Orquideas Negras – reseña

Orquideas Negras – reseña

Orquideas Negras – reseña

Jul 14, 2017

Murcia | Antonio Parra Sanz

JUAN BOLEA.

Nacio en Cadiz en 1959.

Está considerado como un renovador de la novela de intriga. Periodista y escritor.
Comenzó como reportero en Heraldo de Aragón , y en 1988 pasó a Diario 16 Aragón , donde ejerció como columnista desde su sección «Tras la cortina».
En 1993 inició una nueva etapa como asesor del Justicia de Aragón En las elecciones municipales de 1995 se presentó como independiente y fue Concejal de Cultura hasta 1999. Durante este período programó los conciertos de Michael Jackson, Gloria Stefan, David Bowie, Backstreet Boys, Bruce Springsteen, Sting, Oasis, Depeche Mode o The Artist. Su política de colaboración con Hispanoamérica propició las giras de Distrito 14 y el Teatro del Temple.
Actualmente, se hace cargo de la sección «Sala de máquinas» que se publica, de lunes a viernes en El Periódico de Aragón y colabora con otros medios.
Como escritor obtuvo el Premio Alcalá de Narrativa por El palacio de los jardines oblicuos. Más tarde apareció Mulata (Mira, 1992), historia de amor e intriga política en la Cuba del bloqueo.
Con El color del Índico (Mira, 1996) regresa a los ambientes exóticos para tratar sobre la imposibilidad de que el amor se prolongue. Ambientada en Kenia, en ella, rinde su personal homenaje a las figuras de Hemingway, Isak Dinesen o Paul Bowles.

En 2016 le conceden el I Galardon de “Letras del Mediterráneo”, junto a otros escritores, por su novela El Sindrome de Jerusalem

Páginas: 286
Formato: 13 x 20 rústica con sobrecubierta y cuadernillos cosidos
ISBN-13: 978-84-16968-03-9

El vulcanólogo Ricardo Dax llega a la isla de El Hierro para realizar una serie de prospecciones geológicas y, al mismo tiempo, huir de una reciente tragedia personal que ha alterado radicalmente su vida. Pero lo que pretendía ser un retiro de paz, alejado del mundo en un paraíso volcánico escasamente habitado, se ve interrumpido por la aparición de una atractiva joven, Puerto, casada con un viejo director de cine que vive apartado en una lujosa mansión sobre el mar. Con reminiscencias a los grandes clásicos de la literatura y el cine policíacos, Orquídeas negras indaga sobre el poder devastador del sexo y lleva al protagonista de la novela a una espiral de riesgos en los que la traición va tejiendo una oscura cortina de engaños y sorpresas que conduce paulatina e irremediablemente hacia la muerte.

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Reseña


Las películas de cine negro clásico con su textura y sabor maravillosamente antiguo y con su apabullante despliegue visual, esos retratos de la corrupción y de la oscuridad menos humanas pero no menos humanizantes (no sé si no será al revés), no resisten los cambios de localización y de época –no resulta muy creíble Humphrey Bogart en Gijón bebiendo sidra mientras machaca un pitillo detrás de otro-, pero sí resisten tales cambios o revisiones las novelas negras clásicas (esas novelas perdurables que dieron cimiento sólido y personalidad reconocible al género), cuando quien efectúa tal remake tiene pulso, sutileza y la capacidad de entretenerte inteligentemente.

Por ejemplo: ¿se imaginan una perturbadora trama de novela de Dashiell Hammett con criminalidad, sexo y el toque de exotismo derivado de que suceda todo en la isla canaria de El Hierro?

Eso viene a ser la novela de Juan Bolea (Cádiz, 1959) Orquídeas negras,  recientemente reeditada por Reino de Cordelia.

Ricardo Dax, un vulcanólogo psicomedicado  y con trauma no cicatrizado dentro que, acompañado de un equipo, en teoría está estudiando los fondos marinos de la zona, pero que en secreto está confeccionando el mapa sísmico del lugar con su anexo rosario de catástrofes apocalípticas probables (terremotos, tsumanis, nuevas erupciones volcánicas…), acude a la isla de El Hierro en un helicóptero pilotado por el tipo graciosete Gabriel Sendín. Y piensa en su duelo mal curado. Y en lo inquietante e inhóspita que es esa isla casi deshabitada. Y piensa en la misión señuelo que ha venido a desempeñar, y también en la misión secreta que en realidad desempeñará… Y sale de sus pensamientos al ver en medio de la nada, pero cerca del faro, una epatante mansión de diseño tan opulentamente hermosa como fuera de sitio.

Cuando el guía del lugar, un tipo delgado y panzudo llamado José Perdigón, le conduce a la cabaña que él ha de ocupar, decide que sí, que se queda a vivir en esa isla inhóspita y casi deshabitada que para los antiguos era el fin del mundo –sustituirá por tiempo indefinido a un meteorólogo, Rubén  Olmo Seco, que está de baja laboral-.

Tras instalarse en la austera cabaña descubre al poco que en verdad se trata de una isla  propia para un retiro y una recarga espiritual de energía zen (bien le viene para reponerse de la sensación que tiene de que el mal se ha cebado con él: recientemente ha muerto  su novia Leticia en un accidente de moto).

Pronto comprueba que tiene por vecinos sólo a un artista llamado Fayen, y a un profesor e investigador de lagartos llamado Abel Lambergis, y también a Leo Cosmo, un  director de cine de serie b tiránico y alérgico a la normalidad que vive en la recóndita mansión de diseño ilegalmente construida en zona no urbanizable, concretamente en la ladera de un cráter, y la cual tiene una piscina adaptada a una cubeta de lava, y jardín tropical propio, y, además, está repleta de gente rara que trabaja para el propio Leo Cosmo en su nueva película (la cual le tiene loco, valga la redundancia, por la exigencia y el nerviosismo derivado).

Pero aparece en escena enseguida María Puerto, la atractiva, enigmática, frágil y compleja esposa del director de cine, toda una histriónica diosa del sexo digna del perturbado mundo de Roman Polanski, y pasa lo que tenía que pasar, y –intriga, sexo, sorpresas, crímenes…- lo que no tenía que pasar jamás.

La mansión vemos ya fehacientemente que es una de esas casas monstruosamente sintomáticas en las que viven las viejas glorias del cine su crepúsculo de los dioses, los cadáveres de las víctimas aparecen con la firma simbólica de un ramo de orquídeas negras, el ambiente se vuelve más isleño y más asfixiante a cada página… Y el final, tan catártico como sorpresivo, es una agradecible redención.

He aquí a un narrador de talento perturbador que ha escrito así, con capítulos cortos y sin efectos verbales pirotécnicos, una novela de grandes tensiones morales y sexuales con un punto de retorcimiento casi psicoanalítico. La trama tiene el regusto de las ficciones negras clásicas. Hay diálogos que se nos quedan en la cabeza. La ambientación nos descoloca tanto como nos subyuga ese personaje masculino protagonista arrastrándose por un lúbrico torbellino de pasión y muerte en el que, mucho cuidado, corre el peligro de caer el lector que se sumerja en estas páginas…

Lean Orquídeas negras, si se atreven.

(c) Luis Artigue. Todos los derechos reservados

Publicación © Solo Novela Negra. Todos los derechos reservados.


 

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