ESAS NOCHES COMPLICADAS – Hughman # 02

por | Jun 28, 2016 | Goñi_Juan Pablo, RELATOS, Verano - 2016 | 0 Comentarios

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Hughman_1El coche se acercó al río. Hughman reconoció los síntomas que volvían a ganarlo: deseaba estar con una mujer. Desde Alicia, más de dos años, un solo encuentro sexual, lamentado por semanas. Aún se estremecía por las consecuencias que pudo tener ese arrebato; una resistencia indefinible le impedía aceptar que había disfrutado a pleno esa noche con la mujer menos indicada para llevar a la cama. El inspector aferró el volante, para asegurarse de no doblar hacia la 9 de julio, donde estaría ella como esa vez. Aunque ya tuviera dieciocho años, verse envuelto con prostitutas podía complicarlo, generar lazos difíciles. Se tendría que comer las ganas.  Condujo junto al río, las luces del gimnasio del Club Blanca estaban apagadas, ocho cuadras al sur. El parque Matorras estaba desierto, hacía frío y eran casi las dos de la mañana de un jueves. Reparó en que, a esa hora, las chicas no estarían ya en la calle. Podía circular por dónde quisiera, sin riesgo de encontrarse a la chiquilla.

El Bingo era el único destino posible. Posible no, aceptable. Del Bingo se estaba a un paso del parque Lino y las travestis, sin horarios de salida. ¿Cuánto tiempo sin ver a Denisa? La travesti de cabello azul había sido en realidad quien provocó los instintos dormidos del inglés, un par de meses atrás. Nada de parque, se juramentó al llegar a la avenida; un rato en el Bingo, un whisky, y de vuelta a la cama. Frenó por inercia, no venían coches del otro lado. Introdujo primera, mas volvió  a frenar al instante. Lo que había oído eran disparos. Dos, tres, cuatro, perdió la cuenta. Venían del barrio del Fuerte. Volanteó y tomó la avenida San Martín. La sirena de un patrullero a toda marcha lo terminó de orientar.

Era jurisdicción de la segunda, recién si el caso se complicaba caería en manos de la Brigada a la que pertenecía Hughman. Se acercó sin dudarlo. En una bocacalle, el patrullero que viera pasar interrumpía la circulación. Vio otros coches estacionados en la cuadra que seguía. Descendió del vehículo antes de la intersección. Pese a la iluminación mortecina, le resultó sencillo distinguir los dos cuerpos caídos sobre el asfalto, junto a una camioneta con más inviernos encima de los que podía soportar. Contó ocho personas, entre uniformados y gente de civil, mientras se acercaba. Las casas eran bajas, de una sola planta. La mayor parte construidas en los setenta, estimó. De pie, al lado del patrullero detenido en el centro de la calzada, una agente detuvo su paso. Hughman se identificó, la mujer se apartó. Un vehículo se detuvo junto a la camioneta. Descendieron dos hombres, uno de ellos se dirigió al inglés, interceptándolo. Lo reconoció, el Comisario Branda,  jefe de la segunda. Un hombre alto, tanto como el inglés, fornido, con enormes manos velludas. Tendría pocos años más que el inspector. Se ubicó de manera de ocultar la escena.

A pesar de la maniobra del comisario, Hughman observó que junto a uno de los cuerpos se inclinaban dos hombres de paisano y dos uniformados, mientras que el que venía en el coche con el comisario se dirigía al otro cadáver.

–Esto es cosa de la segunda, inglés, te diría que es un caso resuelto.

En el primer grupo, el hombre de uniforme gesticulaba, actuando como quien está recitando un monólogo en un teatro. Hughman percibió que veinte metros adelante había otro patrullero, estacionado sobre la misma vereda que la camioneta. Divisó a una mujer policía que no conocía, apoyada en la puerta, fumando, moviendo sus pies. Nervios, diagnosticó el inglés; el frío provocaba otros movimientos.

–De acuerdo, comisario, sólo observo y me quedo cerca por si necesitan algo.

–Tenemos todo bajo control, ¿no lo ves, acaso?

Lo sorprendió la actitud. Notó que el acompañante del comisario se inclinaba sobre el cuerpo que tenía más cerca. Lo vio tomar su brazo; extrajo algo de sus ropas y lo dejó junto a ese brazo extendido, tras una maniobra que no pudo divisar. Ni necesitó hacerlo. Trató de dominar su indignación.

–¿Tiene claro lo que pasó?

–Por supuesto, inglés, estos dos chorros estaban por asaltar esa casa vacía –señaló un chalet que se destacaba entre las viviendas de líneas rectas­– cuando pasó el patrullero. Le dieron el alto, los tipos dispararon y los policías los abatieron.

Hughman señaló al agente que continuaba gesticulando. El acompañante de Branda se les acercó, el comisario entonces dejó ver la escena sin interponerse.

–Pedemonti, Luis Pedemonti. Tiene dos pendejos, cinco años con nosotros.

El tercer hombre se les unió, callado. Hughman no lo conocía y el comisario no consideró necesario presentárselo. Trató de controlar el enojo, de alguna forma tenía que hacerle ver al jefe de la segunda que no se tragaba el cuento.

–¿Los dos delincuentes estaban armados?

–Los dos –el comisario se volvió a su hombre, un joven bajo de unos treinta años–. Fijate si llamaron a las ambulancias, al forense y al fiscal, como les ordené.

El hombre se dirigió con paso rápido al grupo, la pistola que llevaba en su cintura, sujeta al pantalón, quedó a la vista. Mientras conversaba con el comisario, el inspector observó que el agente gesticulador callaba y el otro preguntaba. Todos movieron sus cabezas, asintiendo.

–Supongo que no hay testigos.

–¿Testigos?, ¿para qué queremos testigos? Están las armas, al lado de los cuerpos de los chorros, ¿qué más necesitamos? La gente del barrio nos va a hacer un monumento.  Pero andá,  comprobá que están las armas.

Claro que estaban, el hombre del comisario acababa de asegurase que estuvieran. A pesar de todo, alejarse de Branda era su mejor opción, a menos que montara allí mismo un enfrentamiento. El cuerpo pertenecía a un joven de veinte años, rostro moreno, remera y pantalón deportivo. A su lado, el arma que dejara el policía tras imprimir las huellas del chico. A la altura de la cabina de la camioneta, el otro caído, por el momento olvidado por los policías. Más sirenas. Otro patrullero y dos vehículos. La ambulancia forense aún no llegaba. Hughman no se movió, evitando el contacto con sus colegas de la bonaerense. En cuclillas, dedicó otra mirada al vecindario. Varias persianas estaban alzadas unos diez centímetros; imaginó a los ocupantes de la casas inclinados, observando la escena sin arriesgarse a salir a la calle. A las dos de la mañana esas persianas habían estado cerradas, sin dudas.

El inglés maldijo a las hormonas inquietas que no lo habían dejado dormir, metiéndolo en ese conflicto moral. ¿Los habían ejecutado? Iba en contra del proceder habitual, no se ejecutaba a delincuentes vistiendo el uniforme y utilizando un patrullero. El modus operandi incluía ropa de paisano y sitio alejado de la vista de vecinos. Un flash lo cegó por segundos. El fotógrafo disparó varias veces. Hughman se incorporó, apartándose para que el hombre completara su trabajo con la segunda víctima. Cambió de puesto y se inclinó sobre el otro cadáver, un joven barbado, quizá cercano a los treinta años. Este había caído boca arriba, tenía un suéter desgarrado por las balas. Sangre, más sangre que en el anterior. Alzó la vista. El comisario lo miraba con detenimiento, hablando con un hombre de espaldas. El otro se volvió. Era Pelicchi, el veterano de la comisaría segunda que contactaban cuando la Brigada debía actuar en su jurisdicción. Al ver al inglés, saludó sonriente y fue a su encuentro.

Tomándolo del hombro, lo alejó del centro de la escena. Más sirenas se habían sumado. La ambulancia forense se abría paso entre dos coches mal cruzados sobre la calle. Otros ruidos. Los vecinos se animaban a subir del todo sus persianas, pronto irrumpirían en las veredas.

–Los ejecutaron, Pelicchi, por lo menos el chico de atrás de la camioneta no tenía armas, yo vi cuando el tipo ese que vino con el comisario se la puso.

–Tranquilo, inglés, tranquilo. Fue un accidente.

Pelicchi sacó de un bolsillo de su campera de cuero una bolsa de pipas. Se llevó una semilla de girasol a la boca, la partió, mientras escuchaba al inglés.

–¿Cómo un accidente?  ¿Los dos chicos se cruzaron por casualidad con cuatro o cinco balas que habían salido a pasear?

Hughman percibió que en el corro que rodeaba al comisario, varios miraban hacia ellos, tratando de ser disimulados.

–Un accidente, no sabían que el de atrás no tenía armas ni que el revólver del primero se iba a trabar. Venían con el patrullero, vieron a los dos saltar el paredón, frenaron, el flaco Pedemonti bajó, el negrito de adelante alzó ese revólver de mierda y el otro tiró antes. A los dos, por el miedo, ¿viste?, ¿cómo iba a saber que el otro no estaba armado?

–¿Y la mujer policía?

–Va a declarar lo mismo, está arreglado.

–¿Ella no tiró?

–Qué va a tirar, si no sabe. Se puso a estacionar el patrullero y cuando bajó, vomitó lo que había comido toda la semana.

Estaban para proteger a los vecinos y no para hacer justicia por mano propia, era un proceder incorrecto, vulneraba el mismo principio del trabajo policial. Aunque hubiera visto el arma del primero, aunque fuera cierta esa versión.

–¿Seguro que dio la voz de alto?

–¿Cómo querés que lo sepa, inglés? Yo no estaba, esa es la versión oficial.

–¿La que le van a dar a la fiscal?

–Al fiscal, el turno a partir de esta medianoche es de Tornelli. Ya lo conocés, recién se va a aparecer por acá a la mañana, cuando venga el diario y saque fotos.

Tornelli, el fiscal favorito de la policía, siempre listo para obtener una orden y convalidar cualquier maniobra non sancta.  Pelicchi se ahogó con una cáscara, tosió, la escupió.

–Al final, toso más con estos girasoles que cuando fumaba.

–Así que van a declarar que pensó que le iba a tirar…

–No, inglés, eso fue lo que pasó, lo que dicen que pasó. Van a declarar que dieron el alto, los dos chorros tiraron y ellos respondieron. Legítima defensa.

Hughman giró en redondo, bufando.

–¿Vos vas a avalar esto?

–Y vos también.

–Yo vi cuando le pusieron el arma al pendejo.

Pelicchi lo sacó un poco más de la zona por donde transitaban médicos y otro grupo de agentes recién llegados, integrantes de la policía científica.

–Yo me voy a callar y vos también, inglés. Pensá un poco. El pibe se asustó, fue un accidente. Estos dos son pájaros conocidos, vienen asolando el barrio desde hace años. ¿Joderle la carrera a uno de los nuestros por esta escoria?

–Tantos años no, el de atrás es un nene.

–Un nene que los afana desde los diez años, más o menos. ¿Te parece que por esas dos mierdas que iban a caer más tarde o más temprano tengamos que cagarle la vida a un tipo decente, con dos hijos?

–Es que… no podemos seguir con el gatillo fácil.

–Dejá de repetir lo que dicen los zurdos, qué gatillo fácil ni gatillo fácil. Un accidente. A vos también te puede pasar, mañana mismo, ahora al volver a tu casa o la semana que viene. ¿Para qué hacerla difícil? Imaginate que si no lo defendemos, la próxima vez que vean a un chorro los agentes se van a  escapar para evitarse terminar presos ellos.

¿Podía llevar el uniforme de la policía un hombre tan miedoso que disparara antes de hablar? Aceptaba que esos dos fueran delincuentes, pero mañana podría tirarles a dos trabajadores que saltaban un paredón porque habían perdido la llave de la puerta. Cierto que no era propiamente un asesinato, ni había sido premeditado. Una voz conocida interrumpió sus cavilaciones.

–¡Inglés! ¿Caso para la Brigada o estás de testigo? Vos tenés un sexto sentido para los tiroteos.

El fiscal Tornelli, de impoluto saco azul, le tendió la mano. De reojo, el inglés notó la concentración de Pelicchi.

–Ni la una ni la otra, doctor. Estaba a diez cuadras, oí los tiros y vine. Pero está todo claro.

Tornelli sonrió, satisfecho. Se liberó y avanzó en dirección al comisario Branda. En el camino se volvió e hizo señas en dirección al patrullero que se mantenía interrumpiendo el tránsito. Sus instrucciones fueron obedecidas, segundos después un coche con el logo del Canal Local lo siguió, explicando su presencia tan temprana en el escenario de la balacera. Pelicchi dio una palmada en el hombro de Hughman.

–Gracias, inglés, te debemos una.

Pelicchi marchó junto a los suyos, Hughman caminó con paso lento hasta su coche. Controló sus ganas de dar un golpe a la puerta; recién se expresó con los puños cuando estuvo en el interior del habitáculo, seguro de no ser oído. Encendió el coche juramentándose que la próxima vez que sufriera un ataque de urgencia sexual, iría con una de las chicas aunque lo complicara después. Cualquier lío era preferible a esa complicidad forzada, a esa actuación en contra de su naturaleza. Se alejó del barrio del Fuerte ya sin ganas de continuar la noche. Otra de esas malditas noches que aparecían en su vida cuando no se decidía a encarar de una la satisfacción de sus deseos.

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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