La sembradora de silencio – relato

La sembradora de silencio – relato

La sembradora de silencio – relato

por | Dic 1, 2016 | Gracia Ortuño_Fernando, Relatos | 0 Comentarios

La sembradora de silencio

La sembradora_imagenTodo comenzó la noche en que los bramidos angustiosos y de socorro de la vecina de arriba inundaron mi apartamento. Como buen policía, con varias condecoraciones al mérito civil, mi deber hubiera sido salir escopeteado hacia arriba en cuanto se hubieran producido los primeros lamentos. Lejos de eso, sin embargo, reconozco que me frené al instante nada más oírla, no dando crédito primero, y con cierto regocijo después. Algo oscuro me impulsó a quedarme donde estaba en el sofá, al lado de mi querida Mariela. ¿Por qué no cogí el teléfono y llamé a una ambulancia? Y al igual que yo, supongo que el resto de la comunidad de vecinos, pues no se podría negar bajo ningún concepto que los alaridos tan espantosos de aquella mujer no los estuvieran escuchando al mismo tiempo centenares de personas en un radio de medio kilómetro a la redonda, sin faltar a la verdad. No entiendo por qué nadie llamó a una ambulancia, sabiendo que algo tan grave y mortal de necesidad le estaba ocurriendo a una vecina del cuarto. Bueno, sí, lo entiendo, por lo que a mí respecta. Pero ¿cómo era posible que los demás también tuvieran los mismos sentimientos de animadversión paralizantes para con ella, la misma renuencia por omisión que yo, si no conocían tal vez a la presunta fallecida de nada. En todo el vecindario, en todo el barrio. Por lo que a mí respecta la conocía muy bien a esta vecina, pero no por haber hablado con ella muchas veces. Todo lo contrario, apenas si le había visto la cara un par o tres de veces. Por lo que la conocía, ay de mí, era por los escandalosos estallidos de muebles y por los ruidos, las fiestas hasta altas horas de la madrugada y los gritos con los que siempre obsequiaba a sus familiares, sin saber nunca si eran causados por motivos de humor, resentimiento, odio o alegría, puesto que cuando la gente es tan bruta y palurda ni siquiera vocaliza bien, y lo mismo en cuanto a su casquería interna: es del todo imposible deslindar sus sentimientos positivos, -de hecho no creo ni que los tengan-, de una sola cosa: la vulgaridad pura de tomo y lomo inundándolo siempre todo en el ambiente.

Nunca, nunca cesaban los ruidos, como digo, el arrastrarse de sillas, los golpes a las puertas, a las paredes, los estampidos de todo tipo al mobiliario. Sin saber por qué en esa casa de arriba nunca paraban quietos, ni, al parecer, descansaban nunca. Todo lo contrario, siempre estaban armando jaleo, gritando y arrastrando muebles de un lado a otro. Nunca podías saber de antemano si aquella noche dormirías, o bien, como era costumbre ya desde hacía años, no pegarías ni ojo y por el contrario tendrías que irte a comisaría una vez más sin haber podido descansar siquiera tus tres o cuatro horas, mínimas para poder reponerte del cansancio inhumano que me abrumaba desde que vivía en ese bloque. Pero ella, esa era la verdad, controlaba la vida y el descanso de toda la comunidad, y a esto nada ni nadie, por lo visto, nunca había puesto remedio. Hasta que todo aquello ocurrió, de manera casi prodigiosa y fortuita, lo reconozco, si bien tan increíble para mí que todavía hoy sueño que me despiertan abruptamente en mitad de la noche, sin motivo aparente, y me sacuden de pronto unos espasmos de manicomio tan inauditos que no dejan lugar a dudas. Porque no se puede contar a nadie sin que el gesto del más asombroso escepticismo asome a su rostro, e incluso se ría de ti estando por un casual a tu lado mientras se producen esos espasmos inenarrables.Tal fue el caso de aquella fatídica y afortunada noche. Mariela sí que estaba despierta desde hacía horas, pero a mí me despertaron los gritos de la vecina alborotadora e insociable. Enseguida me cubrí y me fui al sofá. Ella se alarmó enseguida, parecía que a esa mujer de arriba le estaba pasando algo, o tal vez la estaban matando, no lo sabíamos bien. Mariela, como no era de la casa, quiso saber quién era la condenada. Le dije que era una impresentable que nunca me dejaba dormir. Ya muchas veces, le dije, he llamado a la policía. Ella se rio, diciéndome, “¡pero si la policía eres tú!”. Pero a veces, incluso siendo de las fuerzas del orden, en estas cosas ordinarias no se puede hacer nada, y uno puede estar bregando con ellas toda la vida, le contesté. “Si fuera tan fácil deshacerse de los energúmenos, prácticamente no viviríamos en sociedad”.

 

—No sé qué hacer, de verdad —le dije— esta mujer está más zumbada que una puñetera cabra del monte. Nunca, nunca, nunca, te lo aseguro, nunca me ha dejado dormir desde que vivo en este bloque. Ninguna noche, ninguna, se puede decir, he podido dormir más de dos horas seguidas. ¡Te lo juro!

—¡Pero si parece que la están matando! ¿No oyes los berridos tan inhumanos que está pegando? ¡No lo soporto más! ¡Te lo pido por favor, cariño: haz algo! Anda, llama a tus compañeros, tal vez sólo se encuentre mal, quizá sólo le duela el hígado. Pero tal vez no, posiblemente… ¡a lo mejor llegan a tiempo!

—Escucha, Mariela, te lo pido por favor, esto no es lo que parece. Esta mujer, no es ninguna santita, ¿sabes?  Está mal de la chaveta, le falta un tornillo desde que fue concebida, incluso tengo mis dudas de que fuese el espermatozoide más rápido en llegar al óvulo, ¿sabes? No puede ser, no puede ser, iría en contra de la naturaleza. Yo no quiero complicaciones con ella, además, de verdad, ¡es un bicho, un bicho! Esta mujer de arriba siempre está igual. Mejor no meterse en berenjenales, ¿sabes? Cuando no es una cosa es otra. Cuando no tiene visitas, se pone a arrastrar muebles, cuando no le grita a su marido, le grita a sus hijos, y cuando no golpea el mobiliario, da golpes por todos los tabiques y por todas las puertas. Nunca puedes imaginar el estallido de golpes y ruidos que va a organizar a priori en décimas de segundo. Estoy verdaderamente harto de ella, pero una cosa está clara: yo arriba no subo a estas horas de la madrugada. Ya la pueden estar matando, que me da igual, oye. Estoy harto, ya, no la soporto más. Además, que llame su familia a la ambulancia, que para algo la tiene, aparte de para abochornarla a gritos y humillaciones.

Mariela es tan dulce, y, sobre todo, tan normal, tan natural, que jamás se podría imaginar una cosa con patas como la vecina esta de arriba, pensaba para mí, mientras trataba de escurrir el bulto. No había manera de pararla, pero los gritos continuaban y llegaban a hacerse insoportables, incluso para mí. A medida que pasaba el tiempo, no sólo se incrementaban, sino que aumentaban en intensidad. De ese tipo de gritos que te ponen la piel de gallina, gritando por ejemplo: “¡Socorro, socorro, ayúdenme, me estoy muriendo, me matan, me están matando, no, no, me duele, no, noooo, ay, ay, ayyyyy!”. Ni lo podía soportar ni lo aguantaba, me daba tanto asco, además…, y yo, y Mariela…, estaba en un tris, sin decidirme si ponerme algo y subir a ver si podía ayudar a mi verdugo de todas las noches durante quién sabe cuántos años, o bien cruzarme de brazos y dejarla morir como un perro sarnoso como era mi deseo más ferviente. Era una situación verdaderamente insoportable, pero por Mariela… ¡Ay Mariela!, todavía me hacía sentir remordimientos a priori, haciéndome chantaje emocional a su manera, sin comprender nada. A medida que pasaba el tiempo me encontraba más comprometido. Ella en cambio se mostraba más furiosa conmigo, por no decidirme a mover un dedo por aquella desgraciada gritona que tanto me había amargado la vida. Sabía que a ella le preocupaba la vecina, porque se imaginaba que era como ella, una persona, no sólo normal, sino adorable como ella misma. Pero eso era algo tan descabellado, tan infantil e inmaduro, y por supuesto no era el caso. Es por esto que tuve que tratar de acallarla como fuera. Estaba más claro que el agua: Mariela no lo entendería jamás.

—Escucha, Mariela, corazón de mi vida, ¿no sabes acaso que en este mundo tan sucio e ingrato no todo el mundo es como tú? ¿No sabes que no todos son angelitos adorables traídos por el misterio del azar desde el cielo? No, no lo sabes, porque no estás aquí viviendo todos los días en este infierno de gritos, malos modos y acometidas furibundas, insoportablemente infames, no, no lo podrías saber jamás ni aunque nacieras un millón de veces, puesto que sólo vienes de vez en cuando a verme. Y, además, tú que eres de otra pasta, tú que no eres de este mundo, Mariela, créeme, pero escucha: no te atabales con tanto grito, ven al comedor, que no se oyen tanto, no le hagas caso, olvídalos, nos pondremos a ver la tele alta, para no escuchar a esa majadera. Ven, Mariela, ¿quieres?, todos los días, vente a vivir conmigo una temporada, por favor, y verás cómo son las cosas y las personas en la realidad. Desde fuera todo parece otra cosa. No sé si incluso así lo comprenderías tal como lo entiendo yo, tal como lo vivo yo.

—Es igual, no me importa, pero haz algo, pobrecita. ¡Si no la matarán!

—No, Mariela, no. No puedo, es superior a mis fuerzas, no moveré un dedo por ella, aunque la estén matando el mismo súcubo y un centenar de demonios con un centenar de tridentes al rojo vivo, no subiré, lo tengo muy claro. No, no haré nada por esa cosa con patas de allá arriba. ¿Te acuerdas cuando un día nos la encontramos en el ascensor y tú me preguntaste quién era, y luego en casa no quise contestarte en ese momento porque me entraron arcadas? Pues era ella, Mariela sí, era ella. Ese rostro tan asqueado y asqueroso al mismo tiempo, como hediendo u oliendo su mismo tufo, esa cara tan verdaderamente horripilante y repulsiva, o tal vez debería decir, asquerosa, esa cara nauseabunda, ese rostro tan inhumano, avejentado por su misma y purulenta asquerosidad, esa cosa era ella, y estaba tan lleno de arrugas y meandros, tan arrugado por esa cochambre infecta y podrida que le surcaba la cara, que su misma e intensa mirada supurante no arrojaba más que asco al mundo, escupiendo purulento desprecio. Y si bien, por lo que parece, era ella misma la que tal vez le repudiaba al mundo, sin darse cuenta, ni haber diferenciación posible, ni de sí misma ni de nada, pues ese rostro tan purulento y monstruoso, esa cosa inexorablemente sucia, inmunda y repelente a más no poder, era ella y el mundo en su conjunto al mismo tiempo, pero el lado más asqueroso y podrido del mundo, claro: era ella la que veía en el mundo su propio y espasmódico reflejo en forma de repugnante vómito, tan podrido por dentro como ella misma desde que nació el germen de su pútrida estirpe.

—¡Pero escúchame…! Por…

—Por eso te digo, Mariela, que aunque no me creas todo esto que te digo, créeme por lo menos en una cosa, y es que te aseguro que es así, y lo que es más: si todavía mañana, cuando todo haya acabado y ese ser antinatural y apestoso siga vivo en el otro mundo, sintiendo  tan inenarrable asco de sí misma y del mundo como en una unidad inextricable, (tal vez más todavía en ese otro mundo), hediendo y oliendo, apestando, oliéndose y hediéndose a sí misma todavía, como ahora, cuando todavía me tortura psicológicamente con todas sus artimañas de bruja infecta sólo de pensar en ella, si siquiera vivo ese ser allí en el más allá, digo, estoy convencidísimo que el mismo Dios lo arrojaría asqueado a la cloaca más infecta del Averno, junto a las más abominables criaturas del infierno de Dante, e incluso más, si pudieran imaginarse alguna vez seres tan abominables, inmundos, repulsivos y asquerosos como ella. ¿Te gustaría, por ejemplo, Mariela, alguna vez meter en la boca de los moteros sus apestosos tubos de escape para que dejaran de joder la marrana y contaminarnos por la calle en todo momento tal como hacen, pero de una puñetera vez? Sí, tendrían que hincharse como globos contaminantes hasta reventar con sus propios gases mortíferos, tal vez así se dieran cuenta de que están contaminando el ambiente y a las personas, además de armar un alboroto de escándalo con sus motorcitas trompeteras. ¡Que reventaran de una vez como globos estáticos de contaminación en el éter! ¿No te gustaría acaso, como hizo un inglés hace poco en la televisión, arrancar un listón de madera de la calle y liarte a tablazo limpio contra todos los imbéciles que no hablaran en tu idioma, no, mejor: arremeter contra todos los idiotas que día y noche están jodiendo la marrana, liarte a mamporros contra toda esta invasión de hijos de mala madre que invaden el mundo, a los que nadie ha dado su merecido todavía, ni ha puesto en su lugar?

—¡Pero, pero, cariño mío, qué te pasa, tranquilízate…! De verdad que no eres tú, no eres tú, cálmate, por favor. Lo cierto es que no te reconozco. ¡Pero qué te habrá hecho esa pobre y desconocida mujer! ¡Qué te habrá hecho el mundo! Anda, ve siquiera y llama a tus amigos policías, sólo por si ellos quisieran personarse, pero por favor: ¡salva la vida de esa mujer!

—Imposible, Mariela. Ya es demasiado tarde. Esa cosa ruidosa ya no está en el mundo de los vivos. ¿No oyes qué silencio tan abrumador y confortable se ha hecho de repente, no lo sientes, acaso, después de tanto tiempo? Es como si un cuerpo muy pesado hubiera de pronto caído al suelo, y nada más, como una losa inmensa como el tiempo que se acaba de desplomar definitivamente. Tú no has podido oírla, Mariela. No sé si podré alguna vez, tal vez dentro de muchos años, no sé si podré ahora ya acostumbrarme a este silencio tan perfecto.

 

© Fernando Gracia Ortuño. Todos los derechos reservados

Escritor.

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Redaccion Relatos

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