Leonardo Padura, desolación y ternura

Leonardo Padura, desolación y ternura

ENTREVISTAS

Leonardo Padura, desolación y ternura

May 2, 2017

Miguel Ángel Contreras Betancor| Las Palmas de Gran Canaria | Corresponsal en Canarias

He tratado de reflejar desde Cuba conflictos que atañen al ser humano en sentido general pero ubicados en un contexto tan específico y propio como es el cubano.” Leonardo Padura


 

Leonardo Padura, desolación y ternura

Por Miguel Ángel Contreras Betancor

Un isleño que habla con otro isleño; cada uno en una isla distinta y ambos en el mismo archipiélago, colgados de su respectivos teléfonos, mientras el sol avanza tímidamente iluminando (por imperativo legal) una jornada que podría deparar sorpresas o la simple cotidianidad; tan normal para uno de los isleños como extraordinaria para el otro, que no es cualquiera pero es uno más. Que no se ha ido, porque si lo llega a hacer nos habría dejado huérfanos de realidad, pero no de su realidad, sino de esa otra tan esquiva a la verdad de la decencia, de una ternura casi siempre desolada. Y mientras el isleño preguntón va a por la siguiente cuestión, el escritor habanero solicita una breve pausa, porque desde el aeropuerto en el que se encuentra esperando su turno, despega un avión con rumbo desconocido.

Leonardo de la Caridad Padura Fuentes (La Habana, 1955) es uno de los grandes maestros de la literatura negra, un espacio para contar historias que se ha nutrido del caudal de ese río llamado realismo; desde su génesis decimonónica, Pérez Galdós mediante, hasta la novela social del siglo XX. Y hablando del estilo narrativo, de esa caja de códigos, le pregunto a Padura que opina de que Élmer Mendoza haya comentado que en Hispanoamérica, más que novela negra, lo que allí se escribe es realismo puro, sin un ápice de magia.

Tanto en la literatura que tiene más carácter histórico como en la novela policíaca, trato de hacer una crónica de lo que ha sido la vida cubana contemporánea. A veces me voy a la historia, otras veces uso los recursos de la novela policíaca: la investigación del mundo del crimen, que en Cuba no es especialmente violento; no tiene nada que ver con el mundo de Élmer Mendoza, pero que puede reflejar los conflictos de una sociedad que tiene una serie de características muy peculiares con las cuales se debe tener un cierto cuidado.

Y esa precaución que apunta el novelista no es otra que la de evitar sucumbir a la tentación de observarse el ombligo (el localismo) y caer en un estado cercano al éxtasis, antesala de la mediocridad. Del párrafo moribundo.

Si bien la literatura trata de reflejar lo peculiar como elemento atractivo para atraer al lector, a la vez debe tener una mirada más universal. He tratado de reflejar desde Cuba conflictos que atañen al ser humano en sentido general pero ubicados en un contexto tan específico y propio como es el cubano.

La conversación prosigue y sin que nadie se lo espere (es una broma) entra en escena Mario Conde, el Conde, ese tipo que no duda en calificarse como un “nostálgico de mierda”, que empezó a mostrarnos La Habana (y Cuba por extensión),  desde el asiento de un coche de policía y que, cosas de la vida y de su creador, ahora es el exteniente investigador arrastrado, que va a la caza y captura de libros antiguos y mantiene esa visión desencantada de la vida, pero en ese personaje, que Padura niega que sea su alter ego, pervive una gran cualidad: es un tipo decente. En definitiva, Conde es tanto un cronista del descalabro social como de la ruina del paisaje urbano de la metrópolis.

La realidad cubana ha sufrido un deterioro muy visible en los últimos 25 o 30 años, porque hasta los años 80 vivimos en un estado social y económico que era totalmente ficticio, porque dependía de lo que la Unión Soviética, buenamente o no tanto, nos enviaba. A partir de ahí, el país se encontró consigo mismo y comenzó una etapa de crisis muy profunda: desde lo económico hasta lo social.

Ante esos cambios de semejante calado, no todos encuentran un proceso de adaptación idóneo, y de ese mundo que cambió para siempre y de lo que está surgiendo “y al que tanto trabajo le cuesta adaptarse, Mario Conde va haciendo ese recorrido por la vida cubana y por su ciudad.” Porque, tal y como recuerda el autor, “la novela policial es de carácter muy urbano y por eso la estructura de la ciudad es tan importante en mis libros. A lo largo de estas novelas he hecho un recorrido por los distintos barrios y estratos sociales de La Habana con la intención de que se vea esa diversidad que ha nacido a partir de la homogeneidad que existió en épocas anteriores.”

Y por aquí aparece el hecho biológico, vamos, que los años pasan para todos llenando el equipaje de recuerdos buenos, malos o regulares que se llevan con mayor fortuna o escaso garbo y Mario Conde no está al margen porque ha tenido un proceso de envejecimiento (paralelo al de su creador) “ese envejecimiento lo hace cada vez más nostálgico y de alguna forma, incluso conservador, y va mirando el pasado como esa oportunidad que tuvo, que pasó y que para él terminó siendo una equivocación.” Posiblemente, ese error al que se refiere Padura no sólo se debe anotar en la columna de pérdidas del Conde, a lo peor “también fue una equivocación del país.”

Qué mejor momento para recordar cierta reflexión de Mario en ‘Pasado perfecto’ cuando alguien le reprochaba que fuera el representante de una generación escondida: “Me decía que éramos una generación sin cara, sin lugar y sin cojones.”

 

Casi invisible y una deuda

 

Si fuera menester (tal vez) podría calificar como una paradoja, un absurdo o simplemente una contradicción, el día a día del novelista (Premio Nacional de Literatura de Cuba, 2012) en un país cuyos gobernantes (permítaseme la ironía) son muy poco dados a la autocrítica; prefieren las adhesiones inquebrantables, y nada partidarios de la crítica; les puede más la censura del pensamiento, la palabra o las reivindicaciones ciudadanas. Pues con esos mimbres y como alguna vez ha dicho Padura, él en Cuba es una persona “semivisible”, que ha sido testigo de hechos tan absurdos como la desaparición de libros, incidentes que algún despistado podría achacar (sigo con la ironía) a la corriente del realismo mágico que sobrevuela la región, aunque cada vez en menor grado y sin apenas gracia.

Vivo con relativa tranquilidad y aprovecho todo el tiempo que tengo en Cuba para escribir aunque a veces se me complica un poco por compromisos sociales, pero participo normalmente de la vida literaria cubana, aunque esa normalidad no siempre es total. Hace poco se iba a llevar a cabo la presentación de una edición ‘Del hombre que amaba a los perros’,  el acto no se celebró “y  esos libros no sé dónde están”, dice Padura, y añade que “cuando se presentó ‘Herejes’, de la cantidad de ejemplares existentes” una parte de los mismos se evaporó. Magia en estado puro.

Esa situación que vive, más próxima al limbo, se repite con los medios de comunicación a lo largo y ancho del territorio isleño: “Me entrevistan poco en los periódicos y no salgo nunca en la televisión, pero lo más importante es tener allí mi espacio para escribir.” Porque él es un escritor cubano (y también español) y La Mantilla es su barrio, y ese lugar es tan importante porque es un “tema que tiene que ver con la pertenencia. Porque la sustancia, la inspiración, la motivación y los personajes están en Cuba”, hasta el extremo que más que habanero se siente de ese espacio geográfico en el que también nacieron su padre y su abuelo. Y ahora llega el momento de hablar de una deuda.

Quien haya leído alguna de las ocho novelas que de momento componen la saga de Mario Conde, [http://leonardopadura.com/] sabrá que uno de los grandes amores del otrora policía y hoy buscador de libros viejos, era y es (además de Tamara) la literatura y su sueño era convertirse en escritor: “¿así que tú eres un policía que lee?” (‘La cola de la serpiente’), le preguntó una vez su antiguo jefe, el mayor Rangel. Pero el discurrir de los años y el peso del desconcierto que siempre provoca el desengaño, “la ruta de los recuerdos de Mario Conde siempre terminaba en la melancolía”, apartaron de él ese objeto del deseo. Pero en contra de lo habitual, hay deudas que es mejor pagar, más aún cuando el receptor es un buen tipo y en ‘La transparencia del tiempo’, la nueva novela que vuelve a protagonizar el Conde y cuya publicación está prevista para este año, Padura hace realidad ese anhelo.

En esta novela Mario Conde escribe. Creo que es una posibilidad que no le puedo negar a Conde después de tantos años de convivencia.

Podría estar mejor

“Creo que la novela negra española está en un buen momento, pero no es tan bueno como el que tuvo en la década de los 80, un tiempo en el que coincidieron varios maestros”, afirma Leonardo Padura para quien en esa época y de alguna forma se “estaba creando la atmósfera, esa certidumbre de que existía una novela negra. Allí estaban Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Juan Madrid o González Ledesma.” Todos los enumerados y algunos más son a los que cabe el honor de haber sentado las bases del género negro en lengua española. Para el creador de Mario Conde, la situación que vivieron los novelistas españoles citados coincide con el auge del género en  Hispanoamérica y menciona a “Paco Ignacio Taibo o Rafael Ramírez Heredia, que fueron creando una tendencia de escribir una novela negra que ha sobrevivido y en la que está el interés por esa parte oscura de la realidad.” Pero también hay otro aspecto sumamente importante que Padura destaca y es que existe “una propuesta literaria y creo que eso fue muy importante porque son escritores que tienen conciencia de la literatura y escribieron buena literatura. Creo que ahora está más disperso.” Y el vecino de La Mantilla concluye su valoración señalando que “a pesar de que es un buen momento, no es ese periodo de oro que se vivió a finales de los años 80 y principios de la década siguiente.”

El yogur como paradigma

La realidad supera a la ficción y no existe guionista o escribidor que a pesar de los pesares, pueda siquiera acercarse a competir en igualdad de condiciones con la… realidad. Y por mucha imaginación que se ponga o muchos paraísos que se intenten crear, todo plan está condenado al fracaso cuando no se pueden hacer realidad esos pequeños deseos. Como dice Leonardo Padura, todos los cubanos están  inmersos en “la lucha cotidiana” para sacudirse esas otras privaciones que posiblemente lejos de la Isla no se entienden o provocan una tímida risa.

Estaba concluyendo 2016 y un periódico español propuso al maestro de la novela negra que escribiera una crónica sobre el fin de año y él contestó que esa festividad “no me decía nada, no me interesaba mucho, pero había algo de lo que no podía sustraerme: Tener deseos para el año siguiente.” Deseos que algunos centramos en dejar de fumar, ir al gimnasio, pintar los techos de casa o aprender, esta vez sí, chino tradicional. Bueno, pues en el caso de Padura su gran deseo tiene que ver con “poder comprar yogur en la esquina de mi casa, porque vivimos entre esas carencias que son tan elementales para otros, pero que en Cuba nos afectan todos los días.” Y ese es el mundo del Conde que refleja la tensión cotidiana: “El café que se acaba, el ron que no hay y el dinero que no alcanza.”

© Entrevista. Miguel Ángel Contreras Betancor  Todos los derechos reservados.

 

 


© Publicación.  Solo Novela Negra. 2017. Todos los derechos reservados.

Leonardo Padura (La Habana, 1955) trabajó como guionista, periodista y crítico, hasta lograr el reconocimiento internacional con la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde: Pasado perfecto, Vientos de cuaresma, Máscaras, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer y La cola de la serpiente, traducidas a numerosos idiomas y merecedoras de premios como el Café Gijón, el Dashiell Hammett, el Premio de las Islas y el Brigada 21. También ha escrito La novela de mi vida, el libro de relatos Aquello estaba deseando ocurrir y El hombre que amaba a los perros, una trepidante reconstrucción de las vidas de Trotsky y Ramón Mercader, traducida a diez idiomas, vendidos sus derechos al cine y merecedora, entre otros, del Premio de la Crítica en Cuba. En 2012, Padura recibió el Premio Nacional de Literatura de Cuba. Su última novela, Herejes, ha merecido el Premio de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza y ha sido finalista de los premios franceses Médicis y Fémina. En 2015 recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras.


 

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