—No, querido, por unos días prefiero quedarme en casa. Ya sabes, Marlon, si te ven demasiado por ahí, todo el mundo dice que buscas un polvo con JFK, o un baile con Truman. ―La risa estridente de ella perforó el cordón telefónico―. Es algo acabado… Y nuestro escritor no baila demasiado bien. Ahora, solo me preocupa el pequeño. ―Un suspiro como desvanecido y un sorbo de champán amortiguaron las palabras de Brando―. No tengo ni idea. Creo que hablaré con Jack. ―Un silencio propiciado por otra pizca de champán―. Sí, Bobbie lo entenderá si se lo dice su hermano. Al fin y al cabo es el presidente de los Estados Unidos, ¿no?

marilynOlvida su hermoso cuerpo, mira su rostro. No creo que nadie pueda expresar su alma mejor que el conjunto en movimiento de sus ojos, nariz y boca… Estoy totalmente seguro de que fue asesinada. Hablamos el día antes de su muerte por teléfono y estaba insultantemente feliz, ilusionada por haber sido admitida de nuevo por la Fox y con muchos proyectos, el que más ilusión le hacía era interpretar la nueva obra de Wilder… Es lamentable lo que hicieron… (Marlon Brando).[1]

Marilyn permanecía sentada en el sofá de su salón, mirando por el ventanal el césped que deberían haber cortado hacía un par de días y que el señor Smith, el jardinero, había descuidado muy a su pesar. Su cuñada había abortado una vez más y se había tomado un par de días libres para estar con su hermano porque temía que la matara de una paliza. Dos días antes le había confesado que si volvía a perder un hijo más, él mismo la abriría en canal y vaciaría la podredumbre que no le dejaba llevar a buen término su preñez.

―Abortado… ―repitió ella con la vista perdida en cualquier punto del aire.

Aquella palabra provocaba en Marilyn una tristeza tan irremediable que la cogía por los pies y la sumía en el vertedero donde los desgraciados son olvidados para siempre. La brisa movía las briznas y resultaba tan hipnótico como la danza del fuego en una chimenea. El nuevo guión que la Fox le había hecho llegar reposaba sobre sus piernas, pero ella se limitaba a mirar cómo revoloteaban dos pájaros persiguiéndose por el jardín.

―¿No debería estar leyendo, señorita? ―la voz de la señora Pepitone la sacó de su ensimismamiento.

―¿No le parece precioso ver cómo esos dos pajarillos revolotean como si nada más pasara en el mundo, como si el hecho de encontrarse en cualquier lugar, cuando ella deje su coqueteo, fuera lo único importante? ―Saltó del sofá con una amplia sonrisa dibujada en su cara y tomando las manos de su ama de llaves.

―Me parece que esto ―dijo con tono severo zafándose de Marilyn y tomando el guión del sofá―, es lo único que le debería parecer maravilloso. ―Esgrimía el guión como si fuera un atizador ante la cara atónita de la actriz. De pronto se percató de que aquellos ojos azules se clavaban en el suelo―. Señorita Monroe, ya sabe que los estudios no estaban muy contentos con aquella locura suya de montar su propia productora. Ahora la reciben con los brazos abiertos. ―Arrojó de nuevo el libreto al sofá de donde lo había tomado―. Ya no es usted una niña.

―He hablado con Marlon y…

―Ese rojo no es una buena influencia para usted. Es un tipo infame, de modales bruscos ―calló un momento intentando encontrar nuevos insultos para él― … y nunca va con la misma mujer.

―Si tú le conocieras como yo le conozco no te parecería mal que te vieran una noche con él. ―Sonrió inocente.

―Iré a prepararle un té para que tome su medicación. Deje el champán, no le hace bien, ya lo sabe. ―Le quitó la copa y se retiró con paso marcial.

El ama de llaves salió del salón y los brazos de Marilyn se desmayaron a lo largo de su cuerpo. Aquel cuerpo que deseaba medio mundo, que había disfrutado de los hombres más influyentes de Estados Unidos, que había follado con tipos menos importantes pero mucho mejores amantes y alguna mujer que no acabó de convencerla, ahora apenas soportaba el peso de la propia Marilyn. Se desplomó en el sofá y abrió el guión por la primera página. Leyó el título que le parecía pretencioso. Le encantaba usar esa palabra desde que Miller se la estampó en la cara y ella se había sentido humillada por no saber su significado. «Vamos, Arthur, no uses ese tono conmigo», protestó, «eres perfectamente consciente de que no sé qué significa». Él no había tenido paciencia con ella. Sabía que podía hacerlo. Podía estar a la altura de un nobel. Era cuestión de tiempo. En el fondo, Arthur siempre lo tuvo fácil.

Desde que le reprochó que no tenía ni idea de nada, se había esforzado por aprender. Se estaba esforzando de verdad. Le gustaba escribir poesía aunque él la detestara, ¿por qué no pudo esperar un poco a que ella fuera como él le pedía que fuese? Las notas en el cuaderno riéndose de ella, menospreciándola…

―Oh, Arthur, maldito bastardo engreido ―susurró.

Desechó estos últimos pensamientos, cerró de nuevo el guión y volvió a mirar por la ventana.

Le había parecido que la vida con Miller sería como el aletear de dos pájaros que se buscan incesantemente, pero resultó más bien la abatida de un kamikaze sobre un poblado asiático.

 

En la región lumbar, a la izquierda, Monroe presentaba una ligera equimosis, un hematoma cárdeno resultado de una pequeña hemorragia ocurrida dentro de los tejidos (…) Examen externo: el cuerpo sin embalsamar pertenece a una mujer caucásica de treinta y seis años y buena constitución, sana, con cincuenta y tres kilos de peso y un metro sesenta y seis de estatura. El cuero cabelludo está cubierto por una melena de color rubio oxigenado. Ojos azules…

(Dr.Thomas Noguchi, forense que practicó la autopsia a Marilyn Monroe).

Aquella película comenzaba casi únicamente con Marilyn en la pantalla. Un cojunto de planos y contraplanos y unas frases rápidas, pero contudentes. Sus pies debían moverse lentos y sensuales mientras atravesaba una sala con un piano justo en el centro. Sabía que los estudios no le quitarían los ojos de encima y sintió que la angustia, que llevaba unos minutos luchando dentro de ella para salir y cogerla por el cuello, estrangularla hasta dejarla K.O. y luego reírse con todos los demás de aquella pobre rubia estúpida, le enganchaba el corazón como un garfio en el brazo de un psicópata. Se fue al bar y cogió una botella de champán que descorchó ella misma. Lo bebió caliente. Solo quería notar aquel cosquilleo de las burbujas subiéndole por la nariz. Eso solía hacerle sentir bien. Champán caliente… No, no era tan difícil hacerla feliz.

Oyó que llamaban a la puerta. Nadie fue a abrir. Volvieron a llamar y ella gritó el nombre de su ama de llaves para que acudiera a ver de quién se trataba. Nadie contestó. Se acercó ella misma. El timbre la estaba poniendo aún más nerviosa. Al otro lado de la puerta vio a un chico asustado, de unos quince años que le enseñaba un bloc de notas y un bolígrafo. Ella se los arrebató de la mano.

―Date la vuelta chico ―le ordenó.

―¿Qué? ―preguntó él incrédulo.

Marilyn dejó la botella en el suelo, agarró al chico por los hombros y le giró sin decirle nada más. Apoyó el bloc de notas entre los omoplatos del asustado muchacho y le escribió algo. Después, le devolvió el bloc y el bolígrafo, recogió la botella del suelo e hizo ademán de cerrar la puerta.

―Ni siquiera le he dicho mi nombre ―le dijo el chico que impedía con su mano que la puerta le apartara de ella.

―¿Por qué no la lees, chico? ―Hizo una pausa mientras escudriñaba el rostro del joven―. ¿Qué es un nombre, al fin y al cabo? Solo una manera de facilitar a los otros el trabajo de conocernos.

Él leyó la nota y se ruborizó. La rubia le lanzó un beso y le guiñó un ojo. Entonces pudo volver al interior del hogar. Al entrar de nuevo en el salón vio a la señora Pepitone con su cara inquisidora allí de pie, con sus pequeños ojos grises clavados en su cuerpo como si quisiera atravesarla de parte a parte.

―¿Dónde estabas? ―preguntó Marilyn sin mostrar ni un asomo de enfado―. Han llamado a la puerta, pero ya está. Era solo un chico. Un chico sin nombre ―dijo esto último con cierta amargura.

―Son las seis de la tarde.

Marilyn se quitó los zapatos negros y se tumbó en el sofá. Dio un trago largo directamente de la botella de champán, dejando que este se derramara por el cuello. Observó a aquella mujer que se había convertido en su conciencia e hizo un gesto de fastidio.

―Vamos, tú también te habrás tomado tus copitas, ¿eh?

―Nunca a deshoras, señorita Monoroe. ―Aquella voz era una apisonadora para la actriz que se sentó y hundió la cabeza entre las manos. La dama de llaves se acercó a ella y le retiró el pelo de la cara. La tomó por la barbilla obligándola a mirarla a los ojos ―.Yo solo quiero lo mejor para usted. Y si para eso debo deshacerme hasta de usted, no le quepa la menor duda de que lo haré.

Marilyn se sintió palidecer. Realmente la voz de aquella vieja tenía un tono dulce, pero sus palabras habían sonado como un cuchillo contra un cristal helado que hacía rechinar los dientes.

Volvieron a llamar a la puerta. Esta vez, el ama de llaves salió sin decir nada más y fue a ver quién era. Ella aprovechó para darle un trago más a la botella. Oía voces en la entrada, pero no aparecía nadie. De pronto la señora Pepitone anunció: «El señor Sam Giancana y el senador Robert Kennedy, desean verle, señora». Y, por primera vez aquella tarde, la voz que apestaba a vejez pareció que se dirigía a la señora de la casa y no a una putita cualquiera drogadicta y esquelética de las que deambulaban por el bulevar.

Marilyn se puso en pie inmediatamente y los saludó dándole la mano grácilmente. Miró a aquel hombre enjuto del que no conseguía deshacerse y luego al moreno y más corpulento mafioso. Sabía que Giancana era una especie de dios de «Papá Dólar». Aquel tipo de sombrero de paja y gafas de sol podía hacerte subir como la espuma, hacer que una sonrisa tuya se cotizara más que un caza nuevo, ya lo demostró con Sinatra, pero, con la misma facilidad podía hundirte en el fango más miserable o limpiarte de la faz de la tierra, si no obtenía lo que deseaba de ti. Marilyn sabía que ella estaba mucho más cerca del segundo grupo y le temía.

Les ofreció una copa que el mafioso aceptó de buen grado.

 

«La encontraron ocho horas antes en una pequeña casa en Brentwood víctima al parecer, de una sobredosis de drogas. A Thomas Noguchi le advirtieron que exitía mucho interés de la prensa en el caso y sobre todo por altos cargos del Estado. (…) Su nombre no significaba nada: Norma Jean Mortenson. Fue solo después de haber leído el informe, cuando alguien le dijo que ese cuerpo perteneció a Marilyn Monroe».

 

―¿Qué os trae por aquí, chicos? ―Se percató de que Bobbie no se había quitado las gafas de sol―. ¿Has hablado con Jack?

―Sin hielo ―interrumpió Giancana señalando el whisky que la mujer le estaba sirviendo.

Ella hizo un gesto con las manos como queriendo quitarle importancia al error y sonrió nerviosa y soltó para perplejidad de los hombres:

―¿Sabes, Sam? Siempre que veo los cubitos de hielo pienso en el aquel poema de Robert Frost:

 

Unos dicen que el mundo terminará en fuego,

otros dicen que en hielo.

Por lo que he gustado del deseo,

estoy con los partidarios del fuego.

Pero si tuviera que sucumbir dos veces,

creo saber bastante acerca del odio

como para decir que en la destrucción el hielo

también es poderoso

Y bastaría.

 

―Me importa una mierda. Yo no soy Miller, rubia. ¿O es que te parezco uno de esos amiguitos tuyos amanerados a los que les gusta la poesía? ―soltó Giancana con una mueca hastiada en su duro gesto que a Marylin le recordaba tanto al párroco de la iglesia a la que su tía solía llevarla de pequeña para que no acabara como su madre―. ¿Cómo se llama ese…? Ah, sí, Capote.

Ella acabó de prepararle la copa sin levantar la mirada y con unas terribles ganas de llorar. No lo hizo porque se había prometido que jamás volvería a hacerlo delante de ninguno de los ilustres Kennedy. Bastantes lágrimas había derramado ya por ellos.

―¿Por qué debería haber hablado con Jack? ¿Sabes algo que yo no sé? ―preguntó de pronto Bobbie, soltando el guión que momentos antes había estado ojeando ella sobre la mesa, y tomando asiento en el sofá mientras se desabrochaba la americana y cruzaba las piernas.

―Oh, no sé ―alargó la copa a Giancana y se preparó un martini seco―, tal vez porque yo le pedí que lo hiciera.

Giancana tomó asiento en un pequeño sillón rojo situado junto al sofá, dejando que ella se situara junto al senador. Marylin obedeció la orden no dada y ocupó el lugar que le habían reservado sin contar con ella. Aquella visita la incomodaba y le preocupaba sobremanera. Dio un largo sorbo y tuvo la sensación de que el alcohol comenzaba a golpear su cabeza. El hombre sentado junto a ella, inclinó su cuerpo hasta dejar su nariz casi rozando la de ella.

―¿Querías decirme algo, Marylin? ―le preguntó mascando cada sílaba.

Ella entrecerró los ojos y soltó la copa sobre la mesa de centro que había frente a ellos. Giancana, bebía sin prestar atención a la escena, agitando el whisky dentro del vaso.

―Ya te lo dije, Bobbie.

―Quiero que lo repitas.

Ella le miró a los ojos sin aparentar miedo y le dijo con la voz más segura que pudo encontrar entre tanto miedo:

―No quiero volver a verte, Bobbie.

―Es todo lo que necesitaba, pequeña. Dame tu diario y nos iremos.

―Oh, Robert ―protestó ella con voz de niña fastidiada―, es mío. No puedo darte mi diario.

―Creo que no lo entiendes ―le dijo cogiéndola por la barbilla y besándola con fuerza. Miró al gánster y se puso en pie―. Es todo tuya, Sam. ―Volvió a dirigirse a la mujer―: Sé que os entenderéis a la perfección, pequeña. ―Se abrochó la americana de nuevo y se dispuso a salir.

―Dile a los chicos que pasen. Marylin los invita a una copa. ―Su sonrisa de cerdo volvió a su semblante. Se puso en pie y se sirvió otro whisky sin pedir permiso.

 

El sargento Jack Clemmons, comandante de turno esa noche, atendió la llamada que informaba de la muerte de Marilyn. Clemmons observó con detalle la escena y la posición del cadáver. No vio vasos ni frascos de medicamentos. Como dato curioso encontró la ventana rota de adentro para afuera. En la habitación no descubrió manchas de vómito ni otros fluidos corporales. Además, no había apuntes personales de la occisa. En fotos tomadas por el oficial que relevó al sargento Clemmons, se observan vasos y ocho frascos de píldoras en el piso de la habitación. Con lo cual se deduce que la escena del crimen fue alterada. Días después, el tapete de la habitación fue cambiado. Y para acabar de completar «las misteriosas transformaciones» en el cuarto de Marilyn, la noche de los hechos el ama de llaves llamó afanosamente a los obreros para reparar la vidriera rota.

 

Oyó cómo se abría y segundos después se cerraba la puerta que daba acceso a su casa, el único lugar del mundo en el que se sentía segura. Intentó mantener la calma y dio un sorbo más a la copa. En el salón irrumpieron dos tipos corpulentos que respondían al nombre de Toni y Franki. Ella los saludó desde el sofá, agitando levemente los dedos de la mano derecha y observando los movimientos de Giancana por el rabillo del ojo.

Los dos matones flanqueaban la puerta de acceso al salón con las manos a la espalda y los ojos clavados en Marilyn. No habían dicho nada, pero el deseo resbalaba por sus lagrimales como si fuera la saliva incontenible de un bebé después de ser amamantado.

El jefe les hizo una señal con la cabeza y los dos hombres, como si estuvieran en un ballet absolutamente ensayado se despojaron de la chaqueta a la vez y comenzaron a remangarse la camisa.

―Bien, Marilyn. Te echaba de menos. ―Cerró los ojos―. ¿Cuánto hacía que no nos veíamos?

―Desde que Sinatra y yo…

―Ah, sí, sí ―la interrumpió abriendo de nuevo los ojos―. Aquel desafortunado encuentro… ―Le sonrió―. Imagino que ya nos habrás perdonado.

Marilyn soltó la copa sobre la mesa, junto al guión, y se puso en pie. Dirigió una mirada interrogativa a los tres hombres y suspiró largamente.

―Sam ―dijo a modo de súplica―, sabes que una chica nunca se desprende de su diario personal.

―Verás, Marilyn ―repuso Giancana poniéndose también en pie―, no todas las chicas guardan los mismos secretos en sus diarios. Depende de… ―Dudó un momento―. Los secretos siempre acaban trayendo problemas. Es mejor no tenerlos, ¿no crees?

―Oh, vamos, Sam, ¿no pensarás que voy a contarle nada a nadie? Soy una buena americana. Estuve en Corea ayudando a nuestros chicos.

―No es eso lo que le dijiste al presidente.

―¿No pensarás que lo dije en serio?

―Prefiero no dejar ninguna posibilidad al azar. No importa las piernas que tenga el azar. Siempre es peligroso.

Ella se sonrojó ante las palabras del gánster. No soportaba que la trataran como a una estúpida porque no lo era. No importaba cuántos de aquellos hombres lo pensaran. La mayoría de ellos la llamaban estúpida cuando no podían llevarla a la cama, o cuando se sabían los últimos de una ficticia lista de posibles amores de la Monroe. Fulana no le importaba, aunque jamás había cobrado por follar con ninguno de ellos y, bien sabe dios, que en más de una ocasión debería haberlo hecho.

―No vuelvas a llamarme estúpida, Sam ―dijo con voz firme y se dispuso a abandonar la habitación.

Uno de aquellos tipos, el que respondía al nombre de Toni como si de un perro amaestrado se tratara, le cerró la salida y la agarró por el brazo. Ella le mordió la mano e intentó echar a correr. El tipo dio un largo alarido mientras le soltaba una patada en la espalda que la hacía caer. Entonces, el otro perro, Franki, se acercó a ella, la agarró por los pelos y la puso en pie mientras ella lloraba y suplicaba que la soltaran.

―¿Qué pasa aquí? ―la voz del ama de llaves irrumpió en la escena, quedándose petrificada ante aquella imagen.

Marilyn la miró con los ojos llenos de lágrimas y un gesto de súplica. No podía verbalizar su único pensamiento: «Señora Pepitone, no se vaya. No me abandone aquí con ellos». La vieja dio un paso atrás, hizo un movimiento de asentimiento con la cabeza y se fue.

―No has debido hacer eso, Marilyn ―le advirtió Giancana sin perder la compostura―. A mis chicos no les gusta que les hagan daño. En realidad a nadie le gusta que le hagan daño, ¿verdad? ―le soltó cínico con una sonrisa de medio lado y una bofetada que le sacudió la cabeza.

―Por favor, Sam ―imploró la mujer casi en un hipo―. En ese diario no hay nada que pueda interesaros.

―Deja que sea yo el que valore eso, preciosa y todo esto se te pasará con un par de analgésicos.

―No ―contestó Marilyn recomponiéndose como podía.

Los golpes no la obligarían a hacer lo que no quería hacer. Lo sabía. Nadie tenía que repetírselo. Lo sabía porque nadie, jamás, la había doblegado a bofetadas.

Toni se acercó de nuevo a la mujer y le soltó un puñetazo en las costillas que le cortó el aire. Marilyn lloraba mientras sentía cómo se aflojaban sus piernas. Fue Franki el que la pateó en el vientre. Ella se dobló sobre sí.

―Es una pena ver cómo una mujer que, aparentemente, lo tiene todo, se deja fustigar por dos bestias como estos por nada ―le soltó Giancana agachándose hacia ella―. Mira, muñeca ―continuó reincorporándose―, a mis hombres tendré que pagarles de algún modo y veo en sus ojos que quieren follar. ―Miró a su alrededor―. ¿Ves alguna mujer más por aquí? ―Volvió a echar un vistazo en derredor―. Tienes dos opciones: a) me entregas el diario y te follan sin más; b) no me entregas el diario y el dolor que sentirás cuando lo hagan será tan terrible que querrás estar muerta.

―¡No! ―gritó y el siguiente golpe, en el pecho, la tumbó de nuevo.

Entre Toni y Franki la cogieron por los brazos y la llevaron dentro. La señora Pepitone se asomó al salón.

―¿Necesita algo, señor Giancana?

―Indíqueme cuál es la habitación más alejada de la calle, por favor.

―Junto al lavadero. Por allí jamás pasa nadie.

―Bien ―dijo a modo de agradecimiento y se giró―. Ah, señora Pepitone ―volvió a decir sin interrumpir su retirada―, haga una llamada a ese loquero suyo. Hoy celebra una fiesta. Diga que llama en nombre de Marilyn Monroe… No le meta prisa.

 

De acuerdo con la información de los fenómenos cadavéricos se concluye: livideces fijas en rostro, cuello, tórax, porciones superiores de los brazos y el lado derecho del abdomen y lividez pálida que desaparece con la presión en el dorso y en la cara posterior de los brazos y las piernas. Se puede inferir que llevaba más de doce horas muerta y que la primera parte del tiempo después de muerta la pasó boca arriba y un poco hacia el lado derecho.

 

[1] Los fragmentos que aquí se reproducen fueron extraídos del artículo «Testimonio definitivo de la autopsia practicada a Marilyn Monroe» de Juan S.D. Toro en la web www.todosobrecine.webcindario.com

© Carmen Moreno. Todos los derechos reservados

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