La casa de intercambio

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La casa de intercambio

Sep 14, 2017

MARIAN PEYRÓ| Madrid

La historia de Javier y Marta, como todas, tuvo un principio. Pero a la luz de los hechos está claro que aquel no es el que nos importa, porque hubo un principio de verdad, uno importante. Y entonces ya eran Javier, Marta, Fabiola, Mauro y Daniela, cinco.

Justo antes de ese principio verdadero la familia había tenido un día fantástico, un día para recordar, y Javier y Marta se relajaban esa noche en el salón de la casa de intercambio. Recordaban el magnífico paseo en familia en bicicleta por aquel paisaje alemán maravilloso, y el chapuzón en el lago que vino después. Comentaban que estaban molidos, lo que habían disfrutado los niños, que menos mal que ya dormían, y que no les extrañaba porque se habían comportado como campeones sobre sus bicis, en especial Daniela, aún tan pequeña. Tenían en los ojos la memoria de los días felices en aquella casa y la promesa de los que aún tenían por delante hasta que les tocara regresar a su casa. Hacían planes inmediatos y planes inconscientes a largo plazo.

Esa noche, cuando acabaron su té, se acostaron temprano. Al día siguiente les esperaba Neuschwanstein.

Cuando suena el despertador ella estira la mano, lo apaga rápidamente y abre los ojos. No sabe dónde está ni qué día es. Cuando ve la extraña mesilla y la lámpara ajena sobre ella todo vuelve. Están en la casa de intercambio.

Se levanta y prepara el desayuno para todos mientras oye que él se levanta, abre la ventana, prende la ducha. Entra la mayor arrastrando los pies, restregándose los ojos. Se cruzan buenos días y opciones de desayuno. Él aparece fresco, oliendo a after-shave y hablando alto, marcando el fin de la tranquilidad matutina.

—No hables tan alto, los pequeños aún duermen —advierte ella.

—¡Pues que se levanten! ¡tenemos la entrada a las once y media!

—¡Buenos días hijo! —justo entra el mediano—, ¿descansaste bien?

El niño asiente somnoliento y se desliza en una silla.

—¡Pues falta Daniela! ¡a esa no la despierta ni un bombardeo!

—En su cama no estaba —dice el niño.

—Estará en el baño —dice Fernando—. Iré yo a levantarla.

Este es en realidad el principio. Porque todo lo anterior es prólogo, y lo anterior, por importante que fuera, ya dejó de serlo.

Desde esta frase de él y la siguiente que se pronuncia pasa un tiempo normal. Si le preguntas a Marta no sabe cuánto. Quizá no normal por lo que duró. Normal porque a partir de entonces ningún tiempo fue ya normal.

—No está —dice él entrando al comedor.

Su voz no suena, ni mucho menos, normal.

—Cómo no va a estar. Es imposible. ¿Miraste bien? —dice ella.

Los niños están mudos pero ya definitivamente despiertos.

Y ella comprende sin que él diga nada que miró bien. En todas las habitaciones. En los dos baños. Debajo de las camas. Hasta dentro de los armarios. Que se asomó por las ventanas con el corazón en la boca y en la retina la imagen Daniela muerta contra el suelo. Pero no halló esa imagen al fondo. Y ella le agradece a él todos esos minutos que para ella el tiempo aún era normal.

Y que no fuera ella quien abriera las ventanas.

Después vino la búsqueda desesperada por la calle, los gritos que despiertan a la gente un domingo cualquiera de agosto. Y la visita de Marta a la comisaría —ella habla inglés—, mientras él se queda en la casa con los niños, los otros.

Cuando ella regresa la casa ya está llena de gente: policía, psicólogos, el cónsul. Todo absurdamente normal en ese tiempo anormal.

Luego vino el tiempo del horror. Enseguida. Cuando llegó el Inspector Kramer y les dijo en castellano con un fuerte acento:

—Hemos hablado con la policía en España. En su casa no hay nadie. Han hablado con el portero. Tiene aún las llaves que Uds. les dejaron, nadie fue a recogerlas.

—No puede ser —dice Javier—, los dueños de esta casa…la intercambiamos con ellos.

—Lo sé. Los Wundartz —dice el Inspector—. Su mujer ya nos mostró la foto en comisaría. Wundartz no es un apellido frecuente. Los de la foto en realidad son los Hoffmann, tienen mucha actividad en Facebook. No viven aquí. No tienen nada que ver. Ya les hemos comprobado. Lo cierto es que esta casa llevaba años vacía. Hace un mes hicieron mudanza, pero según los vecinos y el portero, nunca se ha ocupado.

—No lo entiendo —dice Marta.

— Les engañaron para que vinieran aquí. Aún no podemos estar seguros al cien por cien, pero barajamos una hipótesis por casos similares —explica el Inspector.

—¿Cuál? —apremia Marta.

—No querían a su hija en realidad —dice el Inspector—. Cualquier niña les valía —aclara.

—No lo entiendo —dice ahora Javier.

Y el Inspector piensa que es normal. Porque en realidad son gente muy normal.

Cuando el Inspector responde lo siguiente, dejarán de serlo ya, para siempre:

—Tráfico de órganos.

Desde entonces ellos apenas duermen y cuando lo hacen sueñan con esas tres palabras.

Hasta que llega el final. Mucho tiempo después.

Entonces Marta se despierta y ve a Javier despierto junto a ella, mirando al techo, las mejillas brillantes de lágrimas.

— ¿Qué ocurre? —dice.

—Soñé con la niña. Era tan real. Me ha dicho que dejemos de buscarla.

—Pero..¿y la investigación?

—En dos meses la cierran si no hay novedades. Ya nos avisaron.

—¿Entonces vamos a rendirnos?

Javier se gira y mira a Marta a los ojos. Espera un momento para decir lo que tiene que decir, porque sabe que dolerá, aunque el dolor es algo a lo que ya se han acostumbrado. El dolor es su nuevo hijo.

—Marta, seguiremos si tú no crees, de verdad, que Daniela ya no existe sino dentro de otros niños.

Y Marta no tiene que responderle.

Ese día la familia se acerca en sus bicis al acantilado. Desmontan y se quedan de pie frente mar. Recuerdan aquel momento de felicidad, cuando toda la familia logró completar aquel circuito por ese precioso paisaje alemán. Recuerdan con orgullo a Daniela, cansada, decidida, feliz, sobre su bicicleta. Después, Javier tira la suya por el acantilado y a continuación los demás. Rezan una breve oración por Daniela y vuelven a casa andando para comenzar de nuevo, los cuatro.

Conoce al Autor de éste relato:

Nacida en Ávila en 1971, resido desde siempre en Madrid.
Soy Licenciada en Jurídico-Empresarial y he dedicado mi vida profesional a la gestión inmobiliaria, donde, aunque parezca mentira, se escribe mucho y uno adquiere la obligación de que le entiendan.
Llevo escribiendo ficción desde que pude poner dos palabras juntas. En mi juventud he cultivado sobre todo el relato corto y la poesía, pero solo recientemente me he decidido a dar visibilidad a este vicio.
Me declaro apasionada del género negro, en especial en sus versiones menos clásicas.
En la actualidad tengo proyectos ilusionantes que incluyen un libro de Relatos en colaboración con varios compañeros también apasionados del género.

Texto ©  Marian Peyró –  Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados


 

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