Casos especiales – Hughman #14

Casos especiales – Hughman #14

RELATOS

Casos especiales – Hughman #14

por | Feb 15, 2017

CASOS ESPECIALES

Por Juan Pablo Goñi

 

Foto: Yannick Desmet

Venturini tenía un ventilador apuntando a su cara, la camisa desprendida y una jarra de agua con cubitos sobre el escritorio. Hughman soportaba el calor de la tarde con una chomba y bermudas. Más le costaba soportar las vueltas que su superior daba para no explicarle el motivo por el que lo había citado, acabado su horario sin novedades. Lo notó cansado, preocupado como cada verano, cuando el partido de General Güemes triplicaba su población habitual y, a su vez, recibía un centenar de efectivos policiales a préstamo, en el marco del operativo Sol. Visitantes y policías se concentraban en las playas, a cuarenta kilómetros de la ciudad cabecera y la comisaría.

–Vos sos investigador, inglés. Podés hacer más que lo que estás haciendo en el operativo.

Por una cuestión de jerarquías, Hughman no patrullaba como los demás uniformados volcados a la costa bonaerense por la temporada veraniega; el inspector coordinaba los turnos y recibía los partes diarios. Sospechaba que esa era tarea del comisario, pero la temporada venía calma y sin incidentes, más allá de un único caso resuelto en veinticuatro horas; ¿para qué quejarse?

–Aunque no lo parezca, acá, en Güemes, vive gente muy importante. ¿Dónde viste una ciudad de veinte mil habitantes con seis bancos?

Con ver las casas alzadas en el pueblo, el inspector tenía una idea cabal de la riqueza de muchos pobladores sin necesidad de la información liviana que aportaba el comisario.

–Vos sos investigador…

Segunda vez que lo decía. ¿Qué se traía entre manos?

–Acá, detectives privados no hay…

Calló, se pasó un pañuelo por el cuello. Los kilos de sobrepeso pasaban factura con los treinta y cinco grados –a la sombra, como decimos por acá para acentuar la sensación de calor.

–Y nos conocemos todos. Menos en el verano, cuando se llena de visitantes.

Deshilachado el discurso para gusto del inglés. Llevaba una semana en comisión, de los dos meses que pasaría antes de regresar a Blanca, a su Brigada de Investigaciones; aún no tenía confianza con Venturini como para interrumpirlo y pedirle que fuera al grano. No fue necesario, el hombre decidió que podía confiar en el inspector.

–Voy al grano, como me gusta. Marcelo Pinola es el más importante de los estancieros de la zona, imaginate el poderío que tiene. En enero, está a pleno de trabajo. Y su mujer se traslada a la casa de Villa Azul, esa casa de tejas verdes, frente al mar…

Un caserón imposible de obviar en cualquier vista de la Costanera, Hughman lo identificó en un segundo.

–Pinola sospecha que lo engaña y quiere contratar un detective para espiarla. Pinola tiene sesenta y tres, ella treinta y cinco.

–No podemos hacer trabajos por fuera de la policía.

–Vamos inglés, nadie se va a enterar. ¿Acaso no trabajan los compañeros de seguridad en los boliches o en las fiestas privadas? Es un favor, casi. Y un favor muy bien pago. ¿Qué más querés? Seguís a la mujer, hacés un informe, total, ¿qué tenés que hacer con lo calmo que está todo?

Hughman supo que gran parte de los honorarios de Pinola quedarían en los cajones del escritorio donde las manazas de Venturini se desplazaban como morsas cansadas. En Blanca se hubiera negado de plano, pero en Blanca tenía compañeros de Brigada, tenía crímenes para resolver o entuertos para investigar. En la costa se limitaba a pasear en su Focus  particular, saludando a los agentes desplazados por las calles de los balnearios para disuadir a cacos y arrebatadores, hasta cumplir su horario y regresar a Güemes, donde redactaba partes cuyas novedades más importantes eran algún borracho caído o un gato desaparecido o una discusión entre automovilistas. Aceptó sin conocer siquiera la cifra que ganaría.

Sonriendo, Venturini le pasó un sobre de papel madera, que extrajo demasiado rápido, como si hubiera contado con el sí de antemano. Al inglés lo preocupó que lo catalogara como un elemento proclive a aceptar dádivas poco transparentes; era tarde, había dicho que sí. Se encontró viviendo una escena de una película policial, recibiendo las señas de la femme fatale a vigilar. Y vaya que lo era. Samantha Estéves de Pinola era una impactante rubia, de pechos generosos, caderas precisas y cintura minúscula.

–En teoría se junta con sus amigas, mujeres casadas con sus maridos trabajando en Güemes, como el suyo. Se la pasan en el balneario y salen a comer. Diría que por la tarde y nochecita está cubierto, el tema es ver quién se aparece en su casa por las noches.

Hughman asintió. Eran las siete, podía comenzar su trabajo de inmediato. Era también una manera de llenar horas vacías y de instalarse en  Villa Azul, más bella que la Güemes. Venturini le pasó también un fajo de billetes, adelanto de gastos; más que suficiente para tomar habitación por quince días.

Noche. El objetivo del inspector cenaba, en efecto, con otras tres mujeres en un restaurante frente al mar, el único con pretensiones gourmet en Villa Azul. Hughman había comido emparedados en un parador; calculando que pasaría una hora o más antes que su blanco dejara el restaurante, aprovechó para acercarse al mar con su cámara de fotos. Buena oportunidad para captar la luna majestuosa que se erguía sobre las olas rompientes, y practicar lo aprendido en los cursos tomados en Blanca. Efectuó varias tomas antes de regresar a su coche. La rubia conducía un Audi –el restaurante distaba sólo doscientos metros de la fastuosa casa de Pinola. Repasó los informes del día mientras esperaba el siguiente movimiento. En Londres efectuó seguimientos, en sus primeros tiempos de detective, tenía la paciencia entrenada. Sin hogar al que retornar, sin qué llenar su noche, se le hacía fácil permanecer apoyado en la portezuela, sintiendo cómo la bruma marina le refrescaba la cara con sus minúsculas gotas.

En esa postura empezó a ver la cuestión desde otro ángulo. La película que protagonizaba dejó de ser atractiva. Comprendió que no seguía a un criminal o a una persona que podía dar pistas para resolver un delito. Estaba actuando como un paparazzi, entrometiéndose en la vida privada de personas inocentes. Casi como un chismoso, un entrometido, hurgando como un voyeur en las miserias humanas. Insultó a Venturini por haberle propuesto la tarea y continuó insultándose a sí mismo, por no haberse dado cuenta cuando la aceptó, más por congraciarse con su jefe pasajero que por otra necesidad.

Enojado, resuelto a renunciar al día siguiente, aceptó que esa noche debía cumplir la misión, se había comprometido. Que se encargara otro después. Esta noche y basta, se juró, cuando Samantha se despidió de sus amigas en la vereda, para avanzar con largas zancadas hacia su vehículo plateado. Al inclinarse hacia la portezuela quedaron expuestas amplias regiones de sus nalgas. Dorada de sol, su cabello largo relucía bajo las farolas del paseo costero. Hughman la siguió  sin preocuparse en ocultarlo, la mitad o más de los visitantes giraban en sus automóviles por la costanera. Casi avergonzado, fue tras ella cuando se apartó de la costa. Pasó por la zona de boliches bailables (tres) para jóvenes. Aún cerrados, el personal de seguridad estaba en la vereda. Venturini estaba en lo cierto; distinguió seis agentes de policía entre los hombres de remeras negras. Casi se perdió el movimiento importante; Samantha detuvo el Audi al girar la primera esquina y un hombre se introdujo velozmente en el asiento del acompañante.

Intuyendo donde iban, se les adelantó. Fotografió la llegada del Audi al caserón, parapetado tras un cartel que anunciaba excursiones de pesca. El acompañante de la rubia era un treintañero. Una vez que se perdieron tras el portón, condujo hacia una loma cercana. Estacionó. A cien metros, se divisaban los fondos de la casa. Sin pensarlo mucho, trepó por las ramas de un árbol que parecía colocado adrede. El patio estaba iluminado, la piscina también. Poco tardaron los amantes en aparecer, abrazados, con una botella de champaña y dos copas. Bebieron, se desnudaron, se arrojaron al agua. Suficiente, se dijo el inglés. Bajó del árbol y condujo hasta su hotel.

Trabajo terminado, uno de los más fáciles de su vida. Fotos incluidas. Les echó un vistazo para comprobar que fueran nítidas; lo eran. Retiró el rostro, asqueado. Tuvo el impulso de decirle a Venturini que no había visto nada, que renunciaba y que continuara otro con el seguimiento. Su honestidad fue más fuerte; aunque le repugnara, el trabajo estaba hecho. ¿Qué cambiaría prolongando el hallazgo unos días? Maldiciéndose, se acostó en la cama estrecha, única disponible en Villa Azul. El malestar le duró hasta el fin de semana, cuando se topó con el señor Pinola, que caminaba conduciendo del brazo a su esposa. En una mesa del restaurante que daba a la calle, una pareja los recibió a los abrazos. Ella, una morocha anodina, y él, el mismo hombre que había inmortalizado con su réflex. Cierta gente no se merecía su mala sangre.

 

© Juan Pablo Goñi - Todos los derechos reservados

Escritor.

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