Reyes#02_imagenAquella tarde el detective estaba aburrido. Y esto es peligroso. Un sabueso con cuentas pendientes piensa en maldades. Pero no era el caso. El verano sevillano coleaba. El teléfono sonó. Hablaba, impulsivo, un tipo con fuerte acento argentino promiscuo de palabras y carente de humildad. Intuía, Reyes, que aquel doctor (lo remarcó) rosarino no tenía la prepotencia del porteño. Iba, mentalmente, etiquetando al consultante. De todas formas, el caso que proponía entrañaba un reto detectivesco. Se resumía así: documentar dónde y en qué condiciones estaba su hijo de 3 años. Estaba a cargo de una madre viajera, inquieta, guapa, inteligente y políglota. La pareja se rompió por la diferencia de edad y egos celestiales, por lo alto de su alojamiento mental.

Aquel médico altivo daba a entender que ‘no había de problema de dinero’ para el caso. Reyes, perro viejo, empalmó el farol y ya se dijo que si no se provisionaban cientos, miles de dólares, el detective no movería un músculo. Además, aquella chulería dobló el adelanto. Si no hay problema de parné, entonces se pide por adelantado para evitar sorpresas.

El potencial cliente ofreció transferencia, pero Reyes entró al trapo mediante sistema de claves que era un traspaso inmediato. En un par de horas tras colgar el argentino otra media de historia tremenda el dinero llegó al bolsillo del detective. Aquel cliente era ya mejor persona, eso pensó Reyes. ’No money, no honey’ era lema oficioso de la Agencia de Reyes ante tanto caradura que le ve como sabueso de usar y tirar. Y no pagar!.

Los preliminares condujeron al sabueso hacia unos apartamentos-picadero  nutridos de divorciados/as tiesos/as, chaperos, putas finas (es decir, doble vida de casadas, profesoras, enfermeras, secretarias…). En efecto, Lydia rentó allí una pieza mínima. El coche que manejaba era un desastre. Prestado de un familiar, ni tenía seguro, ITV al día, ni ella tenía licencia española para conducirlo, además estaba lleno de golpes, despintado y sucio. Sin embargo, el hijo de Sylvia  iba y venía de la guardería en aquella tartana. Ya tenía el detective párrafos de informe con aquel auto que un museo podría comprar.

El cliente era pesadísimo. Llamaba cada poco y parecía tener tarifa plana. Algunas charletas eran de más de una hora. Insistía que su ex rozaba el perfil de prostituta, pero no era el caso. Era despecho de mediocre, el que justifica con infamias su fracaso ante una mujer que atravesaba malos momentos pero no vendía su cuerpo. Este doctor tenía un yo que no cabía en su Argentina natal.

El detective llegó por la propiedad del auto que maneja Lydia hacia unas señas en urbanización de lujo en el Aljarafe sevillano. La casa era palaciega. El silencio sobre sus moradores era parejo al tamaño de palacio. Allí vivían muchas personas, pero se escondía una. Un ancianito que apenas conocía su vecindario. Afable, con bigotito afilado y bastón se paseaba por las calles adyacentes. Nadie le vió durante los últimos meses. Su yerno Orlando era quien poseía aquel palacio y su mujer ocultaba a la esposa del anciano. Ultra maquillada, cargada de joyerío y con modales aristocráticos ella era lo contrario a la sencillez. Su hija, la esposa de Orlando, era más humana. Había sufrido lo suyo.

Allí, en aquel palacio, vivió Lydia unos días apenas aterrizó de Argentina huyendo del Doctor rosarino. Allí, en aquel ambiente lúgubre pero distinguido, no aguantó los dardos que se cruzaban los moradores del palacio, agravios y reproches que mueven cimientos.

Tanta ensalada precisaba de aderezo. El doctor, cuestionado por el detective, preguntó sobre la extraña a familia de Lydia. Tuvo que soltar prenda. Dramatizó bastante, pero habló: ‘El viejito fue comodoro de la fuerza aérea. Su esposa buceaba la alta sociedad en actos benéficos que se reparten lo más ricos, es decir, su bolso. La hija es lo que ustedes los españoles, llaman ’pija’. Y mi ex es su hija, pero el padre no es Orlando que manda, supuestamente, en el palacio. Fue un guerrillero que la embarazó. Registró su paternidad el ahora viejito. Ese drama, pues el abuelo mató con su pistola al padre de Lydia, no lo supera la esposa de Orlando. De ahí los reproches que se cruzan. La historia del viejito es de nota. Merece un aparte porque sigue. Vino a finales de los setenta a España con millones de dólares rapiñados a ‘subversivos’ y familiares. Pasó en Madrid una temporada hasta que compró el caserón de Sevilla. Se apropió del dinero destinado a otros militares de alto rango como él mismo para sufragar el exilio español. Su yerno lo protege todo bajo su identidad…’

El Informe del detective era prosaico: no vivía en el mejor de los hogares, manejaba auto reprochable y estaba en expectativas de huir de Sevilla. Su trabajo ni mileurista era y malvivía con lo que le daba, bajo cuerda, Orlando a cambio de ciertos favores.  Lydia, y esto no entraba en el informe pagado a duras penas, huía de un maltratador absorbente y ególatra. Su hijo con Lydia era un tesoro que quería compartir con la madre, pero a cambio ella no quería ser objeto, ni diana de sus dardos humillantes. Hijos previos del doctor le mandaron al garete, no su dinero. Su primera ex oye su nombre y se eriza de miedo.

El caso terminó, pero el detective era osado, sentía que un caso le llevó a otro en nombre de muchas víctimas, en nombre de demasiados ‘subversivos’ que fueron torturados, robados, asesinados y desaparecidos. De joven Reyes fue insumiso (al servicio militar obligatorio). Preguntó más por el comodoro. Se incomodaba aquel médico, millonario sólo en dinero. Pero soltó que estaba implicado en los vuelos de la muerte y de extraer bebés a sus madres para venderlos al mejor postor, militares por supuesto.

Años después, el detective dio un soplo a la embajada argentina. Oyó que buscaban ‘milicos’ en España pendientes de ser presentados a la Justicia. Un ayudante de la agregaduría militar argentina en Madrid tocó el timbre del palacio aljarafeño. Abrió la puerta, cómo no, Orlando. Entregaba cédula para ‘indagatoria’ en Rosario. Pero el comodoro ya criaba malvas en una tumba sin lápida que le identificara. Un certificado ad hoc de defunción ilustraba el deceso. Murió cual ladrón y asesino impune. Nadie, nunca le exigió responsabilidad alguna. Un maldito detective, subversivo quizá, recuerda al mundo que la casualidad conduce a lo peor. Y a lo mejor: Los ojos que lean esta historia.

 

 

© Juan Carlos Arias . Todos los derechos reservados

Criminólogo. Director de la Agencia ADAS. Detective Privado. Conferenciante.