Granada 2/12/2015. Redaccion

Nuevo Relato Provocado la 1ª Antología de Relatos Provocados Solo Novela Negra.  Condiciones para participar  aquí


 

LA MALDICIÓN DEL LEÓN DE FELPA

por Osvaldo Reyes

 

—¿Por qué lo hizo?

            La mujer no respondió. Sus manos sostenían un objeto de varios colores que preferí no mirar. Sin verlo sabía que era y su sola cercanía era como tener una boa envuelta alrededor de mi corazón. Con cada latido apretando con más fuerza. De forma inexorable succionando hasta el último gramo de vida de una existencia que sentía no merecía la pena vivir.

            Dejé de mirar a la mujer y centré mi atención en los alrededores de la banca donde esperaba una respuesta a mi pregunta. Hojas doradas, que a veces parecían estar teñidas de la sangre de Marcos, en el suelo. Un cielo que no terminaba de definirse entre un azul oscuro y el amarillo del sol que desaparecía. Varios faroles lanzando círculos de luz como luciérnagas de otra dimensión obliterando las sombras que trataban de envolvernos. El que estaba encima de nosotros, bañándonos en su cálida luz, hacía ver todo como un sueño particularmente vívido. Una pintura digna del pincel de Leonid Afremov.

            El que estuviera sentado al lado de una asesina solo incrementaba el surrealismo de la escena. Que su víctima fuera un monstruo era irrelevante.

Exhaló y una nube de vapor se expandió entre ambos. Apretó el objeto en su mano, para luego aflojar la presión y empezar a alisar la tela de colores rojo y blanco.

—¿Lo lamenta? —preguntó ella.

      —¿Lamentarlo? Jamás. Ese desgraciado merecía lo que le pasó y mucho más. No puedo hablar por todos, pero estoy seguro que la mayoría sentimos un peso levantarse de nuestras almas al saber que el miserable de Cansari había pagado sus crímenes. Me puedo imaginar el motivo, pero quiero escucharlo de usted. ¿A quién mató? ¿Una hija? ¿Hermana?

            La mujer dejó de jugar con el león de felpa y alzó la cabeza. Sus ojos se cruzaron con los míos, pero no vi lágrimas o dolor.

         —No, señor Lee. Cansari no mató a persona alguna de mi familia. No tengo hijos, pero si varios sobrinos. Todos están sanos, gracias a Dios.

         —¿No lo hizo por venganza entonces? ¿Por qué lo hizo? ¿Justicia?

—Tampoco. ¿Debe haber un motivo?

—¡Por supuesto! —grité y en el acto me arrepentí. Bajé la voz y respiré hondo varias veces antes de decir: —Disculpe. No fue mi intención gritar y menos a usted. Es que… nadie mata a otra persona sin una razón.

—¿Y Cansari?

            Eso me dejó sin palabras. Los psicólogos, tanto de la defensa como de la fiscalía, argumentaron mil y una razones para justificar o explicar los actos del hombre que en mi cabeza solo era Cansari. Apolonio Cansari, de 37 años. Casado, dos hijos. Profesor de escuela primaria.

            Asesino de niños.

            —Cansari estaba enfermo —dije molesto. No me gustaba pensar en él y menos en los motivos que lo empujaron a escoger a mi hijo—. Le gustaban los niños. Ese era su motivo.

            —Para llevárselos. No para matarlos.

            La conversación no me gustaba y menos en presencia del león de felpa en sus manos. Quería que me lo diera para irme de allí. El parque me traía imágenes de mi familia ausente y era como verter ácido en mis ojos. No quería recordar y mucho menos meterme en la cabeza del hombre que asesinó a Marcos.

            —Le hice a Cansari la misma pregunta que usted me hizo hace un rato. Antes de morir. ¿Sabe lo que me dijo?

            En realidad no me interesaba. Su abogado dio muchas razones. Un pasado traumático. Abusos por parte de un padrastro y una madre drogadicta. Algunos apostaron que usaría la clásica “demencia temporal”, pero yo sabía que no lo haría. Era difícil como excusa después de planear y organizar el secuestro, violación y muerte de cinco niños. El menor de cuatro años. El mayor, de siete.

            Marcos. Mi hijo.

            El fiscal no tuvo que esforzarse mucho. A Cansari lo atraparon con el cuerpo de Marcos en su poder. El forense dijo que su muerte fue reciente. Si la policía se hubiera apurado un poco, tal vez Marcos estaría vivo.

            El juicio fue un espectáculo con un resultado predecible. Eso fue hasta que el abogado sacó una carta que nadie esperaba. Un tecnicismo al momento del arresto que invalidó todo el procedimiento. Todos sabían que era culpable, pero el juez no pudo continuar el juicio ni procesarlo. Con un solo golpe de su martillo enterró el dolor y removió el suelo bajo mis pies.

            Cansari quedaba libre. Marcos, tres metros bajo tierra.

            Los mensajes empezaron a llegar dos días después. Una llamada a mi casa que pensé era una broma de mal gusto. Una voz femenina me hizo la pregunta.

            —Yo puedo hacerme cargo de Cansari. ¿Lo quiere muerto?

Si era una burla o no, la respuesta era obvia y así lo expresé.

     —Sí.

            El teléfono se cerró al otro lado. Yo miré el auricular por unos segundos sin comprender y luego lo coloqué en su sitio.

            Las llamadas siguieron. Eran mensajes cortos y nunca pensé darles seguimiento. Eran como un bálsamo en una herida abierta. Me calmaban el dolor. Todos terminaban con la pregunta que me hizo el primer día y a todas respondía de la misma forma.

            El intercambio duró siete días. Luego, titulares anunciaron en grandes letras el asesinato de Apolonio Cansari en su casa. La escena fue tan violenta que hasta los periódicos sensacionalistas no pudieron publicar las fotos.

            Por supuesto, todos los padres nos convertimos en sospechosos. Nos investigaron e interrogaron. Al final fuimos exonerados y se adujo que el responsable era un vigilante anónimo. Nadie protestó por la falta de resolución del crimen y en poco tiempo su vida cayó en el olvido.

            La llamada llegó un mes después.

            —Necesitamos vernos. Tengo algo para usted.

            Sentí mi pulso acelerarse al escuchar esas palabras. Cuando Marcos desapareció llevaba con él su juguete preferido. Un león de felpa que le regaló su madre un año antes de morir por culpa de un cáncer agresivo de ovario. El león jamás apareció, pero se rumoraba que Cansari gustaba de guardar trofeos de sus víctimas. Muchas pertenencias de los otros niños tampoco aparecieron.

            No cuestioné la intención de mi misteriosa amiga telefónica. Quedamos de encontrarnos en un banco del parque donde solíamos jugar con Marcos cuando mi esposa estaba con nosotros.

            Bajé la mirada y estudié lo que traía en sus manos. El león de felpa llevaba un uniforme de futbol. Una camisa roja y un pantaloncito blanco. La mujer lo apretó una vez más y sin más me lo pasó. Casi se lo arranqué de los dedos. Se sentía mojado, pero no era raro considerando la humedad de la tarde. Por un segundo pensé que podía ser sangre, pero mi piel se veía limpia, al igual que el león.

            Lo pegué a mi rostro y sentí la esencia de mi hijo. Las lágrimas salieron como un torrente y no me importó tener testigos. Algo especial nos unía, más allá de la vergüenza y el dolor.

            —Cuando le pregunté por qué niños —dijo ella por encima del zumbido en mis oídos—me respondió que no podía evitarlo. Era una adicción.

            Tapé mis ojos con la dorada melena. No quería saber, mas no podía dejar de escuchar. La voz de la mujer era como una melodía hipnótica. Una sirena en el fondo de una bahía atrayéndome con su canto para luego hacerme estrellar contra las rocas.

            —Lo curioso fue lo que me respondió cuando le pregunté la razón para matarlos.

            La mujer me contó lo que pasó el día que capturó a Cansari. Casi no la escuché hasta que llegó al final, cuando ya tenía a Cansari atado a la cama de su casa. Aun no moría, pero no tardaría mucho. La sangre cubría la cama y parte del suelo. Podía ver la escena en mi  mente como si estuviera presenciando una obra de teatro.

            —¿Por qué matarlos? —vi a la mujer preguntarle a un moribundo Cansari—. Dime y tal vez termine con tu vida pronto.

—Por favor…

La mujer enterró el cuchillo en el brazo. Un nuevo chorro de sangre manchó las ropas de la cama.

—Te dije que no supliques. No te lo mereces. ¿Por qué matarlos?

—¡Por ellos! —gritó con la poca fuerza que le quedaba—. Para que no terminaran como yo. Para que no se volvieran otro yo.

La mujer esperaba cualquier respuesta menos esa. Quedó inmóvil con el cuchillo en la mano. Cuando logró recuperarse dijo:

—¿Tratas de decirme que lo hiciste por ellos? ¿Para que no sufrieran?

Asintió una vez. En una voz apenas audible agregó:

—No espero que me comprendas.

            La mujer no respondió. No era necesario sacar a Cansari de su duda y no se merecía una respuesta, pero estaba equivocado.

            Comprendía muy bien.

          —Los mató por compasión —concluyó al final de su historia—. No tiene sentido a primera vista, pero desde su perspectiva era perfectamente lógico. No es fácil sentir empatía por alguien como Apolonio Cansari, pero en ese momento la tuve.

            Su voz descendió una octava. Mi dolor no me impidió escuchar cada palabra.

—Cuando le dije que Cansari y yo no nos conocíamos antes de estos infortunados eventos no mentía, pero no fui del todo sincera con usted.  No tengo hijos ahora, pero tuve un hijo. Debería cumplir 18 años el próximo mes.

La última oración sonó a mis oídos como un gruñido.

—Yo lo maté.

            Fue como un golpe físico. Separé el león de mi cara y el rostro de la mujer, cubierto por un velo líquido, se perfiló irreal.

            —No con mis manos. Nunca lo hubiera lastimado. Era madre soltera y amaba a mi hijo, pero también quería ser alguien importante. Me decía que lo hacía por él, pero no era verdad. Nunca vi los signos y si los veía, pensaba que eran su culpa. Que era un holgazán que no se esforzaba. Sentía que no era justo que yo me matara trabajando para que él no aprovechara todo lo que hacía por él. Lo único que siempre quiso nunca se lo di. Mi tiempo.

            Una corriente de aire levantó un grupo de hojas cercanas. Una criatura sin forma que giró sobre sí misma para caer de vuelta al suelo. Sus ojos siguieron el nacimiento y muerte del ente mientras terminaba su confesión.

            —Cuando la policía me fue a buscar al trabajo y me dijo que mi hijo había muerto de una sobredosis, mi vida llegó a su fin. Perdí el interés en mi carrera y en el mundo. Me tomó dos años aceptar que todo fue mi culpa. Llevo seis años cargando ese peso y no se alivia. El tiempo no cura las heridas. Es una mentira.

            Empecé a sentirme inquieto. Mi corazón latía más rápido. Sentía que me faltaba el aire.

          —Ustedes tendrán que pasar por lo mismo. No conocen todavía el dolor, pero lo harán. Lo que sienten es una ínfima parte de lo que vendrá después.

            Regresó su atención a mi persona.

—El que más sufrirá será usted. ¿Sabe por qué Cansari escogió a Marcos?

—No quiero saber. No quiero…

       —Creo que lo sabe —dijo ella sin piedad—. Cansari le puso el ojo a Marcos hace tiempo, pero usted le facilitó el trabajo. Él los estudió y sabía que usted siempre salía tarde del trabajo. Que demoraba en recoger a Marcos de la escuela, sin importarle que se quedara solo y con hambre hasta que usted llegara.

        —No, no. Yo no hacía eso.

—No es necesario que mienta ahora. Ya no tiene sentido. Su obsesión por su trabajo, al cual se abocó con la muerte de su esposa, fue lo que condenó a su hijo. En lugar de enfocar sus esfuerzos en Marcos, como ella hubiera querido, decidió alejarse de la única familia que le quedaba.

            No soporté más y apreté los dientes con fuerza: Mordí mi labio y debí sacarme sangre, pues sentí un líquido correr por mi barbilla. Toqué con la punta del dedo una gota, pero al estudiar mi pulpejo no vi sangre. Froté los dedos y sentí un líquido aceitoso.

        —Usted lo mató, de la misma forma que yo maté a mi hijo. No por acción. Por omisión.

—No comprende —y me dolió sonar igual que Cansari—. Marcos me recordaba a mi esposa. Solo quería alejarme del dolor.

       —A eso me refiero —dijo ella apoyando su mano sobre mi brazo—. El dolor no desaparecerá, menos ahora. No pasará un segundo sin pensar en ellos y su vida se volverá un verdadero tormento.

            Rompió el contacto y puso la mano sobre la melena del león, como si lo acariciara.

—El león de felpa será un recordatorio permanente de lo que perdió. No podrá separarse de él, pues le recuerda tanto a su esposa como a Marcos, pero será como si cargara una maldición y los recuerdos se volverán una pesadilla.

Miró al león.

—No puedo permitirle pasar por eso.

No fue hasta ese momento que vi que sus manos estaban enguantadas.

—El veneno es rápido. Pronto sentirá que pierde la conciencia y el mundo se cubrirá de un manto negro. Luego, el olvido. No más dolor. No más recuerdos.

            Me alejé de la mujer hasta donde me lo permitió la madera de la banca. Las piernas me fallaban y sentía que mis manos perdían fuerza.

            Comprendí que era la humedad en la piel de felpa del león de Marcos. Mi lengua se sentía dormida y tuve ganas de vomitar.

Las luciérnagas perdían brillo.

          —Con Cansari muerto no tendré que hacer esto de nuevo. Buscaré a los otros padres y los sacaré de su sufrimiento. Usted fue el primero porque sentí que era el que más sufría, pero no es el único. Haré por ustedes lo que quisiera que alguien hiciera por mí.

            El león se escapó de mis dedos.

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