La botella de Utiel y el elogio de la locura – Nieves Abarca

La botella de Utiel y el elogio de la locura – Nieves Abarca

La botella de Utiel y el elogio de la locura – Nieves Abarca

por | Ene 27, 2017

De niña, ya le encantaban los cuentos de miedo, y los crímenes, que en su caso se han vuelto exquisitos.

Además de la lectura, el cine y la opera, a esta galleguiña le encantan las nuevas tecnologías y los que la seguimos en las redes podemos comprobar que goza de un excepcional sentido del humor.

Es, sencillamente, Nieves Abarca, una mujer con un carisma especial.

Gracias Nieves por subirte de Extrañas en un tren.

Los escritores de novela negra somos gente extraña. Nos sacamos fotos con la mano en la barbilla, sujetándonos la cabeza, como si en la cabeza tuviésemos más peso que los demás mortales. Quizá lo tengamos: los lectores nos responsabilizan de sus miedos y miserias, nos obligan a masticarlos y regurgitarlos cual egagrópila (tócate un pie, las palabras raras que sabe una) y llevarlos al papel como una papilla digestiva para consumir cálidamente sentado en una butaca o durante los viajes en el metro, los que tenéis metro, claro, que en Coruña la vida es más plácida y rural. Y no solo nos sacamos fotos con la mano en la barbilla, también consultamos manuales de autopsias, hacemos cursos de criminología que nunca valdrán para nada, dejamos a novios para ver que se siente, vamos al psiquiatra a preguntar cómo funciona un psicópata, leemos crímenes en la prensa, leemos novelas de crímenes, nos hacemos amigos de Guardias Civiles con la esperanza de que nos aclaren el funcionamiento del cuartelillo, traicionamos a familiares y a gente cercana con media sonrisa de comisura…en resumen, buscamos inspiración en todas partes, como los demás escritores, sí, pero lo hacemos en la zona oscura. Y lo peor es nos creemos que todo eso no nos va a pasar factura, claro, claro. Ya lo decía Nietzsche, si miras al abismo ten algo de prevención porque luego el abismo mira dentro de ti y la llevas clarinete.

Esa zona oscura, ese reverso tenebroso que llevamos dentro es lo que nos hace tan atractivos, misteriosos para el común de los mortales (juas). Por ejemplo, las cajeras del Super. Primero te miran con rictus de pena al ver todas las botellas dispuestas en la cinta.

¿Quiere bolsa?

Luego cuando ven la tarjeta y el DNI, te vuelven a mirar, esta vez con más pena todavía.

-¿Eres la escritora?

-Sí.

-Te vi en el periódico el otro día. Mi madre está leyendo tus novelas. Se las bajé de Internet.

En ese momento, además de que dan ganas de llevarse la compra sin pagar, te imaginas a una buena mujer leyendo un montón de escenas crudas, sexualmente imprudentes y tres o cuatro torturas sádicas (y pasándolo como una enana) antes de contarle a la hija “qué es esto que me has bajado, niña, la próxima vez, uno de Zafón, que ahí no hay sangre”.

-¿Ya estás escribiendo otra? ¿Cuándo sale?

Y cargando con la compra vuelves a casa, cavilosa, sí, estás escribiendo otra, no, no tienes ni idea de cuando sale, ni de si saldrá, ya puestos. Pero piensas en lo bien que quedaría en la novela una cajera víctima de un asesino en serie inteligentísimo y listísimo que podría matarla entre atroces sufrimientos y luego dejarla en lo alto de la Torre de Hércules. El caso de la cajera asesinadita. Ya ves al alcalde felicitándote el Planeta: un gran apoyo turístico para la ciudad, gracias-gracias, ¿para cuándo la película? Todo eso mientras las bolsas se te clavan en las palmas de las manos por el peso de las botellas de vino y cerveza que hacen clin-clin como si fueses un adolescente camino del botellón. Y al hilo del clin-clin de las botellas, sigues cavilando “modo protesta on”.

Si eres escritor de novela negra, todo eso se te perdona. A los hombres se les perdona todo, sí, el consumo de alcohol, narrar crímenes con frialdad de cuchillo, hacerse fotos con el puño sujetando la barbilla, todo. Incluso un escritor de novela negra puede ligar. A las mujeres, no. Las mujeres podemos escribir novela negra, sí, pero limpita. Siempre. Hay una cierta prevención contra la mujer escritora de crímenes. Se supone que “la que ha de llevar en su vientre la vida” no ha de albergar en su cabeza pensamientos impuros, capaces de desvelar el horror de la mente humana y sus aberraciones. Halás, que decían los antiguos, ¡ay de ti si profanas el tabú de la virginidad del eterno femenino y escribes sobre lo que no debe ser nombrado, ay de ti! Te espera el ostracismo, querida. ¡Mira las Brontë, como se pusieron nombres masculinos en prevención, mira!

¿Las Brontë? ¿Y esas tipas quienes vienen siendo? ¿Escriben thriller psicológico o qué?

Domestic noir. Escriben domestic noir.

 

Y yo me pregunto, mientras abro la botella del Utiel-Requena que me ha recomendado el chico amabilísimo del “rincón del grumete” en el Super.

¿Para qué escribir novela negra sin mostrar la crudeza del asesinato, o la intensidad de las pasiones, o los efectos terribles de los celos, o la terrible descripción de los gusanos alimentándose de los restos de nuestra carne, en esa miríada repugnante que conforman las larvas blancuzcas mientras comen y succionan? ¿Eh? Si escoges una novela negra, amigo lector, y perdón por la confianza, tienes que arriesgarte a que una mujer escritora te perturbe más allá de una narración trepidante, adictiva y demás clichés novelescos, porque la perturbación que puede logar una dama del crimen (terrible expresión, dama del crimen, pero aquí viene a cuento) puede ser mucho peor que la que un hombre puede alcanzar. Porque en el hombre se espera. Y en las mujeres, no. Por eso un crimen cometido por una hembra fértil es más sorprendente que uno cometido por un varón. Por eso Clitemnestra, Judit, Medea, dan más miedo que Aquiles, Caín o Sansón, que mató a mil con la quijada de un asno. Mil filisteos no son nada comparados con el acto antinatura de Medea de matar a sus propios hijos, los hijos que fueron fruto del amor.

 

Tendemos a pensar que la mujer que mata lo hace en un estado de locura, de insania, de extrañeza de su propio ser. Y lo pensamos para preservar el mito del eterno femenino. Las escritoras de novela negra… ¿escribimos en ese mismo estado? ¿Escribimos dejando atrás nuestra naturaleza esencial?

¿Estamos locas?

Yo, desde luego.

Nadie en su sano juicio deja de salir por la noche un sábado para describir un asesinato con detalles vivos, por ejemplo.

Amigo lector, ahí dejo la pregunta, mientras el Utiel-Requena se airea antes de perecer a través de mi gaznate.

Escritora, periodista e historiadora de arte. Estudio Historia del Arte en la Universidad de Santiago de Compostela y es Máster en Periodismo por la UOC. Realizó un curso de especialista en Perfiles Criminales bajo la dirección de Vicente Garrido. Ha sido directora de una revista de divulgación cultural, además de colaborar en varias publicaciones de A Coruña y Ponferrada como redactora y fotógrafa, y en programas de radio sobre música clásica. Durante trece años trabajó en un cuartel de la policía local.

Colabora con la revista literaria Solo Novela Negra como corresponsal en Galicia.

 

© Nieves Abarca - Todos los derechos reservados

Escritora, periodista e historiadora de arte.

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