‘Mi expediente favorito’ o la fusión de la lectura y la palabra

‘Mi expediente favorito’ o la fusión de la lectura y la palabra

‘Mi expediente favorito’ o la fusión de la lectura y la palabra

Sep 22, 2017

Redacción Central


Mi expediente favorito es la fusión de las dos formas de comunicar más antiguas que hay: la lectura y la palabra… en este caso la radio. La idea parte de Humberto Pérez-Tomé, editor de Sekotia, que le propone al veterano periodista Adolfo Arjona, el lanzamiento de una colección de libros basados en la sección ‘La crónica negra’ del programa ‘La Noche de COPE’.

En cada ejemplar de la colección se narran las atrocidades cometidas por los asesinos en serie más famosos de la historia, al mismo tiempo que podrás escuchar la valoración de los investigadores, psiquiatras y periodistas especializados en el género dentro de la ‘crónica negra’, gracias a los códigos QR que incluye el libro y que te derivan a entrevistas realizadas por Adolfo Arjona en su programa nocturno de COPE.

Además, el lector podrá acceder a un concurso abierto en el que tiene la opción de ganar un ordenador portátil, una tablet, viajes, cenas exclusivas para 2 personas o productos gastronómicos de lujo… Para saber cómo participar en los concursos y obtener todo tipo de información sobre la colección de libros (sinopsis, autor, audios…) ponemos a disposición del lector la página www.miexpedientefavorito.com A través de este sitio web podrán inscribirse en el Club de Amigos de forma totalmente gratuita.

Los autores de cada libro del coleccionable son expertos en el género ‘crónica negra’ que alcanzan la tensión literaria sin regodearse en el morbo de la historia. No están ante ficción sino ante hechos reales y documentados.

De momento hay tres títulos publicados: John Wayne, el payaso asesino; Mary Bell, la niña asesina; y H.H. Holmes, el hotel de los horrores. Próximamente aparecerán Richard Kuklinski, el hombre de hielo y Enriqueta Martí, la vampira de Barcelona.


 Como si se tratara de una macabra réplica del motel de Norman Bates, el Holmescastle, conocido tiempo después como “el hotel de los horrores”, abrió sus fauces el 1 de mayo de 1893, dando alojamiento a mujeres que jamás saldrían de allí.

Aquel establecimiento de tres plantas y de aspecto siniestro, ideado por la mente sádica de Henry Howard Holmes, estaba surcado por una red de conductos ocultos y de sistema de gaseado, de montacargas y accesos secretos al subsuelo, y de un sótano dotado de un pozo de cal viva, de barriles de ácido y de hornos de carbón.

Las inquilinas que buscaron refugio en el “castillo de Holmes”, eran seducidas por la atrayente personalidad de Henry Howard, quien las empujaba a poner a su nombre sus propiedades y bienes bajo la promesa de un futuro matrimonio. Pero la realidad era bien diferente.

Una vez alcanzados sus objetivos con una mujer, que incluía en ocasiones mantener sexo con ella para avivar la llama de un falso amor, ésta era gaseada o dormida con cloroformo. A veces, si la ocasión lo requería, aquellas mujeres eran conducidas al “calabozo”, una habitación repleta de elementos de tortura, en la que el dueño de aquel espantoso inmueble lograba de sus víctimas aquello que se proponía.

Tras la muerte, o incluso antes de que ésta se produjera, las mujeres eran introducidas en cal o rociadas con ácido para hacer desaparecer cualquier pista. En otras ocasiones, los hornos devoraban los cuerpos de aquellas pobres muchachas.

El artífice de semejante horror, H. H. Holmes, no era el típico asesino en serie que mata por placer psicológico. A Henry le importaba bien poco ese aspecto. Tampoco disfrutaba asesinando. Ante todo, Holmes era un hombre de negocios para el que todo valía con tal de lograr sus propósitos. No mataba porque disfrutara con ello, sino porque una vez que las víctimas ponían en sus manos lo que solicitaba de ellas, se convertían en un estorbo que había que hacer desaparecer cuanto antes.

Una vez descubierta la aterradora realidad del Holmescastle por la policía estadounidense, Henry Howard Holmes fue condenado a morir en la horca por los asesinatos de más de doscientas mujeres. Un número imposible de precisar porque sus cadáveres nunca aparecieron.

El 7 de mayo de 1896, nuestro protagonista, lanzando al aire terribles maldiciones contra todos, murió colgado de una soga, tras quince minutos de extrema agonía.


José Manuel Frías (Málaga, 1977) se dedica al periodismo de investigación desde hace más de dos décadas. En la actualidad es presentador, reportero, guionista, asesor y corresponsal de diferentes medios de comunicación de radio y televisión a nivel internacional, y publica de manera habitual en las revistas Más Allá, AÑO/CERO, Sexologies y Sensuality.

Después de recorrer medio mundo, ha dejado por escrito el resultado de sus investigaciones en más de una veintena de novelas, ensayos y biografías.

Tras su paso por La Noche de Adolfo Arjona, en Cadena COPE, con una exitosa sección de crónica negra, ha iniciado una nueva aventura literaria adentrándose en el ámbito de la criminología.

El alma humana, como la naturaleza misma, puede ser un paraíso donde toda maravilla es posible, o un páramo yermo, donde nada crece o lo hace para mal. Siempre será un misterio que del interior de una misma persona pueda nacer lo más abyecto y lo más sublime.
La historia de Mary Bell es una historia extrema en todos y en cada uno de sus momentos. Nacida de una prostituta de dieciséis años, sufrió el más radical de los rechazos desde el momento en que vio la luz: “Aparten esa cosa de mí”, fueron las primeras palabras que escucho de su madre.
Los niños nacen inocentes, y nacen para ser amados y cuidados. Su crianza puede resultar un reto, pero nunca deben significar una carga. En el caso de Mary, si solamente hubiera recibido el rechazo de su madre, naturalmente que su vida y carácter se habrían visto marcados, pero tuvo la mala fortuna de que todo fuese horriblemente mal y su vida se torciese hasta límites difíciles de imaginar.
Los primeros años de su infancia no trajeron a Mary Bell el calor del afecto de una familia. Para ella, crecer ya fue una suerte, pues su madre intentó matarla en más de una ocasión, llegando incluso a tirarla por una ventana. En numerosas ocasiones, tuvo que ser atendida en urgencias por golpes recibidos o por ingestión de medicamentos. Con cinco años su madre la incluyó en sus juegos sexuales con los clientes. Ella era una dominatrix especializada en sadomasoquismo. Tenía ocho años cuando su virginidad fue vendida a un cliente. Y no fueron los únicos horrores sexuales sufridos por la niña.
Para Mary Bell no había otra opción que ser verdugo o víctima, en un mundo en que sólo cabía hacer daño o recibirlo.
Ella era siempre la víctima. Cuando, con once años, quiso dejar de serlo, sólo le cabía ser verdugo, y lo fue matando a un niño de cuatro. Pasadas algunas semanas, Mary estranguló a otro niño, en esta ocasión de tres años.
Todo en esta historia es extremo hasta la abyección, y es la historia que cuenta esta novela, donde el autor enfrenta la crudeza de la misma, sin evitar las situaciones más extremas, pero consiguiendo que el lector no vea herida su sensibilidad gratuitamente.
Es una novela que, una vez comenzada, no se puede dejar de leer hasta el final.


Marcos López Herrador (Úbeda, 1955) es Licenciado en Derecho, poeta desde muy joven: Al cruzar tu estela, Poesías de amor, Hijos del abismo, Poesía en el tiempo y otros versos, son algunos títulos editados. Ha escrito ensayos como El arte de la impostura y La rebelión de los amos; un manual didáctico con el título El oficio de escribir. En la editorial Sekotia editó en 2015 su libro El test más divertido de la Historia, sobre curiosidades históricas. En el ámbito de la ficción ha escrito Lecturas breves (relatos e historias y la novela histórica La caída de Roma I (Roma eterna). Colabora habitualmente en prensa y radio.


 

 

Besadme el culo”, dijo el payaso asesino a sus verdugos.

Ese 9 de mayo de 1994, el tiempo se acaba para el asesino en serie John Wayne Gacy. Su vida ya no se divide en años, meses o semanas, sino en horas… y pronto solo en minutos y segundos. A menos que las apelaciones de última hora detengan lo inevitable.

El antiguo contratista de Chicago tiene una cita con el verdugo. Entre 1971 y 1978, John Wayne Gacy mata a 33 jóvenes adolescentes y a 29 los entierra en el sótano de su propia casa. Pero mientras asesina impunemente, vive en un acomodado y tranquilo barrio del norte de Chicago, en una bonita y amplia casa unifamiliar; y goza del aprecio de sus vecinos, porque además de ser empresario de éxito, se dedica a la política y se desvive por el bienestar de su comunidad. En los ratos libres, incluso se disfraza de payaso y, con el nombre de Yoyo, entretiene a los niños, enfermos en los hospitales, o en sus fiestas de cumpleaños. Las madres sonríen agradecidas.

El último día, le permiten a Gacy las visitas habituales de familiares y amigos. Hacia las nueve de la noche, se pide a todo el mundo que se vaya. John Wayne Gacy, el payaso asesino, puede pasar las ultimísimas horas con un ministro religioso, si quiere; pero él prefiere pasar esos momentos finales en compañía de su hermana mayor Karen. Ya en el pasillo camino del patíbulo, se abrazan los dos hermanos. Él exhibe una media sonrisa irónica, ella está triste. Él parece tranquilo, quizá frío. Karen le estrecha entre sus brazos, lo mira a los ojos y le dice: John, que estés en paz con Dios. Él, apenas con gesto amable hacia su hermana, responde: Te quiero. Yo también, exclama la mujer en un suspiro final, que el hombre interrumpe con un decidido: Ya es hora, dirigido a sus guardianes.

Mientras las agujas del reloj se aproximaban a la medianoche de ese 9 de mayo de 1994, una multitud aguardaba en el exterior del presidió. Algunos rezan arrodillados. Otros beben y alborotaban, como en un concierto de rock. La ejecución se ha convertido un espectáculo mediático. Resta la última oportunidad para el hombre. El gobernador puede conmutar la condena a muerte por cadena perpetua.

No ocurre.

En el interior, un empleado de la prisión sujeta con firmeza al asesino más célebre de Estados Unidos. Durante los últimos años, Gacy ha aparecido muchas veces en televisión. Para algunos chiflados, es objeto de culto. Encerrado en prisión, acumula más fama que la mayoría de los hombres de su generación que la ansían.

Pero ahora, que un celador anónimo le ata con seis cuerdas a una camilla metálica con ruedas, Gacy piensa en el que ha sido su mantra durante el último lustro: Quitarme la vida no devolverá las vidas de los demás. Razón no le falta. Incluso con un pie en el abismo, quiere tener razón: su muerte es un asesinato de Estado.

Gacy tiene la oportunidad de decir unas últimas palabras. Luego los verdugos le ejecutarán. Los testigos están a la vista en una sala contigua, tras un cristal. Gacy fija los ojos en ellos y todos escuchan claramente sus últimas palabras: ¡Besadme el culo!

John Wayne Gacy nunca ha expresado el más mínimo remordimiento. Es la última reacción desesperada de un psicópata: cree que todo el mundo está contra él. El fiscal jefe en el juicio de Gacy, William Kunkle, ha comentado poco antes, que todavía tiene una muerte mucho más fácil de cualquiera de sus víctimas.

Gacy, el asesino sin escrúpulos muere sin entender muy bien por qué a las 00:58 de la mañana.

La psicóloga Helen Morrison se lleva a su casa el cerebro de Gacy y lo guarda como recuerdo. La antigua celda de John Wayne se utilizará durante la filmación de la serie Prison Break. El tecladista de la banda de Marilyn Manson toma parte del nombre de John para su nueva identidad: Madonna Wayne Gacy.

Los hombres de bien, que han mandado a John Wayne Gacy al infierno tan fácilmente, tienen que ser prudentes; porque si el tiempo y la ciencia demuestran, al analizar cerebros, que ese sociópata payaso de DesPlaines padecía una enfermedad mental incontrolable, por muy hijo de puta que fuera, cuando a ellos les llegue la hora de bajar al averno, pueden llevarse la sorpresa de encontrarse ahí con Gacy. Ellos y los que en su día no hicieron nada para detenerle a tiempo, y luego se empeñaron todo lo posible para que ese monstruo desapareciera vergonzantemente.


Miguel Janer (1962) licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra, y master en Educación Secundaria y Bachillerato por la Universidad Internacional de Valencia. Durante más de veinte años, ha trabajado como periodista económico en Actualidad Económica y la Gaceta de los Negocios. Autor de Todo queda en familia, cien años de oligarquía financiera en España, Marketing de Pareja y Ama a tu socio, como a ti mismo. Asesor literario en libros como ¿Hay algún hombre en casa?, del Catedrático de Psicopatología y La Perfumista. Tertuliano habitual de radio, ha copresentado el programa de Televisión Española, Convive. Colaborador en Espejo Público.

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