La carretera (2)

La carretera (2)

La carretera

 

Por Francisco Medina Troya

 

Madre siempre nos dijo que la familia es lo primero. Que es el pilar indiscutible en el que todos nos deberíamos apoyar en esta mísera vida. La familia tiene que seguir adelante, sobrevivir como sea. No importa el modo, ni las consecuencias. Mi trabajo es bastante fácil, puedo decir que hasta cierto punto, aburrido, si separamos la parte final que es con la que disfruto… Suelo ir al pueblo los fines de semana. Es cuando algún viajero se aventura a visitar la localidad atraído por la belleza salvaje de los bosques y la soledad. Ya que por fortuna esta parte del país es una reserva natural y no está explotada turísticamente. Bajo la carretera serpenteante con mi vieja bici BH. Aún recuerdo cuando Padre me la regaló por mi cumpleaños en aquellos últimos años de su vida en los que dejó de beber y quería redimirse por todo el daño que nos había causado, obsequiándonos con regalos y tratando bien a Madre, que con desahogo agradecía que ya no la pegara más. El trayecto hasta el pueblo no es muy largo, apenas unos kilómetros de mi hogar. Suelo quedarme cerca de los dos únicos restaurantes de la villa esperando la presa idónea. Cuando están consumiendo entro en los locales, me pido una Coca Cola y una hamburguesa con queso y escucho sus conversaciones. Cuando estoy seguro que se dirigen al bosque me levanto con sigilo, apuro mi consumición y pago a la camarera que con una dulce sonrisa agradece mi propina. Yo le agradecería que me sobara el pantalón en la parte de atrás mientras estrujo sus tetas enormes. Pero no hay tiempo…El regreso es más dificultoso. Subir las cuestas pedaleando no es tarea fácil, pero la recompensa final me anima.Espero con paciencia en la cuneta de una curva. Desde allí puedo visualizar la carretera que sube en mi dirección. Entonces recuerdo cuando era pequeño y los domingos me despertaba el aroma de las tortas fritas. Bajaba con los ojos llenos de sueño y mi abuela y mi madre trabajaban la masa con una botella. Una vieja radio emitía canciones ligeras encima de la chimenea y todos reíamos disfrutando de aquella porción minúscula de felicidad. Porque sabíamos que después llegaría Padre, apestando a vino barato y sudor, dispuesto a desahogar su frustración zurrándonos con el cinturón y violando a Madre. En los ojos de Madre podía adivinar el motivo de por qué no escapábamos de allí. ¿Adónde iríamos tres niños, una vieja y una mujer con la irrisoria paga de la abuela?… Yo solía escaparme a la parte de atrás del caserón. Vivimos en el campo, rodeados por el bosque. La casa es vieja, pero amplia, con un enorme cobertizo, suficiente para la familia y para lo “otro”. Allí, detrás, donde están los animales siempre se forma un charco de agua sucia. De pequeño pasaba las horas recolectando insectos, las libélulas eran mis preferidas. Las agarraba y las mutilaba arrancándoles las alas, con ahínco, animado por los gritos e insultos de Padre. Hacía frío y antes del anochecer arrojaba sus pequeños cuerpos al charco y regresaba dentro. Una calma de culpa reinaba en el hogar. Desde mi habitación mis hermanos y yo podíamos escuchar los muelles de una cama y los gruñidos de Padre… Cuando amanecía corría escaleras abajo e iba a ver el charco. Se había congelado y los insectos tenían extrañas formas y posiciones dentro del hielo. Diminutas formas de vida atrapadas en la muerte.Veo venir el coche, zigzagueante por el asfalto. El plan es fácil. Me tiendo en medio de la calzada en una zona visible donde los coches no van rápidos. Me hago el herido y en una mano tengo el trapo con cloroformo y en la otra un garrote. No suelo elegir a más de dos personas, sería complicado reducirlas… Siempre ocurre igual. Detienen el coche a pocos metros de mí y pido auxilio de forma convincente. No pueden llamar desde el móvil, no hay cobertura en este lugar, así que se acercan prestos a ayudarme. El químico hace efecto rápidamente, el garrote aún más.Los transporto en su propio coche. Después limpio todas las huellas y me deshago del auto en una profunda cima, tan abrupta e inaccesible que jamás lo encontrarán. Madre pregunta, lo hace como si ellos fueran ganado. En realidad para nosotros, la familia, lo son.

—¿Son jóvenes?

—Sí, Madre. Estos lo son.

—Bien, porque los anteriores sirvieron de poco. “Ellos” no los quieren viejos, no les sirven. Pagan poco y no tenemos otro medio para subsistir, ahora que la Abuela y tu hermano nos dejaron.

—¿Madre, puedo?…

—Claro, chico. Pero cuidado, sabes bien que hay partes que no debes dañar. Avisa a tu hermana, a ella le gusta mirar.

Mi recompensa. Aquí en el zulo del cobertizo siempre huele a meados. Todos, sin excepción, se lo hacen encima. Si les queda un atisbo de valentía se evapora cuando les hago la primera visita y les muestro mi colección de cuchillos, ganchos, sierras y hojas de afeitar. Es como mi carta de presentación. Entonces comienzan con los lloriqueos, con las súplicas, con esas miradas de corderos, de cobardes. Y les digo lo que va a ocurrir, les soy sincero porque no me gusta jugar con la gente. Para reconfortarlos les comento que sus muertes no van a ser inútiles, que vivirán en parte de forma diferente. Cuando les hablo de la muerte es cuando se muestran más sumisos, dispuestos a realizar cualquier cosa para salvar sus miserables vidas. No sé cómo son tan ilusos de creer que van a sobrevivir, de tener la más mínima esperanza. Yo no se la doy. Les deletreo con claridad su destino.-¡Vais a morir aquí! Hoy mis invitados son una pareja joven. Cuando es así suelo comenzar por la mujer. Me encanta la cara de rabia que ponen. Aun en estas circunstancias sacan su halo de machito frente a sus hembras… Me acerco a ella y la desnudo lentamente. Es fácil, están colgados por unas argollas, encadenados a la pared. Quiere gritar pero la mordaza se lo impide. Miro a los ojos a su hombre, noto la rabia chisporrotear en sus pupilas. Agita sus brazos, mueve las cadenas, inútil. Las lágrimas le corren por las mejillas cuando mi cuchillo acaricia sus senos. Son turgentes, con la vitalidad propia de la juventud. Es preciosa y mi cuerpo me pide desahogarme. Aflojo las cadenas, su cuerpo se dobla, suficiente para que su hermoso trasero esté a la altura de mis caderas. Se está tan caliente dentro.

—Hermano, Madre te ha preparado un bocadillo antes de que empieces con la tarea.

Mi hermanita siempre tan inoportuna.

—Ah, veo que ya has comenzado… Sigue no es la primera vez que te veo hacerlo.

No es la primera vez, no será la última. Acabo pronto. El hombre se agita demasiado, me pone nervioso. Me acerco a él con destreza y le pido a mi hermana que le baje los pantalones. De un tajo acabo con su hombría.

—Qué lástima, estaba bien dotado.

—Con este no vas a follar, la próxima… Tal vez.

—¡Capullo!

—¡Cállate!, que se me desangra el muy cabrito. No me sirve muerto.

Lacarretera_imagenSegún las instrucciones de los jefes es mejor cuando la sangre aún bombea en los órganos. Los mantiene frescos. Me costó aprender, mantenerlos con vida el mayor tiempo posible. Muchos se me fueron a los primeros cortes. Pero ahora soy un profesional, con buenas herramientas… La chica llora desconsolada observando como su hombre sangra por el feo tajo donde estaba su pene. Le quito la ropa por completo y comienzo el ritual… Mi hermana me ayuda a introducir las partes que necesito en neveras refrigeradas. Madre ya habrá llamado a los jefes. Este tipo ha tenido suerte después de todo, no ha sufrido mucha tortura. Pero me queda la chica. Momentos antes de morir, el hombre la mira. Es una mirada de disculpa, de impotencia por no poder ayudarla…Cuando salgo al exterior la luz del sol me deslumbra. Mis perros están como locos, huelen la carne fresca, la sangre con su sabor a óxido. Una furgoneta negra se detiene frente a nuestro porche. Mi madre y mi hermana se acercan lentamente. Cuatro neveras en sus manos. Un hombre perfectamente vestido comprueba el interior de los refrigeradores, sonríe y asiente con la cabeza mirando al interior del coche. Por la ventanilla un brazo alarga un maletín de cuero marrón. Por el género que se llevan podremos sobrevivir todo el año. Por un lado lo agradezco, sin embargo la espera para mí será larga y tediosa hasta que vuelva a actuar de nuevo. Porque Madre es clara y contundente, esto lo hacemos por el bien de la familia y no por mi diversión. La furgoneta se aleja lentamente por la carretera oculta entre los altísimos árboles. Cuando miro a mis queridos perros ya han devorado el último trozo de carne

© Francisco Medina Troya - Todos los derechos reservados

Escritor.

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