -el de las siete esposas- sorbía los sobacos de la castellana Catalina.

Ahora miraba a Carmen con perfidia indisimulable. Aquella mujer que parecía autoabastecerse con el poder y la dieta baja en calorias. La muy moderna consejera, sin embargo, llegó a sentir un viejo estremecimiento aquella noche en que Nelo abrió la puerta cubierto de efluvios eróticos, arrugada la camisa, con el cigarrillo a media asta y los ojos turbios.

– ¿De dónde sales? -preguntó ella, con voz de comisario

Nelo levantó la ceja, traspasó los informes mecanografiados y la barrera del ordenador, lanzó una pecadora bocanada de humo contaminante sobre la perpleja cara de Carmen y reclamó derechos de ciervo en celo.

Juraría que ella lanzó un aullido entre sus labios profanados por el maldito tabaco.

¡Ay Carmen de mis sueños prohibidos!

Pero nada fue como antes. Tropezó con el aliento perfumado de la mujer, con la complacencia de quien no se resiste para zanjar primero la disputa: una ruina que culminó de la peor manera cuando, sin arrugar un músculo, sin traslucir una emoción, la escuchó decir

– Lo admito como un desvarío. Mañana te pediré una cita con Caravia, es el mejor psicoanalista.

¡Hundido!

La bestia de mami se volvía impotente en el zoológico casero. Carmen nunca entendería su desesperada necesidad erótica tabaquil y, para colmo, lo lanzaba a los abismos con la retórica de la salud.

Cuando se levantó del lecho sin esbozar una protesta, Carmen creyó ganada la guerra. Suspiró, encajó  sus gafas como una armadura y volvió a hundirse en los informes, olvidada del desgarro anterior.

No había pasado nada que no pudiera solucionar una ducha, por eso se sintió más sorprendida que asustada cuando lo vio regresar al cuarto, otra vez el cigarrillo en la comisura y todo el aire de un Bogart en directo jugueteando con una cuerda  entre las manos.

– ¡Pero bueno…. tu estás sonao!- y Carmen ríe entre los nervios y el susto.

–  Si, tu ríete muñeca.

En cierta medida, todos los amigos entendieron el suicidio de Carmen: demasiadas tensiones, el precio del poder, mujer al fin; y claro, con aquel tontaina de Nelo por toda compañía….. Si al menos se hubiera buscado un apaño, un amante de su cuerda -con perdón por la referencia-. Pero no, la buena de Carmen tan sacrificada siempre y tirando por aquel dinosaurio.

Ni siquiera llegaron a compadecerlo. Nelo ponía cara de tonto en apuros y lágrima presta frente a tanto pésame malintencionado mientras comprobaba, perversamente feliz, que nadie lo había considerado candidato a colgar a su mujercita descafeinada.

Nelo, el bueno de Nelo, aquel inepto para el mundo y sus nuevas cuitas, a los pocos meses de enviudar, se volvió ejemplo de degradación, olvidado de sus responsabilidades, de su futuro, de todo respeto por sí mismo y cliente familiar entre los fondillos del bajo sexo. Si se hubieran parado a mirarlo, lo habrían sorprendido en aire de triunfo, con la mirada de sátiro en tercera fila, bizqueando complicidades tras el humo de un impenitente cigarrillo rico en nicotina mientras le pedía a la hembra dominada

– ¡Enciéndelo otra vez, muñeca!

© Blanca Álvarez - Todos los derechos reservados

Escritora.

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