Juan Carlos Arias opina de la novela negra

Juan Carlos Arias opina de la novela negra

Juan Carlos Arias opina de la novela negra

por | Feb 1, 2017

Opinar sobre el manido, inconcreto e indefinido concepto de novela negra es complejo. La perspectiva será singular porque necesariamente debe acudir tan modesto autor a experiencias personales, máxime cuando las historias más sórdidas las conoce de primera mano e intenta disfrazarlas por escrito.

Consideraremos, inicialmente, que el firmante es bisnieto de contrabandista de supervivencia, hijo del que fuera primer Comisario andaluz de la actual Policía Científica y arrastra casi 35 años, y buscando verdades, como Detective Privado. El ambiente familiar es, pues, cercano a escenarios de novela. Pero al revés. Hablamos de relatos oídos en casa que superan la ficción fílmico-literaria imaginable.

Cuando el firmante fue adolescente frecuentaba el bibliobús. Retiraba libros para disfrutar su lectura de un vehículo que esparcía cultura en barrio sevillano plagado de bloques-hormiguero carente de recursos para inquietudes tempranas. Desafortunadamente, a aquel bibliobús lo enterró la democracia. ¡Qué paradoja!.

El imán paternal me acercó a los libros. ‘Don José’ era una autoridad por las mañanas y ‘Pepe’ era autodidacta, un sabio que inspiraba lecturas enriquecidas con historietas de guerra sin rencor y enigmas policiales resueltos con olfato e ingenio. Además, hubo suerte con dos profesores del bachillerato. Con talla: Antonio Rodríguez Almodóvar y Rogelio Reyes Cano; ambos Catedráticos, Académicos y Escritores insignes.

Ellos conectaron el alma palpitante del joven con la literatura. Buceando títulos y autores llegué hasta Manuel Vázquez Montalbán y su Pepe Carvalho. Después, en la transición, hasta Juan Madrid, Andreu Martín y esa excelsa nómina de escritores que nada envidian al standard norteamericano o anglosajón del género.

El cine, además, hizo leer mucha novela negra. Lo que representaban Philip Marlowe, Spade, Poirot y aquellos cineastas que denunciaban corrupción policial, cloacas sociales y podredumbre de supuestas élites me acercaron hasta las entretelas del escritor que critica, describe una sociedad o a unos modos del poder que no le gustan.

Pero la corta vida humana, cuando se alcanzan los veintitantos años, exige que se conduzcan los pasos hacia algún oficio del que sobrevivir lo que resta de la existencia. Y ahí seguía ese otro yo que encarnaba un disconforme con lo que veía. Quien suscribe, tras leer novela y ver mucho cine negro, no quería pasarse casi dos años bajo órdenes de sujetos que no ganaron la guerra perdida por todos los españoles. La que ganó la sinrazón, el odio y la venganza más atroz.

La lectura, a finales de los setenta y primeros de los ochenta, abarcó hasta al Mahatma Ghandi. Leer su autobiografía y escritos que narraban su filosofía de paz y no violencia parió un insumiso del por entonces servicio militar obligatorio.

Un exilio sudamericano, tras evitar orden de búsqueda y captura policial por ‘desertor’ de un cuartel al que jamás se presentó este servidor, aclaró las ideas y consolidó un perfil aventurero donde el riesgo ha basculado sobre decisiones vitales. Las andanzas venezolanas, pues en el país arruinado por el petróleo, el mesianismo y la corrupción, fue donde estuve casi dos años, se alejan del foco que hoy toca. Esa es otra historia.

ADUANA DEL DETECTIVE

Insinuábamos que de algo hay que vivir. Al explorador que todos llevamos dentro apostar por algo cargado de tópicos es prólogo de un esperado relato. Y ahí hubo una relación cercana con aquellos personajes de novela negra que leía y veía en la gran pantalla con fruición años atrás. La visión del detective novel a primeros de los ochenta del pasado siglo maridaba con los personajes ‘anglo’ que ya leyó hacía tiempo.

La realidad ibérica, por llamarla de alguna forma, es muy diferente al molde luterano del que se deriva una moral social que rechaza la corrupción con más énfasis que el latino más proclive al trapicheo. Los ‘anglos’, es suma, relatan acorde a sus cánones. Conforme a lo que ven, siente y creen les toca en una sociedad distinta de la ‘latina’.

Latinos y anglos comparten una constante que reivindica el detective profesional y ciudadano. Pero, por ejemplo, ante el fraude y el engaño en España hay benevolencia por pasiva. Hay hasta comprensión. La novela de nuestros últimos años como votantes y contribuyentes de un fisco cargado de burócratas que siempre señala hacia abajo hace que la única crítica válida y creíbles sea la de creadores, funcionarios honrados y periodistas dignos que hagan esa denuncia social que difundieron cantautores e intelectuales que escupieron la democracia tras décadas de dictadura militar.

El detective que cualquiera lleva dentro es un grano de arena en un desierto que hace buena aquella máxima de Darío Fo: ‘Aquí nunca pasa nada. Y si pasa, qué importa. Y si importa, qué pasa’. Como detective aclaro que raras veces ve retorno en la denuncia que a lo largo de miles de informes firma durante casi 35 años de trayectoria indagadora.

Es decir, la ‘novela negra’ que se leía de un tirón en dos o tres tardes o un fin de semana aloja el mismo argumento cotidiano del detective español. Los casos del investigador privado se configuran bajo las mismas claves de la novela-enigma: planteamiento, nudo y desenlace.

Concretar una competencia desleal entre empresas, pillar al listo que vive de bajas laborales insolidarias, o aflorar patrimonio oculto cuando se reparten herencias, liquidan divorcios o basan peleas infinitas entre seres codiciosos son casi los mismos casos que leemos en las novelas. Pero debe aclararse que con mucha menos sangre.

Los mimbres de cualquier caso detectivesco son más civiles, que no civilizados, que criminales. Asociamos las novelas con la violencia y la sinrazón del crimen. O la fuerza del dinero fácil en busca de dueño avaro que no cree en el esfuerzo personal.

Por estas razones la aduana que establece un detective privado terrenal y que vive exclusivamente de tan noble oficio con sus colegas de la ficción es fácil de pasar. La excepción es que nuestra realidad ya quizá supera aquel origen anglosajón que hacía insólitos casos que pensábamos jamás podría suceder aquí.

PANORAMA ACTUAL

Los días que corren del nuevo siglo XXI, pues parecía puro futuro y de vanguardias, nos recuerdan errores del pasado. Siguen más guerras, la maldad humana y el mundo va hacia una deriva peligrosa. Ni de lejos, pues, este junta letras es pesimista. Al revés, se considera lo contrario, aunque no se sabe si está desinformado para optimismos.

Ahora, las narraciones nos acercan el ojo a personajes más barrocos, individualistas, cercanos a tecnologías que deshumanizan. En suma, a gente que parece nada tiene que con nosotros pero sin embargo compartimos una sociedad corroída por arriba y colapsada por la miseria de abajo.

La condición humana hace de las suyas cuando tratamos de diseccionar las tramas por ejemplo de los novelistas escandinavos, que tantos éxitos editoriales alcanzan. En Europa, el noir, el krimi o el giallo se asemejan bastante a los que se cuece en España, Grecia o el Norte de África aunque las diferencias culturales son notables y eso se traslada a historias difícilmente comprensibles fuera de sociedades muy ensimismadas.

Lo que sucede en la piel de toro es que la ‘novela negra’ tal cual ha dado paso a una generación talentosa de autores en cuyas filas hay demasiado ‘friki’ que aprovecha el auge del género para proyectar una mediocridad que sólo la delata su ombligo o su jeta. Sí, caradura. Jamás conocí un sector, el de la cultura y el ‘arte’, donde pulule tanto vividor del esfuerzo ajeno. Curado de más espantos, hace años que se alejó quien suscribe de ese mundillo de tanto festival donde los mismos cuentan idénticas cosas explicando una supuesta inspiración o un par de sucedidos que causan risa y vergüenza ajena para quienes conocen el paño. Cuando paga el desvarío el dinero público se hacen extras. Y así les luce el pelo a ciertos iluminados/as

Puede pensar que uno es sentimental si reivindica aquella novela negra de la transición española capitaneada por Pepe Carvalho como personaje que englobaba el comunista clandestino, el gourmet y el investigador sagaz. Carvalho y tantos otros de aquellos tiempos sea diferencia de sus colegas europeos que es para nosotros creíble, cercano y le acompaña una mano, la de Vázquez Montalbán, que tenía temple, timidez y talento.

Concluyendo. A finales del segunda década del siglo XXI el panorama literario reparte formatos: best seller que ansía toda editorial, libros virtuales y para internet y autores ‘super-yo’ que publican pagando soñando ser ‘famoso/a’. La novela negra española se caracteriza porque su fondo social es inapelable. Debe seguir esa senda y enriquecer nuestros ojos con más historias que nos hagan disfrutar más. Materia hay. Hasta el fin de nuestros días. Y que cualquier ojo lo lea.

 

 

Juan Carlos Arias nació en Sevilla, 1960. Criminólogo por la Universidad Complutense de Madrid. Fundador y director de la Agencia ADAS. Ha publicado numerosos artículos, guiones y monografías en la prensa española y extranjera. Becado por la UE-AFSE (Unión Europea-American Field Service) en Utrecht (Holanda) y por The Rotary Foundation en Boston y Rosario.

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Gilda Green

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