EXTRAÑAS EN UN TREN


Un espacio abierto a la libertad de expresión y de creación para las escritoras del género negro


Nadie muere a bordo – Mercedes Rosende

Abr 11, 2017

Gilda Green | Redacción Granada

Su trabajo ha hecho que viva, en primera persona, situaciones difíciles e importantes de nuestra historia. Y las ha transmitido a través de los medios escritos, de la radio y la televisión. Es, sin duda, una mujer valiente y una gran escritora.

Damos la bienvenida a Mercedes Rosende. Gracias por subirte a Extrañas en un tren.


 

I

Hay un pasillo, hay cuatro filas de asientos de cuero iluminadas con esa luz blanca y grumosa de los aviones, hay una cortina que se cierra: la azafata cancela la comunicación de business con la clase turista. La chica vuelve a donde estamos, se para al costado del comandante, que está de pie a mi lado, se muerde el labio superior, cruza los brazos sobre el pecho. Siento los cuatro ojos clavados en mí mientras cumplo la rutina de la reanimación cardiopulmonar, me esfuerzo sobre el pecho y la boca del hombre. Lo he tendido sobre la butaca que recliné hasta dejar casi horizontal, sus piernas han quedado separadas, desarticuladas, y un mechón de pelo blanco le atraviesa la frente. El comisario de a bordo prepara el desfibrilador, aunque yo sé que será inútil.

Hace quince minutos, cuando todo comenzó, la gente de clase turista acababa de recibir su cena.

Es de noche, la lluvia golpea con furia contra el fuselaje, provoca un ruido intenso y a la vez lejano, aislado.

Un avión que no es cualquier avión, un viaje que no es cualquier viaje, atrás queda Montevideo y mi trabajo en la clínica, lejos queda mi casa de Carrasco, la de Punta del Este, mis tres autos, mis empresas. Y María Camelia, mi esposa, que a estas horas todavía cree que viajé por negocios. ¿O lo sabe desde hace tiempo? Ya no importa. Por delante hay un destino en el que me espera Laila, mi cuñada, esa belleza artificiosa de pelo larguísimo, maquillaje abigarrado: una mujer salida de una telenovela de las cinco de la tarde.

Hace quince minutos la azafata de bussiness se acercó con la bandeja del champagne, yo tomé una copa y un canapé que oficirían de introducción a la cena; hace quince minutos, cuando todo comenzó, la gente no hablaba en voz alta, no intentaba meterse a curiosear al pasillo de bussiness. La cortina vuelve a apartase y deja ver a una mujer: es alta, los ojitos buscan acostumbrarse a la semipenumbra, nos mira, mira al hombre que yace en una butaca de avión.

—Señora, le pido que vuelva a su asiento.

El tono de la azafata es dulce, sin fastidio a pesar de que es la cuarta persona que se asoma. El comandante vuelve la cabeza, frunce el ceño, da la misma orden que la azafata pero en un tono más severo, más cáustico. La mujer queda allí inmóvil todavía un momento, indecisa.

—¿Puedo ayudar en algo?

—Gracias, señora. Este pasajero es médico.

—¿El hombre está grave?

—Le ruego que vuelva a su asiento.

La mujer parece a punto de decir algo, luego obedece. Desde la clase turista llegan ráfagas de palabras, de ruidos de una segunda vuelta de bebidas que el comandante ordenó servir, de traqueteo de carros, de descorches, de líquido que se vierte, de hielo que golpea contra los vasos de plástico. Un clima de euforia, curiosidad, desconcierto.

Cosas que María Camelia jamás siente: euforia, curiosidad, desconcierto.

Sigo con la rutina de reanimación. No habíamos cruzado más que un par de miradas en el momento de sentarnos en la misma fila, en asientos opuestos, él había sacado un libro, yo hojeaba una revista aplicando la infinitesimal porción de mi cerebro que no pensaba en Laila. La azafata nos había servido una copa que ninguno de los dos repitió. Él, escuché, había pedido pollo horneado y vegetales sin sal. Hipertenso, pensé. En algún momento miré a la derecha y reparé en su aspecto macizo, en el saco de buen corte que no alcanzaba a disimular un vientre en proceso de volverse esférico. Eso fue todo: ni una palabra, sólo unas miradas distraídas, la media sonrisa de dos hombres que comparten la fila del avión, presumiblemente ocupados en sus negocios, presumiblemente ricos.

Me sobresaltó el movimiento brusco, la oscilación rápida con la que el tipo se plegaba, se contraía sobre sí mismo, ambas manos sobre el pecho, y escuché la queja de dolor a media voz. Conozco los síntimas del infarto al miocardio y me levanté de sun salto a auxiliarlo, lo recliné cuanto fue posible, desabroché su camisa, miré a los lados. Y grité. Llegó la azafata, que llamó al comisario, que llamó al comandante que, conocedor de las situaciones difíciles, ordenó de inmediato servir una segunda vuelta de comida y bebidas a la clase turista. Es curioso que la comida tenga el poder de mantener en su asiento a gente que parece muy bien alimentada.

—¿Está listo el desfibrilador? —le pregunto al comisario.

Sé que ya no servirá de nada, pero la medicina es también un show que debe continuar, hasta el final. Abro la camisa, le aplico los choques, uno, otro. Nada. Otra serie de choques.

—Creo que está muerto —digo.

El comandante respira hondo, me mira a los ojos, sacude la cabeza.

—Nadie muere a bordo. Al menos, no hasta llegar a tierra y tener una certificación médica.

—Si usted lo dice.

Dejo a un lado los electrodos.

—Señorita Spencer, comisario Brett, trasladémoslo a la fila de atrás. Gracias por su ayuda.

Los demás pasajeros de bussiness, una pareja ya mayor, no hacen preguntas, no miran, parecen tener un autocontrol diferente al de los pasajeros que están más allá de la cortina. El cuerpo es llevado hasta un asiento vecino al del personal de a bordo, sin problemas ni quejas ni preguntas. Pienso que el rigor mortis llegará antes del aterrizaje, pero entonces ya habrá un médico a cargo y no será mi problema. La azafata vuelve, retira un maletín pequeño de abajo de la butaca y desaparece. Tomo el menú, creo que comeré el cordero, seguramente más champagne. La butaca es de cuero mullido, me estiro, me siento agotado por el esfuerzo. Aunque Laila me hace sentir joven, sé que no lo soy.

Miro al otro lado del pasillo, al asiento que hasta hace unos minutos estaba ocupado, me parece ver un objeto, dos objetos medio ocultos por el libro que quedó abandonado. Me paro para ir al baño y los recojo disimuladamente: una billetera, un celular. Me los guardo. No sé por qué miro alrededor como un ladrón, como si fuera culpable de algo. La azafata Spencer y el comisario Brett acomodan unas mantas sobre el occiso.

Me aseguro de que esté cerrada la puerta, abro la billetera y veo un fajo de dinero, tarjetas, el borde de una foto. No sé por qué saco la foto. La miro. La miro. No lo puedo cree. Estupor, crispación, estremecimiento, en ese orden. El papel se me resbala entre los dedos.

Acabo de ver una foto de mí mismo.

Me sobrepongo, debo haberme equivocado. La recojo: no hay duda de que soy yo. La guardo en el bolsillo de mi saco y, ni sé bien por qué, me guardo también el teléfono. Salgo, vuelvo a mi asiento.

—Azafata.

—¿Sí, señor?

—Creo que esta es la billetera del caballero del fondo.

Observo que la toma con la punta de los dedos, como si fuera un aguaviva.

—Gracias, la entregaré al comandante.

El celular pesa en mi bolsillo, pero la foto, mi foto, ese pedazo de papel, pesa mucho más. Debo actuar con naturalidad, puedo mirarla cuantas veces quiera: después de todo, ese soy yo. ¿A quién podría llamarle la atención que mire mi foto? La saco. No puedo recordar cuándo fue tomada, es en mi casa, estoy con María Camelia. Mi rostro no parece advertir el disparo, no estoy en pose, no sonrío, mis músculos faciales están en reposo y la mirada fija en algo, en otra dirección distinta a la del fotógrafo. Alguien la sacó sin que yo lo advirtiera. María Camelia mira a la cámara.

La guardo en el bolsillo interior de mi saco, al lado de mi teléfono y del que acabo de robar, la suelto con alivio, con algo que empieza a parecerse a la repugnancia.

 

II

Los domingos son un hueco en la semana, en cualquier lugar del mundo. Especialmente si no se ha dormido, si se espera una llamada, si la llamada no llega. El hotel de La Paz donde acabo de registrame está en una zona más bien alta, más bien fría y tengo que abrigarme para salir. Comienzo una caminata por estas calles angostas, empinadas, sinuosas, y cuanto más bajo la ladera, más tibio se vuelve el aire. Llego a una plaza, me siento a recobrar el aliento. Algo imposible en La Paz: recobrar el aliento. Ya pensaré en mi mal de altura, ya pensaré qué hacer con las consecuencias de la hipoxia, ahora mi mente está casi totalmente ocupada con el hecho de que Laila no llama. Y ocupada en la foto, claro. Me compro un refresco que no está tan frío como quería ni tan caliente como esperaba, me siento en un banco y lo bebo a grandes sorbos. ¿Por qué Laila no atiende el teléfono, no devuelve mis llamados como estaba convenido, hablado, pactado, sellado? Su celular de Uruguay me conecta con el contestador como si estuviera apagado o sin batería, y no tengo forma de saber si llegó a La Paz, si todo sigue tal como lo planeamos. Laila es linda, lo es de la manera en que son lindas las mujeres vulgares, con algo de violencia, y esa idea de violencia me excita, me perturba. ¿Sería capaz de matarme, Laila, ahora que tiene su vida asegurada, una cuenta importante que abrí a su nombre? No, es demasiado perezosa para tramar un asesinato. ¿Y María Camelia? Creo que sabe de mi relación con su hermana: a veces veo furia en sus ojos. ¿Enviaría a alguien a matarme?

Los dos teléfonos pesan en mi bolsillo, los saco, los dejo a un costado sobre el banco de madera. Después vuelvo a sacar la foto, mi foto, y me produce esa sensación de asco o de miedo, eso oscuro y primitivo que nos provoca lo extraño, lo anónimo, lo que intuimos como una amenaza. ¿Por qué estoy encendiendo el teléfono del tipo muerto? ¿Qué relación hay entre la inquietud de ver mi imagen en un papel satinado y activar un celular?

Los sonidos y las luces me indican que está operativo, con la carga casi completa, y un aviso me dice que se conectó al roaming. Me pregunto si la policía buscará este aparato entre el equipaje del muerto o si dará por sentado que el tipo viajó sin teléfono. También me pregunto si existe la posibilidad de que la policía lo rastree.

Me respondo: el tipo murió por causas naturales.

Olvido por un momento el aparato y me concentro en el mío, en el silencio del mío. Odio esperar y Laila no llama, aunque ya sé que ella es así, le gusta mortificarme. Un hombre se sienta en el banco, a mi lado.Siento que me clava los ojos, y guardo los teléfonos. ¿Me estaba siguiendo? No, no es posible. ¿Por qué razón me seguiría, este tipo? Yo sólo soy alguien que dejó a su esposa. Sí, María Camelia sospechaba que la dejaría, lo veía en su mirada de acero. Me levanto y camino, no tolero bien los excesos de relación conmigo mismo, terminan poniéndome nervioso.

El sonido de un ringtone desconocido me hace saltar, tensa mis nervios, me quita el poco aliento que me queda a 3.000 metros de altura. ¿Quién llama al hombre que tenía mi foto? Miro la pantalla, es un número de Montevideo. ¿Alguien que sabe que murió y busca ubicar el teléfono? Difícil, el capitán de la aerolínea denunció la muerte a las autoridades hace menos de dos horas, deberán llamar a un forense, que deberá trasladarse a El Alto, expedir un certificado, enviar el cuerpo a la morgue y, con suerte, se comunicarán con los deudos en 3 o 4 horas. Suena tres veces más, y se corta. Suspiro, estoy más tranquilo, también un poco decepcionado. A veces me pregunto por qué hago las cosas que hago y no siempre tengo respuesta. Sigo, quiero llegar a la avenida ancha de los restoranes, quiero descansar, recuperar el aliento será más difícil. El sonido breve me avisa que tengo -¿él tiene?- un mensaje. Me precipito a una mesa de un bar cualquiera, busco el ícono con un sobre amarillo. La chica de uniforme negro llega con una libreta.

—¿Qué se va a servir?

—Un café, por favor.

Presiono el ícono. Leo el texto:

“¿Terminaste el asunto?”

Incertidumbre, desasosiego, sospecha.

Veo acercarse a la chica de negro con mi café. Espero a que lo sirva. Siento un temblor en los dedos, me cuesta escribir:

“Está hecho”.

Pasan los minutos. Llega otra comunicación:

“La mujer ya me dio el dinero”.

No dudo, le respondo:

“Liquidá a la mujer”.

Espero. Llega el texto:

“Eso es otro precio”.

Me apuro a contestar:

“Tenés mi parte”.

Pasa el tiempo, no demasiado:

“Está bien”.

Los domingos son un hueco en la semana.

Bebo de prisa, salgo al sol, camino a cualquier parte cuesta abajo, donde está el calor.

Espero y espero una llamada. Luego vuelvo al hotel, ya de noche.

Siento hambre, bajo al restorán a cenar. Dejo los teléfonos sobre la mesa, me pregunto cuál sonará primero.

Me traen una cerveza, está bien fría.

Zumba un rigtone que conozco, no necesito ver el número.

—Hola.

—Señor Sergio —es la voz de Amanda, nuestra mucama— ha sucedido una tragedia.

Resopla, parece haber corrido.

—¿Le sucede algo a María Camelia, Amanda?

—Está en la morgue, señor.

Hay gente alrededor, guardo las formas, un silencio conveniente: el de un marido que asimila el golpe del anuncio de la muerte de su esposa.

—¿María Camelia está en la morgue? ¿Qué le sucedió, por Dios? —soy conciente de que grito, de que la gente se da vuelta.

Un chirrido de estática, la voz en el teléfono se distorsiona, se aleja y retorna. Sólo entiendo las palabras asesinada y muerta. Me pongo de pie, camino de un lado a otro, intento recuperar la señal, siento las miradas de los comensales, de los camareros.

—Amanda, no la escucho, ¿dice que mi esposa está muerta?

Repentinamente la voz de la mucama retorna clara, límpida, como si me hablara al oído.

—No, Dios nos libre, la señora María Camelia está bien. Tuvo que ir a la morgue a reconocer el cuerpo de su hermana. Asesinaron a Laila, señor.

 

© Mercedes Rosende. Relato. Todos los derechos reservados.

© Solo Novela Negra.  Publicación. Todos los derechos reservados.


 

Mercedes Rosende, nacida en Montevideo, si bien es notaria y ejerce su profesión, le gusta contar que ha trabajado y trabaja en procesos electorales, lo que me le ha hecho viajar alrededor del mundo y hasta ser testigo de situaciones históricas como la violencia de las FARC en Colombia, el proceso político en Nicaragua o las consecuencias del terremoto de Haití. De esta última experiencia surgen, entre otras, las crónicas “Todos somos Haití”, publicadas en 2011.

Ha sido también dirigente gremial, docente en la carrera de Comunicación y Diseño de la universidad ORT y ha dirigido muchos años su taller Purocuento.

Ha estrito “Demasiados blues”, (La Gotera, 2005) que fue premio en el concurso de la Intendencia Municipal de Montevideo, “Historias de mujeres feas” (inédito, 2008), “La muerte tendrá tus ojos” (Sudamericana/Random-House, 2008), Primer Premio, Concurso Anual de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura , “Mujer equivocada” (Sudamericana/Random House, 2011), que fue presentado en la Feria del Libro de Montevideo a fines del 2011, publicado en Buenos Aires (Código Negro, 2014), y en España (El búho de Minerva, 2016), y el último, “El miserere de los cocodrilos” (Hum, 2016), que se presentó en la Feria del Libro de Montevideo del 2016.

Participa periódicamente en encuentros de novela negra como Buenos Aires Negra, Azabache (Mar del Plata), Montevideo Negra, Córdoba Mata y Semana Negra de Gijón.


 

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