Época de cambios

por | Oct 21, 2016 | Podcast, Relatos, Verdejo_David | 0 Comentarios

Época de cambios

epoca de cambios¿Qué ocurre si, de pronto, un compañero de vuestra oficina sale en pelotas del baño? Pensarlo. Y si lograra pasearse así, con sus cuatro pelillos en el pecho y las carnes rozando el aire cebado de un sistema de ventilación obsoleto durante… qué sé yo… ¿media hora? Seguro que muchos se partirían de risa, señalando las partes pudendas que se balancean a un lado y al otro mientras otros se tapan los ojos o incluso le detienen intentando fijar la vista en su mirada perdida.

Pero, y si ese tipo que acabará ocultando sus vergüenzas bajo el abrigo de algún compañero que después meterá en la lavadora varias veces, ¿saliera del baño con un arma? Amigo, ya no es tan gracioso. ¿Y si se le ocurriese en un momento de enajenación o que está hasta los cojones, de hacer las dos cosas?

Eso mismo le pasó a Genaro Rendueles Machacón. Genaro era contable en una multinacional americana con sede en Madrid, de esas que se jactan de cuidar a sus empleados y hacerles sentir parte del negocio y muchas más gaitas que no se cree nadie. Pero Genaro si y alguno más. Durante una mañana de noviembre, cuando las aceras del exterior se cubrían de escarcha y los termómetros del coche no llegaban a marcar los diez grados centígrados, nuestro amigo Genaro decidió poner punto y final a una época “compleja”, un momento “de incertidumbre”, un periodo de “cambios” cómo rezaban decenas de carteles diseñados por algún departamento ilustrado, experto en crear mensajes de colores para las retinas de los empleados.

Cómo decía, era una época complicada pero más que eso, era de recortes, despidos y ahorros en elementos de dudosa eficacia. Genaro soportaba estoico el cierre financiero del peor año de la historia para aquella corporación hasta que recibió una llamada al despacho más temido de toda la oficina.

—Pase, siéntese… –Dijo el director localizando con la mirada la tarjeta identificativa que todos debíamos portar para diferenciar a las mesas de las personas.

Genaro dejó caer su orondo cuerpo con lentitud, provocando que el cuero de la silla crujiese de un modo lastimero.

—Verá, señor…

—Genaro Rendueles Machacón, de contabilidad.

El señor de Recursos Humanos hizo un ademán con la mano para detener al empleado.

—Si si, ya sé que usted es de contabilidad, por eso le he llamado. Verá… —Hizo una pausa para revisar unos papeles— Rendueles ¿verdad?

Genaro asintió. ¿Qué andaría pasando por su cabeza? Yo sé lo que la mía pensaría, diría algo así, para mis adentros pero bien alto: “Mira este hijo de puta que no sabe ni mi nombre y llevo trabajando a tres metros de su despacho durante veinte años”, más o menos. Pero imagino que en el interior del redondo cráneo de Genaro, los grillos y los números revolotearían como una bola de vidrio llena de nieve que se mueve al son de la mano que la menea.

—Señor Rendueles, usted sabe que en esta empresa dedicamos muchos esfuerzos para…—Genaro dejó de escuchar en este instante. Tan sólo un pitido constante y agudo llegaba a su cerebro como si un cable en el interior de él se hubiera desconectado. Yo lo veía desde una mesa cercana y, mientras el de recursos humanos hablaba y hablaba y movía las manos y las volvía a mover, Genaro permanecía estático, inerte, petrificado. Hasta que aquel señor pronunció una palabra—despedido.

En ese instante, Genaro se levantó, agarró su calva brillante con ambas manos, dio la vuelta a la silla, volvió a sentarse y todo ello acompañado de palabras inaudibles que mostraban un poder de contención inexplicable. El tipo de Recursos Humanos, sin embargo, se recostó en la silla y sonrió. Después de diez minutos, Genaro agarró un papel con la mano temblorosa y salió del despacho mirándonos a todos con el rostro avergonzado. No necesitábamos explicaciones. Y él no quería darlas. Le seguí con la mirada y le vi entrar en el despacho, cerrar con delicadeza y sentarse frente a su ordenador. Allí, en la soledad de su cuarto de cristal ocultó la cabeza entre los brazos.

Quince minutos más tarde Genaro se levantó empujando la silla contra la pared y provocando un golpe seco que nos obligó a volver la mirada hacia él de todos los compañeros cercanos. Entonces vimos el preludio de un desastre: su rostro colorado, sus manos agarrando el maletín con fuerza, la corbata desanudada descansando sobre su ancho cuello y una sonrisa en sus labios dibujada por el mismísimo diablo. Se dirigió hacia el baño y le dejamos hacer, porque no podíamos imaginar que, a continuación, saliera de allí como Cristo le trajo al mundo. Al escuchar los primeros gritos en la lejanía, me acerqué con varios compañeros y llegamos al pasillo donde varias personas le miraban, increpaban y se reían a carcajadas. Nosotros llegamos por su espalda y lo vimos, agarrado con la mano derecha temblorosa y oculta tras su cintura. Yo intenté acallar a los demás pero alzó el brazo y las risas se convirtieron en gritos de espanto, carreras y tropiezos.

Genaro no decía nada, tan sólo caminaba desnudo por el pasillo apuntando a todos, hombres y mujeres, pero sin disparar. Nosotros nos acercábamos cada vez más, hablándole suavemente hasta que un gilipollas le dijo:

—¡Venga Genaro, baja esa pistola de juguete y lárgate!

Una chica aterrada agarró del brazo al imbécil que había pronunciado aquella frase y le susurró:

—Pero cállate o nos matará a todos.

Y aquel infeliz respondió:

—¿Matar? —Comenzó a reír— Si es un cobarde, ¡vamos Genaro, dispara si tienes huevos!

Genaro apuntó a su sien y apretó el gatillo. La bala le atravesó y penetró en un cartel con la fotografía del director, salpicándolo de sangre. El idiota que acababa de morir se desplomó sobre el suelo con lentitud emanando un líquido oscuro como quien deja caer una manguera sin cerrar el grifo del agua. El silencio reinó en el pasillo durante un milisegundo hasta que Genaro sonrió, dio media vuelta y nos miró a los que en su espalda estábamos. La sonrisa que su rostro mostraba no pertenecía a esa cara, afable y tímida en días anteriores. De hecho, en sus veinte años, no recuerdo haberle visto sonreír. Se acercó hacia nosotros y sentí el aliento de alguien tras de mí, que me agarraba del hombro. Al girar la cabeza, vi al de recursos humanos ocultándose tras mi espalda. “¡Será cabrón!” pensé. Pero no pude hacerlo más.

—Veinte años de mi vida dedicada a esta empresa de mierda, ocultando gastos en cuentas ficticias para que tú y el director os lo llevéis calentito…—Yo intentaba apartarme pero el cabrón del de Recursos Humanos no me daba espacio para hacerlo— …y ahora dices que por “motivos ajenos a la empresa” me despides, a mí que he falseado todas las cuentas para pasar las auditorias del Banco de España, que he…—¡Joder! El tipo no se despegaba de mí y el de la pistola sigue viniendo hacia su cabeza— fiestas de cumpleaños, coches, prostíbulos ¿y me despides así sin más?

Para zafarme del tipo de Recursos Humanos encaramado a mi espalda hinqué mi codo sobre su estómago y pude moverme pero no lo suficiente o lo rápido que hubiera sido necesario. En su movimiento de inclinación, el muy desgraciado me agarró de la camisa y colocó mi cabeza en medio de la trayectoria de una bala, una jodida bala que iba para él y que se encontró con mi cerebro en su camino. No recuerdo más. Pero al ver la escena desde arriba, pude observar como varios compañeros reducían a Genaro, la Guardia Civil entraba en la oficina como un tropel y el tipo de Recursos Humanos, aquel encargado de cuidar a los empleados, movía mi cuerpo hacia un lado con desdén, sacaba un pañuelo y se limpiaba la sangre mientras giraba sobre sí mismo y se dirigía a su despacho.

Así, sin más. Cinco minutos después, llamó a otro compañero a su despacho.

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Escritor.

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