No hay mas que decir

No hay mas que decir

No hay más que decir

Por Miguel Ángel Contreras

 

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No habrá sangre porque no es necesario, tampoco saldrán a pasear los puños; ni siquiera será imprescindible elevar el tono de la voz con el propósito de imponer los argumentos. En esta historia lo único importante serán los matices o las medias verdades, y si me apuran, hasta las mentiras; pero mentiras de ‘verdad’ y no esa abominable especie de camelo al que tan acostumbrados estamos desde que, a principios de los años ochenta del siglo pasado, se impuso la costumbre de ver la televisión durante el almuerzo.

Otro asunto de relativa importancia es saber cuánto tiempo emplearemos en contar los hechos que pasearán por esta blanca superficie, un aspecto que no me había planteado hasta este momento,  pero conociendo lo meticuloso que soy cuando se trata de narrar, he decidido no arriesgarme a entrar en ese callejón que, la verdad sea dicha, no lleva a ningún lado… bueno creo que conduce a uno: la decepción con alguna que otra bifurcación hacia la incomprensión, porque las historias pueden comenzar de una forma pero esta empieza de esta otra.

Permíteme que coloque tus posesiones (una agenda, estilográfica, el móvil, la billetera y una petaca con algo de whisky) en esa mesilla que mi madre compró en 1972 y a la que guardo un cariño que casi roza el fervor, cual si de un ebanista en estado de gracia se tratara. Por aquella época había cumplido los once años y aún desconocía qué era eso del futuro, un asunto que preocupaba mucho a los adultos que visitaban mi casa, sobre todo, los fines de semana. Mi padre.. ––¿por qué estás tan inquieto?–– Bien, pues te decía que mi padre, un tipo de lo más afable y cariñoso, tenía por costumbre invitar a varios amigos, que con sus respectivas esposas, se dejaban caer por nuestra modesta casa para degustar los maravillosos cocidos que tanta fama habían dado a mi madre: qué gran mujer. Tras dar buena cuenta de las viandas, todos se trasladaban al salón para tomar el café y unas bebidas la mar de asquerosas, mientras que yo (el único chiquillo presente) me sentaba a lo lejos y observaba sin entender casi nada de los que allí se hablaba.

––¿Quieres algo de beber? ¿un vaso de agua, una soda? ¿Tienes calor? Te lo pregunto porque me da la impresión de que no quieres molestar. Oye, estás en tu casa. Joder, me parezco a mi padre.

El encuentro se prolongaba hasta bien entrada la noche y del murmullo inicial se iba pasando a un estado de excitación; de las pequeñas confidencias se transitaba hacia la estridencia y la permanente interrupción de la palabra, esto último alteraba sobremanera a mi padre, quien en más de una ocasión golpeó con sus puños esta mesita a la que tanto cariño tengo. De repente, un silencio de muertos se apoderaba del salón mientras que los unos y los otros se miraban sin saber muy bien qué hacer o decir. Cuando creía que todo había acabado, mi madre, mi adorable madre, soltaba una risa, desaparecía durante unos minutos y regresaba al salón con una bandeja llena de alfajores; besaba a mi padre en la mejilla y éste sonreía a la vez que ‘ordenaba’ a sus invitados que se lanzaran hacia el recipiente para degustar esos pastelitos. Afortunadamente, mi querida progenitora jamás se olvidaba de mi. ––Cuando te lo comas te vas a la cama––, pero yo nunca le hacia ni puñetero caso. Aunque sentía por ella un gran respeto. Que no te quepa la menor duda.

Vaya, otra vez suena tu teléfono. Si lo deseas, puedes comprobar quién te llama, pero seguro que no es nada importante ¿a qué tengo razón? Venga, dame ese cacharro que lo apago y así no volverán a interrumpirnos. Mi padre detestaba las llamadas telefónicas a primera hora de la mañana, a media tarde y en torno a las nueve de la noche; él siempre decía que quien llamaba a esas horas era un verdadero hijo de la gran puta desocupado. Mi madre siempre lloraba cuando mi padre trataba sobre ese tema. Creo que sus lágrimas eran de felicidad porque mi papá también reía, a veces se descojonaba a  mandíbula batiente y mi mamá tenía que regresar de la cocina con un vaso de agua con azúcar y cuando se le pasaba el ataque de risa, él se levantaba, cogía la chaqueta y se marchaba hasta la medianoche mientras que mi madre, tras meterme en la cama, se encerraba en el dormitorio para seguir llorando de ‘alegría’. Yo salía de mi habitación porque me daba la gana y me servía un licor de esos que tan mal sabor tenían, de los que raspaban la garganta.

Ay, perdona que no te lo haya indicado. El baño está al final del pasillo… pero será mejor que te acompañe porque la iluminación de la zona no está en buen estado y no me gustaría que te tropezaras; ¡que va hombre!, no es ninguna molestia. Venga, pasa delante de mi que yo alumbro con esta pequeña linterna. ––¿Aún te duele la espalda? Mi madre tenía razón, los golpes en esa zona son muy dolorosos.–– No sé si te he contado que una vez… Espera que te abro la puerta, mira allí está la vasija. Te dejo la linterna sobre el lavamanos y espero a que termines. No sabes lo contento que estoy de que aceptaras mi invitación. Hacía una eternidad que no tenía un amigo con el que charlar. Hostias, se me olvidó decirte que el ventanuco no se puede abrir, con el ambientador basta… la casa es tan vieja.

––Todo está bien, me encuentro perfectamente ¿qué cuándo tendré terminada la novela? No me digas que me has llamado para eso; ayer te dije que estoy avanzando en la historia y el ritmo narrativo es el adecuado. Vamos, es el que me sale de los cojones; el de toda la vida y por el que me pagas esa mierda ¡Noo, no estoy cabreado! Entiendo que mi editor se preocupe por mi… ¿quién te ha dicho que anoche estuve hasta las tantas pegado a una botella? Deja de joderme y vete a tomar por culo.

Ni siquiera mi padre se hubiese atrevido a preguntarme eso.

Oye, ¿te importaría dejar tus pertenencias en esa mesilla a la que tanto aprecio tengo? Gracias, amigo y disculpa la interrupción, pero era mi editor a quien tanto debo ––veo que ahora te duelen las muñecas. Se te han puesto algo amoratadas, pero si haces movimientos circulares el tono de la piel volverá a ser el adecuado––

No sé si te conté que una vez me visitó un amigo que, sentado en el mismo sitio que tú, me hizo pasar una de las mejores tardes de mi vida.

© Miguel Ángel Contreras - Todos los derechos reservados

Escritor.

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