LO IGNOMINIOSO

por | Sep 23, 2016 | Gracia Ortuño_Fernando, Relatos | 0 Comentarios

Lo ignominioso_imagenPuedo verlos agitarse y saltar desde la rendija de la valla. Se han hecho cruces bajo una hornacina, y luego han orado devotamente, poniendo cara de admiración, un tanto bobalicona, justo cuando ha sonado una explosión. En cuanto han abierto la empalizada todos hemos salido en estampida tras de ellos. No es que estuviera asustado, precisamente. Las primeras calles no estaban muy confluidas, pero a partir de una curva determinada el sonido y la agitación se han multiplicado. Alguno de mis compañeros se ha puesto nervioso cuando les sacudían el lomo con sus periódicos y esto ha incrementado la velocidad. Uno de los mansos se ha caído contra los tablones y unas luces instantáneas nos han deslumbrado entonces en medio de todo el griterío. Era espantoso Había gente por todas partes. En mi vida solariega en la dehesa había visto tanto bullicio. ¡Es todo tan novedoso, y sin embargo tan poco divertido! Algunos bípedos de estos que nos rodeaban corriendo por todas partes, vocingleros hasta desgañitarse, bebían de unas jarras macizas, transparentándose y deformándose a través de ellas de modos diferentes y grotescos, continuamente cambiando, mientras otros se precipitaban, festejaban y reían alborotadoramente. Los más iban vestidos de blanco y rojo con un envoltorio en la cabeza mientras se lanzaban como locos en pos y delante de nosotros hacia la plaza de toros. Nos persiguen siempre en estos casos, los perseguimos, nadie sabría decirlo. Es como una locura ancestral a la que no puedo dejar de sustraerme. Al final del recorrido, al entrar a trancas y barrancas en la plaza arenosa, han empezado al fin los lances alrededor nuestro, y todo se ha confundido en un horrible estampido de gritos y desbandadas por todas partes. Gritos, y más gritos envolviéndolo todo, azuzando, acosando, lanzando todo tipo de armas arrojadizas contra nosotros, como en tiempos inmemoriales, exclamaciones de júbilo cuando uno de los nuestros caía abatido, horror entonces, sangre y arena para nosotros, alegría y sádico goce para ellos. En esos instantes cruciales rugía fuerte toda mi furia, rodeado de gente, pero nadie se asustaba, sino que, como hipnotizados por esas extrañas jarras relucientes de cerveza, seguían y seguían gritando y celebrando nuestro exterminio. Parecía como que el espectáculo los extrajera fuera de sí mismos para correr y correr hasta reventar, haciendo lo que nunca hacen con su prójimo, pero que sin embargo desearían hacer con todas sus ganas. Lo sé, porque si después de este trance me reencarno en humano, si volviera a la vida, siendo como soy una simple bestia, pero en forma de humano, juro que los mataré a todos… Los mataré a todos como el peor de los genocidas, exterminaré a todos estos bípedos, mal llamados humanos o humanitarios, que se autoproclaman inteligentes, compasivos y sabios, sin serlo en absoluto. ¡Lo juro…!

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Escritor.

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