Ladrones de estiercol – reseña

por | Oct 31, 2016 | Arinas_Txema, Guirado_Nacho, Reseñas | 0 Comentarios

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Milwaukee. Madrid 2016. 219 págs.

 

 

Foto y datos del autor

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Nacho Guirado, nacido en Oviedo en 1973 y residente en el concejo asturiano de Sariego, ha publicado hasta ahora siete novelas y un libro de relatos, además de participar en varias publicaciones colectivas. Destacan, entre su obra, las novelas No siempre ganan los buenos, premio de narrativa de la Diputación de Guadalajara y Lo que sé del amor, Premio “Principado de Asturias” de la Fundación Dolores Medio, y el libro de relatos Retratos de familia, premio Alfonso Grosso del Ayuntamiento de Sevilla.

Sinopsis de la obra

El protagonista de la novela, Fabián, tras haber perdido sus ahorros, su puesto de trabajo como inversor financiero a comienzos de la crisis económica, y por poco a su esposa Liliana, se ve recluido en una vida rural que no quiere, sin dinero, sin coche, sin acceso a Internet ni teléfono móvil. A Fabián no le queda más remedio que ejercer de jardinero, chófer y manitas en un entorno repleto de personajes singulares donde no todo es lo que parece.

Ladrones de estiércol narra con tintes de humor los odios enconados que larvan la vida rural, los negociados en que terminan por volverse muchos matrimonios, los peligros de la infidelidad, la difícil relación entre padres e hijos, las consecuencias del ojo por ojo y diente por diente, y lo que algunos son capaces de hacer por conseguir sexo o dinero.

Reseña

¿La novela negra un género exclusivamente urbano?

            Una vez más ardía en deseos de reseñar en este medio la última novela de Nacho Guirado; uno debe ser fiel a los escritores que le hacen feliz y todavía más si encima son contemporáneos y cercanos, tanto en lo geográfico como sobre todo en lo literario. Ya lo había sido en anteriores ocasiones con No siempre ganan los buenos (Ediciones B – 2206) y No Llegaré Vivo al Viernes (Ediciones B – 2008), dos novelas negras que yo no dudo en calificar de deliciosamente clásicas, cada cual a su modo. Así pues, y confesando de antemano que cuando emprendí la lectura de Ladrones de Estiércol (Editorial Milawaukee – 2016), lo que esperaba de Guirado era una novela negra al uso (el título, no me lo negarán, así parecía insinuarlo), sin preocuparme mucho por saber  de qué iba la novela, algo que sólo se hace o hago cuando confías en el autor, esto es, cuando te da absolutamente igual lo que escriba porque lo que buscas es la voz, no el tema o género.

Sin embargo, y aunque empieza con un robo, o lo que es lo mismo, arranca del modo más clásico en el género, presentando un crimen o hecho luctuoso para su posterior  resolución, eso es lo único que atestigua el flirteo de esta novela con los cánones más estereotipados de la novela negra. De hecho, el propio Nacho Guirado ha comentado en más de una ocasión que no se considera un escritor de novela negra en exclusiva, que lo que de verdad le pone es frecuentar todo tipo de géneros o ninguno. A decir verdad, he leído por ahí que Ladrones de Estiércol es la primera incursión de su autor en el género humorístico, e incluso en el realismo rural o algo así. Lo que sea con tal de poder colgar una etiqueta para salir al paso a la hora de rellenar las notas de prensa, la crónica de la presentación de un libro, una entrevista con el autor y cosas por el estilo.

Dicho lo cual, no me queda otra que abortar mi reseña de Ladrones de Estiércol para Solo Novela Negra. Debería o debo hacerlo por obediencia al director de esta revista que no hace mucho nos recordó, y con razón porque cada cosa tiene su sitio, que nos atuviéramos a las reseñas de novelas negras y a ser posible también de la cosecha del año en curso. De ese modo, y aunque Ladrones de Estiércol es una novela que ha satisfecho una vez más y con creces lo que esperaba de su autor, para mí un delicioso bocado de realismo contemporáneo con una mirada tan tierna como irónica sobre el medio rural y en especial sobre las relaciones de pareja con uno de sus protagonistas en pleno intento por emprender una nueva vida tras un naufragio profesional, desisto de enviar una reseña a esta revista dedicada en exclusiva al género negro.

Pero también he visto que el autor presentó Ladrones de Estiércol en la Semana Negra de Gijón de este año y también en la última edición de Getafe Negro. Así pues, y aun manteniéndome firme en mi propósito de respetar las normas de la dirección de SOLO NOVELA NEGRA por mucho que otros utilicen criterios mucho más amplios en sus programas por la razón que sea, esto es, ignorante de si uno de esos criterios es acoger los nuevos trabajos de autores que han destacado en el género a modo de gratitud o por rellenar el programa a toda costa, no me queda otra que preguntarme por qué no podríamos emplazar también Ladrones de Estiércol en el género negro. ¿Tan estrictos tienen que ser los criterios que determinan si una novela pertenece o no a tal o cual género? ¿Quién establece esos cánones después de que en los últimos años, y acaso como respuesta al anquilosamiento que sufría el género, la mayoría de autores “negros” se los hayan saltado a la torera con la excusa de la experimentación para abrir nuevos caminos? ¿Acaso no estamos en la época de la “transversalidad” como palabro de moda, no puede una novela pertenecer a varios géneros a la vez, o es que si lo hace ya no pertenece a ninguno?

A decir verdad, la novela de Nacho Guirado me anima a plantearme una vez más mi duda, cuando no recelo puro y duro, acerca de los a veces extremadamente estrechos y prejuiciados criterios que los entendidos del gremio utilizan para colocar el marchamo de negra a una u otra novela. Y me lo planteo sobre todo para lo que tiene que ver con la novela de trasfondo rural cuando ocurre un crimen en ésta o se desarrolla en un ambiente sórdido de mucha violencia y con muchos y variados comportamientos delictivos. Lo hago porque tengo la sospecha de que para muchos la novela negra es un género exclusivamente urbano, motivo por el que hoy en día, y por mor de abrir el género a otras narrativas que no tengan como único objetivo la resolución de un crimen tal y como nos tienen acostumbrados los pioneros americanos que todos ya sabemos y por eso huelga citarlos, parece, o más bien está ya comúnmente aceptado, que toda historia que se desarrolle en terrenos de la delincuencia o la marginalidad, en la violencia como norma o siquiera como protagonista, todo aquello que venga acompañado de un halo de sordidez o mal rollo con final gore al canto, va de cabeza al saco de lo negro.

Pero claro, ése parece ser el criterio siempre y cuando la historia transcurra sobre el asfalto y el hormigón, porque si hablamos de una historia con un cadáver abatido a tiros por el sicario del señor posfeudal de una pequeña pedanía gallega, como resultado de las pasiones desatadas a su alrededor, estamos hablando de una novela naturalista y de época como Los Pazos de Ulloa, de Emilia Pardo Bazán. Y si hablamos de una historia protagonizada por seres marginados en un entorno sórdido, truculento por momentos y donde las escenas de violencia extrema son frecuentes, pero que sin embargo trascurre en el mundo rural de Extremadura, entonces estamos ante la obra cumbre del tremendismo de Cela en su La Familia de Pascual Duarte y no delante de una novela negra de Juan Madrid, Carlos Zanón, Andreu Martín o alguien por el estilo. Incluso si seguimos las correrías de un quinqui adolescente que vive de perpetrar pequeños robos y es acosado sin cesar por la Guardia Civil hasta su trágico desenlace final,  pero todo esto ambientado en los montes de León, no tendremos una novela negra de Paco Gómez Escribano o Alexis Ravelo sino el Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera de Ramiro Pinilla. Incluso podríamos traer a colación Intemperie de Jesús Carrasco, uno de los últimos hitos literarios de la literatura española, una historia que a mí se me antoja un exquisito western contemporáneo en pleno páramo extremeño, y que siendo como es el relato prolijo en metáforas y un ejemplo del puntillismo descriptivo, bien podría haber pasado, de no transcurrir todo el rato a la intemperie, en una de las historias del también prolijo en metáforas y aficionado al puntillismo descriptivo Montero Glez, o cualquier otro de los que dicen que para ellos el género negro es una excusa como otra cualquiera para hacer literatura de altos vuelos. Sin embargo, todos sabemos que no se pueden considerar ninguna de las obras antes citadas como ejemplos de novela negra, que insinuarlo como yo hago puede que hasta raye la blasfemia para los que hacen de la cosa de las letras una especie de sacerdocio o la asumen como un credo.

En el fondo, todo esto de los géneros no deja de ser una recua de convencionalismos al dictado de los que gustan de acotar los terrenos de las letras para la cosa comercial y pare usted de contar. Y por eso mismo me tengo que aguantar y no puedo adscribir este Ladrones de Estiércol de Nacho Guirado al género negro aprovechándome de la laxitud con la que se suelen adscribir hoy en día otras novelas a poco que cumplan con uno de los requisitos antes citados, el de hablar de seres marginales o directamente delincuentes y que la violencia, lo sórdido, campe a sus anchas por todo el texto. Y ello, tanto porque el mismo Nacho lo ha descartado, como porque nadie me ha contestado todavía a la pregunta que he planteado a lo largo del penúltimo párrafo: ¿es o no es la novela negra un género exclusivamente urbano?

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Reseñada por © Txema Arinas. Todos los derechos reservados.

Licenciado en Geografía e Historia. Novelista. Ensayista. Traductor. Docente.