NADA PARA FESTEJAR – Hughman # 03

por | Ago 26, 2016 | Goñi_Juan Pablo, RELATOS, Verano - 2016 | 0 Comentarios

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Nada para festejar

 

 

Tras el primer vistazo a la sala, Hughman apostó que el caso no llegaría a la Brigada; la misma gente de la comisaría lo resolvería con facilidad. El cuerpo de la mujer tendido frente a los sillones, en posición fetal, indicaba muerte violenta. Moretones en los brazos y en el pómulo derecho, el golpe más grande en la sien, sangrante. El corpiño roto, aún sostenido de los hombros. La tanga negra en su lugar descartaba la violación, sin necesidad de dictamen forense. La hora de la muerte no ofrecería problemas tampoco, nada de rigor mortis. La habían matado en plena mañana. No fue el cuerpo sino las fotos, las que dieron a Hughman su sospechoso.

Sobre la repisa de la chimenea, dos portarretratos. Cuatro fotos enmarcadas en la pared, detrás de la computadora de escritorio. En el pasillo, otras tres. Un fotógrafo podía tomar una mala foto, usar un mal encuadre, pero no tantos coincidirían en los mismos vicios. Esas fotos estaban cortadas. La mujer aparecía en todas, en la mayoría con tres chicos que crecieron entre las tomas. Había dos de ella a solas; dos fotos que aún no había reemplazado, donde se veía muy corrida del centro. Aunque la mesa manchada con sangre no tuviera las huellas del asesino, el hombre que faltaba en los retratos era el primer sospechoso. Hughman suspiró. Dos agentes daban vueltas por la sala, aguardando por los superiores y por el personal científico. Consideró investigar los dormitorios. Lo descartó, no sería necesario. Lo volvió a considerar, no tenía otra cosa que hacer.

El baño; limpio, en orden. Primera pieza; dos camas tendidas, acolchados con dibujos de Bob Esponja, ese cartoon que no comprendía. Segunda habitación; cama pequeña, un escritorio. Los tonos rosas eran elocuentes; la habitación de la niña. Pasó a la última, que daba al jardín. La cama estaba deshecha; una cama de dos plazas, normal, con cabeceras de madera rectangular. Había ropa sobre una silla, una falda y una blusa. Un teléfono celular cargándose sobre la mesa de luz. A su lado, un retrato completo; una pareja en blanco y negro, ella con tul de novia, él con corbata y bigotes gruesos. Estimó que serían los padres de la mujer asesinada. Se sentó sobre la cama. Aunque los crímenes debidos a la violencia doméstica fueran sencillos de resolver, la motivación resultaba incompresible para el inglés. Le venían deseos de resucitar a la muerta y colocarla junto al criminal, ambos frente a un paredón, por desperdiciar la oportunidad que se les negaba a otros.

¿Cómo era posible que los sentimientos que los llevaran a unirse degeneraran en un odio capaz de desatar un crimen? Daría lo imposible por tener a Alicia viva, mientras estos imbéciles primero perdían sus mujeres y luego las golpeaban hasta matarlas. Se apretó las rodillas hasta que dolieron. Estos casos eran los peores de entender. Tenían hijos, una vida lejana a las privaciones que tantas veces podían causar una frustración enervante. Un auto nuevo en la puerta, una casa amplia, todos los elementos de la vida moderna, ¿qué les pasaba? Si les faltaba amor para continuar juntos, bien, podía suceder; quizá un matrimonio muy joven, una de las tantas parejas que se unen sin haber aprendido antes qué significa el amor, la convivencia, los hijos. Eso podía entenderlo, lo que lo enervaba era el odio con que luego se trataban. Como si odiándose recuperaran una pasión perdida. Jóvenes, esa mujer no debía tener más de treinta y cinco años. El ruido de frenos proveniente del frente de la casa lo liberó de los pensamientos funestos.

El comisario lo saludó. Entró también el médico forense. La científica estaría en camino. Los agentes que acudieran al llamado ya no circulaban por el interior. A través de la ventana, Hughman vio los vecinos que se apiñaban, tratando de deducir lo que había sucedido.

–¿La mató el ex, no?

Coincidió con el diagnóstico del comisario, dos médicos veteranos que detectan de inmediato la presencia de una enfermedad conocida. Ingresó Uffenchi, un teniente novato.

–¿Violación?

Le respondió el médico, inclinado ya sobre la víctima, con su maletín en el suelo.

–A menos que tenga una pija capaz de atravesar bombachas, lo dudo mucho. Ja, ja.

Trimpetti y sus chistes macabros. Uffenchi enrojeció.

–Si me perdonan, yo vine porque estaba a la vuelta cuando informaron por radio. Pero creo que esto no va a ser para la Brigada.

–Andá nomás, inglés, el teniente se ocupa.

El teniente no lucía muy interesado en ocuparse; el comisario se quedaría, un caso fácil de esclarecer siempre venía bien para aparecer ante la prensa. Cuando Hughman subía a su auto, vio llegar al fiscal. Más motivos de contento para el comisario, estaba de turno su fiscal favorito. El inglés abandonó la zona, por el espejo detectó la llegada del coche del canal local. Podría ver en el noticiero de la noche las explicaciones del comisario, si es que el fiscal le dejaba un segundo el micrófono libre. Maldito día, expresó, sin ánimo para encender la radio ni subir la calefacción. Estaba a doce cuadras de su casa. Cruzó el puente hacia Pueblo Nuevo pensando en su dentista. Si bien era cierto que oyó por radio el hallazgo del cadáver, había acudido con la expectativa de encontrar un caso para la brigada que le permitiera posponer la extracción de la muela de juicio derecha. Mala fortuna, a las cuatro de la tarde tendría que presentarse ante la flaca desabrida que recibía a los pacientes como preparándolos para una experiencia cercana a ultratumba.

Pasadas las tres, Hughman estaba en su despacho, pasando datos. La brigada investigaba una serie de robos de camiones. Los otros tres integrantes del cuerpo estaban haciendo trabajo de campo, al inglés le había tocado procesar la información de los registros de patentes, en atención a su turno con el dentista. Controló la hora, quedaba media hora antes de salir para la sala de tortura. Oyó dos golpes en la puerta; se abrió antes que terminara de girar para ver quién ingresaba. El comisario. La ansiedad natural de Bermúdez lo hacía caminar de despacho en despacho en lugar de utilizar el intercomunicador. Traía unas hojas unidas por un broche.

–Hughman, encargate del caso Laperini.

El inglés no asoció de inmediato el apellido con algún caso que se destacara en los últimos días. El comisario se dio cuenta.

–La mujer de esta mañana. Ya que llegaste primero, hacete cargo. Tenemos doce robos, por lo menos necesitamos esclarecer tres, para calmar las fieras.

Hughman ejerció una débil protesta; un asesinato permitía aplazar la extracción de la muela, aunque debiera continuar con antibióticos y calmantes por unos días más. Tampoco preguntó por el esposo; si transferían el caso a la brigada, tenía coartada.

–Estoy con el tema de los camiones.

–Que se encarguen los otros tres, suficiente. El ex marido estaba en Tandil, entró en una fábrica a las ocho de la mañana y estaba ahí a las doce, cuando le avisamos. Te mando a la Dolys para que te ayude, así no complico la investigación de los camiones.

Bermúdez salió, dando por resuelto el traslado. De inmediato, Hughman llamó al consultorio. La secretaria se ofendió, ¿quién  se dignaba rechazar un turno?; le pasó con el profesional a regañadientes. Le explicó la trascendencia del crimen, los asesinatos seguían siendo material para tapas del diario y de los portales virtuales en Blanca. No podía darse el lujo de tomarse los días de reposo necesarios para recuperarse. El odontólogo no se mostró convencido pero aceptó la excusa; le indicó que no dejara de tomar las pastillas prescriptas. Hughman prometió hacerlo y se dedicó a leer las hojas que tenía en la mano, la investigación llevada hasta el momento por el teniente Uffenchi. Sonreía cuando volvieron a golpear la puerta, esta vez con suavidad.

–Adelante –sabía que era la agente Dolys, ávida de participar en otra investigación. El inspector le dedicó una mirada rápida al saludarla. Por más que vistiera el uniforme de fajina –que lo usara suelto, además–, ningún hombre podía mirarla sin verla desnuda. El áurea sexual que desprendía era inevitable, tras su famoso video. Deberían pasar muchos años para que ese cuerpo se deteriorara; entones dirían “qué le paso, ¿te acordás lo que era en el video?”. Problema de ella. Las veces que trabajaron en conjunto no hubo ningún tipo de insinuación; ¿qué le habría pasado con otros colegas? Dejó de pensar en ello, la joven aguardaba de pie. Hughman le indicó que se sentara.

–Acaban de darme el caso, supongo que Uffenchi tomó declaración a los vecinos. Pero lo vamos leyendo juntos, si te parece.

–Cuando me enteré pensé que había sido el marido. O el ex, si estaba separada.

–Yo también, no fuiste la única.

Con esa introducción, pasaron revista a las declaraciones. La primera de ellas era la de Susana Peña, cosmetóloga. Dijo que tenía cita con ella para hacerle las manos a las diez de la mañana. Tocó timbre, golpeó la puerta y no tuvo respuesta. Estaba en la vereda, junto a la puerta, cuando se le acercó una señora mayor, que se identificó como vecina. Le dijo que habían oído gritos, pero que no le prestaron atención porque siempre discutían con el marido. Susana volvió a intentar con la puerta. Luego, pisó el césped y miró por las ventanas. Le pareció ver un bulto en el piso y llamó a la policía. El resto era conocido, la llegada de los agentes.

–Parece que no éramos los únicos orientados hacia el marido.

Cora Dolys no respondió. Sus ojos estaban bien abiertos, atenta a la lectura del inspector. Hughman continuó con Mercedes Elvietta, setenta y tres años, pensionada. La mujer que se acercó a la cosmetóloga. Se levantaba temprano, costumbre de los tiempos que vivía su esposo, que salía a las siete y media para la oficina. A eso de las ocho y media, empezó  a oír gritos. Vivía pared de por medio con la víctima. Los gritos eran habituales, entre ella y su marido –estaban separados pero sin divorcio, se encargó de resaltar la mujer ante el interrogador. Ella siempre gritaba más fuerte que él, le pedía plata. Desde que se mudó al barrio con los chicos, dos meses atrás, una o dos veces por semana se repetían las peleas y los gritos. Ella hizo como siempre, subió la radio para no oír los insultos que se cruzaban. Todas las mañanas escuchaba “¡Hola, Blanca!” en FM Euforia. Se preparó para ir al mercado. Miró a la calle para ver cómo estaba el clima; vio a la mujer en la puerta de la casa y salió con un mal presentimiento. El resto, concordaba con la declaración de la cosmetóloga.

–Esto sí que es sospechoso, que bajara la radio en vez de estirar el oído o poner un vaso contra la pared para ver si escuchaba lo que pasaba, ja, ja.

Cora podía permitirse la risa, ella no había visto el cadáver. Con su aporte, se había ganado una excursión a la morgue, para disfrutar el humor negro de Trimpetti. La morgue. Hughman revisó las hojas. El informe no apareció. Lógico, la autopsia aún no estaría realizada. Continuó con los testimonios. Las otras tres personas de la cuadra que se hallaban en sus casas cuando se produjo el crimen, eran también jubilados. Una pareja y un hombre soltero. El soltero había oído la discusión y había tomado la misma actitud de la señora Elvietta. También escuchaba “¡Hola, Blanca!”. Con los gritos que daba el conductor del programa, ¿qué necesidad tenían de  subir el volumen? Hughman prosiguió leyendo las declaraciones. Casi idénticas, todos mencionaban la mala relación de los esposos y las escenas en alta voz, que muchas veces culminaban en la vereda. A la difunta no le preocupaba que los vecinos se enteraran cuán desgraciada era por ese hombre que no cumplía y que todavía la molestaba.

Finalizaba allí la lista de testigos; testimonios ideales para condenar al marido, o ex marido. Lástima que esta vez el número puesto había resultado inocente, cuando todos habían apostado su medio aguinaldo a las patas del favorito.

–Vamos a tener que interrogarlos otra vez. Y al resto de los vecinos. Esto fue hecho antes de saber que el esposo estaba en Tandil.

Con el objeto de buscar pruebas que confirmaran la evidente culpa del esposo, omitió agregar el inspector. Cora Dolys asintió. Hughman tomó el teléfono, llamó a la morgue. El forense no se encontraba; la secretaria le informó que habían recibido el cuerpo y que la autopsia estaba prevista para la mañana siguiente, de acuerdo a lo anotado en la agenda por Trimpetti. Ningún apuro tenía el forense. El inspector podría haberse quitado la muela; ni siquiera se le ocurrió lamentarse por ello. Cora Dolys lanzó un nuevo pronóstico.

–Ya que no era el marido, tenemos que buscar al amante.

–¿Tenía un amante?

–Lógico, ¿qué mujer abre la puerta en bombacha y corpiño a menos que llegue un amante?

Hughman recordó las sábanas revueltas. Buscó el detalle de los objetos encontrados; ningún preservativo. El asesino se lo había llevado consigo, si es que tuvieron sexo. Le sonó extraño el horario.

–¿Sexo a las ocho de la mañana?

–¿Por qué no? Los chicos en la escuela, vía libre.

¿Discutir el tema con una especialista? ¿Qué efectivo de la seccional se atrevería? Hughman, por cierto, no.

–Busquemos el amante, entonces. Los jubilados deben seguir en sus casas.

Tres horas más tarde habían completado una nueva ronda de visitas. Las vecinas se emocionaron ante la posible existencia de un hombre prohibido en la vida de Viviana Laperini; sin embargo, no pudieron señalar a un hombre determinado. Se esforzaron en recordar, en interpretar todo posible indicio, pero una tras otra culminaron negando con sus cabezas. Viviana no recibía hombres en su casa, el único que la visitaba era el marido. Tampoco los señores recordaron la presencia de un posible amante. A Viviana sólo la venían a ver sus amigas o compañeras de escuela. Asimismo, negaron haber visto un vehículo estacionado frente a la casa esa mañana. El asesino debió partir a pie, eludiendo la vigilancia barrial. Quizá la misma repetición de las discusiones había hecho decrecer el entusiasmo por correr a las ventanas cada vez que se alzaba la voz en casa de la familia Laperini. O Credona, el apellido del padre de los chicos.

Subieron al patrullero más aburridos que cansados. Hughman propuso ir a la seccional, para retirar su coche. Cora encendió el motor. Ella conducía. Al inglés no se le había ocurrido tomar el volante. Cora puso primera marcha; sonó el celular del inspector. El fiscal. Tenía en su despacho al marido, técnicamente; no se había ajustado ese detalle en el estado civil. Hughman accedió a interrogarlo. Mantuvo el destino; decidió que Cora quedaría libre, mientras él iría en su propio coche a tomarle declaración. Por lo visto, el fiscal no tenía muy en claro qué preguntar.

De hecho, Tornelli mantenía al hombre en el pasillo; ¿quién más podía estar aguardando cuando eran casi las ocho de la noche? Cabizbajo, el rostro demacrado, los cabellos grises revueltos. Primer dato, el hombre aparentaba cincuenta años, bastante más que su mujer. Hughman pasó a su lado sin darse a conocer. En mesa de entradas, una secretaria cansada, ya sin su chaqueta gris, le dijo que el doctor lo esperaba. Ella pulsó un intercomunicador, Hughman avanzó al despacho. Por lo visto, Tornelli había enviado por el marido, dado que ingresó casi pisando los talones del inglés. Ambos se ubicaron frente al fiscal, como si Hughman fuera su abogado.

Había pensado en un crimen por encargo del marido; fue Cora quien lo desestimó con su  argumento sobre la escasez de ropas de la mujer. No había sangre ni rastros de lucha en la ropa colocada sobre la silla. A menos que el asesino se la hubiera llevado y puesto otras prendas en el lugar. Tampoco era verosímil, tuvo poco tiempo para escabullirse tras eliminarla. Quedó en su cabeza ese detalle; el factor tiempo era importante, así como su desaparición, sorteando tantos ojos avizores dedicados a espiar tras sus cortinas como principal ocupación de sus vidas.

Viendo al hombre del que sospechara en un principio, le costó creer hasta en las discusiones de las que hablaban los vecinos. La secretaria del fiscal se sumó al grupo; traía una silla, la colocó junto al sillón de su jefe y se dispuso a trascribir la entrevista. Debía ser muy rápida, supuso Hughman. Viendo que tenía todo bajo control, el fiscal asumió su papel de cabeza de la investigación –por diez segundos, pero lo asumió.

–Todo suyo –dijo al inglés; agregó luego al marido, asustado por esas palabras–. Señor Credona, el inspector Hughman es quien lleva las investigaciones, él conducirá la entrevista.

Hughman preguntó lo que ya sabía, en primer término. Credona explicó que trabajaba para una contratista que efectuaba mantenimiento en las fábricas, en este caso se ocupaban de una metalúrgica grande de Tandil. Que solía viajar con frecuencia. Que se había enterado allí, volvió de inmediato y se quedó con sus hijos durante toda la tarde. Estaban con sus abuelos para que pudiera declarar. Reconoció que discutían a menudo con su esposa, precisó que ella levantaba la voz, llamándolo inútil por no darle las cantidades de dinero que le exigía. Que él cumplía con los acuerdos y, fuera del pago de alimentos, pagaba la obra social y la ropa de los chicos. Cuando Hughman profundizó, aceptó que ella había pedido la separación, que él nunca supo los motivos. Que no tenía amante alguno, que supiera. Qué el estaba solo. Que no se habían divorciado porque ella era maestra en un colegio católico y con el divorcio podían echarla. Que no sabía que tuviera enemigos. Un hombre tranquilo al que la vida lo había atropellado y aún no se había dado cuenta.

La secretaria imprimió la declaración, Credona firmó y los cuatro salieron. Tornelli se mostró escéptico sobre la declaración.

–Creo que pudimos sacarle más.

Como el único que preguntó fue el inspector, lo sintió como una crítica. Sin responderle, se marchó. Subió a su coche y partió rumbo a una nueva noche de películas. El marido no era el culpable, no estaban ante un caso típico de violencia de género. Y si existía un amante… ahí estaba lo más extraño del caso. La existencia de un amante era indudable, imprescindible para explicar la mecánica del caso. Pero ¿cómo podía un amante sustraerse al régimen de vigilancia barrial? Decidió que a primera hora hostigaría al forense para que realizara la autopsia. Algo le decía que allí encontrarían la clave, que el caso tenía una solución tan fácil como la primera que se les ocurrió. La violencia pasional era inexplicable, pero dejaba huellas muy claras.

A las diez y media de la mañana, el doctor Trimpetti informó que la autopsia estaba lista. Dos llamados en veinticuatro horas casi exactas; el hallazgo del cadáver y el examen de las causas de su muerte. El inspector se colocó la campera y buscó a Cora Dolys, entretenida en una conversación con la chica que atendía la mesa de entradas. Cambio de planes; él participaría también del informe del forense. ¿Qué otra cosa podría hacer? Científica había hallado huellas digitales, que servirían una vez atrapado el asesino. Entre tanto, aunque buscaran, estaba seguro que no darían con él en el registro de antecedentes. Ya habían constatado que la mujer no había efectuado denuncias contra su marido ni contra otras personas.

Trimpetti había tenido la decencia de cubrir el cuerpo que ocupaba su mesa de trabajo. Era poco habitual ese proceder; el médico regordete disfrutaba incomodando a los policías y abogados exhibiendo los cuerpos, incluso antes de coserlos. ¿Le interesaba su compañera y procuraba evitarle una mala impresión? Otro que había visto el video.

–Murió cerca de las nueve, diría entre ocho y media y nueve y media. Causa de la muerte, golpe en la cabeza, objeto cortante.

Hughman recordó las manchas de sangre, en el suelo pero también sobre una mesa.

–¿El borde de una mesa?

–Ni que la hubiera asesinado Míster Músculo, levantando la mesa para pegarle, ja, ja.

–Pudo caer contra ella. Eso es lo que pregunto, si es posible.

–Sí, es posible.

–Había más moretones.

–Así es, recientes.

–Entonces, el escenario podía ser: pelea, golpes, caída y muerte.

–Hay gente que tiene mala suerte, camina por la vereda y le cae una maceta en la cabeza, otra se cae y emboca justo el borde de una mesa.

Cora Dolys estaba un paso detrás de los hombres que discutían. Hughman perdía el control, el forense tenía facilidad para provocarle ese efecto. Trimpetti tomó el borde de la sábana que cubría el cuerpo, como si fuera a alzarla. La mujer policía intervino.

–¿Tuvo sexo?

Trimpetti se detuvo. Sonrió. Se acomodó el cabello, corto, luego frotó sus manos.

–Llegamos a la parte interesante. ¿Cómo se le ocurrió lo del sexo, señorita?

–Estaba casi desnuda y la cama destendida. Dos más dos, a veces son cuatro.

Hughman se mordió la carnosidad de la boca para reprimir sus deseos de apresurar el dictamen del forense.

–Sí, la respuesta es sí. Diría que poco antes, muy poco antes de su muerte, tuvo actividad sexual. Incluso tenía fluido en sus propios dedos.

El rastro de semen serviría, al igual que las huellas dactilares, recién después de una identificación.

–Supongo que habrá resguardado los restos de semen.

–Menos mal que tenemos un hombre que viene de Inglaterra y nos indica cómo hacer nuestro trabajo, nunca se me hubiera ocurrido. Aunque esta vez, la respuesta es no.

Hughman y Cora Dolys quedaron atónitos. Era un procedimiento sumamente anormal, solía pasar por error o incapacidad, pero Trimpetti parecía ufanarse de haber perdido la prueba. Se bamboleaba sobre los pies, las manos hundidas en los bolsillos de la casaca, muy divertido con el azoramiento de los visitantes.

–Ningún rastro de semen.

–No digo en la vagina, se supone que usaron preservativos y el asesino se lo llevó. Me refiero a los dedos.

–No era semen, era fluido vaginal.

Hughman comprendió de inmediato; no faltaban piezas en el rompecabezas, lo habían armado al revés. Por una vez, su presunción resultó acertada, la autopsia le entregaba la solución. Cora, en cambio, no había entendido.

–¿Quiere decir que se masturbó?

–He enviado muestras al laboratorio para comparar el fluido propio con el de los dedos, a simple vista no puedo determinarlo.

–Vamos Cora, gracias doctor.

Recién dentro del patrullero Hughman confió la resolución del caso a la expectante agente.

–Tuvimos la culpable frente a nuestros ojos, casi que se nos rió en la cara.

Se trataba de un crimen pasional, como surgió a simple vista. Sólo que no era un amante sino una amante. Por la desviación del prejuicio, habían buscado a un hombre. Los mismos vecinos tampoco habían relacionado sus visitas con un amorío, cegados por la misma viga que el inspector. ¿Quién tuvo tiempo de vestirse y salir, sin que la vieran caminar por el barrio? Hughman razonó en voz alta.

–La mató la mujer esa, la cosmetóloga. Llegó por la noche, tarde, se quedó a dormir. A la hora en que chicos y vecinos dormían. A la mañana, tuvieron sexo. Discutieron, pelearon. La mató, se vistió y salió a la puerta. Luego se quedó allí, simulando llamar, hasta que la vio una vecina. Conocía el barrio, sabía que la identificarían por sus visitas frecuentes. Y sabía también que alguno de todos los jubilados de la zona la vería irse caminando, convirtiéndola en sospechosa. Entonces, hizo lo más fácil.

Cora asintió. Solo restaba comparar el ADN encontrado en la víctima para compararlo con el de la cosmetóloga, cuyo nombre Hughman no pudo recordar. Estaba en el expediente. Asunto terminado, pesquisa concluida, nueva lección aprendida: nada de manejarse con supuestos en las siguientes investigaciones. Casi que no podía considerarse un crimen; la muerte fue un accidente, tras los golpes debió empujarla, aunque la mujer sería condenada por homicidio preterintencional. Trató de no pensar en el detonante de esa situación. Le resultaría incomprensible; dos que se amaban, que acaban de hacer el amor… Se obligó a pensar en otro tema. Fue peor.

Dio un golpe a la guantera que sobresaltó a la conductora. Hughman contaba con una investigación dilatada, un crimen complejo. Con el rápido esclarecimiento del caso, se había quedado sin excusas; esta vez tendría que someterse a la extracción de la muela. ¿Quién dijo que debe festejarse la resolución de un caso?

 

 

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Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

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