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NAVIDAD EN LA BUHARDILLA

Miguel Angel Contreras

por MIGUEL ANGEL CONTRERAS

Foto_Navidad en la buhardillaLos acordes del Tamborilero inundaban hasta el último rincón de la casa, que poseída por el espíritu de la Navidad, era ajena a todo cuanto sucedía en la buhardilla: La sangre es silenciosa.

        —Cada vez que oigo ese villancico mi cuerpo se estremece; mi alma se colma de una dicha suprema; todo mi cuerpo se encoge de felicidad. Ha llegado la época del año en la que doy todo lo que tengo. Expreso todo lo que soy… ¡Deja de gemir como una puñetera nenaza! 

El supermercado está abarrotado de seres y ciudadanos (gentuza de marcado carácter introvertido, pensionistas de gesto iracundo y estudiantes de Erasmus absortos ante las montañas de polvorones) aunque hay dos zonas que concentran el interés de la mayor parte de la clientela: La carnicería y las estanterías rebosantes de bebidas espirituosas.

Acaba de pasar a mi lado una pareja de amantes; risueña ella, un gilipollas él.

            —Cariño, espero que no te hayas olvidado del salmón ni tampoco del brócoli. Recuerda que a tu madre no le gustan las coles de Bruselas…

Sigo mi camino entre pasillos tirando del carrito (la rueda delantera izquierda va a su aire) mientras compruebo el reloj. No puedo relajarme demasiado…eso otros invitados me esperan.

De regreso al hogar observo el alumbrado navideño, las múltiples guirnaldas que han surgido de la nada en las farolas, árboles y hasta en las nuevas papeleras de diseño nórdico. Un estallido cromático que contemplo con tanta atención que estoy a punto de atropellar a un operario de limpieza viaria. Afortunadamente, sólo recibo una mirada de odio del susodicho.

En casa la familia está feliz: gritos de alborozo, besos y abrazos se reparten por cada una de las estancias. Los niños corretean de un lado a otro sin preocupación alguna. Mi hermano, como siempre, se ha dejado caer en la cocina para comprobar que las viandas están a su gusto sin perder la ocasión para zamparse alguna que otra trucha de cabello de ángel y batata.

Los abuelos, uno de ellos con incontinencia verbal, se han apoderado de sendos butacones de los que sólo se despegarán por muerte súbita, colitis o fin de fiesta.

                —Hijo, tu madre y yo estamos muy contentos de ver lo feliz que está toda la familia. Sonrío mientras contengo las ganas de vomitar.

He comprobado que nadie me miraba (ahora están liados con los entremeses) y por fin puedo llegar hasta la buhardilla donde mis invitados especiales esperaban con ansia mi regreso. Sólo hay que mirar sus caras para tener la certeza de lo que digo: No soy un tipo que exagere. Los sentimientos son sinceros o el juego se acaba.

Por cierto, el caballero tiene la entrepierna húmeda…

¿Te has meado? Debería darte una buena hostia. Recibe dos.

Joder y ahora suena Los peces en el río mientras ella, tras comerse la quinta porción de mazapán, me suplica que deje de torturarlos.

           —Te equivocas querida, no llames maltrato o tortura a lo que únicamente es un encargo. No es nada personal. Me gusta la Navidad y quiero compartir con ustedes estos momentos previos porque me han caído bien. He visto en sus miradas amor, humildad, deseos de vivir…

Vuelve a suplicar piedad mientras descerrajo un tiro en la sien a su amado esposo. Llora desesperadamente al comprobar que estos serán sus últimos festejos mientras intento que pruebe unos mejillones al vapor y algo de queso curado. Pero no. Sólo gime junto al cadáver de su amor.

Y ahora Campana sobre campana amortigua, por si hiciera falta, la detonación final.  —Doy las gracias por ser un hombre tan feliz… ¡Mierda, otra vez estoy llorando! ¡Ay, Señor!

Feliz Navidad desde esta humilde buhardilla.(*)

(*) El escribidor.

© Miguel Angel Contreras. Diciembre 2015. Todos los derechos reservados.

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