Perros de Rabia

Perros de Rabia

RELATOS

Perros de Rabia

por | Feb 11, 2017

Perros de rabia

Por Francisco Medina Troya

El invierno nos había pillado desprevenidos. En un principio solo se notaba una cierta frialdad en los rayos del sol que se colaban caprichosos por entre las ramas de los pinos, después la brisa se convirtió en viento, un viento que removía la hojarasca parduzca de un sitio a otro de forma aleatoria. Levantamos la cabeza del sendero que seguíamos por  aquella sierra y observamos como las nubes se estaban apretando unas contra otras en el horizonte y el cielo azul cobalto se oscurecía igual que una noche sin retorno. Olía a mojado, se metía por la nariz y hacía cosquillas. La brisa traía de lejos pequeñas partículas de agua y un manto de nubes prietas que se cernía sobre nuestras cabezas…  goterones grandes como monedas comenzaron a caer al azar. Con un escalofrío nos detuvimos en medio del camino para ponernos el chubasquero mientras vimos a los animales salvajes buscando cobijo entre el monte bajo. Los árboles se zarandeaban llevados por el viento en una comunión resuelta desde hacía milenios. Primero un gran copo de nieve, como una flor blanca y sedosa, se depositó en mi hombro. Fue sólo el principio de una gran cortina helada que cubrió el cielo y se tragó la luz del atardecer.  De la admiración de contemplar el espectáculo natural pasamos al pavor de quedarnos atrapados en la montaña. Corrimos por aquella vereda mientras la tormenta se desataba en silencio. Un silencio que había contagiado al entorno. No se escuchaban ni los pájaros, la nieve caía sin sonido y la montaña parecía acogerla con cierto toque místico. A lo lejos vimos una cabaña, de su tejado salía una lanza de humo que apremiaba a ir más deprisa, a refugiarse  en aquel fuego extraño y salvador… golpeamos la puerta con los nudillos congelados. El ocaso era sólo un punto concreto de donde parecía nacer la ventisca. Cuando la puerta se abrió el calor de la estancia se reflejó en nuestros anhelantes ojos. Un rudo anciano de edad indeterminada y con una media sonrisa de un solo diente nos recibió en la entrada. Era una vivienda humilde, rústica, pero caliente.

-Pasad -nos dijo- pronto la nieve se convertirá en cuchillas afiladas.

Y la pesada puerta se cerró tras nosotros con un sonido sordo… el fuego tiene la cualidad de renacer los ánimos o adormecerlos a parte iguales. Estuvimos largo rato mirando las llamas, mudos, hipnotizados por el crepitar del fuego, hasta que nuestro anfitrión nos invitó a sentarnos a su mesa, donde ya humeaban unos jarrillos con café.

-Es de puchero… pero revivirá vuestros helados huesos.

Nos sentamos a la mesa, mientras el murmullo de las cabras en el tinado llegaba a nosotros como una súplica.

-Voy a atrancar las puertas… en noches como ésta es cuando salen a buscar comida… el ganado lo presiente.

Y nos dejó allí, mirándonos los unos a los otros, apurando nuestros cafés amargos. Sorprendidos por tal afirmación. Sin saber que decir y con el misterio metido en el cuerpo.

Cuando regresó a la mesa nos miró uno por uno con unos ojos que reflejaban humildad. No se hizo esperar y tras sentarse en una silla de mimbre que crujió como mil huesos rotos comenzó a contarnos la historia.

-Dicen que vienen del infierno, que se escaparon por una de las numerosas puertas de acceso que el averno posee por todo el planeta… y yo puedo afirmarlo.

Tuve la mala ventura  de cruzarme con ellos. Yo ya había escuchado cuando era mozuelo aquellas espeluznantes historias. Cuentos que nos narraban nuestras madres y abuelas para asustarnos y de paso disuadirnos de que no anduviéramos solos por la calle. El tono de sus voces se hacía enigmático cuando nos describían los relatos. Leyendas que mostraban a una endiablada jauría  de enormes bestias. Cuya espantosa particularidad ni se podía nombrar. Recorrían los campos por las noches, asesinando sin compasión a cualquier ser vivo que tuviera la mala fortuna de cruzarse en su camino. No había escapatoria, y la muerte era cruel y dolorosa ya que devoraban vivas a sus presas. A nosotros, los niños, se nos quedaba cara de alelados, y si salíamos a la calle procurábamos no alejarnos mucho de las puertas de nuestras casas. Hasta que se nos olvidaba la historia y volvíamos a aventurarnos en el desafío del asfalto. Pero siempre había alguien que la recordaba y la contaba de nuevo, a su manera eso sí. El sólo hecho de imaginarlo te ponía los pelos como escarpias, la sensación escalofriante no te abandonaba nunca…

Yo siempre amé el campo. Desde pequeño, por eso tenía claro cuál sería mi oficio. La libertad que se percibe cuando vas con el ganado por el monte es inigualable. Es un trabajo duro, pero satisfactorio.

El viejo hizo una larga pausa para beber de su abollado jarrillo. En su cara arrugada y tostada por el sol se podían leer todas sus vivencias como en un libro abierto… los perros en el cobertizo aullaban poseídos por un extraño miedo.

La vida en la sierra tiene brega, pero los años fueron pasando rápido, demasiado rápido. Las hojas de los árboles mudaron sus vestiduras infinitas veces… ya no recordaba aquella terrible historia… hasta esa noche.

El viejo talabartero había estado aquella mañana aquí. Era un gran aficionado a los espárragos amargueros, y la verdad, de esos abundan por estas lindes. Estuvimos largo rato sentados al solecito para calentarnos los viejos huesos, y de paso informarme de cómo iban las cosas  por el pueblo mientras nos bebíamos un par de mostos.

No le echaron en falta hasta el segundo día. Vi bajar lentamente por la vereda al todoterreno de la Guardia Civil. En seguida supe que algo iba mal. Ellos sólo vienen por estos lares si ha ocurrido alguna desgracia en la montaña o si había un fuego cerca. De boca del sargento averigüé que el anciano no había regresado a casa y que andaban buscándolo desde entonces.

-Tú conoces bien la sierra, Antonio -dijeron- ¿quién mejor que tú para ayudarnos a encontrarlo?

No sé porque pero tuve un mal presagio. Algo en mi interior me dijo que no volvería  a ver al viejo talabartero… al menos con vida…

El sol ya estaba alto cuando comencé a desesperar. Llevaba un tercio de terreno recorrido y no encontraba hechizos que me indicaran que un ser humano hubiera pasado por allí. El ansia pudo conmigo. Aunque conocía la montaña de sobra sabía con certeza que la noche era traicionera. Sin embargo se hizo la oscuridad y las primeras estrellas comenzaron asomar  por entre un tapiz denso de nubes. De vez en vez dejaban ver el cielo en todo su esplendor. Desde allí arriba observé como los guardias se retiraban, más prudentes que yo, que inevitablemente me hallaba muy cerca de la cima de la sierra. La luz era escasa, cada paso que daba tenía que ser premeditado. Un resbalón fortuito y acabaría despeñado colina abajo. Me sabía de memoria todas las veredas que atravesaban la montaña, un mapa imaginario en mi mente. Me dirigí hacia el lado opuesto del macizo montañoso. Era un camino más largo, pero menos peligroso para un descenso nocturno…  cuando llevaba media hora aproximadamente de bajada unos sonidos extraños llamaron mi atención. Eran como gruñidos, chasquidos, igual que cuando se parte un palo seco para avivar la lumbre. Procuré acercarme con recelo para averiguar que era. Al principio solo pude apreciar un bulto que se movía. Una sombra dentro de otra sombra. Repté entre el matorral intrigado. Al encontrarme más cerca supe que eran animales salvajes. Y que se disputaban una presa, con tal contundencia que se escuchaban de forma escalofriante los lamentos de la pobre criatura, que había tenido tan mala fortuna de caer en aquellas hambrientas fauces. Los gruñidos, el sonido de la carne desgarrada y el hueso roto me revolvieron el estómago. Tenía que huir de allí con celeridad. El viento estaba a mi favor, pero si cambiaba me olerían y entonces sería yo la víctima. Pero cuando me reincorporé para irme ocurrió la tragedia. Y bien sabe Dios que no duermo bien desde entonces, y sabe Dios que desde aquella noche atranco las puertas por seguridad, aunque esta casa se encuentre lejos de la cima de la sierra… el cielo se aclaró, era como si unas manos invisibles apartaran las nubes de repente. Una luz creciente iluminó la montaña y aquella escena dantesca, que me cortó la respiración.  Sobre la presa se abalanzaban llenos de ira una manada de perros, pero, ¡ay! Carecían de pelo. Sus carnes brillaban sanguinolentas. Músculos, tendones, nervios, palpitando bajo la tétrica luz lunar. Era un espectáculo tan terrible que mis miembros quedaron paralizados por el terror. En seguida aquellas viejas historias que nos contaban cuando éramos chiquillos se agolparon en mi cabeza. Las tenía delante de mí. Como en una pesadilla que se escapa del mundo onírico para asustar la realidad. No entraba en razones, no quería creerme lo que estaba sucediendo. Me froté los ojos, en un intento inútil de que aquello tan atroz desapareciera. Pero aún el destino me tenía reservado un duro golpe. Los descarnados perros se movían peleándose entre ellos y en uno de esos fatídicos momentos la presa quedó al descubierto. El alma se me fue a los pies. No era un animal lo que estaba encontrando la muerte bajo aquella diabólica jauría, no era una cabra, o una oveja descarriada. Lo que moría despedazado era el viejo talabartero. No lo puedo decir con exactitud, pero creo que sus ojos me miraron. Y pude leer en sus pupilas que rezara por su pobre alma. Un inmenso dolor me atravesó el pecho, pero algo, el instinto de supervivencia, activó mi adrenalina y mis piernas reaccionaron de nuevo… huí de allí, con la mirada del viejo clavada en mi espíritu. Pero sabía que ya nada podía hacer por él, que ya estaba perdido incluso mucho antes de que lo encontrara por casualidad. Bajé a ciegas por la abrupta montaña, con el corazón palpitante y un sudor frío perlando mi frente. Cuando llegué a la llanura caí de bruces, derrotado. Así me encontraron los guardias civiles y esto les conté. Claro está que no me creyeron. Pusieron un sinfín de estúpidas explicaciones en el informe, cuando a la mañana siguiente encontramos los huesos pelados del pobre anciano. Pero yo sé lo que vi.

El viejo se acercó lentamente al montón de leña que había al lado de la chimenea, cogió un tronco gordo y atizó el fuego.

-Es mejor que paséis aquí la noche”

En el cobertizo el ganado se hallaba inquieto, fuera, como un quejido inhumano, un aullido terrible rompió el silencio de la noche fría y oscura… nos miramos los unos a los otros y vimos como el pastor se encogía de miedo, preso de un antiguo recuerdo…

 

© Francisco Medina Troya - Todos los derechos reservados

Escritor.

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