Huggmann#8Las pequeñas barcas descansando en la arena creaban una postal de tranquilidad, desafiando la verdad del cuerpo enrojecido caído entre ellas. Varias redes, cuyo color negro se había desgastado por la sal, estaban apiladas en un extremo de la caleta, sobre cajones destinados a los peces capturados. El sol se ocultaba, pintando de rosa las crestas de los médanos. Hughman aspiró el aire salobre y se sumó a los dos expertos que se acercaban al cadáver. La imagen brindaba pocas dudas; el hombre estaba desnudo, cubierto de trazos horizontales y verticales, la sangre formando un película roja sobre la piel pálida. Asesinato, cuchillo, víctima ajena a las labores de pesca. Los forenses se encargarían de determinar si lo habían asesinado allí o si habían arrojado el cuerpo tras matarlo en otro lado. El inspector usaba el plural con convenciendo, tamañas heridas eran, para un experimentado policía, datos suficientes para establecer la actuación de al menos dos personas.

La voz corrió por Villa Azul, a la velocidad de las tormentas estivales. Con el móvil policial que trajo una batería de luces, se acercaron varios turistas, atraídos por el morbo y la escasa diversión que ofrecía el balneario tras las horas de playa. Los paradores alejados de la caleta donde se hacían a la mar los pescadores locales, habían mantenido libre hasta entonces la zona, reteniendo a los bañistas en sus playas. Hughman ordenó a los agentes recién llegados, los únicos destacados en el pueblo, que impidieran bajar a los curiosos; que miraran cuanto quisieran desde lo alto del médano o desde la calle, donde partía la angosta bajada de cemento que llegaba a unos cinco metros del sitio de reposo de las barcas. Tenía pocos efectivos para pelearse con los veraneantes; a lo sumo se estropearían sus vacaciones ellos mismos con la visión del sangriento hallazgo.

Los forenses recibieron las luces con alivio y continuaron estudiando el área. Hughman se acercó a los dos pescadores que encontraron el cadáver. Prendió los botones de su campera; la noche se ponía ventosa, como si el verano no tuviera fueros una vez caído el sol. Uno de los hombres fumaba, el otro observaba el trabajo policial como si no creyera cierto que hubiera un muerto junto a su barca. Ambos ofrecían rostros curtidos, frentes y mejillas cortadas por las huellas de años al sol. Brazos morenos y fibrosos. Hughman recogió la escasa información que podían ofrecerle. A las cinco de la tarde habían regresado las cinco barcas, poco más que botes a motor, quilla de madera. Doce personas habían participado de la pesca. Jornada pobre. Vendieron lo poco que trajeron entre el público –otra diversión de Villa Azul era el retorno de las barcas pesqueras– y se marcharon a sus casas. Nada sospechoso pudieron destacar.

Estos dos retornaron para revisar sus redes un par de horas después. Dieron con el cadáver y llamaron al destacamento. El resto, Hughman lo conocía. Mientras declaraban, se habían sumado los otros pescadores, que confirmaron sus dichos. El inspector los liberó, estaban desabrigados y carecía de sentido tenerlos a la intemperie. Suficiente con saber que no conocían al sujeto. Aún se despedía de los hombres cuando arribó la ambulancia de la morgue. Dos camilleros se acercaron a pedir instrucciones; el inspector los derivó a los forenses, trepó por la pendiente asfaltada y subió a su vehículo. Nada más tendrían por esa noche, le convenía regresar a la ciudad, dar parte al superior y buscar unas mudas de ropa para instalarse unos días en el pueblo. Días que bastarían para dar con el asesino o para asumir que nunca lo lograrían.

Dedicó su primera mañana en el balneario a curiosear entre los comercios. Para entonces contaba con una foto del muerto y con el informe forense, revisado a primera hora. Hombre, cincuenta años, aproximados, muerto de varias heridas en el corazón y en el abdomen, causadas por elementos cortantes distintos, cuchillo y machete o similar. Los trazos sugerían dos atacantes diferentes. Tenía heridas en la espalda, brazos y piernas. Ningún corte en el rostro. Totalmente desnudo, sin ataques sobre los genitales ni mutilación de extremidades. Todo indicaba que lo habían matado en otro sitio; estimaban la muerte entre las cuatro y las seis de la tarde. Hughman pasó las hojas que confirmaban sus intuiciones y extrajo una foto del rostro. Su primera misión era ponerle un nombre y apellido, encontrarle un domicilio y saber si estaba vacacionando o trabajando en el pueblo. Con pocas expectativas encaró la calle céntrica, la misma costanera, donde se agrupaban los comercios de ventas de comidas, la casa que fabricaba alfajores, dos o tres tiendas de ropa y algunos extras, además de los bodegones que abrían sus puertas más tarde. Dio con los primeros veraneantes que se acercaban a las playas, con sus sillas de plástico, conservadoras y sombrillas a cuestas. Se sintió viviendo en una realidad paralela, tan ajena era la idea de un crimen en esa jornada bucólica, con los niños trotando con sus baldes plásticos para jugar en la arena, sus madres cubiertas por protector solar y los hombres de la familia con el cuerpo enrojecido por falta de prevención.

Su recorrida fue negativa. Recibió comentarios y rumores de todo tipo, pero ninguno de los comerciantes ni de los clientes pudo reconocer al hombre de la foto. Un tipo flaco, de pómulos salientes, las cejas más juntas de lo habitual, ojos negros. ¿Acaso no se vuelven negros todos los ojos a la hora de la muerte?, preguntó una vecina que había cargado su bolsa con las acelgas que estaban en oferta. De los hoteles, dos, se habían encargado sus subordinados, con la misma falta de éxito. Las inmobiliarias no estaban allí sino en la ciudad. Tomó su celular; retrató la foto y la envió a la comisaría, indicando que preguntaran a las inmobiliarias por el sujeto. Como último recurso, reservó la tarea de llamar a cada uno de los que alquilaban de particular a particular. Terminada la faena, se acercó a Brisas del Mar, uno de los tres paradores. Se sentó en una explanada con vista al mar.

Las escasas carpas estaban ocupadas. Más allá, la playa se vestía de colores animados, los visitantes se introducían en las aguas. Divisó la torreta de los bañeros. Faltaba cotejar con ellos; pasaban el día en la playa, debían reconocer a las personas a su cuidado. Había una torreta por parador y otra en el extremo más lejano, en una playa libre, casi al pie de los acantilados que daban fin a la zona de playas. Que fuera el sector más alejado de la caleta de los pescadores, no era motivo para descartarla. Hughman pidió una gaseosa y un tostado de jamón y queso. Prolongaba esas últimas visitas como si así les diera tiempo para pensar. De confirmar los resultados negativos, pocas chances tendría de resolver el crimen. Podría haberse cometido en cualquiera de los miles de kilómetros de costa atlántica. Bebió con ansiedad; pese a la protección del toldo, sufría el agobiante calor del mediodía. Hubiera vestido prendas más acordes, pero no era adecuado andar de bermudas floreadas cuando investigaba un homicidio.

En la última torreta de hierros pintados color naranja, con una cobertura de lona blanca, el guardavida dormitaba. Como los otros, vestía una malla breve, tipo sunga, destacándose los abdominales marcados con precisión de lámina escolar y los músculos de sus brazos y piernas, repletas de tatuajes. Pese a no superar los treinta años, su cráneo ofrecía huecos sin cubrir por cabello. Hughman buscó al compañero; divisó un punto desplazándose mar adentro. El hombre entrenaba. Fastidiado, el inspector, que sudaba como si estuviera en un baño turco, dio varios golpes al metal hasta que el bañero despertó, sobresaltado. Se puso de pie, observó la playa y quedó desconcertado; Hughman volvió a golpear para atraer su atención. Entre tanto, se preguntaba si valdría la pena aguardar por el nadador cuando la respuesta que obtendría sería idéntica a las negativas anteriores.

El muchacho lo sorprendió. Claro que conocía al sujeto, a diario aparecía por el balneario, por la tarde, y se colocaba junto a las paredes del acantilado para huir del sol. Se sentaba en la arena, no se quitaba su remera –gris con el dibujo de Charles Chaplin– y leía. No sabía que leía. Quizá lo supieran… no, no estaban. Hablaba de una familia cordobesa; instalaban un comedor de camping muy amplio, todos los días, a pocos pasos del hombre que leía; llevaban dos días sin aparecer. La familia, no el hombre. ¿La tarde anterior? El joven se esforzó pero no podía asegurar que hubiera estado o faltado. Hughman comprendió; presente durante toda la temporada, se había convertido en parte del paisaje, perdiendo la atención. Se les unió el otro bañero, traje de neopreno negro. Se lo quitó. Era más bajo y más fornido que el primero, de piel bien oscura.

Tampoco pudo confirmar la presencia o ausencia de la víctima el día anterior. Afirmó que se trataba de un solitario, que no se daba con nadie. Calculó que pasaba al menos tres horas leyendo, luego subía la escalera a la costanera y lo perdían de vista. Hughman confirmó que, una vez en lo alto, dejaban de verse las personas desde el puesto de los bañeros. Remera gris, la misma durante toda la temporada, y short de baño azul, clásico, por no decir antiguo, casi hasta la rodilla. Zapatillas de lona y medias tres cuarto. El bañero morocho rió, confirmando el dato, medias tres cuarto de vestir. ¡Y un sombrero panamá! Hughman les relató el estado en que hallaron el cuerpo y las sonrisas desaparecieron de las caras de los hombres dedicados a la custodia de la playa.

Señaló el resto de los veraneantes. Los muchachos les indicaron seis grupos que acudían a diario, desde una semana atrás como mínimo. Hughman recorrió la arena en vano. Todos lo habían visto, ninguno había hablado con él ni sabía donde vivía. Un auténtico solitario, se dijo Hughman mientras subía la escalera de troncos. Fatigado y sudoroso, observó el panorama. La zona céntrica se interrumpía antes de ese último balneario. Junto a la costanera, en vez de casas y locales, un bosque desigual. Calles de arena y tierra conducían hacia una zona con casas aisladas. Una de ellas ocuparía el occiso. El inspector fue por su auto. Con el concurso de uno de los agentes locales, regresó a la zona del acantilado. Circuló por las calles, sin tránsito a esa hora de playa, y trató de encontrar signos de abandono en alguna de las casas. Se alternaban construcciones a medio terminar con casas grandes, pequeñas cabañas con chalets de dos pisos, tipo alpinos. Había terrenos baldíos, otros sucios y muchos más cubiertos por una generosa arboleda, entremezclados eucaliptos y coníferas.

El detective detenía el vehículo ante cada vivienda; descendían en búsqueda de envases vacíos sin retirar, correspondencia en el piso u otros signos de desocupación. A esa hora carecía de sentido tocar timbre, todo veraneante estaría gastando sus horas de sol en la playa. Combinó con el agente; junto a su compañero, se encargaría esa noche de repetir el recorrido, esta vez visitando las casas. Llegaron hasta la calle donde la costanera se convertía en céntrica; a su derecha, a tres cuadras, se encontraba la parroquia. Un solitario bien podía ser un religioso. El cura lo confirmó; un santo varón de misa diaria, ¿cómo no lo iba a recordar? Para bien de Hughman, era sábado y la misa vespertina del sábado era la más concurrida. El cura aceptó exhibir la foto a la puerta de la iglesia; se encargaría en el sermón de hablar del humilde desconocido temeroso de Dios, víctima de tantas pasiones morbosas como existían entre los depravados que asolaban las playas argentinas.

Al anochecer, puestos en marcha sus planes para la identificación del cuerpo, Hughman cenó un bife y una ensalada en uno de los bodegones. Era la hora de la misa, la misma que habían escogido los agentes para iniciar su recorrido. Hughman se maldijo; tampoco encontrarían en su casa a los religiosos. No importaba, había como treinta casas, bastaría con pasar más tarde hasta descartar la que correspondía al solitario. Solitario, religioso. El inspector comenzó a tamborilear los dedos; solitario, religioso, ergo… pensó rápido. No había casas de citas en Villa Azul, pero sí a mitad de camino entre la villa y el siguiente pueblo, Villa La Carmen. El inspector se dejó llevar por el pálpito y fue a visitar “Villa Amor” –o como se llamara el prostíbulo, todas las temporadas cambiaba el nombre.

Estacionó frente a una casa baja, muy ancha. De la ruta que comunicaba los balnearios, debió internarse trescientos metros para el lado de la playa, zona de bosques y acantilados. Lugar para entendidos. Luces rojas. Música de cumbia. Aire marino envolviendo el sitio. Hughman abrió la puerta. Dos chicas hablaban con un señor de saco gris; las chicas estaban de minifaldas y zapatillas, sin maquillaje. El señor, sesentón, canoso, se volvió al recién llegado, indicando que aún no habían abierto. Hughman sacó la placa. Desde el interior se oyó un ruido de tacos; pronto surgió a través de la cortina de tiras de plástico multicolor la figura de una morena bajita, a pesar de los zapatos, ya desvestida y arreglada para la atención.

Al ver la placa, la chica comenzó a temblar. Una de las otras corrió a calmarla, en tanto el señor de gris y la segunda muchacha enmudecieron, sin comprender la situación. El inspector los apartó y se acercó a la morena, cuyos rulos se movían como si recibieran una descarga eléctrica. La amiga se enfrentó a Hughman.

–Fue en legítima defensa.

Tras eso, tomó un algodón de la cartera y comenzó a correr el maquillaje de la morocha. Los pómulos estaban oscuros, al igual que el cuello. Le sacó el corpiño; tres marcas de quemaduras de cigarrillos. La dio vuelta y le bajó la bombacha; varias escoriaciones en la cola, y un algodón sostenido con una venda. La morocha no hablaba, se limitaba a llorar. Supo de inmediato que la amiga había sido la otra. Le pidió que vistiera a su compañera, debían irse con él. A sus espaldas, el hombre de gris la miraba como diciendo “eso les pasa por trabajar por su cuenta, idiotas”; algo sospechó Hughman, pero al volverse, tanto el canoso como la joven sólo ofrecían un rostro trágico, acorde con la situación.

El inspector se hallaba ya en la ruta cuando el agente le informó que habían dado con la casa; el piso estaba cubierto de sangre. Hughman podía haber descripto la escena al unísono con el joven que narraba por la frecuencia policial; habían hallado dos látigos, guantes con hierros en los nudillos, gran cantidad de colillas de cigarrillo en el piso, una espada del tipo samurái con muchas huelas de sangre, así como un hierro redondo con pinchos, con sangre también. Las dos mujeres sollozaban en el asiento trasero; el llanto de la morocha se descontroló al oír la mención del último elemento. Hughman se ocupó de enviar a los forenses; dejó uno de los agentes en consigna en la casa y al otro a cargo de custodiar a las matadoras, hasta que llegaran de la ciudad por ellas. El solitario religioso se había comportado como indicaba el manual de los perversos. Las chicas reaccionaron ante el sadismo; lo mataron, lo subieron al baúl de un coche donde lo transportaron hasta la caleta, desierta a esa hora.  Aprovecharon la rampa de cemento para llegar cerca del mar y dejar el cuerpo oculto entre las barcas, para que la pleamar se lo llevara. Confesaran o no, la escena del crimen otorgaría las pruebas necesarias. El inspector abandonó el destacamento y salió a caminar por la costanera, observando la fosforescencia de las crestas de las olas, el reflejo de la luna.

Sus estimaciones se habían cumplido, resuelto el caso en el primer día. Prendió los botones de la campera, volvía a refrescar en la noche de febrero. Llegó hasta la caleta. La escena era casi la misma de la noche anterior; las barcas en la arena, las redes, los cajones de madera para los peces. Faltaba un cadáver, pero el paisaje estaba mucho mejor sin él. La iluminación lunar confería a la pequeña caleta un relajante tono de postal. “Como debe ser”, dijo Hughman, satisfecho por haber corregido la foto salida de su encuadre.

 

 

© Juan Pablo Goñi Capurro - Todos los derechos reservados

Escritor, Dramaturgo y Columnista de S.N.N.

AVISO

SOLO NOVELA NEGRA La Revista del Mundo Criminal, está autorizada por el autor para publicar en exclusiva este relato, por lo que queda prohibida su reproducción parcial o total en cualquier medio escrito o digital, o su publicación en cualquiera de las redes sociales ya sean literarias o no, actuales o que puedan aparecer.

En caso de comprobar el uso indebido y quebrantamiento de esta advertencia, deberán hacer frente a las consecuencias legales en relación con los derechos de propiedad intelectual, que las leyes actuales reguladoras nos conceden.