La cara triste del delito – Hugmann # 7

por | Oct 13, 2016 | Goñi_Juan Pablo, RELATOS | 0 Comentarios

Hughman#07 imagen Lo embargó una sensación parecida a la tristeza apenas abrió la puerta. Piso de cemento, muebles de pino barato, sillas emparchadas, y un cúmulo de objetos dispersos denunciando el descuido con el que se habitaba la morada. Las paredes sin revocar, las bombillas sin apliques. Hughman se preguntó el por qué; qué los llevaba a involucrarse en el delito si ni siquiera podían obtener una buena casa con lo que birlaban a los vecinos de la ciudad, ¿cuál era el sentido de arriesgarse a caer preso o, incluso, a morir en un enfrentamiento, si el éxito tenía tan paupérrimo resultado? Cualquier empleo, por mal pago que fuera, les permitiría algo mejor que esa casucha alejada de las redes de agua potable, de las cloacas y del gas. En la misma sala, uno de los dos únicos ambientes,  había una cocina conectada a una garrafa y una pantalla anexada a otra. Los riesgos de exponerse a la calefacción por ese sistema quedaban mitigados por la aireación constante provista por la abertura sin vidrios, cubierta apenas por un plástico transparente. El baño lo habían visto antes de entrar; un excusado, atrás de la casa, protegido con maderas de diferentes procedencias.

Mendoza, la agente que lo secundaba, se preocupó más por el olor, ese indescriptible hedor que acompaña a la pobreza. Ella no padecía el resfriado contraído por el inspector, que llevaba dos días andando por toda la ciudad con su paquete de pañuelos descartables. Se la notaba nerviosa, los dedos acariciando la funda de su pistola. En el patrullero había quedado Pereyra, otro joven tan inexperto como ella. Una hora antes, un camión celular había cargado a los otros integrantes de la familia del “Uña”, arreándolos como vacas; dos mujeres de veintitantos años, una de ellas su esposa, y seis chicos, entre ocho y un año –quién podía saber de qué padre.

-¿Qué buscamos?

El inspector no se dejó contagiar por la impaciencia de la chica. Corrió una frazada apolillada que hacía las veces de puerta, y se introdujo en la segunda sala. Halló un ropero desvencijado y cuatro colchones en el piso, colchones tan delgados como tabletas de goma de mascar. Las puertas del ropero caían de sus bisagras, pudo ver las pilas de ropas amontonadas, las sábanas y las frazadas hechas un bollo en un costado de los colchones. Buscaban un arma, ¿cómo no lo sabía Mendoza?

Se volvió hacia la hermosa morena, que gustaba usar un uniforme estrecho, y le indicó que revisara prenda por prenda. Salió a la calle. No encontrarían arma alguna. Los mismos policías que habían trasladado a la familia la hubieran hallado, aunque no se le hubiera ocurrido al fiscal ordenarlo cuando pidió el traslado, en procura de una confesión que le permitiera cerrar el caso.

Tres chicos curiosos se acercaron al patrullero, en remera y pantaloncitos cortos pese al frío. Hughman se entretuvo adivinando su procedencia; sólo había tres casas en cien metros a la redonda, apenas destacadas sobre los altos pastizales de los baldíos. Las mismas calles de tierra desdibujaban sus límites ante el avance de los pastos, fortalecidos con las lluvias recientes. El inspector sonrió. Dentro del patrullero, el agente Pereyra movía su cabeza tras los movimientos de los niños, preocupado porque pudieran atacarlo. Un crujido a sus espaldas interrumpió sus reflexiones. Mendoza apareció, su boca pequeña con los labios apretados comunicó que, como augurara Hughman, la requisa había resultado infructuosa. El inspector ordenó regresar, la joven subió al patrullero. Hughman admitió que las espaldas de Mendoza eran, por lejos, lo mejor del paisaje. Caminó hacia su propio coche, dispuesto a seguirlos hasta la seccional.

Halló un sitio para aparcar a dos cuadras de su destino. En la zona, casi pleno centro, no cobraban estacionamiento; los compradores de última hora dejaban sus coches allí,  gratis,  para recorrer caminando la calle Obispo, donde se concentraban los mejores locales de la ciudad. El inspector transitó con paso cansino las veredas desparejas, levantadas por las raíces de los naranjos amargos plantados sin resguardos. Estaba furioso por la gente como el Uña, con sus mujeres, que se arriesgaban en la vida delictiva a cambio de recibir como pago una vida de privaciones. ¿Qué los movía? Pensó en los chicos, educados para el delito desde la infancia, copiando las actitudes de sus padres, ¿cómo rescatarlos? Atravesó la puerta de entrada de la seccional con una expresión de fatiga que los uniformados atribuyeron al cansancio de la jornada de doce horas que acababa de cumplir. O a su resfriado, los estornudos anunciaban su llegada con unos metros de ventaja. Los policías estaban errados, la vida que no comprendía era la que agotaba la energía del inglés. Mientras estuvo Alicia fue distinto. Pero ya no estaba.

Circuló por los pasillos, se detuvo ante el patio interno. Usó el cuarto pañuelo de papel, desde que bajara del coche. Aprovechó el alto obligado para decidir qué hacer. ¿Seguiría hasta las salas de interrogatorios, iría al despacho de la Brigada al que pertenecía o buscaría mayores precisiones en la oficina del comisario? En plena disyuntiva lo encontró la comitiva encabezada por el Uña. Sonreía. Tras él, un teniente y dos agentes. El camión celular no estaba estacionado frente a la puerta, Hughman comprendió. Sin confesiones ni armas, el Uña volvía a la calle. Ya habrían llevado a su familia. Desde la penumbra de la pared siguió el avance del asaltante, de pelo desprolijo y barba mal afeitada. Dos ancianos estaban golpeados, internados en el hospital; el vecino que intervino, impidiendo daños mayores, había recibido de alta y andaba con el brazo enyesado, tras el balazo que recibió del Uña al escapar. Aunque estaba habituado, al inspector le dolía que todos supieran quién era el culpable y no pudieran encerrarlo. Uña salió a la vereda, rehusó la oferta de traslado en un patrullero, y marchó silbando hacia el centro. Hughman supo que iba a Sabbath, el pub que reunía la clientela más rea de Blanca. Ya que, sin proponérselo, había seguido al individuo hasta la puerta, decidió retornar al coche y encontrarlo en el pub. Sin saber qué lo motivaba a una conducta que podía ser calificada de acoso fue con buen ritmo hasta el Focus.

El inspector casi se golpeó con el volante. Se había dormido unos segundos. La nariz chorreaba agua, sacó otro pañuelo. Estacionado a cien metros de Sabbath, aguardaba la salida del Uña, sin tener en claro sus propias  intenciones. Especuló; había dos posibles destinos para el delincuente, su casucha en las afueras o un nuevo asalto a una casa habitada por gente mayor o sin ocupantes por esa noche. El sistema de información de los delincuentes era más efectivo que las redes de inteligencia que la policía infiltraba en las calles. Las dos de la mañana. Entendía a los fumadores cuando ejecutaba tareas de vigilancia, el cigarrillo encendido como una forma de matar el aburrimiento, una forma que iba matando al mismo fumador en silencio. Se irguió más en el asiento, el cansancio lo había ido desmoronando. El último pañuelo utilizado se convirtió en un bollo más de los que desbordaban el cenicero del Focus. Las luces del pub –apenas visibles– continuaban encendidas, quedaban dos coches estacionados en la cercanía. Miércoles, jornada laborable, ¿cómo tan tarde?, ¿qué se cocinaba en la sala de los pooles, detrás del patio interno? No podía saberlo desde su posición; empero, su decisión de aguardar lejos fue acertada, ¿cómo hubiera permanecido cinco horas adentro? Se corrigió como si estuviera redactando un informe; eran las dos de la mañana del jueves. Bostezó. Notó movimiento en las esquina.

Se restregó las manos. La calefacción apagada, para evitar el adormecimiento del calor, no era lo más aconsejable para su resfriado. Además, por poco había fallado la estrategia. Los movimientos en la esquina de Sabbath lo alertaron. Se esforzó por distinguir las figuras. El Uña y dos más. Luego otros tres. Ruido de cortinas metálicas, audible pese a la distancia. Hora de cierre. El Uña subió a uno de los coches, junto a otro que se ubicó como conductor. El inspector aguardó que encendieran el motor para hacer lo mismo sin ser detectado. Mantuvo las luces apagadas. El segundo auto partió antes, doblando en esa misma esquina, escapando del radio visual del policía. Le resultó imposible ver qué sucedía en el habitáculo del Falcon naranja, un vehículo poco apropiado para utilizarlo en un hecho delictivo. Por fin, arrancó también, en marcha recta por la misma calle. Mejor. Sólo eran dos. Bajo la campera, Hughman llevaba la  pistola, en una sobaquera. No precisaba revisarla, estaba cargada y con una bala en la recámara. Se puso en marcha despacio, dejando cien metros entre ambos coches.

El Falcon atravesó la zona céntrica y se desvió; intuyó que el destino era el Parque Lino. ¿El Uña se iba de juerga? Las dos de la mañana, era más probable que ya hubieran partido las travestis del bosque, noche invernal. ¿A qué ir al parque, entonces? Aceleró cuando doblaron para meterse en la avenida. Cuando llegó hasta ella, vio que el Falcon tomaba por uno de los caminos internos del parque. No había chicas a la vista. Ni otros vehículos. A esa altura, frente al parque la edificación era salteada, con varios galpones entre las viviendas que se hacían más escasas a medida que se avanzaba hacia la ruta. Hughman detuvo el Focus donde habían doblado los otros. No los veía; había un camino bastante hollado pero también varios senderos cortos dentro del monte. Demasiado arriesgado. Si se trataba de una entrega, podría detenerlos cuando volvieran, con el cargamento en su poder. Era la única estrategia posible, no podía pedir refuerzos para un seguimiento no autorizado. Efectuó un giro, se ubicó unas cuadras más atrás, cerca del sector de los juegos, en las sombras. Puso en orden el estado de su nariz, abriendo una nueva caja de pañuelos.

Veinte minutos más tarde el Falcon asomó la trompa, más o menos por donde se había metido en el monte. Hughman extrajo la pistola, la colocó en su regazo. Puso en marcha el coche. Estaba en la mano opuesta al parque, la que deberían tomar los delincuentes para regresar a la ciudad. Controló por el espejo el acercamiento del vehículo naranja.  Pronto lo tuvo a diez metros, bajo la luz de la farola. El conductor viajaba solo. El Falcon pasó a su izquierda, continuó la marcha a ritmo moderado. Hughman no lo siguió. El Uña no vivía en el parque –nadie podía vivir en el parque– y no había víctimas que asaltar a esa hora entre los eucaliptos. Aceleró, dio otro giro en U. Tanteó en el bolsillo de su campera el papel donde anotara las patentes de los vehículos estacionados frente al Sabbath, para el improbable caso de que existieran dos coches como aquel. Encendió las luces altas al introducirse en el bosque. Las huellas de neumáticos eran muchas, superpuestas y a veces paralelas. Tenían que ser las de más arriba, las últimas; se arriesgó a seguirlas. Se internó en un camino más estrecho.

Siguió la huella sin confundirse con otras que se metían más al interior, donde estacionaban los clientes de las travestis para recibir sus tratamientos. Los neumáticos eran diferentes al resto, más anchos; era más fácil seguir la pista en esa zona oscura. El suelo aún estaba flojo desde las últimas lluvias y los trazos de neumáticos eran menos. Dio con el giro que había hecho el auto naranja. Lo imitó. Dejó las luces altas del Focus encendidas, tomó una linterna de la gaveta y con la otra mano se aferró a la pistola. Estornudó y se limpió, ganando unos minutos de calma. Descendió. Notó ramas quebradas. Avanzó. Pastos aplastados. Dos pasos más. Chocó con un obstáculo a la altura de sus pies. Antes de alumbrar, sabía que se trataba del Uña. Comprobó que estaba muerto. Volvió al coche, dio la alarma y los datos del Falcon. Describió al asesino, aunque lo calificó de sospechoso. Retornó junto al cadáver. No pensó en justicia ni en revancha, nada de frases tipo “el que a hierro mata, a hierro muere”. Otra vez lo aprisionó la tristeza, pensó en las dos mujeres, en los chicos. En la casucha y la miseria de los cuerpos durmiendo apiñados. ¿Para eso había muerto?, se preguntó por enésima vez en el día. Su oído entrenado advirtió las sirenas recorriendo la ciudad. Pronto llegarían.

Su presencia requería una excusa o sería sospechoso también, quizá sumariado por acoso si un abogado competente se metía en el asunto. Pensó con rapidez. Recordó a Denisa, una travesti que trabajaba en el parque a la que una vez había hecho un favor. No haría tiempo a traerla; diría que la había llevado a casa cuando comprendió que sucedía algo peligroso. La llamó. La chica demoró en contestar. Escuchó con atención una vez que estuvo despierta; aceptó la historia. Ella no había visto ni el coche ni al hombre que lo conducía porque estaba inclinada sobre el regazo del inspector. Hughman sabía que pagaría cara su coartada, recibiría chanzas y burlas constantes. Valía la pena, se dijo, para meter a un asesino en la prisión. Se estremeció. Las luces giratorias de un patrullero se reflejaron en los árboles cercanos. Lo tenían sin cuidado las bromas, podía soportarlas. Tomó otro de los pañuelos casi transparentes de la caja de cartón, intentando recordar si le había dicho que estaba con un resfrío de los bravos. Porque lo que en verdad lo preocupaba, era la felicidad que había detectado en la voz de Denisa cuando aceptó ayudarlo

 

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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