Encuentros trascendentales en la primera fase

Por Fernando Gracia Ortuño

Encuentros transcendentales en la primera fase_imagenLa doctora dice que tengo demasiada imaginación, pero que en sí no es nada malo para la salud. Y sobre todo que no estoy como para que me encierren. Aunque esto yo sé que no es normal. Ella es tan buena que piensa que todos piensan igual. Pero una cosa está clara en este caso: No puedes estar sintiendo en tu propia piel lo que otros están experimentando cuando me llegan esos fogonazos, esos momentos concretos, a la mente. Por ejemplo, recuerdo que cuando mi amigo me invitaba a cenar a su casa, estoy convencido que su mujer lo sabía todo desde el principio. Y que lo que estaba recordando en ese momento era lo mismo que yo acababa de percibir en el área de su mente que rige su recuerdo. Sí, estaba más claro que el agua. ¿Pero a quién se lo hubiera explicado? ¿Me hubieran podido comprender acaso? Ella me miraba con significación especial, lo sabía y lo sé, ahora mejor que nunca. Lo hacía como congraciándose conmigo por haberlo percibido, se contoneaba delante de mí adrede, y en sus viajecitos a la cocina a coger comida no paraba de echarme miraditas coquetas. En el momento en que me servía la sopa, por ejemplo, con la cadera me rozaba el brazo, y eso me hacía estremecer, lo sabía. Pero luego, mirándome fijamente por encima del hombro un segundo, mientras se alejaba, corroboraba mí turbación, y lo que es más, como sabía ahora a ciencia cierta que yo lo había percibido, se regodeaba al ver que ahora compartíamos ese secreto, esa lujuriosa, fantástica complicidad. A mí esa afinidad tan especial que se había establecido entre nosotros me quemaba como hierro candente en la consciencia. No sé si ella se daba cuenta de esto. ¡Claro que sí! ¡Por favor…! Pero luego, como para ratificarlo, me servía lenta, insoportablemente, el entrecot. Lo hacía a propósito, posando literalmente toda su delantera justo en la zona entre mi frente y mi nariz. Muchas veces había sentido la tentación de perder el control y lanzarme nariz en ristre sobre ese busto inenarrable y comenzar un frenético desahogo de besos y suspiros hasta perder la razón. Pero me refrenaba, pensando que acabaría sin saber dónde estaba, exhausto de rubor, sudando la gota gorda de la vergüenza. Su marido estaba delante. Y me miraba sonriendo sin sospechar nada, mientras se preparaba para contar la anécdota de la mañana en el trabajo. Yo de él no percibía nada, curiosamente, sólo de su mujer. Él se me borraba de la cabeza enseguida. Y eso que lo conozco mucho. Es mi compañero de faenas de toda la vida, lo conozco desde que comencé hace doce años a trabajar en la misma empresa. Cuando yo tenía pareja habíamos salido los cuatro de discotecas muchos sábados por la noche, y con la costumbre, al quedarme soltero, se quedaron las cenas, servidas con un poquito de compasión y otro poco de compañerismo, puesto que estaba más sólo que la una en esta inmensa ciudad repleta de “oportunidades” de todo tipo… Pero yo no me quejo ahora mismo. Tengo mis meditaciones transcendentales. Por ejemplo, muchas veces, ahora que ha pasado el tiempo, cuando estoy a punto de dormir, me los imagino de nuevo después de cenar. Por aquél entonces, cuando me marchaba a casa arguyendo trabajo extra en el ordenador, lo primero que me venía a la cabeza era verlos ahí de nuevo en su cubil a punto de…  Lo sabía todo de ella. El, en ese momento, desaparecía, pasando yo mismo a ocupar su lugar. Pero eso no quería decir que el clímax no se animara. Todo lo contrario. Llegado a ese punto no ha hacía más que empezar. Ella parecía que lo sabía, por eso me hacía lo que me hacía en la cena, mirándome de esa manera y sirviéndome con esas insinuaciones eróticas. Cuando estaba con ella lo comprendía todo, y ella también, los dos únicos en este mundo ingrato. Ella me miraba con esa intención. Por eso la “imaginaba”, como diría mi doctora, supuestamente, nada más. Pero sabiéndolo todo de ella, tocándola, viviéndola. Incluso conocía al detalle el lugar exacto donde tenía un lunar comprometedor. Y esto no me lo había dicho su marido, que conste. Era y es así, la pura verdad. Lo sé. Y lo mismo que el lunar, una infinidad de cosas. Se aprende tanto de una persona haciendo el amor con ella. Un escritor hace mucho llegó a decir que no conocemos del todo a alguien hasta el momento en que nos acostamos con él. Y así era, efectivamente, con la mujer de mi amigo. Es por eso que no conocía de nada a mi compañero. Me olvidaba de que era su mujer. Pero… Un día en que había bebido demasiado se lo conté a él. No me di cuenta, joder… Lo de la peca. Se me escapó. Se enfadó a rabiar, dándose cuenta de todo. Desde entonces no la veo más que en el recuerdo. Jamás me volvieron a invitar a su casa, claro. En ese tiempo supe lo que son los amigos. Pero, bueno, de todos modos, ahora sintonizo mejor con las mujeres en general, con una variedad infinita. Lo que ocurre es que ahora todas sexis y muy bien formadas. Por la tele, en el metro, en el trabajo, en el gimnasio, por internet, al pasear por el parque, por la piscina, en la playa, en cualquier lugar. Con todas no falta de nada. ¿El lugar de encuentro?: Mi cuarto favorito. Sí, ahora las conozco mucho mejor a todas, como si las hubiera parido. Siempre están conmigo, a todas horas, sé cómo son, como predijo el escritor, en su más íntima esencia. Y además he salido ganando, porque ahora no tengo que aguantar a sus parejas contándome los insoportables chistes malos, o las anécdotas del trabajo, que nunca vienen al caso. Para nada. Todo es mucho mejor  ahora.

 

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