Las Rubias y el Género Negro – María Inés Krimer

por | Dic 22, 2016 | ET-Maria Inés Krimer, Extrañas en un tren

Hoy sube a nuestro tren una gran escritora de la que me gustaría resaltar una frase:

‘El idioma no es inocente y hay momentos en los que no se puede mirar para otro lado’.

Quien piensa algo así es, sin duda,  una persona comprometida con el mundo que le ha tocado vivir, y una gran mujer.

Gracias, Maria Inés Krimer, por todo ello.

Las rubias y el género negro

Chandler-cara  “Todas las rubias tienen sus cualidades, salvo las metalizadas que debajo de la tintura son tan rubias como un zulú, y cuyos corazones son tan blandos como un bloque de hormigón. Tenemos la rubia bonita y menuda que ríe y gorjea y la rubia escultural que te mantiene a raya con una mirada gélida. Tenemos la rubia de mirada sumisa de aroma delicioso que se aferra al brazo y están tan, pero tan cansada cuando uno la acompaña hasta la puerta. Hace un gesto de impotencia y dice que le duele la cabeza y uno tiene ganas de darle un buen puñetazo, pero suerte que me di cuenta antes de perder más tiempo y dinero y esperanzas con ésta…” Una no puede más que sonreír ante la incorrección política del celebrado párrafo de Chandler en el El largo adiós, que evitó las críticas feministas solo por el prestigio de su autor (y, hay que reconocerlo, por lo bien escrito que está).

La misoginia del género negro viene desde Poe. En el policial clásico todas las mujeres son víctimas, como la madre y la hija en Los crímenes de la calle Morgue, en las novelas de Chandler son las asesinas, un podio no muy deseable, por cierto. Pero las cosas están cambiando, según comprobamos en la creciente incursión de autoras que intentan dar una vuelta de tuerca al asunto. David Viñas, en Literatura argentina y realidad política, señala el inicio de nuestra literatura con una metáfora mayor, una violación. Alude al cuento El Matadero, de Esteban Etcheverría, donde cuenta que unos matarifes de Rosas vejan a un joven unitario. Este arco de violencia pasa por Arlt, Borges hasta llegar a Walsh. En Argentina es inevitable mencionar a Borges. En la apropiación que hace de los textos de Stevenson y Conrad hay una violencia explícita. Similar operación comprobamos en la escritura femenina que busca, mientras toma nota de la fórmula, distanciarse para encontrar la propia. Eso lo señaló muy bien María Angélica Bosco, autora de La muerte baja en el ascensor, quien, ya a fines de 1950 no tuvo necesidad de trasladarse a París o a Los Angeles para anclar la trama: las cosas pasaban en Buenos Aires, en la plaza San Martín o en el barrio de Devoto. Novelistas como la reconocida Claudia Piñeiro, Alicia Plante, Gabriela Cabezón Cámara y Selva Almada, entre otras, siguen escribiendo el género, encontrando nuevos tonos y formas. En el último premio Hammett de la Semana Negra de Gijón se armó un interesante contrapunto respecto a la ausencia de mujeres entre los finalistas. ¿Permite el género negro nuevos abordajes? ¿Pueden las mujeres ingresar en los espacios de los padres fundadores? Eugenia Almeida, quien escribió la novela La tensión en el umbral decía en un reportaje publicado en el diario La Nación: “¿Es posible, leyendo a Patricia Highsmith, adivinar que quien escribe es una mujer? Yo diría que no, toda escritura que sirve para reforzar prejuicios me aburre. Siempre escribo sobre lo mismo: lo que falta, lo que no está, lo que se calla. A veces toma la forma de un policial, a veces de un poema. A medida que una escribe, el texto va buscando su nicho”.

Mi vinculación con el género negro viene de las historietas que leía de chica, desde La pequeña Lulú hasta el Tony o Misterix. Después vinieron los policiales que papá traía de una biblioteca pública. Cuando fui convocada por Juan Sasturain para la colección de Negro Absoluto, donde publiqué la saga de la detective Ruth Epelbaum (Sangre kosher, Siliconas express y Sangre fashion) intenté que mi personaje no fuera una femme fatale ni una viejita asexuada sino, al decir de mi editor: “Una mina argentina que termina –se va haciendo- policía”. Noxa, publicada este año por Revólver, tiene como protagonista a Marcia Meyer, una periodista separada, quien en medio de una investigación se toma una pausa para sus touch and go mientras una nube de agrotóxicos cubre el pueblo.

Con el descalabro del sistema capitalista hay una violencia que va de arriba hacia abajo y se expande sin encontrar el verdadero enemigo. Las narradoras seguimos haciendo equilibrio en la cornisa, distanciándonos de los modelos centrales y buscando personajes que tengan algo más que curvas o tinturas en sus cabezas. Ya lo dijo el apócrifo Vernon Sullivan: con las mujeres nunca se sabe.

María Inés Krimer nació en 1951 en Paraná, Entre Ríos. Publicó Veterana (1998, cuentos), La hija de Singer (2002, novela, Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes) El cuerpo de las chicas (2006), Lo que nosotras sabíamos (2009, novela, premio Emecé),  Sangre kosher (2010, novela, Aquilina, traducida al alemán y al italiano) y Siliconas express (2013, novela, Aquilina) En el 2011 ganó el Letra Sur con La inauguración.  El año pasado salió  Sangre Fashion, tercera parte de la saga de la detective Ruth Epelbaum y en agosto Noxa, editada por Revólver. Sus relatos integran diversas antologías y es asidua concurrente a los festivales del género negro. Reside en Buenos Aires.

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