Los doce de White Road

Los doce de White Road

Los doce de White Road

por | Dic 14, 2016 | Relatos, Verdejo_David | 0 Comentarios


 

Los doce de White Road

Por David Verdejo


«La primera vez que los vi, sentí miedo. Todos en fila, esperando a que el semáforo cambiase a verde, rectos, firmes como en una marcha militar, ordenados por alturas. Uno al lado del otro, desde el más alto hasta el más chiquitín»

Los doce de ..._imagen El camionero se ajustó la gorra de los Red Sox agarrando la visera con sus dedos ennegrecidos y moviéndola de un lado al otro como si pudiera enroscarla en su enorme y redonda cabeza. Los carrillos sonrosados le temblaban al hablar y denotaban cierto grado de alcohol, aunque hubiera pedido un café con sacarina. Estaba claro que el tipo pretendía ponerse a dieta aunque desconocía que encontraría frente a la mesa durante el almuerzo.

–¿Les conocía?

–No, ya se lo he dicho. Sólo les vi un par de veces. Por eso me pareció extraño que me preguntasen por esa gente, ¿no tienen a nadie más? –Dijo sorbiendo su bebida humeante y mirándome con recelo. No tuve más remedio que consultar mis notas.

Uno, dos… cuatro, cinco… seis, ocho, trece…

–Si, por supuesto –Dije, teniendo la impresión que de aquel hombre no iba a sacar nada en claro. Le despedí, agradeciendo su escasa información y quedé pensando por que narices me habían dado su nombre. Ni su escasa aportación, ni su compañía fueron de provecho. Miré mi reloj conectado al móvil y la pantallita se iluminó, marcando las nueve de la mañana en pleno centro de la ciudad.

Recogí mis libretas, apagué la grabadora digital y lo metí todo en mi mochila. Al acercarme a la barra vi que nadie rondaba detrás así que tuve que esperar. Un ejemplar del Boston Globe descansaba a mi izquierda, abierto por la página de sucesos. Mis ojos se desviaron hacia una fotografía y un titular, a cada cual más escalofriante:

“Macabro hallazgo en White Road” rezaba el pie de foto. Sobre esa frase tan corta como la punta de un cuchillo pero afilada como él mismo, un grupo de doce individuos posaba frente a una especie de cubo enorme, con una sola ventana y una sola puerta, de color blanco. Cómo dijo el camionero, guardaban un orden casi militar, uno al lado del otro, desde el más alto hasta el más chiquitín. Sentí escalofríos hasta que la camarera me despertó del trance.

–Vaya historia, ¿eh?

La miré con sorpresa al cruzar sus ojos casi transparentes con los míos.

–Si… ¿qué sabe de ella?

Por el gesto serio que aquella mujer dibujó en su rostro pensé que había sido demasiado impetuoso en mi pregunta, muy directo, diría yo.

–Son cuatro dólares, amigo.

Joder con el desayuno, me parecía excesivo pero ya pasaría la nota de gastos.

Salí del Bova’s Bakery en la calle Salem sin tener muy claro cual debía ser mi siguiente paso. Mentalmente, entre coches y transeúntes ajenos a mis pensamientos, repasé la lista de personas a las que debía entrevistar. Tenía que asegurarme, al menos, diez narraciones para poder volver a Nueva York con algo decente a ojos de mi jefe. No pretendía resolver aquel caso, desde luego. Pero sí conservar mi empleo así que no tenía elección. Consiguiera o no un buen artículo, debía hablar con, al menos, diez personas de la lista. Uno ya estaba tachado y recorriendo el país en su tráiler de veinte ruedas. La siguiente era la señora Donaldson, empleada de la floristería Petalo’s Boutique.

Hacía un frío de narices. La humedad comenzaba a escalar por mis pies dejándolos azules e inertes, subiendo por los tobillos y amenazando quebrar los huesos que me sostenían. Debía ponerme a caminar de manera urgente. Saqué el móvil y miré en Google Maps donde se encontraba la floristería y, para mi desazón, debía cruzar el canal.

«No me jodas» susurré. Según aquel cacharro de cinco pulgadas, tardaría cincuenta y cuatro minutos andando pero había un problema: el mapa trazaba una línea recta desde la salida del Ferry en Quincy Hull Logan hasta su llegada, en el otro lado. Miré al cielo sin saber cuanto iba a tardar en recorrer aquella distancia pero debía hacerlo. Caminé hacia la esquina de Salem con Parmenter y observé una calle larguísima que se perdía en el horizonte, pisoteada por centenas de vehículos que no cesaban en su empeño de desgastar el asfalto y llenar el aire de humo. Aun así, decidí encender un cigarrillo para tener algo entre los dedos congelados y no parar de moverlos. Durante el paseo por la calle Richmond una vez abandoné Parmenter, recordé la conversación con mi editora jefe.

–Tengo algo para ti chico. Hace poco encontraron una familia asesinada en esta dirección– aun guardaba ese primer post-it que me lanzó sobre el escritorio– El padre era británico y la mujer alemana. Aquí tienes sus nombres –Segunda nota – Y aquí los datos familiares: once hijos naturales y uno adoptado, japonés o chino, creo. En esta nota el hotel con quien tenemos acuerdos para que el alojamiento salga más barato, no jodas yéndote a otro más caro porque lo sabré y tu culo no volverá a sentarse en esta oficina y aquí el teléfono de la empresa de transportes– Continuó echando cuadraditos de papel amarillo que garabateaba con rapidez sobre mi escritorio hasta que se detuvo–. Ve hacia allí y averigua todo lo que sepas. Quiero sacarlo con el dominical.

«¿Con el dominical? La dije a voz en grito. ¿Pero qué? ¡Si estamos a lunes! Grité con un montón de papeles cuadrados en la mano. Todos en la redacción me escucharon pero nadie nos miró durante más de diez segundos. Sobre todo después de escuchar la frase de aquella mujer a la que apodaban “la loca de los post-it”.

–Oye guapito, no me toques los huevos ¿vale? Son las diez de la mañana, búscate un avión y te largas a Boston. Me da igual cómo duermas, lo que comas o con quien te acuestes. Te pagaré los gastos si no superan los mil dólares y lo que se pase de esa cantidad, te lo descuento del sueldo, ¿queda claro? Pero quiero el puñetero reportaje para el domingo a primera hora.

Aquella calle interminable desembocó en el parque Christopher Columbus Waterfront, una extensión enorme de parcelas cubiertas de césped atravesadas por carreteras peatonales de asfalto que llevaban directamente al Ferry. Acabé el cigarrillo y me preocupé de tirar la colilla a una papelera mientras sacaba el móvil de la bandolera para hacer una foto del lugar. Otro recuerdo regresó a mi memoria.

–Lo que usted diga, señora. ¿Dónde esta la cámara de fotos?

Ahora si que la había cagado con aquella pregunta. Si pudiera contabilizar las risas de todos mis compañeros en duración e intensidad, habría ganado cualquier torneo al mayor ingenuo. Pero les miré con cierto descaro y me encogí de hombros, no entendía a que venían aquellas carcajadas. En un segundo, pensé: «No pretenderá que ponga yo la cámara». No tardé en recibir respuesta.

–¿Tienes un móvil de esos modernos, rectangulares, que sólo sirven para jugar al Candy Crash y perder el tiempo en el trabajo?

Tragué saliva.

–Pues también tienen cámara, y cojonuda, así que hazme buenas fotos.

Meneando la cabeza como un perro para dejar de recordar aquella conversación, cogí el Ferry a las diez y media en punto. Cuarenta y cinco dólares del ala menos en mi cartera y un crucerito por delante de tiempo indeterminado. Podría haberme interesado la duración, pero el frío me obligaba a definir prioridades, físicas y mentales, en aquella gélida ciudad.

El Aurora era un pequeño barco con capacidad para poco más de trescientas personas, equipado con tecnología ecológica y construido, según un folleto brillante y suave que entregaban en taquilla junto al billete, en Indonesia allá por el año 2002. En aquella ocasión, conté veintidós pasajeros. Decidí sentarme en una butaca situada en el exterior, pensando si me había convertido en masoca al forzarme a sentir la brisa helada y cortante de la bahía. Pero no era el único. Segundos después, una anciana de pelo canoso que sobresalía por un sombrero de punto bien grueso, se sentó a mi lado.

–Buenos días.

–Buenos días.

No pretendía más. Hay que ser educado, siempre. Sobretodo en otra ciudad que no es la tuya. Dejé la bandolera en el suelo húmedo consciente de su impermeabilidad y cogí el Boston Globe que me llevé de la cafetería. Al abrirlo, la anciana se apartó unos centímetros hacia la derecha pero su mirada saltó sobre sus gafas para clavarse en el artículo que hablaba de aquella desdichada familia. Leímos durante todo el trayecto. Ella tantas veces como yo o quizás se había dormido con los ojos abiertos, mirando la fotografía.

Pero pocos minutos antes de llegar a puerto, la mujer pareció despertar.

–Que triste, hijo.

–¿Cómo dice? –Pregunté con la intención de cerrar el periódico si sus lánguidos y huesudos huesos me hubieran permitido.

–Esto, querido… ¡que desgracia!

Guardé silencio mientras la mano derecha sostenía el periódico y la izquierda comenzó a buscar, incansable, un clínex. Sentía un líquido frío bajo la nariz, incómodo.

–Se llamaba Paul, el padre… este– Susurró señalando el más alto de todos.

«Mierda, tengo que acordarme de esto al bajar y apuntarlo» Pensé y también necesitaba sonarme la nariz de inmediato así que dejé el periódico sobre las rodillas, abierto y a la anciana confesando.

–Si… Paul, un padre increíble… adoraba a sus hijos ¿sabe? Trabajaba en una gasolinera a las afueras de Boston hasta que la conoció…

–¿A su mujer? –Pregunté con un hilillo de voz.

En ese instante, llegamos a puerto. La mujer se levantó e insistí.

–Oiga, ¿de qué conoce a la familia? ¿qué ocurrió con su mujer?

Mi voz desentonó y varios pasajeros me miraron. La anciana se dio la vuelta.

–¿Quién ha dicho que fuera su mujer, querido? Ella no tuvo la culpa… porque fue la primera.

«La primera… hasta que la conoció…» ¡Joder! La mujer desaparecía envuelta por los demás pasajeros y yo tenía que guardar el puto clínex en el bolsillo, el periódico en la bandolera, recogerla del suelo y bajar a tierra sin olvidar nada de la conversación. Pero entre tanto barullo, el diario se resbaló de mis dedos y comenzó a volar sobre el canal como una gaviota a ras del agua, perdiendo la referencia de su misteriosa declaración. Despotriqué durante un segundo hasta que me llamaron la atención. No por el vocabulario empleado, sino por que debía abandonar el barco inmediatamente.

Al pisar tierra busqué un lugar donde comprar otro ejemplar del Boston Globe. Esta vez, recortaría el artículo y lo guardaría a buen recaudo. Localizando el camino a seguir hasta la floristería, me puse en marcha con las piernas entumecidas. El invierno había llegado a la ciudad y las quita nieves se esforzaban para retirar kilos y kilos de agua helada sobre las aceras. Pensé en aquella familia: todos vestidos de blanco. Su casa blanca, la cerca también blanca. Hasta que paré frente a una librería que, además, vendía prensa.

–Un ejemplar del Boston Globe, por favor.

Una chica pelirroja me sonrió y sus dulces manos pecosas me entregaron el periódico. Devolví la sonrisa hasta que algo tras ella cambió mi rostro por completo.

–¿No es esto lo que me ha pedido? –Dijo con rostro apenado.

–Si, si… esto es pero, ¿podría pasarme ese libro, el que tiene justo detrás?

La muchacha se giró mostrando una espalda ancha y recta que terminaba en unas nalgas recogidas por un pantalón vaquero que podría servir de ejemplo para estudiar la proporción áurea y que, durante unos segundos, me sirvió para batallar con mi mirada y vencer sobre el instinto. Volvió a girar sobre si misma, como una bailarina en el interior de una caja de muñecas y sonrió.

–Gracias, me dije.

Pagué y me disponía a marchar cuando alguien me detuvo en la puerta. Ella otra vez.

–Perdone… no se olvide de nuestra tarjeta, por si necesita algo más.

Mis dedos fríos y ásperos rozaron su piel suave, sintiendo un calor extraño.

–Gracias.

Detrás de ella, en la columna, un espejo reflejaba mi rostro colorado bajo una media melena castaña que se había erizado por la humedad. Me sentí patético ante aquella mujer vestida con un jersey de lana rojo y cuello alto sobre unos vaqueros azules, que resaltaban su hermosa mirada y yo, con una gabardina marrón mojada por la nieve, unos pantalones negros y una botas oscuras empapadas. Ni hablar de la barba de tres días.

Salí corriendo como un adolescente ‘hormonado’ y metí la tarjeta en el libro. No me di cuenta del reverso porque volví, sin saber cómo, a pensar en aquella familia y la extraña coincidencia con ese libro de poco más de veinte dólares. Miré el reloj: once y media. Necesitaba un café. Y entrar en calor, el roce de aquellos dedos me había destemplado.

Entré en la primera cafetería que encontré, tiré la bandolera y la gabardina sobre un sofá de piel oscura y me senté al lado de aquel montón. Saqué con cierta excitación mis gafas, el móvil y el bloc de notas. De pronto, mi reloj comenzó a vibrar.

–Hola… si, bien, avanzando… ya tengo dos entrevistas, si –Mentí. Aunque, técnicamente, la anciana del Ferry contaba como tal–. Si, claro, te mando un informe esta noche. ¿El portátil? En el hotel, si… dentro de la caja fuerte, si… oye, te dejo que tengo la siguiente cita, adiós –Y colgué.

Yo no entendía a esta mujer: o se comportaba cómo un auténtico ogro o era peor que mi madre. Tiré el móvil sobre la mesa provocando un ruido a plástico roto y enseguida me arrepentí. Lo cogí con delicadeza y comprobé que encendía bien.

–¿Ocurre algo?

Mire hacia mi derecha y un tipo bajito pero bien parecido sonreía forzosamente ante un cliente extraño. Ese era yo, desde luego.

–No, gracias… póngame un café, por favor… cargado.

–Eso es imposible, señor –Dijo mientras daba la vuelta –Váyase a España a por algo así, aquí sólo encontrará agua manchada a litros.

Mis ojos se abrieron como compuertas para dejar salir todo el agua de una presa. ¿Qué dice? Otra camarera se acercó por detrás.

–No le des importancia. Ha sido así siempre y le conozco desde hace más de veinte años –. Y gritó – ¡Vamos Pablo, déjate de rollos y ponle al chico ese maldito café!. Es español, ¿sabes? Llegó a estas costas hace treinta y dos años y nunca ha dejado de quejarse. Es un cascarrabias encantador, no te preocupes y aguanta sus reproches. No es nada personal.

Sonreí con torpeza. Yo sólo quería ojear el puñetero libro y lo conseguí, después de escuchar al tal Pablo un par de veces más y beber un poco de aquel café. A mi me gustaba así, aguado. No se que tenía contra él.

Cuando por fin pude abrir “The White Road: un viaje obsesivo”, de Edmund de Wall, sentí un pinchazo en el pecho. El libro hablaba, entre otras muchas cosas, de cinco lugares, alrededor del mundo, donde el autor muestra su particular obsesión por la porcelana u oro blanco. Persigue los orígenes del impoluto material a lo largo de lo que llama “las tres colinas blancas”: China, Alemania e Inglaterra. Entonces recordé lo que me dijo mi editora al entregarme el primer post-it sobre el caso. Abrí la bandolera y saqué la cantidad ingente de notas y las pegué una a una sobre la mesa, apartando el café de mi lado. «Donde est… joder, donde lo habré metido» susurré. ¡Aquí! Exclamé.

«Padre británico y mujer alemana… once hijos naturales y uno adoptado, japonés o chino» susurré. ¿Las tres colinas? Rascándome la sien, una voz dulce y reconfortante voló a través del aire hasta llegar a mis oídos. Mi atención se desvió sintiendo un escalofrío familiar. Giré la cabeza y la vi a mi lado. Bueno, exactamente fue su hebilla lo que mis ojos encontraron y no tuvieron más remedio que comenzar a. escalar, atravesando el abdomen y el pecho oculto bajo los gruesos nudos del jersey rojo de lana que llevaba con tanta elegancia. Su cabello ondulado ya no estaba preso por un gorro azul y viraba a merced del movimiento de su delicada cabeza. Sus ojos verdes y profundos sostenían una sonrisa que mostraba unos dientes blancos y brillantes en medio de una piel clara y repleta de pecas.

–¡Hola! No esperaba encontrarte tan temprano.

«¿Es que esperaba encontrarme?» Pensé hasta que recordé ver un garabato en la tarjeta que me entregó al salir de su establecimiento. Corrí a mirar el reverso ya que me había servido de marca páginas y encontré un número de móvil.

–¿Es el teléfono de la tienda? –Pregunté de forma estúpida pues era obvio que ese número se hallaba en el frontal, bajo un elaborado logotipo.

Ella volvió a sonreír y otro pinchazo se clavó en mi pecho. Cada vez que lo hacía, sentía un taladro atravesarme sin piedad.

–Pues claro que no, bobo. ¿De donde eres?

–Greenwich Village, Nueva York… mi nombre es Bob.

–Maggie, encantada –Volví a sentir su piel en milimétricas porciones, suficientes para entrar en calor –El Greenwich Village ¿No es allí donde rodaron Sexo en Nueva York? Me encantaba esa serie– Dijo elevando los brazos hacia el cielo mostrando su barbilla y su cuello sobre el del jersey.

–No veo la televisión, perdona –Sonreí.

Ella comenzó a reírse a carcajadas. Algo había dicho mal, seguro, pero no sabía el qué.

–Es igual, ¿puedo sentarme?

–Claro –Y permanecí unos minutos parado, callado y mirándola como un idiota hasta que me di cuenta.

–Oh, disculpa –Y retiré apresurado todos los post-it para dejarla un hueco.

Pablo se acercó.

–Vaya, parece que nuestro visitante a encontrado quien le preste atención. ¿Qué vas a tomar, Maggie?

–Un café y algo de comer, ¡me muero de hambre!

–Cómo sigas así, acabarás con mi despensa.

¿Perdona? Pensé. ¿Ese abdomen plano, incluso algún centímetro hundido hacia la columna vertebral, acabará con qué despensa? Será una muy pequeña. Maggie pareció leerme la mente.

–No te dejes engañar por las apariencias, ¡me encanta comer!

No dije nada. Acababa de conocerla y no podía decir nada.

–Bien, vecino de Carrie, ¿qué te trae por aquí?

–Soy periodista, ¿conoces el caso de la familia asesinada en White Road?

Su rostro se quebró, cómo un andamio se desploma sobre el asfalto, arrastrando todo lo que pilla.

–Una desgracia, increíble.

–¿Les conocías?

–No… bueno, quizás…

–¿Quizás? Perdona Maggie, no te entiendo.

Pablo sirvió el café y trajo una barrita de pan con aceite de oliva y un cuenco relleno de tomate triturado. Pensé que no debía salirle nada barato ese desayuno.

–Me encanta las barritas con tomate y aceite. Este es uno de los pocos sitios que lo sirven y Pablo dice que es muy típico en España.

La miré comer con avidez, engullendo el pan impregnado en aceite cómo si llevara días sin caer nada en su estómago.

–Que me decías sobre la familia de White Road –Insistí. Al fin y al cabo, por muy interesado en aquella mujer que estuviera, debía regresar en cinco días con algo más que un desayuno típico español. Aunque, pensándolo bien, quizás me fuera mejor en la sección culinaria que en la de sucesos. Edward, quien la llevaba, poseía un carácter afable y simpático, proporcional al tamaño de su barriga.

–La mujer vino a mi tienda de periódicos hace unos meses. Justo a por el mismo libro que tú.

–¿Este?

–Si, a no ser que me hayas robado otro, yo sólo te he vendido ese –Sonrió. Y volví a ser ensartado.

–Claro, perdona… ¿y que pasó?

–Era un viernes por la tarde, a punto de cerrar. Aquella noche tenía una cita así que no quería demorarme en echar el cerrojo. Pero diez minutos antes, ella entró. Vestida completamente de blanco, con las manos pálidas, la piel de su cara casi tan blanca como la blusa que llevaba. Corría el mes de…– Su dedo índice golpeó repetidamente la barbilla creando un gesto gracioso que no pude dejar de recordar durante el resto del día – agosto. Era una noche agradable y temí que me fuera a retrasar aquella visita que vino al mostrador caminando cómo a un centímetro del suelo. Parecía un fantasma.

–¿Iba sola?

–Si. No la vi llegar, cuando quise darme cuenta, se deslizaba desde la puerta hasta el mostrador. Allí, extendió su mano derecha con una nota entre los dedos.

–Blanca.

–Exacto. Miré la nota pero estaba vacía.

–¿Cómo? ¿no había nada escrito?

–Espera –Pidió tiempo para terminar la barrita y beber un poco de café. Afuera la nieve volvía a caer con sutileza pero constancia, haciendo que los transeúntes apretaran el paso y los coches aminoraran la velocidad –.Como caía el sol y estaba a punto de cerrar, la única luz que llenaba la tienda era la natural. Me gusta la penumbra para relajarme, ¿entiendes?

«Demasiado» pensé.

–Y observé marcas en el papel. Enseguida cogí un lapicero y dejé el papel sobre el mostrador. Lo sostuve con el dedo índice y pulgar de mi mano izquierda y la punta del lápiz con la derecha. Al aproximarlo al trozo de papel la miré, buscando su aprobación y tan sólo obtuve una mirada de terror. Pero ¿qué podía hacer? ¡No había otra manera de saber lo que ponía! –Exclamo.

–Ya…

–Aquella mujer me asustaba y quería que se marchara lo antes posible. Sus ojos hundidos atravesaban los míos sin piedad y me sentía desnuda ante ella. Así que repasé con la punta del lápiz todo el papel, dejándolo cubierto de grafito gris que descubría, a cada trazo, el mensaje escrito sobre aquella hoja. «“The White Road” por Edmund Wall» pude leer. Casualmente, llegaron dos ejemplares hacia pocas semanas, tan sólo dos desde que se editó, en el año 2015. Desconozco si lo pedí yo, mi padre o mi hermano. Somos un negocio familiar– Sonrió.

–Y te compró el libro.

–Sí.

–¿Ya está? ¿se fue sin mas?

–Así es. La dije el precio y dejó dos billetes de diez sobre el mostrador, cogió el libro, lo pegó a la cintura y volvió a deslizarse hacia la salida, perdiéndose entre la gente que la miraba con extrañeza. Si fuera Ibiza no hubiera sorprendido tanto.

–¿Ibiza?

–Es una isla española donde la gente pasa el verano entre la playa y las fiestas en discotecas. Todos visten de blanco, con ropas anchas y ligeras –Sonrió.

–Vaya, parece que te gusta mucho ese país.

–Si –Volvió a sonreír, pero esta vez escondió sus labios en la taza.

De pronto, mi reloj vibró.

«La floristería Petalo’s está a punto de cerrar»

¡Mierda! Exclamé.

–Tengo que irme, ha sido un placer pero llego tarde a una entrevista.

–Perdona si te he entretenido.

–No, en absoluto –Dije recogiendo mis cosas a gran velocidad –¿Te llamo para cenar?

En mi vida, en todos los años desde que las hormonas me enseñaron un mundo nuevo y difícil, había sido tan atrevido pero la sensación de que aquella mujer ya formaba parte de mi vida me empujó a llenarme de valentía. Y no salió mal.

–¡Claro! – Se ruborizó.

–Vale, adiós –Y me largué.

 

El camino hasta el número 10 de la calle Chelsea se encontraba interrumpido por un quita nieves que se esforzaba en retirar gran cantidad de material helado para descongestionar una de las arterias de la ciudad. A paso ligero, intentando no resbalar, llegué a la floristería.

–¡Buenos días! –Exclamé al entrar, deteniéndome de inmediato al contemplar miles, millones de plantas y flores repartidas por todo el local, de forma precisa y ordenada. Las paredes de aquel lugar no eran visibles por la ingente cantidad de flora colgada del techo y estanterías. Un pequeño mostrador soportaba una caja registradora antigua rodeada de utensilios de jardinería, papel de periódico extendido cubierto de trazas verdes y marrones. Al otro extremo, un rollo de papel transparente casi acabado ofrecía la grata impresión de un negocio en auge.

Un pequeño chirrido se escuchó al fondo de la tienda, tras un tronco del Brasil de tamaño descomunal. Tras él y apartando sus hojas, una mujer pequeña, comprimida sobre sí misma como una estrella que se consume hacia su núcleo, apareció.

–Hola joven, ¿en que puedo ayudarle?

Dijo con voz temblorosa. Aquella señora debía rondar los ochenta años aunque su melena caoba y extensa decía lo contrario. Pero las manos la delataban, venosas y cubiertas de manchitas marrones.

–Mi nombre es Bob, venía a hacerle unas preguntas sobre…

–Si si, ya se… “los doce del White Road”, ¿verdad?

–¿Los doce?

–Ven por aquí, querido… ven por aquí.

La mujer se acercó a la puerta de salida y dio la vuelta al cartel que rezaba “abierto”, mostrando al público que el establecimiento acababa de cerrar. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el tronco del Brasil, a pasitos cortos y rápidos.

–¿Quieres un té? No puedo ofrecerte café hijo, no sabes lo malo que es para los riñones.

–No gracias –Dije recorriendo un pequeño pasillo situado al fondo de la tienda, tras aquella enorme planta. Parecía como si una bestia selvática me estuviera engullendo. Pero se hizo la luz, de pronto, y la mujer apareció en un pequeño patio rodeado de más plantas cuyas hojas verdes me eran muy familiares. Y el olor, también. Me recordaba mi época de estudiante. Exactamente, la época de exámenes.

En el centro del patio reinaba una mesa metálica, redonda y dos sillas. Sobre la mesa, un cenicero y lo que parecía tabaco de liar, unas pulguitas marrones envueltas en papel transparente y un mechero. Aquel olor se metía en mis pulmones como el agua a través de una grieta en la pared.

–¿Te importa si fumo?

–En absoluto, es su casa –¡Pues claro que me importaba! Aquella señora de aspecto angelical tenía una plantación de marihuana ¡en la trastienda! Pero no tenía otra opción. Quizás me vendría bien una calada de aquello.

La mujer abrió una bolsita, partió un trocito de aquella masa oscura con la uña larga del dedo meñique y lo depositó sobre el papel que previamente había estirado.

–“Los doce de White House”. Así les conocen en el barrio.

–¿Quiere decir que eran vecinos?

–Si. Yo vivía a dos casas al este de ellos, cuando aquella finca no era más que un solar. Lo llamábamos el “quemador”, te puedes imaginar porque –Y rió– Hasta que ellos lo compraron y construyeron aquella horrible casa.

–No le gusta, desde luego.

–¿Gustarme? Pero muchacho, ¿has estado alguna vez en Cambridge?

–¿Inglaterra?

La señora dio una calada y me miró con desdén.

–¿Eres idiota? Cambridge es el barrio universitario de Boston. Aquella casa no pegaba en absoluto con la arquitectura de la zona… ¡joder! Nos quitaron el lugar donde fumábamos y bebíamos para construir esa mierda blanca.

O era yo, o aquella mujer adorable que salió a recibirme hacia unos minutos acababa de embutirse en una chupa de cuero y cambiar radicalmente de registro. Me asusté por un segundo así que acepté la calada que me ofreció.

–Toma un poco, anda… a ver si te centras, muchacho.

Aspiré. Imágenes del pasado estudiantil vinieron a mi cabeza que se rodeó de una masa blanda y esponjosa.

–La casa es un puto cubo blanco. Blanco, como ellos, como su piel, sus manos, sus ropas, sus platos, sus cubiertos, sus libros… como las flores y plantas que me pedían cada primer viernes de mes, puntuales como malditos británicos… de hecho, creo que el marido era británico y debió contagiarles a todos sus modales por que dos días antes, ni uno más ni uno menos, la madre de aquella tribu aparecía como un puto fantasma en el mostrador, de repente, con un papel blanco sin nada escrito… ¡joder hasta que averigüé como saber que quería decir con eso!

Pensé acelerar la narración diciéndola que ya sabía el asunto del papel pero una luz en mi cabeza se iluminó poco antes que el cannabis comenzara a hacerme efecto y me “aconsejó” no abrir la boca.

–¡Con un lápiz! ¿te lo puedes creer? Que gente… un puñetero lápiz rallado sobre el jodido papel y ahí aparecía, la flor blanca de marras…

–¿Siempre pedían la misma? –Pregunté entre calada y calada, al son de una habitación que comenzaba a dar vueltas como un tiovivo.

–Al principio no… pero durante los últimos años, creo que tres, sólo pedían una flor.

–¿Cuál?

–La Catharanthus roseus… esa de ahí –.Dijo señalando una maceta con tres flores voluptuosas sostenidas por un pequeño tallo, de hojas blancas puras con un leve toque rosado en el interior como si alguien hubiera dejado caer tinta sobre ellas.

Me levanté para acercarme y tropecé con la mesa. Casi estampé mi cara sobre aquella maceta de no ser por los reflejos que aún me quedaban listos para actuar. Sin embargo, el sobresalto removió mis tripas. La dueña del local se escandalizó, se levantó, gritó y me empujó, echándome a patadas de allí. Al llegar a la calle todo se movía de forma contraria a la natural, veía doble o triple, las voces parecían pasar a través de un largo tubo metálico antes de llegar a mis oídos y acabé vomitando en una papelera. Lo hice varias veces hasta que un agente de policía se acercó y me preguntó cómo me encontraba.

–Bien –Le dije oliendo mi propio aliento. Necesitaba una ducha así que cogí un taxi y le pedí que me llevase al hotel. Aguanté hasta finalizar el trayecto y justo después de pagar y volver a pisar la acera, vomité otra vez. Por suerte, nadie me vio pues lo hice tras unos setos que decoraban la entrada del edificio. Con rapidez atravesé la recepción simulando hablar por teléfono y llegué a mi habitación. Encontré la tarjeta que abría la puerta con torpeza y sólo conseguí meterla en la cerradura. Era mediodía, ya no tenía nada en el estómago, y me encontraba vestido con el agua ardiendo sobre mi, dentro de la bañera.

 

Desperté bajo el edredón de mi cama, desnudo. Mis ojos se abrieron despacio, intentando captar la escasa luz que la habitación contenía. Ya era de noche. ¿Pero, qué hora? Saqué un brazo y sentí el frío en la piel. Llegué con la mano a la bandolera que, por suerte, descansaba en el suelo, pegada al colchón, y conseguí agarrar el móvil. Nueve y diez. «Dios mío» susurré. Sentí un plomizo dolor de cabeza que no era muy intenso pero si constante e incómodo. Me incorporé como pude y llegué hasta la maleta para sacar ropa interior, unos vaqueros, una camiseta y un jersey. Estaba helado. Pasaron diez minutos hasta que sentí calor y pudo templar mi cuerpo. Decidí mirar por la ventana y observé la ciudad, el mar, el puerto… miles de bombillas tintineaban sin ritmo ni compas, marcando el tiempo de su reinado para admiración de los que andaban despiertos. De pronto, un rugido interno me obligó a dibujar una mueca en mi cara. Me moría de hambre. Y recordé a Maggie. ¿Sería muy tarde? Quería comprobarlo.

El teléfono dio tono, varias veces. Pero nadie lo cogió. Al cabo de unos segundos, un WhatsApp llegó a mi móvil.

«¿Eres tú, Bob, el periodista de esta mañana?» rezaba.

Cualquiera que lea este mensaje diría que sí, por supuesto. Demasiado fácil.

«Sí, ¿es tarde para esa cena?» respondí.

«¿Dónde me has conocido?» Leí. Ya decía yo.

«En la tienda de periódicos. Llevabas un jersey rojo de cuello vuelto, de lana y unos vaqueros azules que te quedaban la mar de bien. Luego me has encontrado en un bar del cual no me acuerdo del nombre pero si del camarero: Pablo, un tipo peculiar y muy quejica. Hemos hablado sobre la familia de White Road»

«☺» fue su respuesta. Aunque algo más andaba escribiendo.

«Dime en qué hotel estás y paso a buscarte»

Escribí la dirección y se me escapó incluir la habitación. Este último dato, innecesario por completo, pasó desapercibido. O eso pensé. Quedamos en quince minutos fuera de la entrada. Ella llegaría en un GMC Acadia Denali del 2015, negro. Y al verlo pensé que aquella chica dulce no pegaba ni con cola dentro de ese todo terreno agresivo y enorme. Pero así era Maggie.

Al subirme sentí que o lo había limpiado profunda y recientemente o era nuevo. No pregunté. Me dejé llevar. Sólo había pasado un día desde que llegué a Boston y me apetecía un poco de tranquilidad. Aunque mi mente comenzaba a no darme descanso con el asunto de la familia de White Road.

No duró mucho el trayecto desde el hotel a un restaurante situado en el centro de Boston, La lechonera, en Cummyns. Obviamente, era español. Y nos sentamos en una mesa cuyas vistas espectaculares invitaban a ignorar al acompañante, para no dejar de contemplar el otro lado del cristal.

–¿Puedo sugerirte algo? –Me dijo mientras se quitaba un abrigo verde y descubría un vestido negro, ajustado, sin mangas, ofreciendo una idea de la cantidad de pecas que podía cubrir todo su cuerpo. En el cuello, ya visible, un colgante discreto y sencillo ofrecía un busto hermoso, delicado.

–Claro.

–Para compartir, te aconsejo empanada. Luego podemos pedir, de primero, una sopa de pollo y de segundo chicharrón de cerdo… ¡exquisito!

Sentí el estómago suplicar un poco de piedad pero tenía hambre y pocas ganas de pensar, mucho menos de contradecir a mi anfitriona así que decidí hacerla caso.

–Me parece perfecto. ¿Para beber?

–Que nos recomienden uno, ¿te parece?

–Genial, estoy ansioso por probar todo esto– Dije con sinceridad.

 

La noche transcurrió sin incidentes por mi parte, meteduras de pata o frases inapropiadas. Ella parecía pasarlo bien y comimos a gusto. No dejamos ni las migas sobre los platos. Al salir, volvimos al coche y terminamos ciertas conversaciones superficiales hasta llegar al hotel. Ella lo apagó y se quedó mirando. Yo también pero algo en mi interior me decía que no siguiera por esa senda, que corría cierto riesgo y no me encontraba en mi ciudad. Debía evitarlo. Ella acercó la cabeza dos centímetros, suficiente para que algún rizo que caía sobre su rostro se balancease. Y mi mano fue a parar al único sitio que cabía esperar: el pomo de la puerta. Un «ha sido una velada estupenda», «nos vemos», «gracias», etc. Y salí pitando. Mis piernas se movían rápido, sin nada que las detuviese salvo la bañera, de nuevo. Aunque esta vez estaba consciente y me desnudé antes de meterme en ella y calmar mi ansiedad bajo el agua. Al cabo de unos minutos, me puse el pijama y el abrigo.

La habitación asignada para mi viaje de una semana en Boston tenía balcón. Gran acierto. No es que fuera un fumador empedernido pero si me gustaba, cuando viajaba, tomarme esa libertad en un lugar donde nadie me conociera y no molestara. Salí al frio invernal de la ciudad aplacado levemente por los muros del hotel y el microclima que se creaba en aquella terraza con vistas al mar. La humedad era insoportable pero ya me había habituado lo suficiente como aguantarla sin sufrir dolor alguno. Mientras admiraba las pocas luces que quedaban encendidas frente a mi, otra lucecita minúscula parpadeaba en mi móvil sobre el escritorio de la habitación, olvidado, ajeno a mi momento deseado al otro lado del cristal. Al entrar en la habitación, vi la llamada perdida de mi editora. Y un WhatsApp.

«He concertado una cita con el Inspector Steven Manning, de la Unidad de Homicidios de Boston. Mañana le tendrás en la recepción a las 10. No la cagues, muchacho». Esta mujer rezumaba amabilidad. Ni la contesté pero me alegré, por fin, de hablar con la policía. Hasta ahora sólo tenía un libro y una flor. Aunque mi cabeza seguía trabajando, incansable, en la idea de las tres colinas y la coincidencia geográfica respecto a los miembros de esa familia. Sentí el impulso de anotar aquella idea. Cuando terminé de escribir en mi bloc, me quité el abrigo e introduje mi cuerpo en el interior de la cama. Mañana sería otro día.

Y ese día llego mediante una escandalosa llamada del periódico.

–¡Bob! ¿sabes qué hora es?

El teléfono equilibrado en la oreja sin que nada lo sujetase transmitía la voz quebradiza de aquella mujer a través de la línea sin aminorar su furia ni un ápice. Mi voz, sin embargo, sonó vacía, lamentable y pastosa.

–¡Son las once, joder! El Inspector lleva esperándote abajo más de una hora, ¿crees que puede perder el tiempo por un chupatintas como tu? ¡Me cago en la puta, Bob, joder, baja ahora mismo aunque estés en calzoncillos y avísale porque está más cabreado que una mona ¿has entendido?

Para cuando acabó la segunda frase ya había regresado a este mundo, recuperado la consciencia, sentido vergüenza, temido por mi puesto de trabajo y vestido. Al llegar a la recepción le vi. Era un tipo inconfundible: alto, de espaldas anchas, embutido en un traje gris con el arma visible a través de la cartuchera ya que mostraba los brazos en jarras, rapado al cero, gafas de sol de espejo y un palillo en la boca.

–Buenos días…

–Llegas tarde, chico. Muy tarde. Tienes suerte que hoy cuente con recursos suficientes para perder el tiempo en la recepción de un hotel esperando a un pringao como tú pero me has pillado de buenas, ¿sabes? Así que no seré muy malo contigo– Dijo e inclinó su cabeza hacia mi, varios grados disminuyendo sus más de dos metros de altura, para decirme muy cerca de mi nariz:

–Pero no me toques los cojones en exceso porque puedo cabrearme con facilidad, ¿de acuerdo?

–Si… señor.

–No me vengas con gilipolleces, chico. Manning y punto, ¿vale? Ahora vamos, tengo muchas cosas que contarte. ¿Te da miedo la sangre?

El Inspector Manning se giró sobre si mismo y comenzó a caminar, dejando caer aquella pregunta como quien se cuestiona que camisa debe ponerse. ¿Qué quería decir con eso? Enseguida até cabos. Pero jamás imaginé que mis ojos registrarían aquellas imágenes tan horribles.

 

–Sube –Ordenó.

El coche del Inspector era un modelo clásico de algún deportivo cuya marca no conocía. Muy cuidado y limpio por dentro aunque con rasguños en el exterior. Como si las cicatrices de aquel duro empleo las cargase el coche y no el dueño. Condujo respetando los límites de velocidad por toda la ciudad sin emitir una sola queja por el tráfico, ciclistas o peatones despistados. El Inspector seguía mordisqueando su palillo y yo preguntándome que clase de madera aguantaba aquello. Tampoco se quitó las gafas en ningún momento. Jamás le vería los ojos.

Llegamos a la casa de White Road en el barrio de Cambridge justo a las doce. Efectivamente, la casa desentonaba de forma casi obscena en aquel barrio. Un cubo blanco, con una ventana y una puerta, se plantaba en medio de una calle ante las miradas de los vecinos que, horrorizados, la miraron desde que apareció. Ahora, incluso, lo hacían pensando en lo que ocurrió dentro. Una cinta amarilla con letras negras impresas que decía: «Policía, no traspasar» rodeaba toda la casa.

El Inspector Manning sacó una bolsita de plástico del bolsillo y cuatro pares de guantes azules. Me cedió dos.

–¿Son de vinilo?

–Claro que si, pero si hubieran sido de látex te los hubieras puesto igual.

–Desde luego –Afirmé, mintiendo con descaro.

A continuación sacó otra bolsita con unas llaves dentro y una etiqueta anudada al ojal de cada llave. Mientras sus dedos disfrazados de azul jugueteaban con el metal para sacarlo de allí, volvió a preguntar.

–¿Te da miedo la sangre?

–¿A que se refiere?

Se detuvo. Giró su enorme cabeza hacia mi y volvió a inclinarse.

–Lo que pasó en esta casa no tiene nombre. Las paredes parecen haber sido pintadas de rojo tirando la propia pintura sobre ellas, con una brocha enorme. Huele mal y uno se siente entrar en el mismísimo inferno al cruzar esta puerta. Así que, si te vas a cagar en los pantalones, hazlo, si vas a a vomitar, lo haces para adentro y si quieres salir corriendo a buscar a tu mamá lo haces pero despacito y sin atravesar ninguna ventana… ¿me has entendido?

Tragué saliva. ¿Qué coño había pasado?

–Sí, Inspector Manning, entendido.

–Bien. No quiero problemas– Dijo al accionar la llave y provocar un chirrido afilado que arañó mis tímpanos. Del interior, una bocanada de aire cebado y un olor a grasa cocinada salió rápido y entró en mis pulmones, provocando mi primera arcada. El Inspector me miró de nuevo, tras el cristal de sus gafas. Yo sabía que lo estaba haciendo, no necesitaba verle los ojos. Así que me prometí dejar el estómago y la aprensión fuera de allí. Era un reportero ¡qué coño! Aquello podía ser bueno para mi carrera. Aunque nada más entrar desee haberme dedicado a otra profesión.

El Inspector caminó hasta el salón, situado a la derecha de la puerta principal. Cubría toda la planta inferior ya que la escalera se situaba frente a mí, que aún no había avanzado más de dos pasos del marco de la entrada. Miraba alrededor intentando comprender aquella escena. Una escalera de peldaños con el entresuelo al aire se dirigía a lo alto y, al fondo, bajo la escalera y por el pasillo que la rodeaba, debía aparecer la cocina.

–Creo que tengo algo que contarte, ¿no, chico?

–Si… claro…–Respondí tartamudeando.

–Bien. Paul, el padre: británico, 46 años. Ingrid, la madre, 45 años, de origen alemán. Sanja, Abie, Seifer, Aaron, Selma, Alessia, Seppel, Amanda, Sigfrid y Cheng, los hijos. En total: doce personas. Y doce cadáveres encontrados la mañana del 12 de Noviembre, esparcidos por la casa– El Inspector Manning no se detuvo en la explicación y yo me acostumbre a esa escena con extraña prontitud –Sanja, Abie y Aaron en su cuarto, cada uno en su cama. Eran los más pequeñitos. Seifer, Selma y Alessia en el suyo, los siguientes en edad. En la cocina encontramos a Amanda y Sigfrid. Seppel en el cuarto de baño. Paul e Ingrid en su habitación.

–¿Y Cheng?

–Muy perspicaz, chico. No hemos encontrado su cadáver.

–¿Qué edad tenía?

–Según nuestros registros, unos veinticinco años. El mayor de todos. Adoptado.

Caminé por el salón con cuidado, observando las salpicaduras ocres que atravesaban los muebles y desembocaban en la pared como si alguien hubiese agujerado una bolsa llena de pintura y girado sobre sí mismo con ella en la mano. No sentía náuseas y mi nariz ya se había acostumbrado.

–¿Tenían problemas de fertilidad?

–No, que sepamos. Cheng fue adoptado a propósito.

–Por eso lo decía: nueve hijos después no denota un problema.

–El problema es otro, chico… ven aquí, quiero que veas una cosa.

         El Inspector Manning me condujo hasta el otro lado del salón, de sillones blancos, armarios blancos, estanterías con libros blancos, cortinas blancas. No existía objeto algún de otro color más que el blanco. Incluso los que vi en aquella habitación tras el pasillo que se abría al fondo del salón: un espacio de cinco por ocho metros, calculados a ojo, con estantes clavados en la pared que sostenían miles de figuritas de porcelana.

«El oro blanco» pensé. Y recordé el libro de Edmund de Wall. Mi instinto me llevó a echar mano a la bandolera y sentir que seguía allí.

–Esta habitación es la única que no tiene restos de sangre, nadie fue asesinado aquí y estamos investigando de dónde sacaron estas estatuillas. Era una gente extraña. Hemos hablado con los vecinos del barrio y dicen que no se relacionaban con nadie: no acudían a ninguna fiesta de la comunidad, a misa o mercadillo benéfico. Los niños podían aporrear su puerta durante toda la noche de Halloween que no sería abierta hasta el día siguiente, compraban en la zona pero sin emitir palabra alguna, tan sólo mostrando un papel en blanco que los dependientes ya sabían cómo leer.

–Rayándolo con un lápiz.

Me mordí la lengua. «¿Para qué habré dicho nada?» pensé. Pero el Inspector Manning hizo caso omiso a mi respuesta.

–Ahora ven a la cocina. Esto es lo más impresionante.

¿Más que once cadáveres vestidos de blanco esparcidos por toda la casa? ¿Más que una vivienda cuyos objetos, todos, relucían a través de la ausencia total de color? ¿Qué más me quedaría por ver?

El Inspector me llevó hasta la cocina. Allí, abrió los armarios superiores y mi boca hizo lo mismo al ver el contenido: platos, vasos, cacerolas, cuencos. A continuación me mostró el contenido de los cajones: tenedores, cuchillos, cucharas y cucharillas. Pero quedaba lo más impactante: la nevera. Al abrirla, no daba crédito: decenas de frascos blancos, como todo lo anterior, poblaban la nevera. Había algún alimento más cuyo envase o paquete había sido forrado de blanco. ¿Pero qué locura era esta?

–Hemos enviado muestras de cada frasco a un laboratorio independiente. No tengo ni idea de lo que hay en su interior.

Yo soy periodista, no policía. Así que no tuve en cuenta la última afirmación de Manning y la escuche a través de la puerta abierta de la nevera, justo cuando abrí uno de ellos y el olor suave y dulzón penetró en mis fosas nasales como un torrente. Era muy agradable. Mi lengua quiso probar aquello y, por alguna razón que aun desconozco, no la frené. El sabor afrutado invadió mi garganta, dejando una sensación suave y fresca. Bebí un poco más y sentí elevarme del suelo unos centímetros. Aquella sensación era nueva y fantástica para mí. Pero un grito del Inspector me devolvió a la realidad sin dejar de sonreír y tapé el frasco, cerré la puerta y le seguí.

No recuerdo muy bien la conversación que tuvimos en el jardín. Algo sobre la cerámica china, su origen y no sé qué más. Sin embargo, el nombre de Cheng retumbó en mis oídos varias veces pero no sería capaz de asociarlo a ninguna frase. Acabé en el hotel, dormido sobre la cama, vestido y con la bandolera a mi lado. Había sido un martes interesante.

Al día siguiente me levanté con una sensación angustiosa que recorría mi cuerpo. Me temblaban las manos y la imagen de aquel frasco con líquido blanco se mostraba delante de mí. Necesitaba beber un poco de aquel líquido que probé en la casa de White Road, sólo un poco más. ¿Qué narices tendría? Entre la lucidez y el mono pude conectar el portátil al escritorio cuando, al verme en el espejo vi que no llevaba nada de ropa. Corrí a vestirme con lo primero que pillé mientras arrancaba el ordenador y entré en Google tan pronto como pude. ¿Cómo se llamaba? ¡Joder!, la puñetera planta… ¡Ah, sí!. Hablaba solo, en medio de una habitación de un hotel en mitad de una ciudad desconocida. Al ver el resultado de mi búsqueda me asusté: la planta aquella era alucinógena. Esa maldita familia se drogaba que daba gusto pero en mi cabeza no descansaba la idea de volver y beber un poco más. ¿Escribiría esto en el artículo? Quién sabe si habría artículo al final.

Sonó el móvil. Con mi voz entrecortada atendí la llamada de Maggie: me invitaba a desayunar pero yo sólo pensaba en volver a la casa de White Road, abrir la nevera y engullir cada frasco.

Bajé a la recepción y allí estaba ella pero el aura de belleza pelirroja había desaparecido. Ni sus rizos, ni su aspecto y ni siquiera su voz me llamaba la atención. El frasco. Sólo pensaba en el puto frasco y me odiaba por ello. Empezaba a ser una obsesión.

Durante el almuerzo hablamos de cosas triviales, como hacen las personas que acaban de conocerse o, en otras ocasiones, quieren perderse ya de vista. Yo creo que ella notó algo pero no me lo dijo. Es verdad que no la volví a ver, quizás tenga relación. El caso es que salió el tema de las figuritas de porcelana y me dio datos muy interesantes sobre ese tipo de arte. Fue el único momento en el que la presté atención. Al parecer, las figuras que aparecieron en la casa eran representaciones de la familia cuyo origen se remonta al siglo dieciocho. Si no recuerdo mal, un discípulo del alquimista Friedrich Böttger aprendió el oficio de cocer la cerámica a una temperatura inusual: entre 1300 y 1400 grados mezclando alabastro calcinado y feldespato. La fórmula era alto secreto y éste discípulo decidió no morir con ella, sino transmitirla a sus hijos y que ellos hicieran lo propio con el resto de descendencia. Así, cada figurita representaba un miembro de aquella familia.

Entonces recordé algo que Manning me había comentado acerca de la ausencia de sangre en aquella habitación. ¿Y si la familia de White Road fuera el último eslabón que conocía la receta? Pero hoy en día, sería absurdo guardar un secreto así… salvo por una razón.

Y esa razón se hallaba en la floristería.

Reconozco que, a veces (las que más) puedo llegar a ser demasiado impetuoso. Dejar a alguien con la palabra en la boca para salir huyendo, no es la manera más educada de comportarse pero necesitaba volver a Petalo’s y hablar con la señora Donaldson.

–¿Señora Donaldson? –Dije entrando violentamente. Debía relajarme pero ahora tenía dos motivos para estar ansioso.

Nadie contestó hasta que, pasados unos minutos, aquella mujer emergió de la selva que tapaba el pasillo.

–¿Otra vez tú? ¿Qué has venido a destrozar?

–Tranquila, señora… sólo he venido a preguntarle algo.

La mujer se refugió tras el pequeño mostrador, con la mano izquierda sobre el cristal y la derecha oculta debajo. Seguro que su dedo índice rozaba un botón rojo que conectaba directamente con la policía.

–Lanza esa pregunta de una vez y lárgate.

Carraspeé.

–La planta esa que ayer casi destrozo… la Catara no sé qué…

–Catharantus roseus, sí.

–¿Es una droga?

La mujer me miró con rabia.

–¡No digas estupideces! Ninguna flor es una droga salvo cuando haces malas mezclas –Y comenzó a caminar por el local– Depende de quien lo haga y con qué, puede ser alucinógena pero de ahí a considerarla una droga…

–¿Con qué otra planta puede obtenerse un líquido blanco, dulce, riquísimo… y muy adictivo?

La mujer se detuvo. Echó mano de un pequeño libro que descansaba sobre una maceta vacía, abrió por la mitad, repasó con los dedos, leyó en bajito y lo cerró con rapidez.

–Dios mío… –Susurró.

–¿Qué ocurre?

–Lárgate.

–¿Cómo dice?

–¡Que te vayas!

Salí corriendo de allí pero me detuve en la puerta. ¿Qué estaba pasando? Sin saber por qué miré mi reloj. Faltaban diez minutos para el cierre del mediodía en aquella tienda y decidí esperar. Tenía una corazonada.

En efecto, otros diez minutos después de la hora de cierre, la señora Donaldson salió de la tienda con una bolsa de la que emergían flores blancas y aquel libro en sus manos. Cerró y caminó en sentido contrario a la esquina donde me ocultaba. La seguí hasta un callejón cercano donde se perdió en la oscuridad de los dos edificios altos que lo formaban. Despacio, me acerqué hasta su posición lo suficiente como para no ser visto, gracias a dos cubos de basura que me tapaban. Y lo vi todo. El olor a hierba quemada y papel ardiendo invadió el estrecho callejón. Antes de que se diera la vuelta yo había decidido abandonar el lugar.

Ya tenía una idea de lo que estaba ocurriendo. Pero debía realizar la última visita. Aunque nunca pensé que fuera la última de verdad.

Cogí un taxi con la cabeza dando tumbos dentro del cráneo y la nariz taponada por los olores extremos a los que la había sometido. Al llegar a White Road le pedí que parase a dos casas del cubo blanco y pagué. Caminando llegué a la casa.

Delante de aquella aberración arquitectónica con una puerta y una ventana miré a cada lado. Era la hora de comer, nadie parecía estar observando. Mi excitación aumento al saber que estaba cerca de saciar mi sed de aquel líquido blanco pero también de comprobar mis sospechas sobre aquellas figuritas. Entonces tomé la peor decisión de mi vida.

Como una liebre, pasé por debajo del cordón policial y llegué al jardín. Por suerte, Manning había olvidado cerrar la puerta trasera y me colé en la casa. En el interior me parecía haber llegado al mismísimo cielo, sino fuera por las rayas ocres que aún permanecían en las paredes. ¿Qué hacer primero? ¿Beber o comprobar las figuritas? Mi idea era sencilla: aquella familia, quizás guardianes de la fórmula secreta enseñada por Friedich al miembro primigenio, se obsesionó con el encargo de salvaguardar la receta durante generaciones. Pero su admiración por el producto obtenido al aplicarla pasó a ser obsesión, alimentado por leyendas y literatura mal entendida, como el libro de Edmund que habían interpretado a su libre elección. Mientras caminaba hacia la nevera, continuaba explicándome esta teoría que ya veía reflejada en un artículo. Agarré un frasco y comencé a beber caminando hacia la habitación de las figuritas. Seguía mi explicación: esta familia había creado una religión alrededor de la pureza blanca de la porcelana. Incluso dedicado una habitación para depositar todos aquellos pequeños bustos blancos, a modo de altares. La flor que la señora Donaldson les había proporcionado, pronto fue utilizada para producir el líquido blanco que yo estaba saboreando en ese instante, cuando justo me situé ante las figuras. Y la droga hizo el resto. Con todos ellos y conmigo porque al levantar una de ellas encontré lo que andaba buscando, fruto de la realidad o del mundo que comenzaba a moldear a mi alrededor. Las paredes comenzaron a tomar volumen y las bocas de las estatuillas a gritar. Seguí bebiendo y salí de la habitación.

Al llegar al salón todo se movía con vida propia y una figura de mi estatura se postró delante de mí. Algo dijo, pero no escuché. Algo brillante portaba en su mano, pero nada más vi. Algo me arañó el hombro pero ya no sentía casi nada. La última imagen que recuerdo fue el suelo en vertical, pegado a mi cara y un charco rojo emanar frente a mis ojos.

Nota de Prensa: Se ha encontrado al periodista Bob R. M. asesinado en la casa de la Familia Masstreng, situada en White Road, Cambridge (Boston) a las 14:35 del mediodía. La policía se persona en la vivienda alertada por los vecinos y detienen al hijo mayor, Cheng M., con un machete en la mano, delante del cadáver del periodista. El Inspector Manning ha emplazado a los medios de comunicación a una rueda de prensa, mañana a las 15:00 en las escaleras de entrada a la comisaría.

© David Verdejo - Todos los derechos reservados

Escritor.

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