Esta noche no me digas nada… Hughman #11

Esta noche no me digas nada… Hughman #11

Esta noche no me digas nada… Hughman #11

por | Dic 19, 2016 | Goñi_Juan Pablo, RELATOS | 0 Comentarios

Hughmann#11_imagen La sorpresa lo dejó de pie, junto al automóvil; de no ser por el empujón de Corelli hubiera quedado como un blanco fácil. Tiros. Tiros contra la policía, en Blanca, en el barrio La Esperanza. El detective había sacado su arma pero no se asomaba para repeler la agresión; prefería la cobertura que le daba el coche. Hughman retrocedió, agazapado, ubicándose en cuclillas junto a la portezuela del acompañante. Aún los disparos no se dirigían a ellos, el tirador tenía como blanco al agente de uniforme parapetado tras el patrullero. En la vereda, frente a la puerta, el cuerpo caído de una mujer policía que había recibido los primeros impactos, esos que inmovilizaron al inglés. Recuperado, Hughman abrió la portezuela y tomó el micrófono de la radio. Andaban en el coche de Corelli, un Golf de los económicos.

Hughman notificó el tiroteo, pidió refuerzos y ambulancia, dando el nombre de la calle y la altura. Observó que el agente del patrullero estaba ileso, pero tampoco se atrevía a exponerse ante el tirador. La puerta de la casa estaba cerrada. Hughman estudió la zona. Era una casa de una planta, construida, como la mayoría de ellas, donde terminaba la vereda. Al igual que en gran parte de las calles de la ciudad, no había árboles en la cuadra. La casa tenía un espacio al costado, donde guardarían un coche, esperando un futuro garaje. Supo que debían proceder con lo que tenían, o no apresarían al agresor; indicó a Corelli que se acercara.

–Uno de los dos debe ir a la calle paralela, para que no escape por el fondo.

–Somos pocos, inglés, no sabemos cuántos son ellos, pueden salir a cualquier calle por los techos.

Verdad, una casa contigua a la que acechaban, a su vez unida a otra. Quizá se prolongaran por los fondos las construcciones a ambos lados de una medianera. Era arriesgado preparar una emboscada sin refuerzos. Se oyeron sirenas, lejanas aún. Corelli estaba en lo cierto, no sabían cuántos eran. En realidad, ellos dos en particular nada sabían. Venían de entrevistar a un carnicero por un caso de cuatrerismo que investigaban. Se habían detenido al ver al patrullero frente a la casa, sólo porque Corelli reconoció al agente que acompañaba a la mujer y quería saludarlo. El hombre bajó a la calzada, hacia ellos, dejando a la chica sola con la diligencia. Corelli bordeó el auto para acercarse a él, eso lo colocó fuera de la línea de fuego. Hughman observó al detective; sudaba, la mano no sostenía la pistola con firmeza.

–Voy hasta el patrullero, a ver qué está pasando. Cubrime.

Hughman corrió veinte metros expuesto, inclinado hacia adelante, hasta alcanzar la camioneta blanca con anchas franjas azules. No conocía al agente, de unos treinta años, era de otra seccional. Estaba agachado, el arma en sus dos manos, sin atreverse a erguirse y disparar hacia la casa.

–¿Qué pasa?

–No lo sé, venimos a buscar a un tipo para un interrogatorio, por orden de la fiscal. Mariela bajó y yo me quedé para hablar con Corelli. Y le dispararon.

–¿Cuántos son?

–Ni idea, oí que se abrió la puerta y después los tiros.

Durante la breve carrera, Hughman había constatado que la puerta seguía cerrada. También la persiana de la única ventana. El agresor estaría huyendo. Vio que la patrulla tenía las llaves en el encendido.

–Andá con Corelli, esperen los refuerzos y rodeen la manzana. Voy a ver si lo veo.

Hughman trepó al habitáculo. Agachado, pasó por el asiento hasta ubicarse como conductor. Puso en marcha el vehículo, colocó el cambio y arrancó, haciendo sonar las sirenas. Alcanzó la esquina y frenó. La sirena había convocado a unos curiosos fuera de sus casas. Había cometido un error, no había pedido las señas del sospechoso, el nombre aunque fuera del hombre que venían a buscar. La radio citaba patrulleros; dos camionetas se detuvieron junto a Corelli y al agente. Giró en contramano para ubicarse en la otra esquina, de manera de controlar la cuadra siguiente. Al pasar, indicó a la gente que se metieran en sus casas, había un hombre armado y disparando. Se detuvo en la intersección, en el centro de la encrucijada. Estudió la cuadra. Una despensa, un taller, tres terrenos sin construir. El resto, casas de una planta. Arriesgándose, trepó a la caja para otear los techos. Hizo señas a una mujer que salía a la vereda, a unos veinte metros. La mujer, asustada, retornó al interior dando un portazo. Otro patrullero se detuvo en la esquina; vio que, a cien metros, uno de los pequeños, de la patrulla urbana, hacía lo mismo. La manzana estaba rodeada, ¿estaría aún en ella o había conseguido saltar a la siguiente?

Decidió encargarse de comprobarlo. Volvió al volante e hizo una cuadra más. Un automóvil tocó la bocina, quejándose por su tránsito en dirección prohibida. Duró poco la queja, seguro que vio a la otra camioneta policial. Hughman estacionó sin pasar esta nueva bocacalle. Descendió, arma en mano, y se apretó contra la pared de la edificación de la esquina, un mercado de vidrieras altas. Se asomó. En la calle, cuatro vehículos estacionados en total, dos camionetas vetustas y dos coches con diez años de antigüedad. Sin guardar el arma, caminó unos metros. El mercado tenía puerta en la ochava, ahí estaban congregados dos clientes y un hombre con un delantal blanco, machado de pintas rojas. Al verlo, retrocedieron sin preguntar. Hughman no llevaba uniforme, podían pensar que era el delincuente. En la casa siguiente, sobre el escalón que daba a la puerta, había un niño abrazado a su madre, una chica de veinte años, delgada.

–¿Vieron pasar a un hombre armado?

La joven negó, tomó al niño del cuello y lo metió en la casa, camino que imitó ella un segundo más tarde. El inglés ignoraba qué sucedía frente a la casa del tirador. Quizá lo hubieran capturado. En el jardín de un chalecito con piedras en el frente, otra mujer atisbaba, sin inmutarse al ver avanzar al alto hombre rubio que portaba una pistola. Hughman iba por el centro de la calle, exponiéndose. Lo hacía adrede, imaginando que el prófugo estaba ocupado en planear su huida, de encontrarse en esa manzana. Segundos después se colocó detrás de una camioneta pintada de rojo. De las casas que faltaban hasta la esquina, sólo una tenía persianas alzadas; en el resto parecía no haber ocupantes en ese momento. Decidió permanecer un tiempo allí, controlando esa casa. Era extraño que no sintieran el impulso de salir a la calle, como sus vecinas. Oyó una sirena, un patrullero giró a sus espaldas. El inglés le hizo señas, se detuvieron tras la camioneta roja. Dos agentes descendieron y se ubicaron de inmediato bajo la protección de los vehículos.

–¿Novedades?

–Mariela está grave, parece, le dio un tiro en el pecho y otro en el brazo. Ya la llevaron.

Si la habían llevado, arriesgándose, era obvio que antes habían ingresado a la vivienda del criminal. Y si ellos estaban girando, era porque no habían dado con el tirador. Mariela, había dicho, eran compañeros de la mujer abatida. Tampoco los conocía el inglés, se los veía novatos, los uniformes tenían colores fuertes, a nuevo. Dos varones esta vez, menos de un metro ochenta, flacos. Las pistolas les pesaban.

–¿Chequearon ya todas las casas de la cuadra?

–Están en eso. La manzana está rodeada, pero nos dijo el detective que tuvo tiempo de pasar a otra.

Y si esa otra no era la que estaban mirando, podían despedirse de encontrarlo con facilidad. Hughman les explicó por qué sospechaba que pudiera estar en la casa que vigilaba. Supuso que en la calle paralela, la que acaba de dejar, estarían ya controlando también las casas. Podrían llegar por los fondos. Las viviendas vecinas le impedían apreciar si tenía patio al fondo. Quería estar equivocado. El hombre había disparado a una agente de policía, ¿qué no haría con rehenes? Percibió la mirada del joven que hablaba; esperaba sus órdenes. Hughman se calmó, no podía dárselas. A esa altura, habría ya un encargado del operativo. Sentía el instinto de ir y tocar timbre, para asegurarse, pidiéndoles cobertura a los agentes. Pero no, no podía arriesgarlos. Una cosa era exponerse y otra poner en peligro al personal que no estaba bajo su mando. Sólo podía esperar que la búsqueda llegara hasta su cuadra y sumarse al equipo. Les avisó a los otros de los planes, indicando que uno fuera hasta el patrullero para escuchar las instrucciones del comando.

El que no había hablado fue a hacerse cargo de las comunicaciones, en cuclillas junto a la puerta abierta. El otro se mordía los labios, el inglés estuvo tentado de pedirle que guardara el arma, temiendo que se le escapara un disparo. Esperar no era entretenido. Esperar sin saber si habían acertado con el punto por donde saldría el prófugo. Hughman pensó en la escena inicial. El compañero de Mariela estaba dispuesto a quedarse en la patrulla; sólo por Corelli estaba abajo. ¿Cómo dejaba sola a una compañera? De no ser por su llegada, el agente hubiera sido un blanco directo, erguido en el asiento. Irresponsable. O poco entrenado. ¿Quién los había enviado sin avisarle que iban en busca de un hombre peligroso? Interrumpió sus pensamientos, el agente que había ido al patrullero se les acercó.

–Acaban de dar las señas, es un hombre de treinta años, blanco, tiene una campera de jean, clara, vaqueros y zapatillas rojas. Pelo castaño, cara pequeña.

Los datos podían tener dos fuentes; la fiscal o el funcionario policial que había enviado la patrulla original, o la misma Mariela, recuperada para hablar. Se guardó la idea, no quería ilusionar a los compañeros, la segunda chance era casi irreal. Decidió presentarse y pedir los nombres a los agentes. Andrés Pisano y Diego Lagos. Andrés regresó al patrullero. Un nuevo móvil policial se introdujo en la cuadra; se detuvo al ver el otro estacionado y los policías a cubierto. Al fin un conocido, el mismo comisario Brandán, de camisa celeste y pantalón oscuro. Apenas distinguió a Hughman, se reunió con él aparte, en la esquina enfrentada al mercado. El inglés preguntó por qué no les habían avisado que era un hombre riesgoso el que buscaban.

–¿El flaco Merlo, riesgoso? Lo que no imaginábamos era que supiera algo importante. Los pibes llegaron justo cuando un sicario acababa de matarlo. No tuvo que usar siquiera el revólver, el flaco estaría durmiendo la mona en la cama,  lo ahogó con la almohada. Mala leche, venir a llegar justo ahí.

–¿Quién es el asesino?

–No lo sé.

–¿La descripción?

–Una vecina, que lo vio saltar el paredón, pasar por su patio y saltar de nuevo.

Eso quería decir que había escapado de la primera manzana.

–¿Lo tenemos en esta manzana?

–Parece que sí. Estamos haciendo un nuevo cordón.

Hughman le mostró la casa que le parecía sospechosa, subrayando que temía que existieran rehenes. El comisario se asomó, estudió la cuadra y concordó con la idea del inglés. Que se hubiera metido en una casa vacía era una opción también, pero en la zona solían cerrar bien las casas cuando quedaban solas. Mientras hablaban, más efectivos se reunieron. El comisario se separó del inspector y dirigió una nueva búsqueda. Dos hombres subieron al techo del mercado. Ya eran varios los curiosos que se agolpaban, manteniéndose detrás de los móviles que cortaban la calle. Un agente golpeó en la casa donde estaba la joven con el hijo, mientras otros lo cubrían. Barrerían la calle así. La mujer abrió, los agentes la hicieron salir con la criatura, la condujeron hasta un móvil. Un grupo ingresó en la vivienda. Otros permanecieron apuntando hacia las viviendas linderas, sin mucha determinación a ojos del inglés. Concentrados en la acción no vieron el Falcon azul hasta que se cruzó en su espacio visual, superando la distraída barrera policial. Del coche bajó un hombre de cabeza grande, cabello oscuro, con una escopeta.

Disparó dos veces contra la puerta de la casa marcada por el inglés. Unos agentes intentaron reaccionar pero el hombre pateó la puerta y se metió antes que se acercaran, mientras recargaba el arma. Se escucharon gritos de mujer y otros dos disparos. Los efectivos se apresuraron en congregarse frente a la casa; los de los techos se aproximaron cuanto pudieron. Brandán no supo qué ordenar. La puerta continuaba abierta, apareció el hombre de la escopeta cubriéndola. Alzó la escopeta y se dirigió  los policías.

–Manga de cagones, ¿no se supone que ustedes nos protegen?

Tras él, salió una chiquilla, de trenzas, llorando. Luego, otra niña, un poco mayor, doce años estimó Hughman. Las dos niñas se abrazaron a las piernas del hombre. Un oficial se acercó y le pidió la escopeta. El hombre se la entregó y se dedicó a las niñas. Varios agentes ingresaron a la casa, en tanto el comisario se colocaba cerca de la puerta. Uno regresó de inmediato y conferenció con el comisario. Este asintió, le dio indicaciones y el oficial empezó a  reunir agentes y darles órdenes. Hughman se acercó a Brandán.

–Lo limpió, le voló la cabeza.

La voz del comisario sonaba incrédula, entre la admiración y el agradecimiento. Hughman saludó y se apartó. Extrajo el celular y llamó a Corelli. El detective estaba en la otra calle. Le pasó la novedad, pactaron reunirse ante el primer escenario, donde había quedado estacionado el Golf. Cruzó agentes y oficiales, alzó la mano varias veces para saludar a conocidos y no. Vio rostros aliviados, sonrisas. Escuchó voces de buen ánimo. Para entonces, había efectivos de las cuatro seccionales de la ciudad, no todos conocerían a Mariela o sabrían de su estado. Pero aunque la joven estuviera fuera de peligro, ¿qué podía ponerlos satisfechos?, ¿qué un civil arriesgara su vida y la de su familia porque fueron incapaces de reducir a un criminal? Corelli estaba de pie frente al Golf, hablando por teléfono. Hughman tomó aire, calmando su enojo. De nada le serviría plantear el tema, ya lo había vivido en sus primeros años en Londres, un caso muy parecido. Los compañeros casi lo golpearon en el pub, cuando en pleno festejo les hizo planteos como los que pensaba en ese momento. Corelli reía. Lo miró mejor. No reía por el caso, se movía en plan seducción, como si tuviera a su interlocutor enfrente.

El inglés subió al coche, ya declararían en la fiscalía. Al menos, Corelli se pasaría el viaje hablando de la mujer que estaba seduciendo. Golpearon el vidrio. Hughman se volvió. El primer agente, el amigo de Corelli. Hughman bajó el vidrio y le avisó dónde había quedado estacionada la patrulla.

–Gracias, inspector. Me había asustado, lo único que faltaba, que en semejante éxito yo perdiera la camioneta.

Hughman asintió y subió el vidrio. Corelli tomó el volante, sonriente. Golpeteó el tablero.

–Esta noche, no me digas nada, solo endúlzame los oídos… –cantó el detective, desafinando. El inglés reconoció el tema que interpretaba Patricia Sosa, “esta noche sólo háblame de amor” terminaba el estribillo. Corelli encendió el motor, en tanto describía su conquista. Hughman no pudo determinar en el viaje si era preferible la letanía a la infidelidad desarrollada por Corelli o el éxito que celebraban sus compañeros de uniforme. Al menos uno de los dos hablaría de amor con una mujer, aunque fuera el casado. Él debería conformarse con una pesadilla donde sonaría una voz gruesa repitiendo “¿a quién protegen ustedes?”.

 

 

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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