JUEGO SUCIO

JUEGO SUCIO

Juego sucio

Por Fernando Gracia Ortuño


 

Juego sucio_imagen ¿Sabe una cosa? En aquella época no había tanta policía científica que investigara los casos más sencillos, ni se estudiaba al detalle cada uno de estos casos de ‘bullyng’ o ‘moobing’ como hoy en día. La gente menuda se pegaba con más frecuencia por trifulcas banales, pero las calles estaban vacías del control de los padres: los hombres, además, en ese aspecto golpeaban a las mujeres con muchísima más frecuencia dentro del hogar, así como a los niños; y los niños de estas barriadas, además, si eran grandes y robustos, golpeaban con total garantía a los más pequeños. Los humillaban y arrastraban por el suelo, les escupían y los tiraban por barrancos, o les desfiguraban la cara con mucha más violencia que hoy en día. Ni punto de comparación. Así pues, el acoso y las palizas estaban más en boga y mucho menos controlados que hoy, y en las calles, en los recreos, en los bares y en las casas particulares, en los campos de fútbol y en las discusiones de tráfico, siempre ganaba el más fuerte, o el que llevaba una navaja o una herramienta o una porra. Sí, era así, todo el mundo lo sabía, pues la policía no estaba tan extensa y tecnificada, y siempre el más fuerte era el que se llevaba la palma, o el más astuto en la pelea. El que se sabía todas las trampas y los trucos sucios, ganaba.

Lo cierto es que echando una mirada retrospectiva uno se da cuenta de inmediato que en la mayoría de los casos de violencia física la cosa no trascendía, sobre todo entre los niños y las familias, era una especie de pacto de silencio, la gente sabía lo que había en el barrio, pues las cosas eran así no sólo allí, sino en las ciudades y en los pueblos de todo el territorio: no había más vuelta de hoja: el más fuerte se envalentonaba siempre con los más débiles, como sucedía en la sabana y en el reino animal en general, y si los más indefensos de los chavales querían derrotar a su verdugo, que le hacía ‘bullyng’ desde que pisó la escuela o el reformatorio, tenían que aliarse y jugar sucio como él o su banda, hasta dar con él y con su banda en el suelo. Sí, exacto, pelearse a muerte, ya me entiende lo que le quiero decir, patearle la cabeza, exacto, destrozarle a golpes esa cebolla con forma de cráneo, romperle los dientes, hacerle sangrar la nariz, rompiéndole el tabique, ir a por él, no cejar hasta matarlo, si fuera posible esa suerte. Y esas cosas, como le digo, dejarlo en el suelo tirado para escupirle entonces lo que se merecía, vomitarle encima de su propia basura y burlarse después de tantos años de oprobio y vergüenza, la mayoría de las veces quedaban impunes. Lo sabíamos desde siempre. Esto, como digo, ha sido así desde el origen de los tiempos en este barrio de cochambre que hoy está un poco más adecentado que antes. Hoy la gente, por eso, se ve más atemorizada por todo esto del progreso y la tecnología aplicada al crimen, los criminólogos, como los llaman. La gente por todo esto se siente controlada por la ley y el orden, y por eso se refrena y cuida mucho lo que hace. Se reprime, pero sólo por la legalidad vigente. Como sabe, en cuanto se rompe, vuelve lo mismo de siempre, la ley del más fuerte y el juego sucio. Es la verdad, no lo niegue, señor abogado, ¿es que no quiere entender que siempre ha sido lo mismo, es algo innato, inmemorial y atávico? Como ha sido siempre algo así como una mafia implícita en la misma sociedad, si no te defiendes, aprendes la lección para la próxima vez. Yo todavía lo creo así. Hoy no es lo mismo exactamente, pero el sistema funciona igual, a base de abogados y otras fuerzas mayores, incluso económicas o sociales o políticas, pero en el fondo, si me hiciera caso, sigue siendo lo mismo: Créame.

Por eso me extraña tanto de que ahora me venga usted con la pamplina de que hace más de treinta años “golpeé” a aquél gorila que me acaba de poner una demanda, la cual estoy, por cierto, empezando a pagar en los calabozos de la policía. La culpa de una denuncia del copón por algo de lo que ya casi no recuerdo nada. Pues era un chaval. No me lo creo, señor abogado, no, no me creo que ese gorila sea tan cobarde como para desquitarse ahora, después de tanto tiempo, con una vulgar denuncia, en lugar de venir aquí a hablar conmigo. ¡Se puede ser más cínico y mequetrefe!

Si no recuerdo mal, fue él el que lo comenzó todo por aquél entonces. Lo recuerdo muy bien, sí. Unos días antes de los hechos que ahora denuncia semejante energúmeno, en el desayuno que la empresa de dinero negro de champús y jabones, -que por cierto era de dudosa fabricación-, nos permitía sobre las nueve de la mañana en un bar de la zona, el tipo ya se metió conmigo, acosando con los típicos golpecitos, el tío chulo ese, el gorila que ahora grita como un niño acosado por ‘bullyng’ imaginario en el juzgado, sólo porque yo ganaba más vendiendo productos por las casas, sólo porque querían darme una lección por vender más y ser diferente al resto, o porque vieron que era delgadito y pequeño, quién sabe, una presa fácil, así, sin más, él y su cuadrilla de impresentables se pusieron de acuerdo y lo tramaron todo. Sólo por semejantes motivos, unos días antes, como digo, ya este sujeto había intentado golpearme, empujándome en dicho bar, y dando conmigo contra la pared como un matón barato. Claro, se sentía muy valiente con cuatro o cinco gorilas a ambos lados. Yo acababa de regresar de unas vacaciones, era un chaval de apenas catorce años, y vistas las maravillas del barrio de maleantes de todo tipo, me puse a entrenar en el gimnasio. ¿A qué viene ahora a reclamar el mamarracho este? ¿Sólo porque dice que me ha reconocido en una foto de esta revista? ¿Y usted le cree? Ya no soy el mismo, carajo, he salido de ese barrio y de toda esa chusma que nos rodeaba. ¿Me lo puede explicar? ¿Quiere que le cuente primero mi versión de los hechos y del tiparraco éste?

No sé qué añadir más, la verdad. Eran en el fondo una pandilla de navajeros del barrio que se habían puesto a trabajar en la empresa de productos de limpieza porque la policía les estaba siguiendo la pista sin muchas expectativas, o porque se aburrían, yo qué sé. El caso es que yo, aunque no sacaba mucho por la comisión, vendía más, esa era la verdad, pero ellos no es que se esforzaran mucho, tampoco, a la hora de engatusar a las amas de casa, ahí está todo. Si podían se introducían a través de ventanas y altillos en las casas para robar, eso sí. Se querían hacer los gallitos luego, para presumir de botín, y siempre que podían cuando íbamos a los pueblos a repartir en la DKV escacharrada me daban codazos y me soltaban de vez en cuando algún que otro sopapo por la espalda, burlándose, como jugueteando con el ratón antes de comérselo a dentelladas, acompañándolo todo de unas risas y bromas de mal gusto que ponían los pelos de punta: Por eso un día uno de ellos en concreto, el lazarillo del jefe, el pelota, uno de los tipos más cobardes sobre la faz de la tierra, una mañana, como seguramente pensó que con la enclenque figura que tenía y por lo pequeñito que era, apenas sin desarrollar, no me sabía defender, empezó a pegarle una paliza a mi compañero, mientras me amenazaba con la navaja y una cadena, hasta dejarle tirado en el suelo. Yo lo contemplaba todo como en sueños, pero les tenía más miedo que rabia, esa es la verdad, para la época en la que me encontraba. Me daba pena mi compañero, al que había conocido hacía poco y al que apreciaba. Veía la impotencia reflejada en su cara, mientras cavilaba cómo salir de aquélla. Estábamos delante de las mismas puertas de la empresa, por allí pasaba todo tipo de gente de vez en cuando, sin ayudarte ninguno, por mucho que te desgañitaras, así es la gente…. No hacía falta ni que la miraras. Gente temerosa, que se escabullía enseguida al ver que estaban pegando, y tal vez masacrando con navajas, palos y cadenas, a dos pobres desgraciados, sin avisar siquiera a la policía, como se hacía antes y ahora, no fuera a ser que luego la emprendieran en el portal también con ellos…

Cuando el pelota quiso congraciarse con su capo dándome un nuevo cadenazo, lo vi claro: fue un fogonazo instantáneo del que apenas fui consciente, fruto sólo del miedo y mi habilidad inconsciente. No sé cómo lo hice, el caso es que di con él en el suelo. La hostia le costó treinta puntos en la boca, sangraba como un cerdo, y su atolondramiento parecía irreversible. El capo enseguida se acercó hacia mí, haciendo todo tipo de alharacas. Un tipo que medía por lo menos un metro noventa y que pesaba más de cien quilos. De pronto todo su juego sucio y toda su sorna se convirtieron en agasajos y vítores. Yo ya era uno de los suyos y el capo se deshacía en halagos. No sé si estaba planeando deshacerse del pelota, y es por eso que dejó que le diera la tunda del siglo con sólo un puñetazo, sin siquiera ayudarlo a levantarse. No lo sé. El caso es que a mí me vino muy bien para salir al paso, recoger a mi amigo y llegar a casa sano y salvo aquella noche. Por primera vez en mi vida confié en mis puños más que en mí mismo.

Si quiere que le diga una cosa, ahora que se lo he contado todo, yo no le impediré seguir con el caso. Es muy libre… De todas formas, intentaría llegar a un acuerdo con el abogado contrario. Hágalo, se lo ruego. De pronto ya no me acuerdo de nada, ¿sabe? Fueron años muy duros aquéllos, en que el juego sucio reinaba por doquier, en la escena pública, en la calle, era lo más habitual en las peleas y en los atracos a mano armada. Estabas solo en la vida, y lo sabías, sólo podías contar con tu pellejo. Y estas cosas se olvidan rápido.

© Fernado Gracia Ortuño- Todos los derechos reservados

Escritor.

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